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Una canción de Radiohead

In Cosas que pasan on julio 7, 2009 at 4:42 am
Una canción de Radiohead
Tomamos posesión de lo que nos hace felices. Es como un instinto o una tradición, un error que se repite y se transmite. Tomamos posesión porque querernos aferrarnos o porque queremos que dure, queremos cuidar esa sensación y que no se vaya, que no le pase nada. Pero esa posesión es un problema. Sabes, cuando llegué al recital de Radiohead sentí que 30 mil personas me estaban robando la felicidad. Que ya no era sólo mía, y por lo tanto estaba fuera de mi cuidado y protección.
No fue una buena sensación: cuando me empezó a gustar Radiohead no encontraba a nadie, o en todo caso encontré a muy poca gente, con quien compartir ese gusto. En poco más de diez años hice de ese entusiasmo un sentimiento de identidad, algo demasiado propio e inexplicable, acaso sólo compartido con la mujer que más que quiso y con mi mejor amigo, que también eran, porque esa es la forma un tanto enferma que había aprendido del amor, posesiones mías. Gente que me pertenecía y que estaba bajo mi cuidado, gente que se quedaría conmigo.
Sabes, no fue una buena sensación porque no me gustó comprobar que ese entusiasmo era común. No me gusta la gente común, ni nada que sea común, aunque sé que esa manera de querer es tan común como una medialuna o una noche llena de clichés. Lo cierto es que mi amor por Radiohead se veía expuesto a una comunidad. El sentimiento de comunidad está sobrevaluado. ¿Cómo podían, también ellos, amar a Radiohead?
¿Habían escuchado infinitamente desolados el relato de un apocalipsis afectivo y se habían encontrado, todos ellos, con una clave o una señal para levantar la voz o lanzar un alarido de felicidad? ¿Habían sabido ellos también que el mundo es tristeza y que toda política tiene como fin último la aniquilación de los hombres, pero que aun así somos mundo y somos política, y somos también capaces de emitir un alarido de felicidad?
¿Todos ellos? Transpirados y en éxtasis. En espera de un estrépito y un arco iris.
El arco iris está menospreciado. Parece un lugar común, y probablemente lo sea. Es el resultado de la luz y la tormenta: allí estábamos, en arco iris. Todos nosotros.
No es sencillo admitir la comunidad. Lo que nos hace comunes. Mi primera sensación fue negativa: fui educado para sentirme especial, insoportablemente especial. So fuckin special. Creo que la primera vez que escuché a Radiohead, Radiohead no existía o sólo era por entonces el relato disidente que se esconde en las sombras de la educación familiar, la voz de un primo loco o un vecino alegre que se encierra a cortarse las venas con un espejo hecho pedazos.
En 1998 OK Computer tuvo para mí la potencia de un deja vu. Mi papá me decía –ignoro de dónde habrá robado la idea, si es que la robó- que cuando uno estudia algo que le gusta, en realidad le pone nombre a las cosas que ya sabe. Es una idea romántica e idealista, platónica por cierto, y creo que nunca antes había pensado tanto en esa frase como cuando escuché Ok Computer. Los discos anteriores no me interesan. Me gustan, claro, de la misma manera que cuando me enamoro quiero ver las fotos de infancia de la mujer en cuestión. Pero no me interesan más allá del documento.
Lo que digo es que Ok Computer no me cambió la vida: me la contó. No me la explicó: sabes, hay cosas que no se pueden explicar y por eso existe el arte. El arte que me interesa es el que indaga en lo inexplicable, el que busca un lenguaje para lo que no puede decirse, no por una prohibición, sino por una insuficiencia.
¿A todos ellos les había pasado lo mismo?
La mujer que más me quiso fue con su nuevo novio. Es posible que en algunos momentos del recital mi sensación de levísima angustia estuviera emparentada con la imposibilidad de mirarla a los ojos y decirle que todo lo que estaba ocurriendo tenía la consistencia de los sueños, el aura increíble de los deseos que se cumplen. Pero decir que la mujer que más me quiso fue la protagonista de la noche sería una mentira, un gesto romántico en las más pobres acepciones del término. Una vez asumida la comunidad, una vez soportado el peso de lo que nos vuelve comunes, me dediqué a salirme de mi cuerpo.
No exagero. Tengo la sensación de que transpiré toda, toda mi ansiedad.
Escribo durante el mediodía, doce horas después del final del recital: estoy muscularmente agotado y emocionalmente atravesado por un rayo intraducible, multicolor, luminoso y tormentoso.
No me importaron las otras bandas. No tengo nada en contra de La Portuaria ni de Kraftwerk, pero no me importaban. No estaban en el lugar adecuado. Probablemente hubiera bailado un poco más si los alemanes tocaban Bela Lugosi is dead, pero no la tocaron. No me importaban. Habíamos llegado, con mi mejor amigo, temprano y con la decisión de estar cerca. Es una decisión común, lo sé.
Con el Emilio nos hicimos amigos en un hipermercado. Ambos trabábamos para empresas rivales, en la góndola de las galletitas. En los hipermercados se trabaja duro antes de las nueve de la mañana, antes de que abran las puertas al público. Desde las 6 hasta las 8 y media, los otros empleados del hipermercado eligen la música que escuchan mientras trabajan. Y siempre eligen cuarteto.
Me cansa el cuarteto. Puedo respetarlo, puedo imitar las poses divertidas de lo que lo bailan, y puedo soportarlo por unos 30 minutos sin que me ponga nervioso e impaciente. Pero me aburre, me cansa. Todas las canciones que hablan de desengaños amorosos me cansan. Me dan ganas de gritarles a sus autores ¿qué esperaban, por dios, qué demonios esperaban?
Mi primera madrugada en el Hiper de General Paz fue musicalizada por Cachumba. Entiendo que las tres de la mañana en un casamiento esa música se convierta en una necesidad, pero a las siete, con la angustia de entregar cuerpo y espíritu al éxito de una marca de galletitas, no. Le pregunté al Emilio si era siempre así, me dijo lo que yo ya temía, y empezamos a hablar de la música que sí nos gustaba. Ambos mencionamos a Radiohead en el primer lugar de nuestras elecciones. Fue como en esas películas horribles en las que alguien se enamora por un gesto mínimo e insignificante.
Así que ayer fui con el Emilio. Y nos fuimos bien adelante, como si tuviéramos 18 años y mucha más masa muscular de la que tenemos.
Allí adelante la experiencia es recargada. La mecánica del empujón parece ser la traducción física de un entusiasmo, y todo se mueve constante y violentamente. A mí se me empañaban los lentes, pero no era el único: otro gesto de comunidad, en el público había casi una mayoría de cuatro ojos. Por momentos parecía una especie de contraseña,  varios pares de lentes buscando en las alturas una brisa que los desempañe.
Todo es cuerpo, y por lo tanto el cuerpo es nada: la idea de comunidad se transpira, se convierte en un sudor que puede tener la poesía de los actos colectivos pero que no deja de tener tampoco el impacto antihigiénico de una barrera que se rompe. La piel es una barricada que se cae: estás mojado y pegado a seis o siete desconocidos y mojados que se mueven con vos y saltan y gritan y te apoyan los codos en reclamo de una distancia imposible. Yo quería salirme de mi cuerpo y lo estábamos logrando. Pero no era el lugar común de la unidad: yo no me sentía uno con el cabezón de adelante que me tapaba la visión. Más bien dejaba de sentirme yo. No me convertía en nosotros, pero tampoco era yo. No era la tormenta de mi individualidad, pero tampoco era la luz de la comunidad: atravesado por un rayo deforme y despojado de piel y ropa, convertido en un espectro de mis deseos o en un fantasma hecho de 10 años de espera.
¿Se puede esperar por una banda? ¿Se puede hablar con seriedad de esa espera? ¿No es una espera prevista por el mercado? Probablemente lo sea, seguramente lo es. Pero no me importaba. Yo no era yo, porque era más bien mi historia la que estaba bailando, mis fantasmas del pasado, mi década junto a la mujer que más me quiso, mi amistad con el Emilio, mis viajes en auto escuchando que sólo porque lo sienta, no significa que esté ahí. No significa que esté ahí.
Lo sentía, y podía expresarlo con palabras insuficientes, podía decirle al Emilio qué felicidad, hermano, qué felicidad. Pero yo no estaba ahí: estar ahí era imposible. Estar en el sentido de ser reconocido como uno, como lo que uno es o dice ser. Estar, en el sentido de poder afirmar que el mundo es y que uno es en el mundo. No. Eso era imposible. O, mejor dicho, era limitado. Pero no había piel y no había límite: había una oportunidad de salirme de mi cuerpo. Yo me salí, no estuve ahí. Y eso no era felicidad.
Era algo sin nombre, algo que podré recordar pero no representar, algo que podré evocar de manera insuficiente por el resto de mis días conscientes, pero algo irrepetible.
Me cansa la gente que no entiende esto: Radiohead no es una banda de música.
Mi amiga Juliana disfruta de hacerme saber que no le gusta Radiohead. O que no le parece la gran cosa. Cuando nos miramos más de dos segundos me estremezco de amor, pero cuando hablamos de Radiohead me dan ganas de que ese amor desaparezca. Así de irracional es mi relación Radiohead, y no quiero que cambie. Mucho menos después de una noche como la de anoche.
Sabes, Radiohead no es una banda de música. Eso sería tan común.
Leí algunos titulares antes, y no pienso leer nada después: los periodistas estamos obligados a ligar las cosas con alguna realidad comprensible, y muchas veces eso deviene en un empobrecimiento de las cosas. Cuando me doy cuenta, odio mi trabajo: mi misión es vulgarizar el evento y transformarlo en lectura fácil. A veces pienso que los escritores a los que entrevisto deberían odiarme por eso. Ellos escriben durante años un libro que no es un libro, que no es un objeto común, y que yo vengo y defino como libro. Y lo ubico en una tradición, como si un acto como la escritura, que para ellos es sagrado como un rezo o como un orgasmo, pudiera ser un acto de repetición. Un mero acto de repetición, ubicable en una serie de eventos ordinarios. Todos los titulares que leí relacionaban a Radiohead con una banda irlandesa, y hablaban de que Radiohead no había llegado a ser como esa banda irlandesa, como si el destino de las personas y de las bandas pudiera definirse por su semejanza con lo que ya conocemos. Yo llegué al recital con una sensación sobre el ejercicio periodístico muy parecida a la que tenía antes de comenzar a trabajar como periodista: en sus versiones más cómodas y urgentes, el periodismo es un esfuerzo por explicar la realidad empobreciéndola, reduciendo cualquier objeto desconocido a lo que más de le parezca en el mundo de lo que conocemos. Antes de ir, había planeado llevar conmigo mi credencial de prensa: nunca se sabe, era probable que gracias a ella pudiera ganar algún acceso al VIP, o algún trato preferencial en caso de tumulto o confusión. El periodismo es un ejercicio miserable que trafica prerrogativas, y yo he aprendido con tristeza esa lección, y la he incorporado a mis prácticas mezquinas. Pero olvidé la credencial. O una parte de mí quiso ser sincera conmigo y con mis sensaciones: por una vez, después de 5 años, una parte de mí me pedía que sea periodista, que no reduzca el acontecimiento Radiohead a una cobertura o a una crónica. A una lista de temas y frases de Thom, o a una sucesión de reacciones del público. No llevé la credencial, y al principio me lamenté, pero después entendí que era mejor así, que yo no podía seguir siendo ese yo empobrecido al que me reduce el rol, el trabajo que ocupa más de la mitad de mis días.
Además, no quisiera tener de ahora en adelante nada que ver con el gremio de los que asocian a Radiohead con U2, porque estoy convencido de que no entienden nada, nada. Pero estoy muy convencido, como si adscribiera irracional y apasionadamente a un partido político. No me preocuparía en hacer público ese desagrado, más allá, sabes, de este borrador en el que quiero ponerle nombre a la noche, ponerle nombre a lo que quiero entender y proyectar. No me preocuparía más allá de este leve disgusto que al mismo tiempo alimenta mi sensación de individualidad: no soy como ellos. Soy como los que me apretaban y saltaban conmigo anoche, y esperaban la explosión de Paranoid Android para salirse de sí mismos.
Pienso que cuando vinieron los Rolling Stones a la Argentina comenzó en nuestro país una moda que empobreció al rock y lo llevó a la parodia involuntaria de todos los clichés de esa banda. No va a suceder lo mismo con Radiohead porque Radiohead no tiene esa masividad ni esa aceptación, pero sería grandioso que el mundo se pareciera un poco más a Radiohead y menos a The Rolling Stones. Yo no quiero tener hijos porque no quiero que crezcan escuchando a Los Piojos.
¿Podrían crecer escuchando a Radiohead? No lo sé, no importa, mucho de lo que digo es un golpe de efecto insuficiente.
Hacía diez años que quería ver a Johnny Greenwood arrodillado frente a lo que sea que toque cuando distorsiona los efectos de Everything in its right place. Yo tenía ganas de llorar, pero llorar hubiera sido una pérdida de tiempo y una vuelta al cuerpo, antes de tiempo, mucho antes de tomar el 15 hasta el hostel, por ejemplo. Así que no lloré, ni hice nada de lo que había previsto hacer, porque una vez que me salí de mi cuerpo nada podía ser previsible. Nunca me había pasado. Nunca soporté tanto calor y tanto sudor ajeno, ni tantos empujones. Nunca había dado el primero de los aplausos, por ejemplo. Es una sensación increíble, porque no hay cuerpo ni hay manos, pero el aplauso sale. O el baile.
Nunca bailo, no me sale bien, tengo un cuerpo entorpecido por la desidia física, la escritura frente a la PC y la lectura en la cama. No tengo un cuerpo armónico, ni mucho menos. No me muevo de acuerdo a un ritmo, no puedo hacerlo. Cuando bailo en una fiesta imito movimientos de los chicos que me gustan y trato de morderme el labio inferior lo menos posible, y me acerco mucho a las chicas para que no midan el desacierto de mis movimientos. Anoche era diferente. Sería tonto hacer una lista de temas, porque tocaron todo lo que yo quería escuchar, pero recuerdo que en Idioteque me desencontré. Sabes, es una de mis canciones preferidas. Puedo escucharla y cantarla sin cansarme una y mil, diez mil veces. La tengo en todas las computadoras en las que trabajo, porque siempre me devuelve a cierto estado de elevación espiritual y alienación afectiva que me resulta nutritivo. Bueno, cuando comenzó a sonar pensé que podría sentir la emoción de un sueño cumplido o algo así, pero no. Era puro éxtasis, estruendo. Como si pudiera elevarme y verme bailar, o como si cuerpo no me perteneciera más, o como si el cuerpo ya no importase o fuese el resultado poco importante de la luz y la tormenta.
Canté, creo, porque ahora estoy afónico y mi voz no tiene volumen ni tono. Pero no me propuse cantar, no fue una decisión. Las canciones que me habían hecho crecer estaban sonando y yo ya no sabía si entraban a mi cuerpo salían de él, porque tenía también la sensación de que mi cuerpo era el de 10 mil personas transpiradas y felices, boquiabiertas.
En ese punto la sensación de comunidad se transformó en algo positivo, en un sentimiento más próximo a la alegría. Ser común, ser un grupo, ser un montón de gente. Es improbable que cambiemos el mundo, es improbable que logremos que el mundo deje de ser tristeza y desolación, pero ahí estábamos, refugiados en la utopía del éxtasis. Todo se cae a pedazos, pero al menos existe Radiohead. ¿Lucidez? No lo sé, no creo en la lucidez colectiva, o estoy desencantado de esa idea. Ya no tengo la edad de la militancia. Tengo certezas que me desilusionan. Pero allí estábamos, sin cuerpos, en la utopía de un éxtasis.
¿Por qué cuento esto, o por qué expongo estas sensaciones más íntimas que acertadas? No es sólo que quiera entenderlo, también quiero compartirlo. Estuve ahí y por eso mismo no estuve ahí, y en ese no estar, tuve la sensación de que hay momentos en los que la comunidad no es una basura. Igual no cambia nada: si la noche se hubiera extendido nos hubiéramos cansado de ser comunes y nos hubiéramos puesto a ver qué le falta a Radiohead para ser U2 o los Rolling Stones. Pero hay momentos, y anoche alimenté mi fe en esos momentos. Sin cuerpo, sin posesión, con el peso de una remera absolutamente mojada en sudores comunes. La felicidad tiene formas extrañas, inesperadas. Como bailar sin que te importe nada más, pero nada nada, porque no hay nada más que esa música y algo que no se entiende o no se explica, o ya no importa entender. Está todo bien, está todo mal, está todo bien.
Quiero contártelo porque fue una experiencia de la amistad. Cada vez creo más en esas cosas, sabes. En la amistad, como sea. Aprendo de mis amigos, y ya casi no me importa ninguna otra clase de persona: si no podés ser mi amigo no quiero perder el tiempo, no quiero porque la vida es corta y triste, y la amistad es todo lo contrario.
Incluso esa amistad espontánea, de dos o tres segundos, que surge en el estrépito de una canción. Estamos todos cantando lo mismo y creemos que esa canción es ahora mismo lo que más importa, lo único que existe o lo que nos une.
Lo que nos une. Ser común, ser una comunidad. Creo que quiero contar lo de anoche porque es mi manera de compartirlo e intentar que se proyecte o que se extienda, que no se quede ahí. Es improbable que no se quede ahí (y ese ahí no es sólo un lugar o un tiempo). Pero el mundo se viene abajo desde siempre y al menos está Radiohead, al menos intentamos y éste es un intento de dar un alarido de felicidad –aunque no sea felicidad eso de lo quiero hablar, porque eso de lo que quiero hablar no tiene nombre.
Porque no es felicidad. No es felicidad lo que buscamos. Y no fue felicidad lo que encontramos los que estuvimos y no estuvimos ahí. O no fue sólo eso. La felicidad está sobrevaluada: hay más cosas, hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que podemos esperar, buscar y explicar.
Estoy en el living de un hostel habitado por extranjeros. Es raro, porque parece una proyección de esa sensación de anoche de que no hablábamos una lengua conocida. ¿Demasiado entusiasmo? Es probable que sí. Es un entusiasmo brutal. Escribo esto para que dure un poco más.
Entre la luz y la tormenta, un rayo de todos los colores me atraviesa y me llena de algo que va más allá de la felicidad. Puede parecer mucho. Pero eso es lo que hay, lo que se tiene, lo que tengo ahora, y lo que quiero compartir.
Tomo posesión de lo que me hace feliz, es un error, y quiero enmendarlo o traducirlo en algo común. Siempre quise escribir una canción de Radiohead. Este es mi intento desmesurado. No me salió, claro. Pero qué lindo hubiera sidUna canción de Radiohead
Tomamos posesión de lo que nos hace felices. Es como un instinto o una tradición, un error que se repite y se transmite. Tomamos posesión porque querernos aferrarnos o porque queremos que dure, queremos cuidar esa sensación y que no se vaya, que no le pase nada. Pero esa posesión es un problema. Sabes, cuando llegué al recital de Radiohead sentí que 30 mil personas me estaban robando la felicidad. Que ya no era sólo mía, y por lo tanto estaba fuera de mi cuidado y protección.
No fue una buena sensación: cuando me empezó a gustar Radiohead no encontraba a nadie, o en todo caso encontré a muy poca gente, con quien compartir ese gusto. En poco más de diez años hice de ese entusiasmo un sentimiento de identidad, algo demasiado propio e inexplicable, acaso sólo compartido con la mujer que más que quiso y con mi mejor amigo, que también eran, porque esa es la forma un tanto enferma que había aprendido del amor, posesiones mías. Gente que me pertenecía y que estaba bajo mi cuidado, gente que se quedaría conmigo.
Sabes, no fue una buena sensación porque no me gustó comprobar que ese entusiasmo era común. No me gusta la gente común, ni nada que sea común, aunque sé que esa manera de querer es tan común como una medialuna o una noche llena de clichés. Lo cierto es que mi amor por Radiohead se veía expuesto a una comunidad. El sentimiento de comunidad está sobrevaluado. ¿Cómo podían, también ellos, amar a Radiohead?
¿Habían escuchado infinitamente desolados el relato de un apocalipsis afectivo y se habían encontrado, todos ellos, con una clave o una señal para levantar la voz o lanzar un alarido de felicidad? ¿Habían sabido ellos también que el mundo es tristeza y que toda política tiene como fin último la aniquilación de los hombres, pero que aun así somos mundo y somos política, y somos también capaces de emitir un alarido de felicidad?
¿Todos ellos? Transpirados y en éxtasis. En espera de un estrépito y un arco iris.
El arco iris está menospreciado. Parece un lugar común, y probablemente lo sea. Es el resultado de la luz y la tormenta: allí estábamos, en arco iris. Todos nosotros.
No es sencillo admitir la comunidad. Lo que nos hace comunes. Mi primera sensación fue negativa: fui educado para sentirme especial, insoportablemente especial. So fuckin special. Creo que la primera vez que escuché a Radiohead, Radiohead no existía o sólo era por entonces el relato disidente que se esconde en las sombras de la educación familiar, la voz de un primo loco o un vecino alegre que se encierra a cortarse las venas con un espejo hecho pedazos.
En 1998 OK Computer tuvo para mí la potencia de un deja vu. Mi papá me decía –ignoro de dónde habrá robado la idea, si es que la robó- que cuando uno estudia algo que le gusta, en realidad le pone nombre a las cosas que ya sabe. Es una idea romántica e idealista, platónica por cierto, y creo que nunca antes había pensado tanto en esa frase como cuando escuché Ok Computer. Los discos anteriores no me interesan. Me gustan, claro, de la misma manera que cuando me enamoro quiero ver las fotos de infancia de la mujer en cuestión. Pero no me interesan más allá del documento.
Lo que digo es que Ok Computer no me cambió la vida: me la contó. No me la explicó: sabes, hay cosas que no se pueden explicar y por eso existe el arte. El arte que me interesa es el que indaga en lo inexplicable, el que busca un lenguaje para lo que no puede decirse, no por una prohibición, sino por una insuficiencia.
¿A todos ellos les había pasado lo mismo?
La mujer que más me quiso fue con su nuevo novio. Es posible que en algunos momentos del recital mi sensación de levísima angustia estuviera emparentada con la imposibilidad de mirarla a los ojos y decirle que todo lo que estaba ocurriendo tenía la consistencia de los sueños, el aura increíble de los deseos que se cumplen. Pero decir que la mujer que más me quiso fue la protagonista de la noche sería una mentira, un gesto romántico en las más pobres acepciones del término. Una vez asumida la comunidad, una vez soportado el peso de lo que nos vuelve comunes, me dediqué a salirme de mi cuerpo.
No exagero. Tengo la sensación de que transpiré toda, toda mi ansiedad.
Escribo durante el mediodía, doce horas después del final del recital: estoy muscularmente agotado y emocionalmente atravesado por un rayo intraducible, multicolor, luminoso y tormentoso.
No me importaron las otras bandas. No tengo nada en contra de La Portuaria ni de Kraftwerk, pero no me importaban. No estaban en el lugar adecuado. Probablemente hubiera bailado un poco más si los alemanes tocaban Bela Lugosi is dead, pero no la tocaron. No me importaban. Habíamos llegado, con mi mejor amigo, temprano y con la decisión de estar cerca. Es una decisión común, lo sé.
Con el Emilio nos hicimos amigos en un hipermercado. Ambos trabábamos para empresas rivales, en la góndola de las galletitas. En los hipermercados se trabaja duro antes de las nueve de la mañana, antes de que abran las puertas al público. Desde las 6 hasta las 8 y media, los otros empleados del hipermercado eligen la música que escuchan mientras trabajan. Y siempre eligen cuarteto.
Me cansa el cuarteto. Puedo respetarlo, puedo imitar las poses divertidas de lo que lo bailan, y puedo soportarlo por unos 30 minutos sin que me ponga nervioso e impaciente. Pero me aburre, me cansa. Todas las canciones que hablan de desengaños amorosos me cansan. Me dan ganas de gritarles a sus autores ¿qué esperaban, por dios, qué demonios esperaban?
Mi primera madrugada en el Hiper de General Paz fue musicalizada por Cachumba. Entiendo que las tres de la mañana en un casamiento esa música se convierta en una necesidad, pero a las siete, con la angustia de entregar cuerpo y espíritu al éxito de una marca de galletitas, no. Le pregunté al Emilio si era siempre así, me dijo lo que yo ya temía, y empezamos a hablar de la música que sí nos gustaba. Ambos mencionamos a Radiohead en el primer lugar de nuestras elecciones. Fue como en esas películas horribles en las que alguien se enamora por un gesto mínimo e insignificante.
Así que ayer fui con el Emilio. Y nos fuimos bien adelante, como si tuviéramos 18 años y mucha más masa muscular de la que tenemos.
Allí adelante la experiencia es recargada. La mecánica del empujón parece ser la traducción física de un entusiasmo, y todo se mueve constante y violentamente. A mí se me empañaban los lentes, pero no era el único: otro gesto de comunidad, en el público había casi una mayoría de cuatro ojos. Por momentos parecía una especie de contraseña,  varios pares de lentes buscando en las alturas una brisa que los desempañe.
Todo es cuerpo, y por lo tanto el cuerpo es nada: la idea de comunidad se transpira, se convierte en un sudor que puede tener la poesía de los actos colectivos pero que no deja de tener tampoco el impacto antihigiénico de una barrera que se rompe. La piel es una barricada que se cae: estás mojado y pegado a seis o siete desconocidos y mojados que se mueven con vos y saltan y gritan y te apoyan los codos en reclamo de una distancia imposible. Yo quería salirme de mi cuerpo y lo estábamos logrando. Pero no era el lugar común de la unidad: yo no me sentía uno con el cabezón de adelante que me tapaba la visión. Más bien dejaba de sentirme yo. No me convertía en nosotros, pero tampoco era yo. No era la tormenta de mi individualidad, pero tampoco era la luz de la comunidad: atravesado por un rayo deforme y despojado de piel y ropa, convertido en un espectro de mis deseos o en un fantasma hecho de 10 años de espera.
¿Se puede esperar por una banda? ¿Se puede hablar con seriedad de esa espera? ¿No es una espera prevista por el mercado? Probablemente lo sea, seguramente lo es. Pero no me importaba. Yo no era yo, porque era más bien mi historia la que estaba bailando, mis fantasmas del pasado, mi década junto a la mujer que más me quiso, mi amistad con el Emilio, mis viajes en auto escuchando que sólo porque lo sienta, no significa que esté ahí. No significa que esté ahí.
Lo sentía, y podía expresarlo con palabras insuficientes, podía decirle al Emilio qué felicidad, hermano, qué felicidad. Pero yo no estaba ahí: estar ahí era imposible. Estar en el sentido de ser reconocido como uno, como lo que uno es o dice ser. Estar, en el sentido de poder afirmar que el mundo es y que uno es en el mundo. No. Eso era imposible. O, mejor dicho, era limitado. Pero no había piel y no había límite: había una oportunidad de salirme de mi cuerpo. Yo me salí, no estuve ahí. Y eso no era felicidad.
Era algo sin nombre, algo que podré recordar pero no representar, algo que podré evocar de manera insuficiente por el resto de mis días conscientes, pero algo irrepetible.
Me cansa la gente que no entiende esto: Radiohead no es una banda de música.
Mi amiga Juliana disfruta de hacerme saber que no le gusta Radiohead. O que no le parece la gran cosa. Cuando nos miramos más de dos segundos me estremezco de amor, pero cuando hablamos de Radiohead me dan ganas de que ese amor desaparezca. Así de irracional es mi relación Radiohead, y no quiero que cambie. Mucho menos después de una noche como la de anoche.
Sabes, Radiohead no es una banda de música. Eso sería tan común.
Leí algunos titulares antes, y no pienso leer nada después: los periodistas estamos obligados a ligar las cosas con alguna realidad comprensible, y muchas veces eso deviene en un empobrecimiento de las cosas. Cuando me doy cuenta, odio mi trabajo: mi misión es vulgarizar el evento y transformarlo en lectura fácil. A veces pienso que los escritores a los que entrevisto deberían odiarme por eso. Ellos escriben durante años un libro que no es un libro, que no es un objeto común, y que yo vengo y defino como libro. Y lo ubico en una tradición, como si un acto como la escritura, que para ellos es sagrado como un rezo o como un orgasmo, pudiera ser un acto de repetición. Un mero acto de repetición, ubicable en una serie de eventos ordinarios. Todos los titulares que leí relacionaban a Radiohead con una banda irlandesa, y hablaban de que Radiohead no había llegado a ser como esa banda irlandesa, como si el destino de las personas y de las bandas pudiera definirse por su semejanza con lo que ya conocemos. Yo llegué al recital con una sensación sobre el ejercicio periodístico muy parecida a la que tenía antes de comenzar a trabajar como periodista: en sus versiones más cómodas y urgentes, el periodismo es un esfuerzo por explicar la realidad empobreciéndola, reduciendo cualquier objeto desconocido a lo que más de le parezca en el mundo de lo que conocemos. Antes de ir, había planeado llevar conmigo mi credencial de prensa: nunca se sabe, era probable que gracias a ella pudiera ganar algún acceso al VIP, o algún trato preferencial en caso de tumulto o confusión. El periodismo es un ejercicio miserable que trafica prerrogativas, y yo he aprendido con tristeza esa lección, y la he incorporado a mis prácticas mezquinas. Pero olvidé la credencial. O una parte de mí quiso ser sincera conmigo y con mis sensaciones: por una vez, después de 5 años, una parte de mí me pedía que sea periodista, que no reduzca el acontecimiento Radiohead a una cobertura o a una crónica. A una lista de temas y frases de Thom, o a una sucesión de reacciones del público. No llevé la credencial, y al principio me lamenté, pero después entendí que era mejor así, que yo no podía seguir siendo ese yo empobrecido al que me reduce el rol, el trabajo que ocupa más de la mitad de mis días.
Además, no quisiera tener de ahora en adelante nada que ver con el gremio de los que asocian a Radiohead con U2, porque estoy convencido de que no entienden nada, nada. Pero estoy muy convencido, como si adscribiera irracional y apasionadamente a un partido político. No me preocuparía en hacer público ese desagrado, más allá, sabes, de este borrador en el que quiero ponerle nombre a la noche, ponerle nombre a lo que quiero entender y proyectar. No me preocuparía más allá de este leve disgusto que al mismo tiempo alimenta mi sensación de individualidad: no soy como ellos. Soy como los que me apretaban y saltaban conmigo anoche, y esperaban la explosión de Paranoid Android para salirse de sí mismos.
Pienso que cuando vinieron los Rolling Stones a la Argentina comenzó en nuestro país una moda que empobreció al rock y lo llevó a la parodia involuntaria de todos los clichés de esa banda. No va a suceder lo mismo con Radiohead porque Radiohead no tiene esa masividad ni esa aceptación, pero sería grandioso que el mundo se pareciera un poco más a Radiohead y menos a The Rolling Stones. Yo no quiero tener hijos porque no quiero que crezcan escuchando a Los Piojos.
¿Podrían crecer escuchando a Radiohead? No lo sé, no importa, mucho de lo que digo es un golpe de efecto insuficiente.
Hacía diez años que quería ver a Johnny Greenwood arrodillado frente a lo que sea que toque cuando distorsiona los efectos de Everything in its right place. Yo tenía ganas de llorar, pero llorar hubiera sido una pérdida de tiempo y una vuelta al cuerpo, antes de tiempo, mucho antes de tomar el 15 hasta el hostel, por ejemplo. Así que no lloré, ni hice nada de lo que había previsto hacer, porque una vez que me salí de mi cuerpo nada podía ser previsible. Nunca me había pasado. Nunca soporté tanto calor y tanto sudor ajeno, ni tantos empujones. Nunca había dado el primero de los aplausos, por ejemplo. Es una sensación increíble, porque no hay cuerpo ni hay manos, pero el aplauso sale. O el baile.
Nunca bailo, no me sale bien, tengo un cuerpo entorpecido por la desidia física, la escritura frente a la PC y la lectura en la cama. No tengo un cuerpo armónico, ni mucho menos. No me muevo de acuerdo a un ritmo, no puedo hacerlo. Cuando bailo en una fiesta imito movimientos de los chicos que me gustan y trato de morderme el labio inferior lo menos posible, y me acerco mucho a las chicas para que no midan el desacierto de mis movimientos. Anoche era diferente. Sería tonto hacer una lista de temas, porque tocaron todo lo que yo quería escuchar, pero recuerdo que en Idioteque me desencontré. Sabes, es una de mis canciones preferidas. Puedo escucharla y cantarla sin cansarme una y mil, diez mil veces. La tengo en todas las computadoras en las que trabajo, porque siempre me devuelve a cierto estado de elevación espiritual y alienación afectiva que me resulta nutritivo. Bueno, cuando comenzó a sonar pensé que podría sentir la emoción de un sueño cumplido o algo así, pero no. Era puro éxtasis, estruendo. Como si pudiera elevarme y verme bailar, o como si cuerpo no me perteneciera más, o como si el cuerpo ya no importase o fuese el resultado poco importante de la luz y la tormenta.
Canté, creo, porque ahora estoy afónico y mi voz no tiene volumen ni tono. Pero no me propuse cantar, no fue una decisión. Las canciones que me habían hecho crecer estaban sonando y yo ya no sabía si entraban a mi cuerpo salían de él, porque tenía también la sensación de que mi cuerpo era el de 10 mil personas transpiradas y felices, boquiabiertas.
En ese punto la sensación de comunidad se transformó en algo positivo, en un sentimiento más próximo a la alegría. Ser común, ser un grupo, ser un montón de gente. Es improbable que cambiemos el mundo, es improbable que logremos que el mundo deje de ser tristeza y desolación, pero ahí estábamos, refugiados en la utopía del éxtasis. Todo se cae a pedazos, pero al menos existe Radiohead. ¿Lucidez? No lo sé, no creo en la lucidez colectiva, o estoy desencantado de esa idea. Ya no tengo la edad de la militancia. Tengo certezas que me desilusionan. Pero allí estábamos, sin cuerpos, en la utopía de un éxtasis.
¿Por qué cuento esto, o por qué expongo estas sensaciones más íntimas que acertadas? No es sólo que quiera entenderlo, también quiero compartirlo. Estuve ahí y por eso mismo no estuve ahí, y en ese no estar, tuve la sensación de que hay momentos en los que la comunidad no es una basura. Igual no cambia nada: si la noche se hubiera extendido nos hubiéramos cansado de ser comunes y nos hubiéramos puesto a ver qué le falta a Radiohead para ser U2 o los Rolling Stones. Pero hay momentos, y anoche alimenté mi fe en esos momentos. Sin cuerpo, sin posesión, con el peso de una remera absolutamente mojada en sudores comunes. La felicidad tiene formas extrañas, inesperadas. Como bailar sin que te importe nada más, pero nada nada, porque no hay nada más que esa música y algo que no se entiende o no se explica, o ya no importa entender. Está todo bien, está todo mal, está todo bien.
Quiero contártelo porque fue una experiencia de la amistad. Cada vez creo más en esas cosas, sabes. En la amistad, como sea. Aprendo de mis amigos, y ya casi no me importa ninguna otra clase de persona: si no podés ser mi amigo no quiero perder el tiempo, no quiero porque la vida es corta y triste, y la amistad es todo lo contrario.
Incluso esa amistad espontánea, de dos o tres segundos, que surge en el estrépito de una canción. Estamos todos cantando lo mismo y creemos que esa canción es ahora mismo lo que más importa, lo único que existe o lo que nos une.
Lo que nos une. Ser común, ser una comunidad. Creo que quiero contar lo de anoche porque es mi manera de compartirlo e intentar que se proyecte o que se extienda, que no se quede ahí. Es improbable que no se quede ahí (y ese ahí no es sólo un lugar o un tiempo). Pero el mundo se viene abajo desde siempre y al menos está Radiohead, al menos intentamos y éste es un intento de dar un alarido de felicidad –aunque no sea felicidad eso de lo quiero hablar, porque eso de lo que quiero hablar no tiene nombre.
Porque no es felicidad. No es felicidad lo que buscamos. Y no fue felicidad lo que encontramos los que estuvimos y no estuvimos ahí. O no fue sólo eso. La felicidad está sobrevaluada: hay más cosas, hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que podemos esperar, buscar y explicar.
Estoy en el living de un hostel habitado por extranjeros. Es raro, porque parece una proyección de esa sensación de anoche de que no hablábamos una lengua conocida. ¿Demasiado entusiasmo? Es probable que sí. Es un entusiasmo brutal. Escribo esto para que dure un poco más.
Entre la luz y la tormenta, un rayo de todos los colores me atraviesa y me llena de algo que va más allá de la felicidad. Puede parecer mucho. Pero eso es lo que hay, lo que se tiene, lo que tengo ahora, y lo que quiero compartir.
Tomo posesión de lo que me hace feliz, es un error, y quiero enmendarlo o traducirlo en algo común. Siempre quise escribir una canción de Radiohead. Este es mi intento desmesurado. No me salió, claro. Pero qué lindo hubiera sido que me salga.
Tomamos posesión de lo que nos hace felices. Es como un instinto o una tradición, un error que se repite y se transmite. Tomamos posesión porque querernos aferrarnos o porque queremos que dure, queremos cuidar esa sensación y que no se vaya, que no le pase nada. Pero esa posesión es un problema. Sabes, cuando llegué al recital de Radiohead sentí que 30 mil personas me estaban robando la felicidad. Que ya no era sólo mía, y por lo tanto estaba fuera de mi cuidado y protección.
No fue una buena sensación: cuando me empezó a gustar Radiohead no encontraba a nadie, o en todo caso encontré a muy poca gente, con quien compartir ese gusto. En poco más de diez años hice de ese entusiasmo un sentimiento de identidad, algo demasiado propio e inexplicable, acaso sólo compartido con la mujer que más que quiso y con mi mejor amigo, que también eran, porque esa es la forma un tanto enferma que había aprendido del amor, posesiones mías. Gente que me pertenecía y que estaba bajo mi cuidado, gente que se quedaría conmigo.
Sabes, no fue una buena sensación porque no me gustó comprobar que ese entusiasmo era común. No me gusta la gente común, ni nada que sea común, aunque sé que esa manera de querer es tan común como una medialuna o una noche llena de clichés. Lo cierto es que mi amor por Radiohead se veía expuesto a una comunidad. El sentimiento de comunidad está sobrevaluado. ¿Cómo podían, también ellos, amar a Radiohead?
¿Habían escuchado infinitamente desolados el relato de un apocalipsis afectivo y se habían encontrado, todos ellos, con una clave o una señal para levantar la voz o lanzar un alarido de felicidad? ¿Habían sabido ellos también que el mundo es tristeza y que toda política tiene como fin último la aniquilación de los hombres, pero que aun así somos mundo y somos política, y somos también capaces de emitir un alarido de felicidad?
¿Todos ellos? Transpirados y en éxtasis. En espera de un estrépito y un arco iris.
El arco iris está menospreciado. Parece un lugar común, y probablemente lo sea. Es el resultado de la luz y la tormenta: allí estábamos, en arco iris. Todos nosotros.
No es sencillo admitir la comunidad. Lo que nos hace comunes. Mi primera sensación fue negativa: fui educado para sentirme especial, insoportablemente especial. So fuckin special. Creo que la primera vez que escuché a Radiohead, Radiohead no existía o sólo era por entonces el relato disidente que se esconde en las sombras de la educación familiar, la voz de un primo loco o un vecino alegre que se encierra a cortarse las venas con un espejo hecho pedazos.
En 1998 OK Computer tuvo para mí la potencia de un deja vu. Mi papá me decía –ignoro de dónde habrá robado la idea, si es que la robó- que cuando uno estudia algo que le gusta, en realidad le pone nombre a las cosas que ya sabe. Es una idea romántica e idealista, platónica por cierto, y creo que nunca antes había pensado tanto en esa frase como cuando escuché Ok Computer. Los discos anteriores no me interesan. Me gustan, claro, de la misma manera que cuando me enamoro quiero ver las fotos de infancia de la mujer en cuestión. Pero no me interesan más allá del documento.
Lo que digo es que Ok Computer no me cambió la vida: me la contó. No me la explicó: sabes, hay cosas que no se pueden explicar y por eso existe el arte. El arte que me interesa es el que indaga en lo inexplicable, el que busca un lenguaje para lo que no puede decirse, no por una prohibición, sino por una insuficiencia.
¿A todos ellos les había pasado lo mismo?
La mujer que más me quiso fue con su nuevo novio. Es posible que en algunos momentos del recital mi sensación de levísima angustia estuviera emparentada con la imposibilidad de mirarla a los ojos y decirle que todo lo que estaba ocurriendo tenía la consistencia de los sueños, el aura increíble de los deseos que se cumplen. Pero decir que la mujer que más me quiso fue la protagonista de la noche sería una mentira, un gesto romántico en las más pobres acepciones del término. Una vez asumida la comunidad, una vez soportado el peso de lo que nos vuelve comunes, me dediqué a salirme de mi cuerpo.
No exagero. Tengo la sensación de que transpiré toda, toda mi ansiedad.
Escribo durante el mediodía, doce horas después del final del recital: estoy muscularmente agotado y emocionalmente atravesado por un rayo intraducible, multicolor, luminoso y tormentoso.
No me importaron las otras bandas. No tengo nada en contra de La Portuaria ni de Kraftwerk, pero no me importaban. No estaban en el lugar adecuado. Probablemente hubiera bailado un poco más si los alemanes tocaban Bela Lugosi is dead, pero no la tocaron. No me importaban. Habíamos llegado, con mi mejor amigo, temprano y con la decisión de estar cerca. Es una decisión común, lo sé.
Con el Emilio nos hicimos amigos en un hipermercado. Ambos trabábamos para empresas rivales, en la góndola de las galletitas. En los hipermercados se trabaja duro antes de las nueve de la mañana, antes de que abran las puertas al público. Desde las 6 hasta las 8 y media, los otros empleados del hipermercado eligen la música que escuchan mientras trabajan. Y siempre eligen cuarteto.
Me cansa el cuarteto. Puedo respetarlo, puedo imitar las poses divertidas de lo que lo bailan, y puedo soportarlo por unos 30 minutos sin que me ponga nervioso e impaciente. Pero me aburre, me cansa. Todas las canciones que hablan de desengaños amorosos me cansan. Me dan ganas de gritarles a sus autores ¿qué esperaban, por dios, qué demonios esperaban?
Mi primera madrugada en el Hiper de General Paz fue musicalizada por Cachumba. Entiendo que las tres de la mañana en un casamiento esa música se convierta en una necesidad, pero a las siete, con la angustia de entregar cuerpo y espíritu al éxito de una marca de galletitas, no. Le pregunté al Emilio si era siempre así, me dijo lo que yo ya temía, y empezamos a hablar de la música que sí nos gustaba. Ambos mencionamos a Radiohead en el primer lugar de nuestras elecciones. Fue como en esas películas horribles en las que alguien se enamora por un gesto mínimo e insignificante.
Así que ayer fui con el Emilio. Y nos fuimos bien adelante, como si tuviéramos 18 años y mucha más masa muscular de la que tenemos.
Allí adelante la experiencia es recargada. La mecánica del empujón parece ser la traducción física de un entusiasmo, y todo se mueve constante y violentamente. A mí se me empañaban los lentes, pero no era el único: otro gesto de comunidad, en el público había casi una mayoría de cuatro ojos. Por momentos parecía una especie de contraseña,  varios pares de lentes buscando en las alturas una brisa que los desempañe.
Todo es cuerpo, y por lo tanto el cuerpo es nada: la idea de comunidad se transpira, se convierte en un sudor que puede tener la poesía de los actos colectivos pero que no deja de tener tampoco el impacto antihigiénico de una barrera que se rompe. La piel es una barricada que se cae: estás mojado y pegado a seis o siete desconocidos y mojados que se mueven con vos y saltan y gritan y te apoyan los codos en reclamo de una distancia imposible. Yo quería salirme de mi cuerpo y lo estábamos logrando. Pero no era el lugar común de la unidad: yo no me sentía uno con el cabezón de adelante que me tapaba la visión. Más bien dejaba de sentirme yo. No me convertía en nosotros, pero tampoco era yo. No era la tormenta de mi individualidad, pero tampoco era la luz de la comunidad: atravesado por un rayo deforme y despojado de piel y ropa, convertido en un espectro de mis deseos o en un fantasma hecho de 10 años de espera.
¿Se puede esperar por una banda? ¿Se puede hablar con seriedad de esa espera? ¿No es una espera prevista por el mercado? Probablemente lo sea, seguramente lo es. Pero no me importaba. Yo no era yo, porque era más bien mi historia la que estaba bailando, mis fantasmas del pasado, mi década junto a la mujer que más me quiso, mi amistad con el Emilio, mis viajes en auto escuchando que sólo porque lo sienta, no significa que esté ahí. No significa que esté ahí.
Lo sentía, y podía expresarlo con palabras insuficientes, podía decirle al Emilio qué felicidad, hermano, qué felicidad. Pero yo no estaba ahí: estar ahí era imposible. Estar en el sentido de ser reconocido como uno, como lo que uno es o dice ser. Estar, en el sentido de poder afirmar que el mundo es y que uno es en el mundo. No. Eso era imposible. O, mejor dicho, era limitado. Pero no había piel y no había límite: había una oportunidad de salirme de mi cuerpo. Yo me salí, no estuve ahí. Y eso no era felicidad.
Era algo sin nombre, algo que podré recordar pero no representar, algo que podré evocar de manera insuficiente por el resto de mis días conscientes, pero algo irrepetible.
Me cansa la gente que no entiende esto: Radiohead no es una banda de música.
Mi amiga Juliana disfruta de hacerme saber que no le gusta Radiohead. O que no le parece la gran cosa. Cuando nos miramos más de dos segundos me estremezco de amor, pero cuando hablamos de Radiohead me dan ganas de que ese amor desaparezca. Así de irracional es mi relación Radiohead, y no quiero que cambie. Mucho menos después de una noche como la de anoche.
Sabes, Radiohead no es una banda de música. Eso sería tan común.
Leí algunos titulares antes, y no pienso leer nada después: los periodistas estamos obligados a ligar las cosas con alguna realidad comprensible, y muchas veces eso deviene en un empobrecimiento de las cosas. Cuando me doy cuenta, odio mi trabajo: mi misión es vulgarizar el evento y transformarlo en lectura fácil. A veces pienso que los escritores a los que entrevisto deberían odiarme por eso. Ellos escriben durante años un libro que no es un libro, que no es un objeto común, y que yo vengo y defino como libro. Y lo ubico en una tradición, como si un acto como la escritura, que para ellos es sagrado como un rezo o como un orgasmo, pudiera ser un acto de repetición. Un mero acto de repetición, ubicable en una serie de eventos ordinarios. Todos los titulares que leí relacionaban a Radiohead con una banda irlandesa, y hablaban de que Radiohead no había llegado a ser como esa banda irlandesa, como si el destino de las personas y de las bandas pudiera definirse por su semejanza con lo que ya conocemos. Yo llegué al recital con una sensación sobre el ejercicio periodístico muy parecida a la que tenía antes de comenzar a trabajar como periodista: en sus versiones más cómodas y urgentes, el periodismo es un esfuerzo por explicar la realidad empobreciéndola, reduciendo cualquier objeto desconocido a lo que más de le parezca en el mundo de lo que conocemos. Antes de ir, había planeado llevar conmigo mi credencial de prensa: nunca se sabe, era probable que gracias a ella pudiera ganar algún acceso al VIP, o algún trato preferencial en caso de tumulto o confusión. El periodismo es un ejercicio miserable que trafica prerrogativas, y yo he aprendido con tristeza esa lección, y la he incorporado a mis prácticas mezquinas. Pero olvidé la credencial. O una parte de mí quiso ser sincera conmigo y con mis sensaciones: por una vez, después de 5 años, una parte de mí me pedía que sea periodista, que no reduzca el acontecimiento Radiohead a una cobertura o a una crónica. A una lista de temas y frases de Thom, o a una sucesión de reacciones del público. No llevé la credencial, y al principio me lamenté, pero después entendí que era mejor así, que yo no podía seguir siendo ese yo empobrecido al que me reduce el rol, el trabajo que ocupa más de la mitad de mis días.
Además, no quisiera tener de ahora en adelante nada que ver con el gremio de los que asocian a Radiohead con U2, porque estoy convencido de que no entienden nada, nada. Pero estoy muy convencido, como si adscribiera irracional y apasionadamente a un partido político. No me preocuparía en hacer público ese desagrado, más allá, sabes, de este borrador en el que quiero ponerle nombre a la noche, ponerle nombre a lo que quiero entender y proyectar. No me preocuparía más allá de este leve disgusto que al mismo tiempo alimenta mi sensación de individualidad: no soy como ellos. Soy como los que me apretaban y saltaban conmigo anoche, y esperaban la explosión de Paranoid Android para salirse de sí mismos.
Pienso que cuando vinieron los Rolling Stones a la Argentina comenzó en nuestro país una moda que empobreció al rock y lo llevó a la parodia involuntaria de todos los clichés de esa banda. No va a suceder lo mismo con Radiohead porque Radiohead no tiene esa masividad ni esa aceptación, pero sería grandioso que el mundo se pareciera un poco más a Radiohead y menos a The Rolling Stones. Yo no quiero tener hijos porque no quiero que crezcan escuchando a Los Piojos.
¿Podrían crecer escuchando a Radiohead? No lo sé, no importa, mucho de lo que digo es un golpe de efecto insuficiente.
Hacía diez años que quería ver a Johnny Greenwood arrodillado frente a lo que sea que toque cuando distorsiona los efectos de Everything in its right place. Yo tenía ganas de llorar, pero llorar hubiera sido una pérdida de tiempo y una vuelta al cuerpo, antes de tiempo, mucho antes de tomar el 15 hasta el hostel, por ejemplo. Así que no lloré, ni hice nada de lo que había previsto hacer, porque una vez que me salí de mi cuerpo nada podía ser previsible. Nunca me había pasado. Nunca soporté tanto calor y tanto sudor ajeno, ni tantos empujones. Nunca había dado el primero de los aplausos, por ejemplo. Es una sensación increíble, porque no hay cuerpo ni hay manos, pero el aplauso sale. O el baile.
Nunca bailo, no me sale bien, tengo un cuerpo entorpecido por la desidia física, la escritura frente a la PC y la lectura en la cama. No tengo un cuerpo armónico, ni mucho menos. No me muevo de acuerdo a un ritmo, no puedo hacerlo. Cuando bailo en una fiesta imito movimientos de los chicos que me gustan y trato de morderme el labio inferior lo menos posible, y me acerco mucho a las chicas para que no midan el desacierto de mis movimientos. Anoche era diferente. Sería tonto hacer una lista de temas, porque tocaron todo lo que yo quería escuchar, pero recuerdo que en Idioteque me desencontré. Sabes, es una de mis canciones preferidas. Puedo escucharla y cantarla sin cansarme una y mil, diez mil veces. La tengo en todas las computadoras en las que trabajo, porque siempre me devuelve a cierto estado de elevación espiritual y alienación afectiva que me resulta nutritivo. Bueno, cuando comenzó a sonar pensé que podría sentir la emoción de un sueño cumplido o algo así, pero no. Era puro éxtasis, estruendo. Como si pudiera elevarme y verme bailar, o como si cuerpo no me perteneciera más, o como si el cuerpo ya no importase o fuese el resultado poco importante de la luz y la tormenta.
Canté, creo, porque ahora estoy afónico y mi voz no tiene volumen ni tono. Pero no me propuse cantar, no fue una decisión. Las canciones que me habían hecho crecer estaban sonando y yo ya no sabía si entraban a mi cuerpo salían de él, porque tenía también la sensación de que mi cuerpo era el de 10 mil personas transpiradas y felices, boquiabiertas.
En ese punto la sensación de comunidad se transformó en algo positivo, en un sentimiento más próximo a la alegría. Ser común, ser un grupo, ser un montón de gente. Es improbable que cambiemos el mundo, es improbable que logremos que el mundo deje de ser tristeza y desolación, pero ahí estábamos, refugiados en la utopía del éxtasis. Todo se cae a pedazos, pero al menos existe Radiohead. ¿Lucidez? No lo sé, no creo en la lucidez colectiva, o estoy desencantado de esa idea. Ya no tengo la edad de la militancia. Tengo certezas que me desilusionan. Pero allí estábamos, sin cuerpos, en la utopía de un éxtasis.
¿Por qué cuento esto, o por qué expongo estas sensaciones más íntimas que acertadas? No es sólo que quiera entenderlo, también quiero compartirlo. Estuve ahí y por eso mismo no estuve ahí, y en ese no estar, tuve la sensación de que hay momentos en los que la comunidad no es una basura. Igual no cambia nada: si la noche se hubiera extendido nos hubiéramos cansado de ser comunes y nos hubiéramos puesto a ver qué le falta a Radiohead para ser U2 o los Rolling Stones. Pero hay momentos, y anoche alimenté mi fe en esos momentos. Sin cuerpo, sin posesión, con el peso de una remera absolutamente mojada en sudores comunes. La felicidad tiene formas extrañas, inesperadas. Como bailar sin que te importe nada más, pero nada nada, porque no hay nada más que esa música y algo que no se entiende o no se explica, o ya no importa entender. Está todo bien, está todo mal, está todo bien.
Quiero contártelo porque fue una experiencia de la amistad. Cada vez creo más en esas cosas, sabes. En la amistad, como sea. Aprendo de mis amigos, y ya casi no me importa ninguna otra clase de persona: si no podés ser mi amigo no quiero perder el tiempo, no quiero porque la vida es corta y triste, y la amistad es todo lo contrario.
Incluso esa amistad espontánea, de dos o tres segundos, que surge en el estrépito de una canción. Estamos todos cantando lo mismo y creemos que esa canción es ahora mismo lo que más importa, lo único que existe o lo que nos une.
Lo que nos une. Ser común, ser una comunidad. Creo que quiero contar lo de anoche porque es mi manera de compartirlo e intentar que se proyecte o que se extienda, que no se quede ahí. Es improbable que no se quede ahí (y ese ahí no es sólo un lugar o un tiempo). Pero el mundo se viene abajo desde siempre y al menos está Radiohead, al menos intentamos y éste es un intento de dar un alarido de felicidad –aunque no sea felicidad eso de lo quiero hablar, porque eso de lo que quiero hablar no tiene nombre.
Porque no es felicidad. No es felicidad lo que buscamos. Y no fue felicidad lo que encontramos los que estuvimos y no estuvimos ahí. O no fue sólo eso. La felicidad está sobrevaluada: hay más cosas, hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que podemos esperar, buscar y explicar.
Estoy en el living de un hostel habitado por extranjeros. Es raro, porque parece una proyección de esa sensación de anoche de que no hablábamos una lengua conocida. ¿Demasiado entusiasmo? Es probable que sí. Es un entusiasmo brutal. Escribo esto para que dure un poco más.
Entre la luz y la tormenta, un rayo de todos los colores me atraviesa y me llena de algo que va más allá de la felicidad. Puede parecer mucho. Pero eso es lo que hay, lo que se tiene, lo que tengo ahora, y lo que quiero compartir.
Tomo posesión de lo que me hace feliz, es un error, y quiero enmendarlo o traducirlo en algo común. Siempre quise escribir una canción de Radiohead. Este es mi intento desmesurado. No me salió, claro. Pero qué lindo hubiera sido que me salga.

la concha de tu madre

In Cosas que pasan on octubre 10, 2008 at 6:23 pm

me sube a sus hombros / me dice / ahí sale talleres / y talleres sale / el cinco es rubio / pelo largo / el viento le dibuja una tormenta en la cabeza / me explica / ese jugaba en belgrano / yo le pregunto / si entonces es puto. 

 

siento sus hombros / los saltos breves / la vitalidad de un cuerpo / y aprendo a insultar / la concha de tu madre / digo / la primera poesía / belgrano compadre / los puños furiosos / la concha de tu madre / 

 

 

de lo que me enseñó / dos cosas / dos puntos / uno / el amor es abismo / dos / talleres se sufre / después se fue / dejó una bufanda / cinco hijos mujer y casa / no volvió al estadio / puso una quiniela en un pueblo del sur / habitado por dementes / envejeció / perdió interés

 

no lloré el divorcio / lloré el descenso / lo demás es anécdota / alimento de una literatura ocasional / talleres no / talleres se sufre / no lloré la muerte / los abismos me despeinan / lloré el descenso / polo quinteros / compadre / la concha / la reconcha de tu madre 

 

talleres es un precipicio / una mitología de la crueldad / la miseria la tristeza / la infancia terrible de todos los días / la explosión / cinco a cero / la explosión / una escalera sucia / en el baño no toques nada / 

 

me mira con ternura / me explica / que no / que reinaldi no es puto / es rubio nomás / pero no es puto / de lo que me enseñó / me olvidé de casi todo menos de esto / ahora es un viejo / demolido / una ciudad vacía / un estadio enmudecido / de vez en cuando sonríe / le gusta wilchez / se duerme con la radio sobre los hombros / ahí sale talleres / dice / y se duerme con la radio sobre los hombros. 

 

 

 

En un ratito, en el Obispo Mercadillo, a las 19, Escritores hinchas de talleres. Con Martín Toledo, Nano Barbieri y Alejandra Baldovín. 

Chicas con pito

In Cosas que pasan on septiembre 18, 2008 at 11:51 am

Una ciudad es / sus cuentas pendientes / sus cacerías / sus noches.

 

Yo / sabía que ibas a venir 

una ciudad es sus relatos / y vos y yo / 

leímos este libro en tu cama / ¿te acordás?

yo apoyaba mi cabeza en tu pecho / y vos

sostenías el libro / leías en voz alta que una ciudad

es sus relatos / sus lugares oscuros

 

lo que decimos de la ciudad es la ciudad /

 

córdoba es todo lo que seamos capaces de decir de ella / y 

también / 

todos los silencios de su definición / córdoba

es una tarde entera sobre tus pechos

una ciudad desolada / hecha mierda / egocéntrica

 

 

córdoba es una ciudad de apellidos /

todo lo que digamos depende de nuestro nombre / y una ciudad es su nombre / y 

de una manera precisa y sexual / esta ciudad es tu propio nombre

no voy a decirlo / porque te pondrías nerviosa

 

 

voy a decir que córdoba /

es una ciudad hostil / violenta /

pero / también /

es una ciudad disidente /

 

y quiero que me escuches decir esto /

acaso la disidencia sea nuestro único gesto posible

definitivo 

de libertad

 

 

este libro que leímos en tu cama  

habla de una ciudad que tiene / presos / a sus habitantes

presos / en su estridente / fatal

cordobesidad

 

una ciudad es lo que niega ser / si no / ¿para qué negarlo?

decimos

que no se puede matar / sólo porque matamos

 

 

una ciudad es sus putas / sus chicas con pito / 

sus nombres falsos /

es bueno saberlo: /

una ciudad está hecha / en primera instancia / por putas

los hombres no se establecen donde no se puede coger

 

quiero que me escuches decir esto / 

una ciudad / es su lado oscuro / 

lo que intenta negar es lo que más la define

a córdoba le gusta hablar de sí misma / pero / 

su monólogo habitual / elude / algunas incomodidades

y quiero que me escuches / mi amor / decir esto /

córdoba está construida por las putas

por chicas con pito

de noche / en bares horribles / en apuestas perdidas

 

esta es ciudad de jugadores / y un jugador / 

lo primero que aprende / es a perder

 

esta ciudad está hecha de derrotas

esta ciudad se te mete por el culo

 

oh mi niña / menos mal / que / leí este libro sobre tus pechos

sobre tu cama 

si no / me hubiera puesto muy triste /

 

esta ciudad hace hombres tristes

sucede / pasa que 

en córdoba / la lucidez / tiene como resultado inevitable la tristeza

y eso que una ciudad / es / también / su luna

y a pesar / también / de que vos / sos una ciudad

y sos el sol

y

despacio

también

podés ser la luna

 

pero la lucidez  

no tiene salida  (no tiene remedio)

esta ciudad te obliga a la tristeza

toda la sensualidad prohibida de la clase media / no puede evitarlo /

porque una ciudad es / sus putas / pero también es /

su memoria

 

¿cómo evitar la tristeza? / ¿cómo, mi amor, evitar la tristeza?

esta ciudad es la capital de la tristeza

para no estar / triste / en Córdoba / hay que ser un estúpido / o un canalla

y como muestra sobran / los botones

una ciudad es su policía y su versión de la justicia

y como muestra sobran / los botones

los botones / 

 

una ciudad / es / sus ausencias 

y esta ciudad es campo de la ribera

¿cómo evitar, mi amor, la tristeza?

 

además / desde siempre / una ciudad es lo que no hay / mirá / si vas a Europa / y vos siempre vas a Europa / una ciudad es / que no hay pobres / ¿o una ciudad europea no es sino la ausencia de pobres?

bueno

una ciudad es lo que no tiene 

y esta ciudad no tiene memoria / tiene / gestos excesivos / y un dedo gigante en la d2 / 

pero no tiene memoria

 

una ciudad es / su violencia / 

y la violencia de esta ciudad es también su historia 

y es también / la evidente / fatal / celebración de su burla

 

vos y yo sabemos / que el humor cordobés es una mentira

es bueno saberlo / el humor cordobés es una fachada

una manera de decir / es una comodidad obscena / 

para / no esconder tanto / una serie de verdades incómodas: /

 

somos racistas / de derecha / y cogemos mal

 

quiero que me escuches decir esto:

 

somos racistas / de derecha / y cogemos mal

 

esta es / ciudad de jugadores 

y un jugador

lo primero que aprende

es a perder

 

una ciudad es la suma de los destinos de sus hombres / una ciudad es tu destino

y yo quiero ser esa ciudad

 

una ciudad es / una arquitectura / de la casualidad

si tenés una hermana gemela / me gustaría / que ella también / muera por mí

sabés

una ciudad es una forma de morir

y es también una utopía disidente

y los restos / lo que queda / de sus sueños /

 

quiero que me escuches preguntar esto /

 

¿qué quedará de nosotros / de esta ciudad hecha por putas y chicas con pito?

¿y sobre las ruinas de qué / desapariciones / construirán otra ciudad?

y

¿quién será

nuestro menéndez?

 

 

cuando me toque a mí / y a vos / 

dejar de leer / y explicar nuestra derrota / ¿quién

mi amor

quién será

nuestro menéndez?

 

No sé por qué digo estas cosas /

¿las sé, las intuyo?

pero si queda algo y queda este libro / que conste

que quede registrado / 

esta es mi ciudad

 

ésta

es mi ciudad.-

 

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Flores de todos los colores

In Cosas que pasan, Flores, Relatos on abril 16, 2008 at 1:16 pm

Relato en serie. #10 de 10. Capítulo final.
Toda la serie,
AQUÍ.

No me va bien con las rubias: la proximidad del ideal me provoca el vértigo de los que, a punto de saber por fin qué hay del otro lado de una cortina, la cierran. Romina en el principio de la aventura tenía el pelo castaño y acaso por eso me comporté con seguridad. La primera vez que la vi, acompañaba a su madre. Eran dos versiones de una misma imperfección atractiva, algo en sendas maneras de sus bocas convertía el resto del ambiente –un bar en el que yo entrevistaba a una escritora– en algo cotidiano, acostumbrado. Si había una posibilidad de sorpresa, esa posibilidad habitaba las bocas imperfectas de Romina y de su madre. Era una entrevista abierta, un tipo de evento para juntar muy poco dinero, al que me había acostumbrado y que de alguna manera mantenía para beneficio de mi narcisismo. Al terminar la velada fui a saludarlas y una amiga me dijo su nombre. Lo olvidé al instante, pero tres horas después volvíamos a encontrarnos.
En pocos días Romina volvió a su color habitual de cabello: yo ya había pasado más tiempo con la cabeza entre sus piernas que entre cualquier otro elemento. Días salvajemente irresponsables, días de faltar al trabajo, días de usar las piernas de Romina como auriculares. La música de esos días aún reverbera en algunas zonas de mi casa que quedaron marcadas por lo que arrastra un vendaval.
Sorprendido por mi renovada capacidad de olvidar a Mónica, aturdido por la música de las piernas de Romina, mudé a un barrio inhabitado los muebles incómodos del hogar utópico que empezábamos a construir con una materia frágil y al mismo tiempo de apariencia imperecedera: su matrimonio norteamericano, su casa en Nueva York, su pelo rubio.

Nada en el cuerpo de Anita tiene el sabor ni la música de las piernas de Romina. Sin embargo sus imágenes se me confunden. Anita está dormida en mi cama y yo acaricio su espalda sin decir nombres: estoy seguro de que diría el incorrecto. Estudio la sombra que proyecta su cuerpo al interponerse entre el velador y la ventana que da al monte, un camino de curvas que se deforma en las copas de los árboles y retoma su definición sobre la pared. Mientras comenzábamos a besarnos noté en su boca la mueca inconfundible de la decepción: acaso mis labios no eran lo que Anita había imaginado, o el sabor de mi boca, o mi perfume. Pensé de manera insistente en cuál podría ser la razón: un leve pero al mismo tiempo feroz descenso en el ímpetu de su boca me dijo algo que no podía ser dicho pero que tenía que ser sentenciado. Algo que Anita sabía y que no quería evitar, porque estábamos jugando en el tablero de lo inevitable.
No era entonces una decepción, sino la pena que supone confirmar el temor de lo común. De todas formas, fatalmente, abrió sus piernas a lo que tenía que pasar. No fue enérgico, no fue desesperado. Sin la convicción de los amantes demoramos en construir cada uno para sí una ficción de bienestar, socorridos por una carne irracional, y mal educados en la superstición de la plenitud.

No pude hacer nada de lo que mi agenda me imponía: pasé un parte de enfermo que prolongué abusivamente, y me dediqué a estar con Romina, a caminar por el pueblo de su mano, a coger hasta descubrir lo ilimitado de un físico incapaz de jugar un partido completo de fútbol. Una tarde le dije que debería cortar el césped: estaba lloviendo con mucha frecuencia y el pasto podría, en cualquier momento, superar la altura de mi perro. Pero a pesar de que Romina había promovido en mi mascota, a fuerza de un cariño para mí incomprensible, mejoras notables en su comportamiento, se negó a dejarme bajar a buscar la bordeadora. Me invitó, en cambio, a continuar ese viaje con destino incierto, porque cuando viajamos hacia el desastre convertimos el desastre en incógnita. Yo simplemente no quería negarme: sabía que se iría, y acaso esa certeza suspendía mis habituales temores, mi avaricia de gestos. La terrible precariedad que le imponía a nuestro vínculo la fecha de su pasaje de vuelta nos permitió asumir identidades construidas acaso sobre la exageración.

La espalda de Anita Olmos se mueve, dibuja una curva rápida, un gesto que sin anunciar el hecho irremediable tampoco lo oculta. Anita Olmos estaba a punto de irse y sólo evitó el silencio por una tradición de pueblo, una formación en la cordialidad que a mí me resulta tan incómoda como saludar a la familia de un muerto. ¿Qué buscaba, en el fondo de su juego de roles, Anita la hija de Olmos, Anita la de la cicatriz que besé y mordí? Antes de que abriera la boca, su silencio me parecía exquisito, genuino.

–Nunca te pregunté si te gustaban las flores que te traía.
–Algunas más que otras. Aunque escribí sobre todas.
–¿Qué escribiste?
–Un cuento en el que te llamás Anita. Si querés te lo leo.
–No. Mejor no.

Había partes de la ciudad que a Romina le resultaban nuevas: se había mudado a Estados Unidos antes de que el barrio de los estudiantes sumara los museos y la fuente de aguas danzantes. Recorrimos esas novedades con un entusiasmo inédito: no éramos turistas pero evidentemente tampoco éramos vecinos. Cualquier territorio ausente de rótulos claros nos servía de preludio y excusa para la irracionalidad. Frente a una vitrina del Museo de Ciencias Naturales en la que se explicaba la historia del mundo, me adelanté para verla caminar a solas: pasó por cada período geológico con la misma velocidad con la que –y yo a esto lo sabría mucho después, frente a la espalda de Anita Olmos– cambió mi propia historia. Vi a Mónica transformarse en petróleo, en el sedimento apenas traumático de una evolución.

Durante el medio año siguiente, Anita me visitó nueve veces. Siempre con ramos de flores medicinales y algún pan recién horneado. Se acostó conmigo, me desnudó sin la urgencia de los gestos exagerados, y con la alegre convicción de estar curándome de algo. A veces su piel traía el aroma de la harina, otras veces el perfume de oferta en el autoservicio del pueblo. Aprendí a olerla para predecir los efectos que tendría su cuerpo sobre el mío, y a reconocer en los colores de su ropa los mensajes sobre su estado de ánimo y mi futuro. Su padre pasó un mes sin venir, y cuando el pasto comenzó a estar desprolijo simplemente arrasó con él. Hasta ahora ha respetado un pacto implícito que me compromete a dejarle el dinero en la panadería, con Anita. No hablamos más allá de lo necesario.

La visita número 13 fue la última y fue impredecible: minutos antes de que yo saliera hacia el aeropuerto, Anita llegó, sin flores, vestida de azul. No quiso detenerme, aunque en su rostro había un leve gesto de incredulidad.
-¿Qué hacés si allá tampoco te atiende el teléfono?
-No te preocupes.

Cerré la puerta de la casa con llave y se la dejé. Le pedí que el Jonatan no rompiera los adornos, pero el pedido fue absurdo. Me agradeció con un beso dulce, con sabor a una infusión de hierbas.
Ya en el aeropuerto marqué, por primera vez desde hacía seis meses, el número de Romina. Me pregunté si su voz habría cambiado, o su color de pelo, o si en su versión de la historia del mundo los hielos habrían vuelto a cubrir el continente de lo imperdonable.

Un avión despegaba mientras del teléfono salía un ritmo desfasado con mi pulso, un tono pausado que no podía armonizar con la ansiedad de mi sangre. Dos ritmos desencontrados, como si la llamada, y Anita, y Romina, y lo que yo era en ese aeropuerto, estuviéramos en tiempos diferentes. 

Plan / 7

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on marzo 4, 2008 at 3:45 pm

Cuando me di vuelta la reconocí: la canción de Aristimuño era la chica de mis sueños.
-Me pegó mal. Dos secas y me pegó mal.
-¿Qué pasó?
-Vi a Rocío.
-¿No vive en Londres?
-Si. Pero la vi. Sentí que me tocaba el hombro.
Mi amiga hace el recuento de mujeres de toda la noche y tiene razón: agregarle una imaginaria es demasiado. Pero Rocío sería perfecta para terminar la noche.
-Pero esta noche no es una noche perfecta. Solamente es larga.
El Novio viene solo hacia nosotros. Trae unos tragos largos. Mi amiga le ofrece de fumar y él acepta. El papel de arroz está manchado con un lapiz labial rojísimo y el Novio lo mira, hace una pausa, pone cara de que se le acaba de ocurrir una genialidad para seducir a mi amiga, pero después pone cara de que se la va a tener que reprimir, por el momento, y pita. Una noche perfecta, dice.
Mi amiga me aprieta el codo: en un idioma sencillo eso quiere decir que lo tiene. Y que me vaya. Agradezco el trago y voy hacia la que pone música. Quiero escuchar Maximo Park y ver qué pasa si empezamos todo de nuevo.
La que pone música es una chica diminuta, no más de un metro sesenta, tiene una especie de remera cuyo escote deja ver una parte de sus pechos como veletas. Me río porque sé que no me voy a contener y le digo que cuando se agacha se le ven las tetas. En el instante que precede a su respuesta me imagino que me va a preguntar si me gustan y me va a invitar a su casa a coger entre miles de discos, y que además en su casa sí va a poner música que me guste. Pero sólo se lleva la mano al escote y me mira de manera despiadada. Le pido perdón y le hago señas de que estoy ebrio, de que estoy en otro mundo, de que quiero que ponga Maximo park para bailar con la chica de mis sueños que vive en Londres y que no es, no es, no es Eugenia. No. Entonces miro la mesa de discos y veo uno de Aristimuño. No le pido que lo ponga: la fiesta está en su punto Calle 13. Sí le pido que me lo preste y voy hacia Eugenia. Interrumpo la conversación que tiene con su chico y le pregunto si escuchó esto, esto que tengo acá, esto que es una maravilla.
Eugenia me contesta que no y le digo que se lo voy a grabar. El chico me toca el hombro y le saco la mano. Nos miramos. Quiero decirle que recién se me apareció la chica de mis sueños y no era Eugenia, no, no. O pegarle. Tiene los ojos rojos de rabia. Yo también tengo los ojos rojos. Eugenia nos separa y cuando siento sus manos apretándome los brazos la recuerdo desnuda, hace menos de dos horas, en la pieza de arriba del bar, al borde la cama y al borde de las lágrimas. En mi cabeza una frase insiste en convencerme: si hay celos no hay onda.
-¿Me querés así o me invento una vida para que me quieras, una vida en la que no venga a las fiestas de tus amigos con un chico?
-No tenés que hacer nada para que te quiera.
-Vos tampoco.
Me voy con el disco hacia donde está la Novia, hablando con el de lentes. Me siento una bolita de flipper y se lo digo. Y le pregunto si escuchó este disco que tengo en la mano.
-No.
-Lo vas a escuchar dentro de un rato. Lo tengo en casa.
-¿Cómo hacemos con mi Novio?
-Yo tengo un plan.

Plan /6

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on marzo 2, 2008 at 9:27 pm

La espalda que bailaba con mi amiga viene y me saluda, me saca de una conversación muy interesante que manteníamos la Novia, sus tetas y yo, sobre capítulos de Seinfeld que nos hicieron reír. La Espalda es un chico grandote, huele a marihuana, tiene un tatuaje en el hombro: un escudo de Racing de Avellaneda.
Me pregunta qué onda con mi amiga.
-Estaba todo bien, pero ahora está en otra.
-Así es ella, flaco. Así es mi amiga.
-Pero…
-Estoy ocupado, todo bien pero estoy ocupado.
Mientras la Espalda me habla la Novia se da vuelta y habla con otro chico, uno que no se saca los lentes oscuros y que la abraza incluso más indecentemente que yo. Miro al Novio con ganas de que él haga algo.
-Quiero que me digas si hay onda o no hay onda.
-Preguntale a ella.
-No, boludo. Vos sos su amigo, averiguá y decime.
Miro a mi amiga. Ella está hablando con el novio y todo el plan de destruir ese hogar está en sus hombros. Y sus hombros están desnudos y reflejan las luces insuficientes del patio de la fiesta.
-No. No hay onda.
-¿Cómo sabés?
-Porque estás celoso. Si hay celos no hay onda. A mí me costó el corazón aprender eso.
La Espalda se queda con el vaso a medio camino entre su mano torpe y su boca abierta. Lo dejo con un gesto claro, evidente, de fastidio. Soportar a músicos cordobeses no está entre mis virtudes.
Detrás del chico de los lentes está Eugenia. Discute con su chico. Tiene el semblante de una mujer dolorida, y el chico no parece entender. Si hay celos no hay onda. Voy a la barra, compro un malbec de 40 pesos y se los llevo.
-Mis disculpas. Disfrútenlo.
Eugenia me sonríe y me siento todopoderoso. Me costó un corazón, pienso, y me doy cuenta de que estoy tan ebrio que no hay manera de que me vaya a casa solo. Le preguntaría al chico cómo es su nombre pero no me importa.
-Te preguntaría cómo te llamás pero no me importa.
Le agarro la mano a Eugenia y me la llevo a la boca. Le doy un beso, mirándola a los ojos. Entre ella y yo hay una nube de humo en la que se reflejan las luces de color de una lámpara giratoria, una mesa de bar, dos años de locura y un corazón hecho pedazos.
Voy hacia la Novia. Sigue con el chico de lentes, que de vez en cuando la toma de la mano. Ese hogar se desmorona y el chico de lentes lo sabe, quiere aprovecharse de los escombros. Mientras camino pienso una estrategia simple: voy a decirle al pibe, en voz muy alta, que estoy escribiendo la historia de la locura. Y que estoy loco por la Novia. Que me la llevo, por motivos profesionales.
Cuando ya ensayé el versito escucho mi nombre y siento una mano en mi hombro. Estoy tan ebrio que escucho además una canción de Aristimuño que se llama Rocío y creo que es la canción la que me toca el hombro y la que viene a resolver todos mis problemas, o por lo menos a llevarme a la cama.

Mientras tanto mi amiga es la precisión con hombros desnudos: sabe que el hogar se cae, sabe que aplicó un solo golpe mortal en el punto exacto que sostenía los cimientos. Al Novio le va a costar un corazón aprenderlo, pero si yo fuera él también lo sacrificaría.

Plan / 5

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on febrero 29, 2008 at 1:17 pm

Baja primero Eugenia. No quiere que su chico nos vea salir juntos del pasillo oscuro que, visto desde el bar, precede a la escalera. Eugenia tiene el maquillaje corrido, y su perfume se ha mezclado con la humedad de la pieza y mi propio olor a Code, cerveza, cigarrillos. Cuando bajo yo, busco a mi amiga. En realidad lo primero que busco es a Eugenia, pero cuando la veo simulo estar buscando a otra persona.
Mi amiga viene a mí: me pregunta qué pasó. Desaparecí, ella creía que me había ido. Le cuento: fue un desastre.
-¿Cogieron?
-Un poco.
-¿Cómo un poco?
-Paró cuando estábamos por llegar.
-¿Por?
Le señalo con la pera al chico que acompañó a Eugenia a la fiesta. El chico tiene cara de estar preguntándole de dónde viene qué hacía y por qué huele a cerveza si en toda la noche él se encargó de llenarle copas de Pinot. De hecho, tiene una botella de Pinot en la mano. Apuesto mentalmente a que desde que vio Entre Copas no compra otra cepa. Mi amiga me dice que huelo a concha.
-A durazno.
Mi amiga me cuenta: está con un flaco puro fuego pero demasiado reventado. Se lo quisiera sacar de encima. Quiere volver al plan.
-Lavate la cara y volvamos al plan.
Pero yo sólo pienso en Eugenia y en cómo me sacó de encima de su cuerpo en el punto exacto en el empezaba a no haber más cuerpos. No puedo no puedo no puedo. Se vistió rápido, al borde la cama y al borde las lágrimas.
A mí todavía me dura la erección y el aroma entre mi boca y mi nariz no ayuda a que baje. Prendo un cigarrillo y me digo que es hora de que las cosas cambien.
Mi amiga me dice algo que no llego a escuchar. Camino hacia el novio de Eugenia y le digo: Malbec, imbécil. Le gusta el Malbec.
Le toco el hombro y acerco mi cabeza a la de Eugenia, mi boca a su oreja. Quiero decirle que se vaya a la puta que la parió, pero me sale Voy a amarte siempre, siempre.
El flaco que está con ella me grita algo, me amenaza. No va a pegarme porque no sabe dónde dejar la botella de Pinot.
La fiesta no daba para vino.
Salgo al patio y los Novios están bailando en grupos separados. El plan. La noche se hace larga y el plan sobrevive.
Mi amiga va hacia el Novio. Yo hacia la Novia. Los dos acordamos hacer la misma pregunta, al mismo tiempo, y hacernos señas después de cada respuesta.
Levantamos el pulgar al mismo tiempo. Los dos sonreímos igual: la mitad izquierda de la boca hacia arriba.
-Hay un boludo tomando Pinot. ¿Qué se cree? ¿Que vivimos en la Costa del Vino? ¡El Pinot argentino es una mierda!
La Novia cree que lo mío es elocuencia y no impotencia.
–Me gusta hacerte reír. ¿Tu Novio te hace reír?

Plan / 4

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on febrero 28, 2008 at 5:26 pm

Eugenia camina, impone su paso. La música parece seguirla para que cada golpe de la batería coincida con alguno de los movimientos de su cuerpo. Yo estoy ebrio, caliente, y Eugenia tiene un escote asombroso. No puedo mirarla a los ojos ni preguntarle qué hace ahí. Ella me lo explica, yo no la escucho, o todo lo que ella está diciendo a mí me suena a teta teta teta teta. Y eso que aún no se dio vuelta. Yo siempre se lo dije: el mejor culo de la ciudad. Le convido de mi vaso de cerveza y me pregunta si no hay vino. Le explico que la fiesta no da para vino, a pesar de que sé lo que hace el vino en su piel, en su cabeza.
Le explico que quiero irme a la cama con la Novia, y que a mi amiga le gusta el Novio. Que vamos a romper ese hogar. Ella me dice que ese hogar parece fuerte: Novio y Novia están abrazados y se besan. Ese hogar se cae pedazos, le respondo. Nadie demarca un territorio que no está en peligro.
Primero le digo que el bar tiene una pieza, arriba. Y cuando junto fuerza para preguntarle si vino sola me dice que no vino sola y me presenta a su acompañante, un flaco alto, lindo, prolijo, sumamente perfumado. Es la primera vez que veo a Eugenia con alguien y eso me pone nervioso, violento. Me voy rápido de la escena, hacia la chica de la tela roja, la que me tocaba la cola. Paso fugazmente cerca de ella y le aprieto un cachete de modo que si Eugenia me está mirando pueda ver que mi vida continúa. La chica me sonríe, el chico de la remera a rayas está en el baño o en otro universo.
Mi amiga mientras tanto se enrosca en una espalda. Cuando estoy por preguntarme qué queda del plan veo que el Novio mira a mi amiga con un gesto extraño, confuso.
Me siento en un banco de metal mojado con cerveza. Se me mancha el pantalón. Viene Eugenia y me pregunta qué me pasa. Le explico que es un bajón verla con novio.
–No es mi novio, salimos de vez en cuando. 
–¿Ya cogieron?
–No me hagas esa pregunta.
–¿La pasaste mejor que conmigo?
Suspira y me da la mano. Se acerca y siento primero su perfume y después su aliento. Viene de tomar vino.
Cuando pasa la dueña del bar le pido las llaves de la pieza.
Mientras subimos la escalera tengo una rara sensación de vértigo y armonía. La música y yo seguimos cada uno de los movimientos de Eugenia.

Plan / 3

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on febrero 27, 2008 at 11:51 am

Pido una cerveza y la dueña del bar me pregunta si tengo que manejar hasta casa. Le digo que no se preocupe, que traiga la cerveza. Insiste, cerca de mí. Le tomo el brazo y le pregunto qué pasa. Me toma la cara con una mano, arruga mi boca y me besa apenas. Siempre me preocupo, me dice.
Nos conocíamos de antes. La primera vez que la vi estaba recostada en una hamaca paraguaya en el patio de una casa y tenía las piernas abiertas. El vestido dejaba ver la piel blanquísima de la parte interior de sus piernas, y su bombacha. Atendía en otro bar cuando mi vida era un hogar y no una noche para romper hogares. Cuando mi vida era una mujer definitiva, actriz, 23 años y sabor a durazno floreciente entre las piernas. La dueña del bar me hace acordar a Eugenia. Hace dos años que no la veo. De repente me duele el estómago. 
Mi amiga me mira y levanta las cejas: sé que un algún lugar preciso de su cabeza se forma la frase cómo estamos hoy, eh. Estamos ebrios pero vamos a apegarnos al plan. Ese hogar se cae a pedazos. Me gusta la novia y a mi amiga le gusta el novio. Cuando vuelvo con la cerveza un chico se interpone entre mi amiga y yo. Una espalda como una cortina.
La espalda brinda con mi amiga y le dice algo sobre su boca. Bien por la espalda: yo también me fijaría ahí. La espalda le hace un ademán y salen al patio, a bailar. Mi amiga está en llamas. Me quedo con la cerveza y los veo irse. Detrás, el Novio y la Novia se besan con remordimiento. El plan se va a la mierda, pienso, y miro a la dueña del bar. Se agacha para buscar hielo y sabe que la estoy mirando. Su marido me acerca un vaso: ¿te alcanza con uno?
Prendo un cigarrillo y observo el cielo. Despejado. Me acerco a la pareja y les ofrezco cerveza. Aceptan. Los abrazo. Le digo al novio que está cada vez mejor y le toco el culo en broma. Él hace lo mismo. Yo entonces lo dudo un instante: en el tiempo exacto en el que el Novio vacía el vaso de cerveza yo evalúo las posibilidades de bajar mi mano izquierda por la espalda de la Novia, la cintura de la Novia y la tremenda cola de la Novia mientras mi mano derecha está aún en la cola del Novio. Digo una broma sobre los cambios de rutina: si van a probar con un trío les dejo mi teléfono. La Novia se ríe más que el Novio y yo a esta hora tomo todo como una señal: la Novia me toca el brazo y yo escucho una alarma de incendio, o veo en el cielo despejado el logo de Batman.  Sonrío de más y me doy vuelta hacia la derecha, lo que me obliga a deslizar la mano izquierda por la espalda de la Novia, la cintura de la Novia y el comienzo de la cola de la Novia. Cuando me doy vuelta veo a mi amiga: baila con el chico de la espalda y sonríe como si quisiera ser una estrella fugaz, un haz de luz brillante en ese patio opaco.
That’s when i want
Some weird sin just to relax with
. Iggy Pop. Despido a los novios, recojo la cerveza del suelo y voy hacia el centro de la pista, a bailar. Ese hogar se cae a pedazos y mi amiga deja que todo se desmorone solo. Ella puso la dinamita y se escondió tras una espalda hasta que todo explote.
Entonces entra, sorpresiva, insólitamente, Eugenia. 

Plan / 2

In Cosas que pasan, Plan, Relatos on febrero 26, 2008 at 1:03 pm

La novia no se despega del novio. Ese hogar es fuerte, digo. Mi amiga lo niega porque es más sensible que yo: ese hogar se cae a pedazos. La fiesta no está mal pero nadie se vuelve loco. Compramos más cerveza porque un vino sería un gesto excesivo. Nadie se vuelve loco. A mi amiga le gusta el Novio y a mí me gusta la Novia y la cerveza con espuma.
Entre esperar a ver qué pasa y hacer que pase hay un gesto de por medio: paso mi mano por la cintura de la novia y la llevo con una excusa tonta, dónde queda el baño o salvame de esta chica que no para de hablar. Eso no deja de ser cierto: una chica de muecas desproporcionadas a veces logra imponer su voz a la música mientras su cuerpo dice todo el tiempo algo recargado sobre las convenciones sociales y las maneras de relacionarse que tienen todos los humanos menos ella. 
La agarro de la cintura y mido cuánto apretar. Cuando nos separamos del grupo quito mi mano, y en ese movimiento noto que efectivamente la Novia tiene un culo de puta madre. Apenas lo toco. Pido disculpas con un gesto que intenta explicar que me empujaron, aunque no hay nadie cerca.
Miro a mi amiga: tiene su mano sobre el hombro del Novio.
Este hogar se cae a pedazos y nosotros vamos a vender los escombros.
Entonces me equivoco: le pregunto quién era la chica de la remera roja, la que me tocaba la cola. Ella no la conoce. Conoce al de remera a rayas que la está besando. Es inglés y cuando dice pija todos se ríen porque le cuesta pronunciar la j. La Novia me cuenta todo eso pero está ausente. Yo le miro las tetas y ella no lo nota: todo su cuerpo está conmigo pero ella está debajo de la mano de mi amiga, encima del hombro del Novio. La distracción me cuesta cara y ella ahora es un ama de casa en pie de guerra. No termina sus frases, nada le importa. Se toma el pecho con la mano y sin darse cuenta mueve la tela de su vestido y descubre una parte menos bronceada de una de sus tetas. Me muerdo los labios porque sé que perdí. De nuevo. Intento retomar y le tomo la cintura. Ella me saca la mano. Vio la mirada de mi amiga. Tiene que proteger a su manada. Veo la furia y grito el nombre de mi amiga. Que no hay más cerveza, le digo, que compre otra. Mi amiga al principio no entiende pero después no hace falta nada más. Saca su mano del hombro del Novio y se va a la barra.
Una vez allí le digo que me salió mal.
Vemos cómo la Novia toma del brazo al Novio y se van al fondo de la fiesta. Discuten.
Te salió perfecto, me dice mi amiga.