RELATOS

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Flores de todos los colores

In Cosas que pasan, Flores, Relatos on abril 16, 2008 at 1:16 pm

Relato en serie. #10 de 10. Capítulo final.
Toda la serie,
AQUÍ.

No me va bien con las rubias: la proximidad del ideal me provoca el vértigo de los que, a punto de saber por fin qué hay del otro lado de una cortina, la cierran. Romina en el principio de la aventura tenía el pelo castaño y acaso por eso me comporté con seguridad. La primera vez que la vi, acompañaba a su madre. Eran dos versiones de una misma imperfección atractiva, algo en sendas maneras de sus bocas convertía el resto del ambiente –un bar en el que yo entrevistaba a una escritora– en algo cotidiano, acostumbrado. Si había una posibilidad de sorpresa, esa posibilidad habitaba las bocas imperfectas de Romina y de su madre. Era una entrevista abierta, un tipo de evento para juntar muy poco dinero, al que me había acostumbrado y que de alguna manera mantenía para beneficio de mi narcisismo. Al terminar la velada fui a saludarlas y una amiga me dijo su nombre. Lo olvidé al instante, pero tres horas después volvíamos a encontrarnos.
En pocos días Romina volvió a su color habitual de cabello: yo ya había pasado más tiempo con la cabeza entre sus piernas que entre cualquier otro elemento. Días salvajemente irresponsables, días de faltar al trabajo, días de usar las piernas de Romina como auriculares. La música de esos días aún reverbera en algunas zonas de mi casa que quedaron marcadas por lo que arrastra un vendaval.
Sorprendido por mi renovada capacidad de olvidar a Mónica, aturdido por la música de las piernas de Romina, mudé a un barrio inhabitado los muebles incómodos del hogar utópico que empezábamos a construir con una materia frágil y al mismo tiempo de apariencia imperecedera: su matrimonio norteamericano, su casa en Nueva York, su pelo rubio.

Nada en el cuerpo de Anita tiene el sabor ni la música de las piernas de Romina. Sin embargo sus imágenes se me confunden. Anita está dormida en mi cama y yo acaricio su espalda sin decir nombres: estoy seguro de que diría el incorrecto. Estudio la sombra que proyecta su cuerpo al interponerse entre el velador y la ventana que da al monte, un camino de curvas que se deforma en las copas de los árboles y retoma su definición sobre la pared. Mientras comenzábamos a besarnos noté en su boca la mueca inconfundible de la decepción: acaso mis labios no eran lo que Anita había imaginado, o el sabor de mi boca, o mi perfume. Pensé de manera insistente en cuál podría ser la razón: un leve pero al mismo tiempo feroz descenso en el ímpetu de su boca me dijo algo que no podía ser dicho pero que tenía que ser sentenciado. Algo que Anita sabía y que no quería evitar, porque estábamos jugando en el tablero de lo inevitable.
No era entonces una decepción, sino la pena que supone confirmar el temor de lo común. De todas formas, fatalmente, abrió sus piernas a lo que tenía que pasar. No fue enérgico, no fue desesperado. Sin la convicción de los amantes demoramos en construir cada uno para sí una ficción de bienestar, socorridos por una carne irracional, y mal educados en la superstición de la plenitud.

No pude hacer nada de lo que mi agenda me imponía: pasé un parte de enfermo que prolongué abusivamente, y me dediqué a estar con Romina, a caminar por el pueblo de su mano, a coger hasta descubrir lo ilimitado de un físico incapaz de jugar un partido completo de fútbol. Una tarde le dije que debería cortar el césped: estaba lloviendo con mucha frecuencia y el pasto podría, en cualquier momento, superar la altura de mi perro. Pero a pesar de que Romina había promovido en mi mascota, a fuerza de un cariño para mí incomprensible, mejoras notables en su comportamiento, se negó a dejarme bajar a buscar la bordeadora. Me invitó, en cambio, a continuar ese viaje con destino incierto, porque cuando viajamos hacia el desastre convertimos el desastre en incógnita. Yo simplemente no quería negarme: sabía que se iría, y acaso esa certeza suspendía mis habituales temores, mi avaricia de gestos. La terrible precariedad que le imponía a nuestro vínculo la fecha de su pasaje de vuelta nos permitió asumir identidades construidas acaso sobre la exageración.

La espalda de Anita Olmos se mueve, dibuja una curva rápida, un gesto que sin anunciar el hecho irremediable tampoco lo oculta. Anita Olmos estaba a punto de irse y sólo evitó el silencio por una tradición de pueblo, una formación en la cordialidad que a mí me resulta tan incómoda como saludar a la familia de un muerto. ¿Qué buscaba, en el fondo de su juego de roles, Anita la hija de Olmos, Anita la de la cicatriz que besé y mordí? Antes de que abriera la boca, su silencio me parecía exquisito, genuino.

–Nunca te pregunté si te gustaban las flores que te traía.
–Algunas más que otras. Aunque escribí sobre todas.
–¿Qué escribiste?
–Un cuento en el que te llamás Anita. Si querés te lo leo.
–No. Mejor no.

Había partes de la ciudad que a Romina le resultaban nuevas: se había mudado a Estados Unidos antes de que el barrio de los estudiantes sumara los museos y la fuente de aguas danzantes. Recorrimos esas novedades con un entusiasmo inédito: no éramos turistas pero evidentemente tampoco éramos vecinos. Cualquier territorio ausente de rótulos claros nos servía de preludio y excusa para la irracionalidad. Frente a una vitrina del Museo de Ciencias Naturales en la que se explicaba la historia del mundo, me adelanté para verla caminar a solas: pasó por cada período geológico con la misma velocidad con la que –y yo a esto lo sabría mucho después, frente a la espalda de Anita Olmos– cambió mi propia historia. Vi a Mónica transformarse en petróleo, en el sedimento apenas traumático de una evolución.

Durante el medio año siguiente, Anita me visitó nueve veces. Siempre con ramos de flores medicinales y algún pan recién horneado. Se acostó conmigo, me desnudó sin la urgencia de los gestos exagerados, y con la alegre convicción de estar curándome de algo. A veces su piel traía el aroma de la harina, otras veces el perfume de oferta en el autoservicio del pueblo. Aprendí a olerla para predecir los efectos que tendría su cuerpo sobre el mío, y a reconocer en los colores de su ropa los mensajes sobre su estado de ánimo y mi futuro. Su padre pasó un mes sin venir, y cuando el pasto comenzó a estar desprolijo simplemente arrasó con él. Hasta ahora ha respetado un pacto implícito que me compromete a dejarle el dinero en la panadería, con Anita. No hablamos más allá de lo necesario.

La visita número 13 fue la última y fue impredecible: minutos antes de que yo saliera hacia el aeropuerto, Anita llegó, sin flores, vestida de azul. No quiso detenerme, aunque en su rostro había un leve gesto de incredulidad.
-¿Qué hacés si allá tampoco te atiende el teléfono?
-No te preocupes.

Cerré la puerta de la casa con llave y se la dejé. Le pedí que el Jonatan no rompiera los adornos, pero el pedido fue absurdo. Me agradeció con un beso dulce, con sabor a una infusión de hierbas.
Ya en el aeropuerto marqué, por primera vez desde hacía seis meses, el número de Romina. Me pregunté si su voz habría cambiado, o su color de pelo, o si en su versión de la historia del mundo los hielos habrían vuelto a cubrir el continente de lo imperdonable.

Un avión despegaba mientras del teléfono salía un ritmo desfasado con mi pulso, un tono pausado que no podía armonizar con la ansiedad de mi sangre. Dos ritmos desencontrados, como si la llamada, y Anita, y Romina, y lo que yo era en ese aeropuerto, estuviéramos en tiempos diferentes. 

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Flores anaranjadas

In Flores, Relatos on abril 1, 2008 at 9:22 pm

(Relato en serie. #9 de 10)

Esperé el sábado con la agitación de un cumpleaños. Olmos no pasó a cortar el césped: esa era su última palabra y era una palabra no dicha. Decepcionado en sus planes, dejaría crecer la vegetación del lugar para que la hierba me cubra y me esconda, me devuelva a la zona oscura de la que había venido.

¿Vendría, sin embargo, Anita?

La ansiedad me puso a limpiar, a pasar un trapo por los muebles, a preparar algo de música. Elegí discos para ese tiempo confuso que sucede a los accidentes aéreos, a cuando un avión choca contra otro. Música de desastres, canciones en llamas para Anita la de la cicatriz, la música del caos para la chica de las calamidades hermosas.
Una vez que la casa estuvo impecable y el olor al sahumerio terminó de tapar el aroma aséptico del limpiapisos, me senté a leer un libro de Alice Munro que un compañero del diario me había prestado. Elegí un cuento de nombre llamativo y al mismo tiempo inaceptable: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Recostado en el sillón, pretendí no esperar visitas, aunque toda mi casa decía lo contrario.

En mi cabeza el argumento del cuento transcurría entre marcas de piel: podía darme cuenta de que estaba descubriendo el inicio de un fanatismo, de que ya no dejaría de buscar libros de Alice en cada librería del mundo, pero para mí los personajes eran todos una variación de la cicatriz de Anita, como si el libro estuviera respondiéndome una pregunta sobre la belleza vaga de la hija de Olmos.

Pensé entonces que en Nueva York podría conseguir libros en inglés de Alice Munro: calculé caminar por alguna calle de librerías de la mano de Romina y señalarle al vendedor, con la precisión de un cazador, Hateship, Friendship, Courtship, Loveship, Marriage. Tendría que pedirle a Romina que repita el nombre para el vendedor, en atención a mi pésimo inglés. Ella me miraría con el cariño que se dispensa a los que dependen de uno, a pesar de todas nuestras palabras sobre la dependencia, la libertad, el amor desapegado, el presente absoluto. Y ese instante de dependencia ¿me acercaría aun más a ella, o me alejaría sin remedio? Cuando un avión choca contra otro, ¿sus piezas confundidas en el fuego están más cerca unas de otras, o arden en la definición de su última distancia?

Anita no tocó la puerta: el picaporte dibujó la trayectoria de una decisión y vi primero la luz del sol de la tarde ingresar a la casa impecable y después la sombra alargada, solemne, de Anita y una planta. Me di vuelta y la vi bajo el marco de la puerta, con el monte de paisaje de fondo y una planta en sus manos. Era una planta de flores naranjas y frutos como bolitas. Ella misma estaba vestida con una remera naranja, y una pollera azul.

-Te traje mi favorita. Pasionaria. La tenés que plantar y crece por las paredes.

Me prometo decodificar las palabras de Anita después de entender por qué no llamó a la puerta, por qué pasó directamente, y cómo supo que la puerta estaría abierta.

En el pueblo casi todos aún dejan las puertas abiertas, pero ella ya sabe que mis costumbres de ciudad me imponen casi siempre la precaución de la llave. Todos los sábados anteriores ha escuchado el ruido de la cerradura y me ha dedicado una sonrisa comprensiva. Pero esta vez avanzó, con una seguridad para mí desconocida.

-¿Qué estás leyendo?
-Una escritora canadiense.

Le muestro el lomo del libro y lee el título: todas esas palabras en la boca frutal de Anita suenan de un modo dulce, y reprimo el impulso de besarla. Hago un gesto hacia la cocina, un gesto que para nosotros ya tiene un significado propio y supone que iré a poner la pava al fuego para luego tomar mate. Pero Anita me detiene.

-Preferiría no tomar nada, por ahora.

Con la cara aniñada señala una botella de vino y con las cejas dibuja las curvas de una palabra que leo como “después”.

-¿Qué pasó con vos? Un día te veo llorando y al otro día me besás. Y ahora pasás sin tocar la puerta.
-La dejaste abierta.
-Pero vos no sabías.

Sonríe. Levanta los hombros y su remera deja ver la zona de su cintura atravesada por la cicatriz. Demoro la mirada lo suficiente como para que ella tome la precaución de alargar el instante: con el dedo índice de su mano derecha mantiene la remera a la altura de su ombligo para que al dejar caer sus hombros ese paréntesis de piel y sombra siga, para mí, cifrando el misterio agotador de lo que va a pasar.

Le pregunto por el Jonatan: la meningitis está bajo control, el nene ya está en su casa. Olmos y su mujer lo están cuidando. Anita me cuenta que por un momento pensó que estaba en el ensayo de una catástrofe. Que jamás había rezado tanto. Y que nunca había tomado tanto té de pasionaria.

Las hojas y los tallos de la planta que me regaló se usan como sedante, en infusiones de sabor dulce. No hay nada mejor contra el insomnio. Tiene que ser la pasionaria de frutos anaranjados, porque la de frutos azules oscuros es venenosa.

Entre un color y otro, la distancia define un destino, pienso, pero me guardo la frase para escribirla más tarde. No se la digo. Acaso la use para escribirle a Romina.

-El poema, Anita. El poema no era para vos.
-¿Un ataque de sinceridad? ¿Creés que te va a salvar un ataque de sinceridad?

Mi primer impulso es preguntarme a mí mismo de qué me salvaría, pero la respuesta es tan obvia que tiene incluso un perfume más intenso que el de la pasionaria y el color de un destino inevitable. ¿Un ataque de sinceridad me salvaría de mí mismo?

-Soy un Simulcop, Anita.
-¿En serio creés en la sinceridad?

A la lista de supersticiones develadas, las tetas de Anita le agregan otro sustantivo abstracto. ¿Qué sería realmente ser sincero a medio metro de su cuerpo?

-No sé si creo o no creo. No se trata de eso. Se trata de que el poema estaba armado con frases que primero le escribí a Romina. Te mentí.
-Yo no puedo decirte nada que no le haya dicho a otro hombre.
-No es lo mismo.
-No me importa.
-Si no te ponés la remera esto va a ser un desastre.
-Dejá de pensar. Alguna vez dejá de pensar.

La distancia entre los colores de su ropa, las mentiras y las verdades que caen con su ropa: todo el paisaje dibuja el nombre de una mujer definitiva que no es ella y no es nadie, o es la sombra de Romina.

Como un jabón de mano armado con restos de jabones al borde la extinción, como un leviatán de lo que amé y destruí, un monstruo mitológico de treinta cabezas se levanta de la ropa azul y naranja de Anita y me pone frente al espejo terrible, irremediable, de lo que no puede ser perdonado.

Entonces lo primero que toco es la cicatriz.