RELATOS

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Plan / 5

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on febrero 29, 2008 at 1:17 pm

Baja primero Eugenia. No quiere que su chico nos vea salir juntos del pasillo oscuro que, visto desde el bar, precede a la escalera. Eugenia tiene el maquillaje corrido, y su perfume se ha mezclado con la humedad de la pieza y mi propio olor a Code, cerveza, cigarrillos. Cuando bajo yo, busco a mi amiga. En realidad lo primero que busco es a Eugenia, pero cuando la veo simulo estar buscando a otra persona.
Mi amiga viene a mí: me pregunta qué pasó. Desaparecí, ella creía que me había ido. Le cuento: fue un desastre.
-¿Cogieron?
-Un poco.
-¿Cómo un poco?
-Paró cuando estábamos por llegar.
-¿Por?
Le señalo con la pera al chico que acompañó a Eugenia a la fiesta. El chico tiene cara de estar preguntándole de dónde viene qué hacía y por qué huele a cerveza si en toda la noche él se encargó de llenarle copas de Pinot. De hecho, tiene una botella de Pinot en la mano. Apuesto mentalmente a que desde que vio Entre Copas no compra otra cepa. Mi amiga me dice que huelo a concha.
-A durazno.
Mi amiga me cuenta: está con un flaco puro fuego pero demasiado reventado. Se lo quisiera sacar de encima. Quiere volver al plan.
-Lavate la cara y volvamos al plan.
Pero yo sólo pienso en Eugenia y en cómo me sacó de encima de su cuerpo en el punto exacto en el empezaba a no haber más cuerpos. No puedo no puedo no puedo. Se vistió rápido, al borde la cama y al borde las lágrimas.
A mí todavía me dura la erección y el aroma entre mi boca y mi nariz no ayuda a que baje. Prendo un cigarrillo y me digo que es hora de que las cosas cambien.
Mi amiga me dice algo que no llego a escuchar. Camino hacia el novio de Eugenia y le digo: Malbec, imbécil. Le gusta el Malbec.
Le toco el hombro y acerco mi cabeza a la de Eugenia, mi boca a su oreja. Quiero decirle que se vaya a la puta que la parió, pero me sale Voy a amarte siempre, siempre.
El flaco que está con ella me grita algo, me amenaza. No va a pegarme porque no sabe dónde dejar la botella de Pinot.
La fiesta no daba para vino.
Salgo al patio y los Novios están bailando en grupos separados. El plan. La noche se hace larga y el plan sobrevive.
Mi amiga va hacia el Novio. Yo hacia la Novia. Los dos acordamos hacer la misma pregunta, al mismo tiempo, y hacernos señas después de cada respuesta.
Levantamos el pulgar al mismo tiempo. Los dos sonreímos igual: la mitad izquierda de la boca hacia arriba.
-Hay un boludo tomando Pinot. ¿Qué se cree? ¿Que vivimos en la Costa del Vino? ¡El Pinot argentino es una mierda!
La Novia cree que lo mío es elocuencia y no impotencia.
–Me gusta hacerte reír. ¿Tu Novio te hace reír?

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Plan / 4

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on febrero 28, 2008 at 5:26 pm

Eugenia camina, impone su paso. La música parece seguirla para que cada golpe de la batería coincida con alguno de los movimientos de su cuerpo. Yo estoy ebrio, caliente, y Eugenia tiene un escote asombroso. No puedo mirarla a los ojos ni preguntarle qué hace ahí. Ella me lo explica, yo no la escucho, o todo lo que ella está diciendo a mí me suena a teta teta teta teta. Y eso que aún no se dio vuelta. Yo siempre se lo dije: el mejor culo de la ciudad. Le convido de mi vaso de cerveza y me pregunta si no hay vino. Le explico que la fiesta no da para vino, a pesar de que sé lo que hace el vino en su piel, en su cabeza.
Le explico que quiero irme a la cama con la Novia, y que a mi amiga le gusta el Novio. Que vamos a romper ese hogar. Ella me dice que ese hogar parece fuerte: Novio y Novia están abrazados y se besan. Ese hogar se cae pedazos, le respondo. Nadie demarca un territorio que no está en peligro.
Primero le digo que el bar tiene una pieza, arriba. Y cuando junto fuerza para preguntarle si vino sola me dice que no vino sola y me presenta a su acompañante, un flaco alto, lindo, prolijo, sumamente perfumado. Es la primera vez que veo a Eugenia con alguien y eso me pone nervioso, violento. Me voy rápido de la escena, hacia la chica de la tela roja, la que me tocaba la cola. Paso fugazmente cerca de ella y le aprieto un cachete de modo que si Eugenia me está mirando pueda ver que mi vida continúa. La chica me sonríe, el chico de la remera a rayas está en el baño o en otro universo.
Mi amiga mientras tanto se enrosca en una espalda. Cuando estoy por preguntarme qué queda del plan veo que el Novio mira a mi amiga con un gesto extraño, confuso.
Me siento en un banco de metal mojado con cerveza. Se me mancha el pantalón. Viene Eugenia y me pregunta qué me pasa. Le explico que es un bajón verla con novio.
–No es mi novio, salimos de vez en cuando. 
–¿Ya cogieron?
–No me hagas esa pregunta.
–¿La pasaste mejor que conmigo?
Suspira y me da la mano. Se acerca y siento primero su perfume y después su aliento. Viene de tomar vino.
Cuando pasa la dueña del bar le pido las llaves de la pieza.
Mientras subimos la escalera tengo una rara sensación de vértigo y armonía. La música y yo seguimos cada uno de los movimientos de Eugenia.

Plan / 3

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on febrero 27, 2008 at 11:51 am

Pido una cerveza y la dueña del bar me pregunta si tengo que manejar hasta casa. Le digo que no se preocupe, que traiga la cerveza. Insiste, cerca de mí. Le tomo el brazo y le pregunto qué pasa. Me toma la cara con una mano, arruga mi boca y me besa apenas. Siempre me preocupo, me dice.
Nos conocíamos de antes. La primera vez que la vi estaba recostada en una hamaca paraguaya en el patio de una casa y tenía las piernas abiertas. El vestido dejaba ver la piel blanquísima de la parte interior de sus piernas, y su bombacha. Atendía en otro bar cuando mi vida era un hogar y no una noche para romper hogares. Cuando mi vida era una mujer definitiva, actriz, 23 años y sabor a durazno floreciente entre las piernas. La dueña del bar me hace acordar a Eugenia. Hace dos años que no la veo. De repente me duele el estómago. 
Mi amiga me mira y levanta las cejas: sé que un algún lugar preciso de su cabeza se forma la frase cómo estamos hoy, eh. Estamos ebrios pero vamos a apegarnos al plan. Ese hogar se cae a pedazos. Me gusta la novia y a mi amiga le gusta el novio. Cuando vuelvo con la cerveza un chico se interpone entre mi amiga y yo. Una espalda como una cortina.
La espalda brinda con mi amiga y le dice algo sobre su boca. Bien por la espalda: yo también me fijaría ahí. La espalda le hace un ademán y salen al patio, a bailar. Mi amiga está en llamas. Me quedo con la cerveza y los veo irse. Detrás, el Novio y la Novia se besan con remordimiento. El plan se va a la mierda, pienso, y miro a la dueña del bar. Se agacha para buscar hielo y sabe que la estoy mirando. Su marido me acerca un vaso: ¿te alcanza con uno?
Prendo un cigarrillo y observo el cielo. Despejado. Me acerco a la pareja y les ofrezco cerveza. Aceptan. Los abrazo. Le digo al novio que está cada vez mejor y le toco el culo en broma. Él hace lo mismo. Yo entonces lo dudo un instante: en el tiempo exacto en el que el Novio vacía el vaso de cerveza yo evalúo las posibilidades de bajar mi mano izquierda por la espalda de la Novia, la cintura de la Novia y la tremenda cola de la Novia mientras mi mano derecha está aún en la cola del Novio. Digo una broma sobre los cambios de rutina: si van a probar con un trío les dejo mi teléfono. La Novia se ríe más que el Novio y yo a esta hora tomo todo como una señal: la Novia me toca el brazo y yo escucho una alarma de incendio, o veo en el cielo despejado el logo de Batman.  Sonrío de más y me doy vuelta hacia la derecha, lo que me obliga a deslizar la mano izquierda por la espalda de la Novia, la cintura de la Novia y el comienzo de la cola de la Novia. Cuando me doy vuelta veo a mi amiga: baila con el chico de la espalda y sonríe como si quisiera ser una estrella fugaz, un haz de luz brillante en ese patio opaco.
That’s when i want
Some weird sin just to relax with
. Iggy Pop. Despido a los novios, recojo la cerveza del suelo y voy hacia el centro de la pista, a bailar. Ese hogar se cae a pedazos y mi amiga deja que todo se desmorone solo. Ella puso la dinamita y se escondió tras una espalda hasta que todo explote.
Entonces entra, sorpresiva, insólitamente, Eugenia. 

Plan / 2

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on febrero 26, 2008 at 1:03 pm

La novia no se despega del novio. Ese hogar es fuerte, digo. Mi amiga lo niega porque es más sensible que yo: ese hogar se cae a pedazos. La fiesta no está mal pero nadie se vuelve loco. Compramos más cerveza porque un vino sería un gesto excesivo. Nadie se vuelve loco. A mi amiga le gusta el Novio y a mí me gusta la Novia y la cerveza con espuma.
Entre esperar a ver qué pasa y hacer que pase hay un gesto de por medio: paso mi mano por la cintura de la novia y la llevo con una excusa tonta, dónde queda el baño o salvame de esta chica que no para de hablar. Eso no deja de ser cierto: una chica de muecas desproporcionadas a veces logra imponer su voz a la música mientras su cuerpo dice todo el tiempo algo recargado sobre las convenciones sociales y las maneras de relacionarse que tienen todos los humanos menos ella. 
La agarro de la cintura y mido cuánto apretar. Cuando nos separamos del grupo quito mi mano, y en ese movimiento noto que efectivamente la Novia tiene un culo de puta madre. Apenas lo toco. Pido disculpas con un gesto que intenta explicar que me empujaron, aunque no hay nadie cerca.
Miro a mi amiga: tiene su mano sobre el hombro del Novio.
Este hogar se cae a pedazos y nosotros vamos a vender los escombros.
Entonces me equivoco: le pregunto quién era la chica de la remera roja, la que me tocaba la cola. Ella no la conoce. Conoce al de remera a rayas que la está besando. Es inglés y cuando dice pija todos se ríen porque le cuesta pronunciar la j. La Novia me cuenta todo eso pero está ausente. Yo le miro las tetas y ella no lo nota: todo su cuerpo está conmigo pero ella está debajo de la mano de mi amiga, encima del hombro del Novio. La distracción me cuesta cara y ella ahora es un ama de casa en pie de guerra. No termina sus frases, nada le importa. Se toma el pecho con la mano y sin darse cuenta mueve la tela de su vestido y descubre una parte menos bronceada de una de sus tetas. Me muerdo los labios porque sé que perdí. De nuevo. Intento retomar y le tomo la cintura. Ella me saca la mano. Vio la mirada de mi amiga. Tiene que proteger a su manada. Veo la furia y grito el nombre de mi amiga. Que no hay más cerveza, le digo, que compre otra. Mi amiga al principio no entiende pero después no hace falta nada más. Saca su mano del hombro del Novio y se va a la barra.
Una vez allí le digo que me salió mal.
Vemos cómo la Novia toma del brazo al Novio y se van al fondo de la fiesta. Discuten.
Te salió perfecto, me dice mi amiga.

Plan

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on febrero 25, 2008 at 10:55 am

La chica no es la más linda de la fiesta pero se para a mis espaldas y su cola toca la mía. yo tengo una copa a punto de brindar, me hago el distraído y busco algo en el bolsillo trasero del pantalón. Cola dura, redonda. Ella se da cuenta y empuja, lleva su mano atrás, también, y me pellizca el cachete. Yo estoy hablando de romper un hogar: a mí me gusta la novia y a mi amiga le gusta el novio. La novia no es la chica que tengo a mis espaldas, pero un pellizcón puede cambiar un plan de guerra. Detengo la estrategia aunque mi amiga sabe que sólo la pospongo. La chica vuelve a su posición inicial y su cola está exactamente contra la mía. Yo saco la mano del bolsillo y la toco, ya sin sutilezas. Cola dura, redonda. Me resisto a darme vuelta porque sé que el primero en hacerlo pierde. Tengo que agacharmae a dejar la botella de cerveza negra en el piso y ella aprovecha para tocarme con la palma abierta. Me incorporo aturdido: probablemente sea la mejor tocada de culo que me hayan hecho en una fiesta. La devuelvo, apretando el cachete y llevando mi dedo gordo de la mano izquierda a la costura del medio del pantalón de la chica. Mis dedos más largos perciben la curva y me transmiten una sensación de esfera, de cola dura, redonda. Dejo la mano unos quince segundos. ¿Me atengo al plan? me gusta la novia y a mi amiga le gusta el novio. Estamos ebrios y ella está hermosa, pura piel. Pero el plan es complicado y la chica de la cola hace uso de su turno en el juego, me recorre la cola con un movimiento de semicírculo desde la pierna derecha a la pierna izquierda y termina en el centro, empujando con el dedo. No puedo evitar arrugarme como una hoja de papel y me doy vuelta. La miro. Tiene el pelo negro, una tela roja y brillante le cubre la espalda y está besando a un chico de remera a rayas. Brindo porque perdí, le digo a la novia, que por casualidad pasa cerca de mí y lejos del novio. El novio está en otro extremo de la fiesta, a punto de no resistir una invitación a bailar.

La T

In La piedra en el zapato on febrero 19, 2008 at 12:12 pm

El sábado talleres volvió a ganar y me acordé de los mejores tiempos, cuando jugaba en primera, yo tenía novia y mi novia me quería. Encontré un texto que publicqué en 2004, en La Intemperie, cuando La Piedra en el Zapato salía adentro de esa revista.

Una experiencia religiosa

En un mismo y caluroso fin de semana fui a ver La pasión de Cristo y Talleres vs Vélez. Adivine –rápido- en cuál de los dos espectáculos presencié una manifestación de Dios. Adivine luego entre los espectadores de cuál de los dos eventos me sentí ajeno, anacrónico, estúpido. Si más o menos se ha prendido de este juego inútil, adivine dónde me hallaba yo –si envuelto en olor a desodorante de ambiente, pochoclos que iban y venían, y mucha gente llorando; o si envuelto en olor a choripán, banderas que iban y venían y mucha gente llorando- cuando, de repente, un papelito solitario y alegórico revoloteó en el aire durante unos cinco minutos,  como una paloma, como una mariposa, mientras de fondo, atrás de ese vuelo sin ley, se cumplía lo que tanto había pedido, lo que tanto había incluido en mis desesperadas oraciones de victoria. Adivine luego, ya que estamos, cuál me pareció una película pelotuda y cuál un partidazo. Adivine, finalmente, en cuál me vi golpeado por una sensiblería barata, con todos los iconos de mi infancia y mi catequesis llamándome a la más pedorra de las empatías, al reconocimiento del más estulto de los maniqueísmos y a la culpa, la terrible culpa, de haber dejado sangrar a Jesús en mi nombre. Gracias a Dios, al otro día ganó Talleres. Una porrista azul y blanca de virginal belleza festejaba en medio del campo de juego, papelitos cubrían el cielo, Talleres estaba puntero del campeonato, la gran letra t de una de las banderas se parecía irónica y pertinentemente a una cruz.
En ambas ocasiones me vi sorprendido por mi actitud de lemming: si todos van, yo voy. También en ambas al sentarme me pregunté qué hacía allí. ¿No había visto a Talleres y a Jesús antes? ¿No había sentido ya que tenía que dejar eso? ¿No me había convencido de que creer en Talleres o en Jesús no me haría feliz, curiosamente porque a ambos –pensaba yo- los manejaban sendos grupos de oscuros mercaderes que se quedaban con mi plata? ¿No había decidido ya que el hecho de creer era un lugar común de las películas y las propagandas? Adivine cuál de los dos shows me convenció de que ya estaba yo en lo cierto, y cuál –con un gol que llegó tras una plegaria- hizo tambalear mi agnosticismo a la moda, mi distancia con la iglesia, mi vaso de pritty y mis ideas respecto de Dios.
De uno de los dos lugares me fui quejándome del espacio al pedo que le dieron al asunto en los diarios y en las tapas de las revistas: en contra o a favor, alimentaron mi imbécil ansia de asistir. En el otro, agarré esos diarios y esas revistas, los corté en pedazos de aproximadamente 5 centímetros de ancho por 5 de largo y los arrojé junto a millones de papelitos cuando Talleres salió a la cancha. Gritaba, saltaba, y veía cómo los múltiples fotogramas de la película se deshacían en una nube de serpentinas, y un poco me divertía al reconocer en el cielo, mientras el viento mantenía esos papeles mariposeando, partes del rostro sangrante de Jesús, partes rojas, ojos de mal actor mirando al cielo. ¿Sabrá Mel Gibson que una divertida consecuencia de la invasión mediática que propuso fue que su cara y la de Jesús quedarían luego en el piso del estadio, pisoteadas por una multitud que saltaba de alegría y de -¡ja!- pasión?
Hoy es lunes y necesito un poco creer en Dios. Cuando esta revista salga a la venta, se sabrá el resultado de Talleres-Boca, se sabrá cuánto dinero juntó La pasión de Cristo en su primera semana en cartelera y se sabrá también cuánta gente fue el domingo a la iglesia o a la cancha. Lo que no sabré es adónde me llevará la próxima moda: si al cine, si a la cancha, si al balcón de un famoso o si acaso nueva e irremediablemente más allá del escenario, me llevará a sentirme un pelotudo más cuando me de cuenta de que me podría haber gastado ese dinero en, no sé, una masajista.