RELATOS

Archive for 28 noviembre 2007|Monthly archive page

Cigarrillos

In Cosas que pasan, Margaritas on noviembre 28, 2007 at 1:25 pm

Una amiga de mi madre la visitó en la casa de mi abuela. Le llevó una foto de juventud: mi madre a los 20 años. 
No había visto fotos de mi madre joven. Sí de cuando era niña, en unos cuadros muy feos de retratos de bebés que después fueron mis tíos, tías y mamá, y que se parecen a mis sobrinos y a mis hermanos.
Pero no había visto fotos de ella cuando era joven.
Ni siquiera me la había imaginado joven.
Para mí siempre fue una señora preocupada en darnos de comer y que no se esforzaba lo suficiente para comprarme zapatillas Nike.
Creo que nunca había asociado la belleza a la imagen de mi madre, por ejemplo.
Cuando su amiga me mostró la foto se abrió un abismo.
Mi mamá, 20 años, vestida como una adolescente, con una etiqueta de Marlboro en la mano.
Yo no sabía que mi mamá alguna vez había fumado cigarrillos con cierta onda. Recuerdo haber ido a comprarle Chesterfield, primero, y Parliament, cuando la plata alcanzaba para una sola etiqueta y se impuso la elección de mi padre.
A veces fumo Parliament: la etiqueta azul y blanca me hace acordar a las veredas de Tablada Park y los quioscos en los que compraba los cigarrillos para él. A veces le daba la etiqueta abierta: me gustaba sacar la tirita del celofán con el gesto adulto con el que lo hacía mi padre, y golpear el paquete contra una mesa o el borde de la silla, despacito, para que el tabaco se asiente. Un gesto seductor.
En la foto mamá tiene una etiqueta de Marlboro y 20 años. Le falta un año para casarse y dos para parirme. Sonríe, el pelo rubio suelto parece una ola de mar.
Pienso que no he visto a mi madre tan bella nunca porque nunca la he visto tan feliz. La foto es en blanco y negro, de cuerpo entero. Las piernas de mi madre son las piernas de una chica. La camisa, el pantalón, estudio la ropa que tiene puesta mi mamá en la foto, el gesto de sus manos. No está posando, está riendo, como si alguien le estuviera diciendo que es hermosa o que parece Brigitte Bardot, con ese paisaje al fondo.
Primero yo y después mis cuatro hermanos. Y mi padre. Creo que nos llevamos entre todos la alegría que tiene mi mamá en esa foto, y que 30 años después parece recuperar, por el miedo que le vino después de que le dijeran que todos sus anteriores problemas eran pequeñeces: señora, tiene un tumor maligno en el colon.
Conocí a su mejor amiga el día de la foto, en la casa de mi abuela. Tengo 29 años y jamás había hablado con la mejor amiga de mi madre. Ni siquiera sabía que mi mamá tenía amigas. Digo, amigas como las que tengo yo. Amigas que son un sentido para el mundo. Ese tipo de amigas.
Las tiene. Y ellas tienen un archivo de fotos de cuando mi mamá era más chica que yo y volvía locos a los chicos de mi edad. Me quiero quedar con esa postal, es mi mamá, pienso. Pero también es la amiga de la dueña de la foto. La dueña de la foto la guardó por 30 años. El amor tiene forma de fotografía.
Me vuelvo a casa. La ruta hacia Agua de Oro está oscura. Entro al pueblo, a la calle empinada. Cuando llego a mi casa hay una chica esperándome en la puerta. Tiene el pelo rubio y una etiqueta de cigarrillos en la mano. Una etiqueta de Marlboro.

Velocidad

In Cosas que pasan, Margaritas on noviembre 26, 2007 at 5:28 pm

Voló durante una hora.
51 años y cuatro carcinomas invasivos.
¿Qué parte de mi mamá despertó el diagnóstico del médico?
¿Hubiera saltado en parapente, volado una hora sobre las sierras riojanas, abrazado al instructor y sonreído hasta dormirse, mi mamá, si no le hubieran dicho que el 5 de diciembre enfrentaría una operación riesgosa?
La intensidad del miedo es la medida de su vitalidad. Un rato antes de que la pasaran a buscar le avisaron que podría dejar de alquilar. Una casa propia, un plan de vivienda: mi mamá hizo la cuenta y le dio más de 30 años de alquilar casas, departamentos y negocios. “Una buena”, dijo, y se puso el traje para saltar en parapente.
Ha construido en menos de un mes el resumen de sus virtudes, y viaja en 4 x 4 hacia la cima del cerro.
El instructor le da las pautas. No hay temor en la cara de mi mamá, aunque sí nerviosismo por la inminencia de una sensación de poder. Salta. Se mantiene en el aire, detenida por las corrientes de viento. Sonríe inmensa, eternamente.
Pasan los 15 minutos acordados, pero el instructor la ve feliz y también disfruta. Le regala un rato más, 45 minutos más. Mi mamá ve dos cóndores que vuelan cerca. Uno le pasa por arriba, otro por abajo. Ve la ciudad, el llano, el río seco. Ve el cielo más cerca, la cima del cerro desde arriba, sus nietas.
No sé qué habría pasado conmigo si hubiera crecido con la imagen de mi abuela haciendo parapente. Acaso sabría, entonces, el significado de la sorpresa en el rostro de mis sobrinas.
Baja y abraza a su hermana. Un tejido se recompone en el límite de las cosas.
Mañana llega a Córdoba.
Pasado mañana necesitaremos donantes de sangre y una máquina que se llama sutura mecánica.
En unos días Julito, su doctor, le va a sacar cosas que le hacen mal: tumores, órganos inútiles y 51 años sin volar en parapente.
El día del vuelo me llamó.
“Después de la operación me tiro en ala delta”, me dijo.
Me acordé de ella haciendo pan, vendiendo seguros, haciendo ladrillos en un terreno desierto y caluroso. De ella cocinando, de ella limpiando la casa. Me acordé de ella en la tierra. Cuántas cosas que no sé de vos, le dije.
“Me faltó velocidad”, me contestó.

Coincidencias accidentales

In Uncategorized on noviembre 22, 2007 at 12:30 pm

Cosas que pasan: dos poetas que viven en la misma provincia, comparten generación y lectores, pero no se conocen. El padre y la madre de uno murieron en un accidente aéreo. En el mismo accidente murió el padre del otro. Además, cumplen años el mismo día.
Mañana se conocerán, finalmente. Participarán del ciclo “CH de Charla”, a las 20.30 en Galileo (Gauss 5700). Alejandro Schmidt, Vicente Luy. Y una historia que comienza con un final.

El avión
Los reportes del Ministerio del Aire de Brasil dicen que fue responsabilidad del copiloto. El comandante de la nave actuaba como instructor. El copiloto no registraba experiencia al mando de aviones como el Comet IV. No estaban cansados, apenas habían volado tres horas en él último día. La madrugada del 23 de noviembre de 1961 en San Pablo no ofrecía la luz suficiente para el despegue del avión. Noche pesada. La aeronave haría escala en Trinidad y tenía destino final en Nueva York. Había salido de Buenos Aires.
La carrera de despegue fue de aproximadamente 2000 metros. El avión alcanzó unos 120 metros de altura en apenas 55 segundos. Luego voló un minuto más. Chocó primero contra un árbol, que le arrancó el contrabalance del elevador. Luego contra otro, que incendió el tanque externo del ala izquierda. 
Sus restos quedaron en un bosque de eucaliptos, a 3170 metros de la pista, en una zona de San Pablo conocida como Campinhas. 
Los cuerpos de los 40 pasajeros y de los 12 tripulantes no pudieron ser reconocidos. Los bomberos paulistas debieron esperar varias horas antes de comenzar a apagar la bola de fuego en que se había transformado el Comet. La lista de víctimas se armó con la lista de pasajeros.
La noticia llegó a la Argentina a las ocho de la mañana. Tragedia aérea, 52 muertos.

Vicente
Vicente Luy tenía apenas 5 meses cuando sus padres, Gilbert Luy y Luciana Rosa Cruz Leticia Larrea murieron en aquella tragedia. 
Vicente vivió con varias familias hasta que a los siete años se mudó con su abuelo, el poeta español Juan Larrea. Con él vivió hasta los 19 años: su primera formación en la poesía fue obra del español, introductor del surrealismo  en América Latina y principal propulsor de la poesía de César Vallejo. Vicente empezó a escribir poesía a los 15. Bajo la influencia literaria de su abuelo publicó, 11 años después de la muerte de Larrea, Caricatura de un enfermo de amor (1991). Luego fue en busca de una voz propia, desgarrada de pena y al mismo tiempo vitalista.
Heredó de sus padres una pequeña fortuna, que dedicó a la autoedición de libros y a forjar una fama de excelente anfitrión. Publicó La vida en Córdoba y No le pidan peras a Cúper, entre otros.
Una depresión extraordinaria lo alejó de la producción literaria, y entonces reunió sus mejores poemas en un libro polémico: La sexualidad de Gabriela Sabatini.
Varios escritores jóvenes cordobeses reconocen en la poesía de Luy una referencia generacional. Él vive, actualmente, en Barrio Jardín, acompañado de su perro. De su fortuna quedan libros apilados y dinero para pagar un alquiler por unos meses más. Ha probado todo lo que la ciencia y la magia proponen para curar la tristeza.

Alejandro
Alejandro Schmidt tenía 6 años cuando ocurrió el accidente. En la misma tragedia en la que murieron los padres de Luy falleció su propio padre,  David Schmidt. Alejandro vivía con su madre, Mafalda Isabel, en Buenos Aires. Tras la muerte del padre, ambos volvieron a Villa María.
David Schmidt era sacerdote de la iglesia luterana. El azar unió su oficio a su destino: se había dedicado a traducir los evangelios de San Pablo.
Alejandro empezó a escribir poesía a los 13. Nunca se detuvo. Es uno de los autores más prolíficos de la geografía literaria provincial, y un promotor acérrimo de la literatura. Su primer libro se llamó Clave negra, y lo publicó a los 26 años. Antes había incursionado en el género de las plaquetas y las publicaciones alternativas.
En 1988 publicó Serie Americana. Agotado, el libro comenzó a circular en fotocopias, de mano en mano. Le siguieron muchos títulos: El diablo entre las rosas, En un puño oscuro, Silencio al fondo, Esquina del universo, La vida milagrosa, Llegado así, Casa en la arena y Mamá, entre otros. Desde 1992 dirige la editorial de poesía Radamanto. Es editor, además, de la revista Alguien llama.
Lee todo lo que llega a sus manos. Un día le llegó un ejemplar de No le pidan peras a Cúper. Le llamó la atención la contratapa del libro: la fecha de nacimiento del autor coincidía con la suya, 3 de mayo. No se sorprendió: el 3 de mayo nacieron otros poetas, como Juan Gelman y Rubén Vela. Poco tiempo después leyó una entrevista a Luy en La Voz del Interior. Allí había referencias al accidente aéreo de San Pablo. Investigó en la lista de víctimas y comprobó la coincidencia. Buscó el teléfono y llamó.

Los dos
Aún no se conocen personalmente. Han hablado por teléfono varias veces desde que Schmidt descubrió el hilo trágico que une sus historias. Los dos son poetas, y los dos son referentes generacionales, aunque sus poesías no se parecen en nada. Para Schmidt la muerte de su padre es “un luto eterno”, una sombra que se proyecta sobre todo lo que ha escrito. Luy no habla de sus padres en sus poemas, aunque sí ha incluido cartas de su madre en un libro de título sugestivo, Aviones.
Schmidt había sido, además, alumno del abuelo de Luy en la UNC, en el aula César Vallejo que Larrea había fundado. La serie de coincidencias parece entrañar el secreto de las historias de película: Schmidt, hijo de un sacerdote, nació el 3 de mayo, día de la invención de la Santa Cruz. Luy, poeta polémico, censurado por un intendente de Córdoba que ordenó despegar inmediatamente una serie de afiches de su autoría, con fotos de desnudos frontales y la frase “lo esencial es invisible a los ojos”, nació el 3 de mayo, día de la libertad de expresión.
Schmidt tiene un optimismo como un tren, pura vitalidad. Luy es todo lo contrario. La matemática del azar, la vida milagrosa, los aviones, los reunieron de una manera insólita e intensa. Cosas que pasan.  

Lee el resto de esta entrada »

Artefacto

In Cosas que pasan, Margaritas on noviembre 21, 2007 at 5:23 pm

Mi mamá alzó a su nieta y se metió en el castillo inflable. Los invitados llegarían en una hora. Jugaron todo ese tiempo. Dos nenas rubias flotando a medio metro del suelo. Después se fue a su casa, a vestirse con el disfraz. Lo había hecho ella misma, no sé cuándo porque vive en la cocina. Salió de la casa transformada en una margarita.
Está obsesionada con las flores. Tiene varias en su jardín, y las riega con amor.
Margaritas para todos.
Salió en su moto. Tiene una suzuki 50 cm3 que hace un ruido de espanto y que no tiene más cuadro que un caño entre el manubrio y el asiento. Una flor a 30 kilómetros por hora bajaba la ladera de las sierras riojanas. Una flor sonriente.
De vez en cuando siente dolores insoportables y sólo piensa en el día de la operación. Después del 4 de diciembre no tendrá más cáncer, aunque nadie que la viera bajando en moto y disfrazada de flor por las calles de La Rioja podría decir que ahora lo tiene.
Baja de la moto y entra a la fiesta, ya repleta de invitados. Grita de alegría. Su nieta la rodea, no lo puede creer: una mujer amarilla rodeada de pétalos tiene la cara de su abuela y la sonrisa como una galaxia en expansión. Es una manera de aprender algo.
Me llama por teléfono y me lo cuenta: acaso esté llorando. Yo la escucho, trato de que cada una de sus palabras me quede como una foto en la cabeza. Le digo las cosas de siempre, que la quiero y que todo va salir bien. Y que tengo un perro. Y un gato.
Llenaste la casa de animales, me dice.
Es una manera de aprender, le digo.
Nos ponemos místicos.
Mañana pasa un equipo de gente por su casa, la suben a una camioneta, a una montaña y a un artefacto alado. Va a hacer parapente. Es otra manera de aprender.

Viaje

In Cosas que pasan on noviembre 13, 2007 at 5:48 pm

Salimos a las ocho y media a llevar un cargamento de cosas sin nombre. C. estaba en la intimidad del desastre. ¿Buscaríamos palabras mientras tanto, mientras el auto de Ce. llegaba a 120 kilómetros por lágrima?
Ce. y J. y yo hablábamos del amor, de la soledad, de las cosas que le dan sentido a la vida. Viajábamos a la intimidad de un desastre, de vez en cuando una mano de J. se apoyaba en mi hombro y no era por accidente. Oh mis amigas y las palabras que no existen.
Mal año para no creer en dios: ¿qué haríamos frente a C.? La vida es esto que pasa entre los cuatro, tres en un auto a la noche en una ruta tocándonos el hombro una esperando entre otras cosas un mensaje.
Esto que pasa, y ellas tarareando Sting.
Llegamos a la medianoche, C. ya no lloraba y estaba en la vereda. Yo tuve la sensación de que la vida era eso: ella en la vereda, sonriendo, los brazos cruzados.
No nos quejamos de la historia, no hablamos del pasado. Ni siquiera hablamos demasiado de cómo había sido el viaje. Tampoco de qué haríamos más tarde. La vida era ese instante, el presente es un encuentro, una irrupción de sentido en el absurdo.
La intensidad, señoritas, la intensidad. Hablemos de la vida.
Volvimos esta mañana. El sol me daba en el brazo derecho y Ce. manejaba con su gorra de beisbolista, J. iba atrás, corrigiendo Diccionario para que entre a imprenta.
C. se quedó en su ciudad, no le dejamos palabras ni nada importante. La abrazamos con amor y con amor nos despidió.
Mal año para no creer en dios. Menos mal que hay otras cosas.

Un ambiente

In Cosas que pasan, La piedra en el zapato on noviembre 9, 2007 at 6:13 pm

La rubia de Gama pasa por el lado de la mesa en la que me estoy comiendo el tostado más caro de la ciudad y saluda al mozo con un beso. Ha de venir siempre, pienso. Fabiana Masena. He visto a esta mujer desnuda, pienso más tarde. Ella se sienta en la mesa de atrás y escucha la sugerencia. Está acompañada de una chica parecida a ella, mucho más joven pero con más arrugas. Pide algo sin queso. No le gusta el queso. He visto a esta mujer desnuda, insisto en pensar. ¿Qué pasaría si me doy vuelta y le digo: eh, yo te he visto desnuda?”. Pienso entonces en sus pezones. No es un pensamiento erótico, aunque hay pezones. Esta mujer fue tapa de Playboy hace una década y yo conozco la forma de sus pezones, al menos la forma que tenían hace diez años. Me dan ganas de darme vuelta y decirle que conozco la forma que tenían sus pezones hace diez años. El mozo le trae algo para tomar. Una bebida diet. La escucho hablar aunque no entiendo qué dice. Las mozas del lugar tienen vestidos a rayas horizontales. El bar está dentro de lo que antes era una cárcel de mujeres. El vestido de las mozas es feo y si su elección no fue de casualidad es incluso de mal gusto. La rubia de Gama es más linda que como sale en la tele, parece menos insoportable que cuando quiere vender departamentos. Una de las mozas me mira, advierte que estoy fuera de lugar. No me pidas la cuenta, por favor. Sí mi nombre y mi número de teléfono, pero no la cuenta. la moza tiene un tatuaje de una mariposa arriba de uno de sus pechos. Quiero ser Nabokov, o Schilling, y cazarla. Fabiana come su ensalada Caesar, bebe su Sprite Zero. Pienso en sus pezones, y no es un pensamiento erótico, como si lo es el vuelo de la mariposa que está tatuada en el pecho de la moza que se para adelante de una columna que tiene una frase esculpida: “dejarse besar por el sol”. Si le hacés caso quiero ser el sol, y despojarte de la fealdad de tu uniforme. Fabiana se incorpora, camina con elegancia. La moza camina torpemente, no le importa nada. Su impericia en llevar la bandeja no deja de intrigarme. Acaso debería alguien rescatarte de este lugar. Fabiana está por pasar al frente de mi mesa. Conozco sus pezones. La moza también viene. Veo la mariposa. No me preguntes si quiero algo más, puedo ser muy grosero. Sí mi nombre, mi número de teléfono y a qué hora puedo pasar a rescatarte. Pasa Fabiana. La moza se detiene, se agacha, retira mi plato. La mariposa se queda en la mesa.

San Expedito

In Cosas que pasan, Margaritas on noviembre 9, 2007 at 10:35 am


Sin saber nada más que el diagnóstico, una tía de mi madre le regaló 30 estampitas de San Expedito.
Mamá las guardó en la cartera y me esperó en la casa de sus padres. Cuando llegué me las mostró. Mirá.
Ella le había regalado una estampita de San Expedito a la doctora que le hizo las primeras rectoscopias, pero lo había hecho como un chiste. Decía que la doctora se la pasaba oliendo los pedos de los pacientes después de inflarles el intestino con gas, así que el santo de ese tipo de médicos tendría que ser, por necesidad nominal, San Expedito. A mí me parecía un mal chiste, pero yo hago ese tipo de juegos de palabras casi como un medio para ganarme la vida, así que no le dije nada y me reí.
Dos semanas y tres tumores más después, una tía de mi madre le regala una estampita de San Expedito. Todo está conectado, me dice mi mamá. Y me muestra la estampita.
Es el santo de las causas urgentes.
De la Pronta Solución.
De los difíciles problemas que nos quitan el sueño.
Es el santo de los desesperados.
Ayer mi madre estaba comprando témperas para pintar lámparas y en el negocio había folletos de San Expedito. De repente se lo cruza en todos lados.
Ahora le reza y reparte su imagen.
Yo estuve a punto de decirle lo que le digo siempre, que yo no creo en esas cosas. Sin embargo me guardo la estampita en la billetera, en silencio. Después la miro y hasta casi le hablo.
Mis compañeros del diario hicieron una colecta y juntaron exactamente lo que nos faltaba para el plus de uno de los cirujanos. Todo está conectado, dice mi mamá.
Ayer volvió a La Rioja. La operan en un mes. Dice que vuelve con tortas de chocolate para el diario, tortas de chocolate para mis amigas y tortas de chocolate para los lectores del blog. Su manera de decir las cosas es con tortas de chocolate.

Parapente

In Cosas que pasan, Margaritas on noviembre 5, 2007 at 12:46 pm

Mi mamá quiere hacer parapente. El médico le dio fecha de operación para dentro de un mes.
Es una operación con riesgo de vida, le dijo. Te recomiendo que en este mes hagas todo lo que quieras.
Parapente, Julito, quiero hacer parapente.
Hacé lo que quieras.
Media hora antes mi mamá salía de la anestesia total. Cantaba.
Mi tumor es como esa canción. Malo malo malo malo eres.
Había comprado 30 pesos de margaritas. Pidió hablar con mi hermano, que la espera en La Rioja.
Marcos, dijo, hacé los pozos que llevo margaritas.
Después nos mostraron el video. Era como esas películas de terror en las que la cámara está en el punto de vista del protagonista y avanza por túneles tenebrosos y húmedos. De repente las paredes se ponen negras.
Malo malo malo malo eres.
También tiene dos naranjas en el útero. Así que en un mismo corte sale todo.
Mi mamá me aprieta la mano. Por fin llora. Le pregunta al médico por qué.
Es genético. Tus hijos deberían revisarse sí o sí a partir de los cuarenta años.  
Mi mamá me mira: te quedan diez años de virginidad en el culo.
Después piensa un instante. Bueno, dice, yo creí que no les iba a dejar nada de herencia.
Yo hago silencio o digo cosas inapropiadas. No sé qué se puede decir, aunque hace días que sólo pienso en palabras que me expliquen la situación. Le aprieto la mano.
Una tomografía más y al cuchillo, le dice Julito.
Lo llamo a mi hermano. Le pregunto si conoce algún profe de parapente. Mi hermano me dice que sí, claro, pero no pregunta para quién ni qué nos dijo el médico. Ya sabe. Yo la voy a acompañar, me dice.
Van a volar por encima de una ciudad ardiente. Van a ver desde el cielo el lugar donde viven desde hace 15 años. Dicen los que lo han hecho que hay paisajes increíbles. La ladera de las sierras del Velazco, los abismos entre las montañas. Mi mamá quiere ver todo eso pero no le importa tanto como pasar por encima de su propia casa, ver su patio, sobrevolar sus margaritas.

La traductora de flores

In Cosas que pasan, Margaritas on noviembre 2, 2007 at 10:45 am

Llegué unos minutos antes que ella. Me atendió una secretaria y me senté. Noté que el lugar era cálido pero no presté atención a la decoración ni a los cuadros.
La vi bajar del taxi, acompañada de su hermana. Acá está mi hijo, dijo al entrar.
Traía unos sobres con radiografías. Llenamos la ficha de admisión y volvimos a sentarnos. Ella se sentó al frente de mí. Me miró la cabeza.
Pensé que vendría algun comentario sobre el peinado.
Pero ella siguió mirando.
Yo le estaba estudiando los gestos.
Habíamos hablado mucho estos últimos días. Habíamos acordado que no le íbamos a decir cáncer a eso que tiene a 13 cm de su culo. Margaritas es un nombre más alegre.
En unas semanas la hija de mi hermano cumple años y hay una fiesta de disfraces. Mi mamá ya sabe que se va a disfrazar de margarita. Antes me había mandado a buscar uno de esos delantales que tienen estampado el torso de una mujer desnuda.
Mi madre comenzó a sonreir. Me señaló con los labios y con un ligero movimiento de cabeza el cuadro que estaba encima de mi cabeza.
Era un campo de margaritas.
Todo está conectado, me dice.
Todas las flores del mundo me están diciendo que me voy a poner bien.