RELATOS

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Experimentos /// 3. Canteros

In Experimentos con la verdad on agosto 30, 2006 at 11:23 am

la foto es de gatodegrandesbotas.com

30 DÍAS SENTÁNDOME EN LOS CANTEROS DE LA PEATONAL PARA CONVERSAR CON LOS QUE SE SIENTAN EN LOS CANTEROS DE LA PEATONAL

Día 1.
Prendo un cigarrillo aunque no sé fumar. Dejo el humo en la boca un rato y lo tiro sin estilo, sin actitud. No trago el humo. No me sale. De intentarlo ahora, comenzaría a toser atolondradamente y la señora que está a mi lado y sus hijos que comen caramelos y un par de peatones que pasan se quedarían mirándome unos segundos y luego se reirían de mí, grandote pavo, aprendiendo a fumar. Igualmente disfruto el instante, el sabor amargo del humo. Veo que la señora me mira. Meto mi mano en el bolsillo y aprieto rec. Sé que me va a hablar, sé que las noticias se lo imponen: En unos días no se va a poder fumar más, me dice.
– Yo no fumo. No sé fumar.
– ¿Y qué hace con el cigarrillo en la boca?
– Me gusta tenerlo en la mano. Me hace acordar a mi papá.

La señora se sorprende, o al menos eso pretendo.

– ¿Su padre fumaba mucho?
– Fuma. Todavía vive.
– Ah… pensé que…
– Sí. yo también a veces pienso que…

Uno de los niños le pide a la señora que le pele un caramelo. La señora aprovecha y se para, junta su ajuar de bolsas de bombonería Royal, me saluda con un exagerado gesto y se va. Los chicos me miran, alguno me tiene miedo. El cigarrillo va por la mitad. Para cuando fumar esté prohibido, pienso, ya tendré que haber aprendido cómo mierda se hace esto. Entonces trago un poquito, planeando hablar mientras mantengo el humo.
Y sucede.
Toso, me crispo en un espasmo. Pasa una mujer con sombrero. Se ríe de mí.

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Experimentos /// 2. Taxis

In Experimentos con la verdad on agosto 25, 2006 at 2:20 pm

30 DÍAS INTENTANDO RESULTARLE INTERESANTE A LOS TAXISTAS

DÍA 1.
Me digo man, los tacheros tienen la posta. No sé por qué me hablo así cuando me miro al espejo. Me creo cool. Creo que mi forma de hablarme hace juego con la barba buena onda que me he dejado crecer y que de vez en cuando corto cuidadosamente y con el claro objetivo de que luzca descuidada. Me digo man, los tacheros tienen la posta y encaro. ¿Cuánto gastaré en este experimento? No importa. Lo importante, lo fuckin importante, es el arte. Me convenzo. Apago la afeitadora eléctrica y salgo como para atropellar el mundo. Cuatro siete tres cuatro cuatro cuatro cuatro. Una vez quise negociar un número de teléfono piola para la revista: me sacaron cagando. Pensé que se debió a que soy un don nadie y la operadora de Telecom, en cambio, ocupa una posición de poder. Pero no: lo que sucedió, man –me digo- es que yo no era tachero. Los tacheros consiguen números de teléfono muy piolas.
-Teletaxis buenos días, Mabel atiende. ¿En qué puedo ayudarle?
-Mandame un taxi, por favor. Que el chofer sea poeta.

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Do not smoke

In Uncategorized on agosto 23, 2006 at 12:32 pm

Publicado en la revista Escenarios de Julio/Agosto.

¿Qué lee la gente la gente en los bares de Córdoba?
Un ubi sunt inevitable: ¿Dónde están aquellos ceniceros en los que morían nuestros cigarrillos junto a un pocillo de café fuerte, mientras leíamos como si la ciudad enmudeciera de repente? Ahora que en los bares no se puede fumar… ¿se podrá seguir leyendo? ¿Qué lee la gente cuando no fuma?

Por Emanuel Rodríguez.
Tengo la imagen de padre leyendo La tregua, por ejemplo, en el Sorocabana. Como Salzano, que inventó ese bar sentándose a fumar y a leer. Si alguien leyó La tregua sin fumar, no la entendió. La tregua, dice mi padre, fue una novela para ser leída en bares, con cenicero y pocillo de café fuerte. Laura Avellaneda es un pucho en un día de mierda. Y ahora que no se puede leer La tregua, ¿qué lee la gente en los bares?
Sorocabana. Martes. 11 am.

Aparte del diario, nadie lee nada. La gente pasa menos tiempo en los bares porque quiere salir a fumar. El Ministerio de Cultura debería rever la medida del Ministerio de Salud. De todas formas, es un bar tradicional en una esquina tradicional de una ciudad tradicional. Si en media hora no entra una señora con la nueva novela de Cristina Bajo dejo de llamarme Emanuel. Y a los quince minutos sucede, aunque no es una señora. Es una chica de unos veintitrés años. Le pregunto por qué, y me dice que se enganchó con la historia de los Osorio. Que sabe que muchos de sus amigos y docentes de la facultad creen que se trata de una literatura menor, que no cambia el mundo, pero que también sabe que ninguno de sus amigos y docentes de la facultad es capaz de escribir un libro como los de Cristina Bajo. Quiero nombres, le digo. Quiero polémica. Pero no me dice nada que agite las aguas de un ambiente en el que convienen llevarse bien con todos. Le digo que conozco a Cristina, y me pide que le mande saludos.

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Experimentos /// 1. Colectivos.

In Experimentos con la verdad on agosto 23, 2006 at 12:28 pm

 

 

30 días intentando hablar con quien se siente al lado mío en el colectivo

Día 1

Tomo 4 colectivos por día. En total paso cerca de 2 horas y cuarto arriba de una máquina que en general hace mucho ruido y durante esas horas casi siempre odio mi vida y odio a mis parientes con plata, y odio a los que pasan en autos que me gustaría tener. Y si es verano, odio a los que pasan con las ventanillas cerradas, porque los imagino con aire acondicionado.

Durante un año manejé por casualidad un volkswagen Gol con aire acondicionado. El mundo era otro y de vez en cuando me sentía buena persona arrojando unas monedas a los limpiavidrios o al tipo que vende unos poemas espantosos fotocopiados en papel 70 gramos. Le decíamos Bort, al auto, y creo que todavía le digo Bort, cuando sueño con él y con su andar suave y con su potente motor. Y con mi actitud me chupa todo un huevo que, maldición, quedó en aquel asiento.

Ahora paso 2 horas y cuarto entre un R1 y un A5. Odio mi vida. Se lo digo al tipo que tengo al lado. Es un señor mayor, por lo que espero que me entienda. Lo digo también mirando por la ventanilla hacia un volkswagen Gol muy parecido a Bort. El tipo se sorprende y no sabe si le hablo a él. Me doy vuelta y lo miro a los ojos. Le pido disculpas, porque no me animo a ser el personaje que necesito ser para escribir este fuckin experimento. Quisiera decirle que hay una cámara oculta que lo está filmando, porque adivino en sus ojos alguna pretensión de ese signo. Pero no, man. Soy sólo yo, un perdedor a bordo de un A5 diciéndote que odia su vida. El viejo resulta comprensivo y me pregunta dónde trabajo. No tiene nada que ver, le digo. Odio mi vida porque tengo 27 años. Me mira de nuevo. Se ha dado cuenta. Soy un pelotudo atómico. Toco el timbre en la próxima parada, unos 3 kilómetros antes de mi destino. Prefiero gastar otro cospel, esperar 40 minutos más hasta que pase el próximo A5, pero no seguir viendo al viejo. Cuando bajo estoy todo transpirado y me preocupa mi olor corporal. Los perros, recuerdo, saben oler el miedo.

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Quiero ser un Tenenbaum

In Uncategorized on agosto 22, 2006 at 12:48 pm

Publicado en Metrópolis, el año pasado.

Cosas que dan ganas de hacer cuando se sale de ver Los Excéntricos Tenembaum:

Llamar a padre. Perdonarlo por eso de ser un egoísta. Pedirle perdón. Invitarlo a tirarle naranjazos a los autos que pasen cerca de una vereda idílica.
Visitar a madre. Mirar su rostro. Detenerse en sus arrugas. Madre, decirle, ¿por qué carajo no te pareces un poco más a Anjélica Huston?
Congregar a hermanos. Hermanos, decirles, veamos juntos Los Excéntrcos Tenembaum. Después intentemos seguir nuestras vidas, decirles-, como si nada.
Comprar uno de esos pequeños vestidos Lacoste. Regalárselo a novia o vestirse uno mismo con uno de esos pequeños vestidos Lacoste. Ir a fumar a una terraza. Sentir angustia. Ganarse un Oscar.
Ver toda película en que aparezca Owen Wilson y/o su hermano Luke. Incluso ver Legalmente Rubia, sacrificio. Bien los Wilson, decirse a uno mismo.
Recordar la historia de los fracasos personales. Alterar la versión verdadera incluyendo a Margot casándose con otro. Ella tiene la culpa de todo. Ella y sus pequeños vestidos Lacoste.
Agarrar Córdoba así como está, como nos rodea, y reemplazarla por la Nueva York de Wes Anderson. Alquilar una casona en el upper west side (cerca del depto de Seinfeld, de paso), y esperar la magia, los colectivos de la green line que te llevan a todos lados, los bomberos con perros dálmata, la inminente nieve de los cuentos de navidad y el regreso de los halcones que uno cría cuando se enamora de quien no debe enamorarse.
Felicitar al que tradujo el título. Sin saberlo, porque apostó a la excentricidad como sinónimo de rareza, locura y absurdo, dio en el clavo: excéntricos en tanto descentrados y desmesurados, los Tenembaum y todos los que no son Tenembaum pero siempre quisieron serlo, le dan la razón al traductor de una manera extraña, como todo lo que hacemos –después de ver esta película que es un poema eufórico y melancólico- los que siempre quisimos ser un Tenembaum.
Llamar a Tinelli. Hay otra risa, macho –le podríamos decir- que tiene que ver con nuestras incertidumbres y nuestras fragilidades, que no busca la burla ni el chiste fácil. Nunca me vas a hacer llorar, decirle.
Seguir siendo fan de Los Locos Addams, que en materia de familias muy normales lo inventaron todo. Volver a pedirle a madre que haga algo por parecerse a Anjelica Huston.
Comprarse dos joggings adidas. Uno rojo, por supuesto, y el otro negro. Ya sabremos qué ponernos en el próximo funeral.

We love Woody

In Uncategorized on agosto 21, 2006 at 5:15 pm

Publicado en La Voz del Interior. 17/08/06.

La construcción del chiste perfecto

“Tu padre nos acecha como un halcón –le dice Magee a Susan– La otra noche, convencido de que tú y yo íbamos a reunirnos en el comedor, se puso en cuclillas con un cojín en el regazo y fingió ser una silla”. Susan, incrédula, exclama: “¡Lo dirás en broma!”. Y Magee sentencia: “¡No! ¡Me senté encima de él!”.

Esto ocurre en una de las delirantes escenas de No te bebas el agua, la primera obra de teatro de Woody Allen, que fue publicada en inglés en 1966 y que en español se trataba hasta ahora de un libro agotado desde 1985. La buena noticia para las huestes de seguidores de este maestro del humor judío y occidental es que Tusquets la reeditó junto a La bombilla que flota (1981), como una especie de previa a la publicación de Adulterios, la más reciente de las obras de teatro de Allen, que será publicada en setiembre próximo.

Adulterios le pondrá fin una sequía de novedades de Woody que lleva ya décadas desde la imperdible reedición ampliada de Cuentos sin plumas, uno de los puntos culminantes de la literatura humorística del siglo 20.

Leer guiones de cine y teatro suele ser engorroso para quien no se dedique al cine o al teatro: demasiadas especificaciones que demoran la lectura, o demasiados diálogos que la apresuran, o la propia dificultad de un código con leyes propias, pueden llenar de escombros el camino de una lectura feliz. Pero ya se sabe: con el viejo Woody estas cosas no pasan. No hay página de No te bebas el agua (llevada al cine en 1969, y a la TV en 1994, con Michael Fox)que no dispare por lo menos tres sonrisas cómplices, y el libro bien podría venir con garantía de risa desternillante.

Un sultán es increpado porque mató a unos obreros que estaban haciendo una huelga en su país. El sultán responde: “Usted no los conoce. Son gentuza. No hay otra manera de enseñarles”.

Hay unas personas intoxicadas por una carne barata que Walter y Marion consiguieron para una fiesta. Marion está preocupada por la posibilidad de que los desgraciados comensales los demanden. Walter dice: “Les vamos a demandar nosotros por escasa resistencia a la carne contaminada”. Marion se resigna y opina: “Demos gracias de que no muriese nadie”. Y Walter remata: “Sí, Marion. Estamos pensando que ése podría ser nuestro eslogan”.

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Fontanarrosa Doctor

In Uncategorized on agosto 21, 2006 at 3:34 pm

DISCURSO – ENTREGA DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA A ROBERTO FONTANARROSA.

UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA

9 de agosto de 2006.

Hinchada hay una sola.

Por Emanuel Rodríguez.

 

¡Todos con el culo en la pared! Llegó la barra.

 

Llegó la barra del Negro Fontanarrosa. La hinchada que lo sigue a todas partes, la que espera que un día de estos se construya por fin una tribuna alrededor del escritorio de Roberto –porque la barra le dice Negro, o le dice Roberto, como si el Negro Roberto nos conociera a cada uno de nosotros y nos tuviera entre sus amigos más cercanos, como si fuéramos a la distancia y cada uno a la manera que puede, uno de los comensales de su mesa de galanes-. La barra espera ese tablón para dar la muestra definitiva de afecto que la obra del Negro no requiere pero de algún modo pergeña. Los hinchas hemos leído declaraciones suyas en las que, como un jugador responsable del espectáculo, ha afirmado que para él lo importante es que sus lectores se diviertan. Y la barra quiere agradecer esos gestos. Quiere cantar que alienta al Negro desde que uno de los blancos de Villegas, a la manera de Cruz en el Martín Fierro, se enfrentó a sus propios compañeros de la milicia para pelearlos al grito de “así no se mata a un valiente”, espalda con espalda con un gaucho renegado que tras la victoria se negaría a continuar su aventura junto a su nuevo amigo porque a eso ya lo había leído en otro lado, y él quería ser original. Son treinta y pico de años. No le pidan a la hinchada que haga cuentas.

 

No quiero que Roberto Fontanarrosa vaya a mi casa. Es claro que no hay ninguna razón por la que el Negro pudiera de repente tocar el timbre de mi casa, ya que no sabe dónde queda y de hecho no sabe quién demonios soy. Igual no quiero que vaya porque sus libros yacen al lado de mi cama, o junto a la PC, o –húmedos, deformes- en el baño. Están desarmados y a algunos les faltan tapas y páginas de cortesía. Hay un cuento de Uno nunca sabe que se llama Una Historia de Navidad. Bien. No sé cómo termina, porque le robé el libro a un amigo y desde que llegó a casa a ese libro le faltan las páginas 181 y 182. La recopilación de todas las historietas de Boogie el aceitoso pasa tanto tiempo en mi escritorio que en su primera página tengo anotados los teléfonos de mis amigos. Si Roberto Fontanarrosa entrara a mi casa en este momento tal vez se asustaría. Los libros rectangulares de Inodoro Pereyra ya no tienen forma de libros. Como al resto de las obras del Negro que he ido acumulando como quien colecciona las entradas de los partidos inolvidables a los que ha asistido, el cruel otoño de las lecturas las ha desojado de manera tal que cada tanto, cuando necesito inspiración o cuando directamente necesito copiarle algo a Fontanarrosa, los alrededores de mi lugar de trabajo se pueblan de páginas sueltas como cuando un equipo sale a la cancha y la tribuna arroja papelitos. No quiero que Roberto venga a casa, porque él podría creer que se trata de una escena armada.

 

Los hinchas de Fontanarrosa nos hablamos en un código particular. Empezamos las conversaciones diciendo “escucha y aprende”, como Boogie. O decimos a cada rato “Ahí ta’ el huevo y no lo pise”. O tenemos la respuesta justa para cuando nos preguntan cómo andamos: “Mal, pero acostumbrados”. Ante el menor inconveniente nos aconsejamos: “negociemos, Inodoro”, y aunque ninguno de nosotros haya pasado más de media hora en un campo, repetimos “canejo” y “maula” incluso en ocasiones en las que ninguna de las dos palabras típicas del gaucho mayor de la argentinidad encaja en modo alguno. Nos sentamos de piernas cruzadas, con un cigarrillo en la mano y pocillo de café al frente para contarnos nuestras aventuras sabiendo que cada uno las cuenta más o menos modificadas respecto de la verdad, si es que la verdad existe. Nos hacemos los duros y repetimos que sólo hay una cosa que odiamos más que a los sucios jipis: a Greenpeace. Y cuando actuamos sin pensar no nos excusamos. Decimos que si querían alguien que piense, hubieran contratado a Marcuse. Y sabemos que Don Quijote no estaba loco: que unos extraterrestres preparaban una invasión a la tierra en naves camufladas de molinos de viento y que desistieron de sus planes cuando el caballero andante les propinó una paliza con su pértiga ante la mirada condescendiente de Sancho Panza. Lo sabemos porque lo leímos en Los Clásicos según Fontanarrosa. También sabemos que el humor es fulero cuando es una impostura. Boogie, Inodoro, Mendieta, la crueldad facial de la Eulogia y los personajes de los innumerables cuentos de Fontanarrosa nos enseñaron que el humor es una consecuencia natural de la vida. La literatura humorística suele pecar de forzar el chiste, de llevar la construcción de la escena hacia una caricatura exigida que en general no supera la instancia de parodia. En los cuentos del Negro, en cambio, el humor es un resultado inevitable: una conversación entre hombres que discuten formaciones de equipos de fútbol de décadas atrás, entre hombres que no se conocen demasiado y que apenas si han compartido largas listas de nombres de pila, apodos, apellidos y puestos en la cancha, no puede no culminar en una situación graciosa. Y sin dejar de ser sublime. Porque los hinchas de Fontanarrosa hemos escuchado por ahí que se dice que cuando el Negro hace estas cosas une lo profano y lo sublime. Los hinchas sabemos, por experiencia de más de dos decenas de libros, que no hay nada más sublime que pasarla bien mientras uno lee.

 

No conozco Rosario. He estado en esa ciudad sólo una vez, cuando mi viejo me llevó a ver Rosario Central vs Talleres. Fue el 10 de octubre de 1986. Lo recuerdo porque en el viaje de ida papá sacaba conclusiones: “Central está peleando el descenso, viene de perder con Racing… es un partido absolutamente ganable”. Talleres perdió 4 a 1, claro, y unos meses después Rosario Central salió campeón. Mi padre prometió no volver a pisar tierras rosarinas. Yo no quería dejarlo solo e hice la misma promesa. En el viaje de vuelta incluso prometimos que no nos enamoraríamos de rosarina alguna, que no escucharíamos más a Juan Carlos Baglietto y que no viajaríamos a Buenos Aires sólo para no tener que pasar por Rosario. Mi viejo decretó además que desde ese momento quedaba prohibido el rezo del rosario en las inmediaciones de la casa, una medida sin significado alguno en casa de ateos, pero que suponía toda una toma de posición. Creo que somos 5 hermanos porque mi viejo decidió poblar Córdoba de manera que en el Censo esta ciudad salga segunda y destrone a la del monumento a la Bandera. Pasados los años y con las figuras de Bauza, Escudero y Palma en el recuerdo, asumir mi fanatismo por Fontanarrosa frente a mi padre fue como tener que ir a decirle “Padre, soy homosexual”. Nos habíamos separado unos años, así que yo no sabía cómo le iba a caer el hecho de que el estante principal de mi biblioteca esté ocupado por los libros ajados del Negro. Sin embargo, como buen hincha que promete cosas, al viejo ya se le había olvidado el juramento: se había ido a vivir con una rosarina y lo primero que me dijo al entrar fue “¿Viste cómo juega Juan Antonio Pizzi?”, por entonces fino delantero de la escuadra auriazul. Por supuesto: él también es fanático del Negro, y me pidió que le prestara 20 años con Inodoro Pereyra. Nos miramos a los ojos celebrando el reencuentro. Lagrimeamos como hombres sensibles. Me abrazó y quedé a la altura de su oído. Le dije, tiernamente: “no te lo presto ni mierda”.

 

Los hinchas, que te admiramos, te saludamos, Negro. Te decimos gracias por todas las emociones que nos hiciste pasar. Gracias por esa vez que Mendieta se enamoró de una perra de raza y se negó a recibir dinero para servirla. Gracias por los loros apátridas y por la nena que baila y se desvanece como un poema en Ultra. Gracias por Boogie en la Guerra del Golfo, y por el cuento que explica que la fábula de la liebre y la tortuga tiene un trasfondo de verdad. O por ese en el que parece que el pibe va a debutar sexualmente pero en realidad le confiesan que los reyes magos no existen. O por ese en el que dos extraterrestres se sientan en una mesa de un bar de la ruta junto a unos tipos que les convidan vino blanco y les preguntan qué crema usan para la cara. Y la lista sigue: que construyan una tribuna alrededor de tu escritorio y seguimos allá. Te queremos contar que ya no sabemos si tus cuentos se parecen a nuestras vidas o si nuestras vidas se parecen a tus cuentos. Que crecimos dibujando a Martín Fierro a imagen y semejanza de Inodoro Pereyra y que todos hemos tenido un perro al que llamamos Mendieta. Que los bares de la noche parecen salidos de tus libros y que nos paramos a ver cualquier partido de fútbol que se juegue en una plaza porque nos enseñaste que ahí está la papa y que en esa pelota se juega algo inexplicable, como una música.

 

Eso pedimos. Que construyan una tribuna alrededor de tu escritorio.

 

Mientras tanto: ¿Sabrás, Negro, que cuando dejes esta ciudad una grey de fieles lectores, una turba de fanáticos que nos hemos tatuado a tus personajes en la piel, estará cantándote por lo bajo aquello de “¡No te vayas campeóoooon… quiero verte otra veeeeez!”?