RELATOS

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María – Parte 4

In María, Relatos on mayo 27, 2008 at 10:31 am

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Llamé al teléfono de Alice Munro y esperé diez segundos. Corté cuando me di cuenta de que no había preparado la entrevista: en la ansiedad de hablar con ella y preguntarle sobre uno de sus cuentos –Ortigas- no pensé en cómo seguiría el diálogo. ¿Le explicaría a Alice que no dejo de enamorarme de mujeres que se parecen a la protagonista de Ortigas? ¿Tendría algo para decirme Alice después de que yo le dijera la increíble lista de nombres con M que han estado detrás de cada una de mis aventuras existenciales y cada una de las partes de mi corazón que se han roto hasta que aprendí que un corazón no se rompe, se endurece, se curte, se desangra, pero no se rompe?

María no lo sabe: me enamoré de ella por las tres primeras letras de su nombre, los tres primeros lunares de su cuello, las tres primeras rayas de su remera y las tres veces que me miró a los ojos. Me enamoré de ella por el resultado de una matemática simplísima: Marina, Mariel, Mara. Y por la suma de sus lunares a la vista. No me gusta su perfume, aunque no puedo evitar oler todo lo que la rodea.

Marcos me invita a comer una pizza F5. Una pizza para actualizar datos. Me dice que conoce el bar con la moza más linda de la ciudad. La última vez que me había dicho eso habíamos ido a un bar al frente de una plaza. La moza era francamente bellísima y Marcos me dijo en voz alta, mientras ella nos acercaba las cartas con los menúes, ¿No te dije que era la moza más linda de la ciudad? Yo había creído que el gesto de Marcos había sido torpe, ingenuo. Pero Cecilia y Marcos se fueron a vivir juntos ocho meses después. Según Marcos, el sexo con Cecilia era increíble, y por eso dejamos de vernos por un tiempo, hasta que la moza más linda de la ciudad tuvo que dejar el bar porque su embarazo la obligaba a hacer reposo. Un año más tarde se separaron, Cecilia se volvió a su pueblo, con la hija de ambos, y Marcos quiere actualizar datos e intentar algo con una de mis amigas.

-¿Tiene novio?
-¿Importa?
-Claro que sí.
-Bueno, no tiene novio, pero si te importa estás en el horno.

La moza de la pizzería es muy linda, me recuerda a una compañera de la primaria y ni a Marcos ni a mí nos preocupa la elegancia. Nuestra cena es una versión infantil de un mal cuento argentino, aunque me sirve para darme cuenta de que Marcos ya es un padre de familia. Algo en su cara parece haberse resignado y al mismo tiempo adoptado un resplandor especial. Algo en su cara me inhibe a hablar de María, por ejemplo. Me parece un asunto trivial, una banalidad de soltero. ¿De qué hablarle, entonces? ¿De hijos? A la edad de Marcos mi padre tenía 5 hijos y el mayor de ellos le reclamaba que construyera la felicidad de una familia. A mi edad, una orden judicial le quitaba el 60 por ciento de su sueldo y lo depositaba en la cuenta de mi madre, que tenía la edad que Marcos tiene ahora.

-María va a casarse.
-¿Importa?
-No. Pero va a casarse. Sólo me enamoro de mujeres imposibles.

Marcos me cuenta que Cecilia dejó de gustarle cuando se mudó a vivir con él, cuando pasó a ser la expresión máxima de una posibilidad. Nuestra charla recorre algunos lugares comunes de la masculinidad y se detiene en Marie, la secretaria de la embajada de Canadá. Marcos me dice que la cita a ciegas es un intento de seguir siendo adolescente. A mi edad mi padre era una pésima cita a ciegas: cinco hijos, el mayor le reclamaba que construyera no ya su propia felicidad sino la de toda una familia. Una de las veces que la moza pasa cerca de nuestra mesa le pregunto su nombre.

-¿Por?
-Creo que te conozco.
-Mariana.

Marcos me dice que pare, que ordene mi vida. Habla como un padre de familia. Hacia el final del vaso de cerveza negra entiendo que Marie no va a gustarme a pesar de que hable francés, que Marie va a ser una versión posible de María, como María es una versión imposible de otras mujeres con M. Entiendo también que he pasado 29 años reclamándole a mi padre la construcción de mi felicidad. Es una noche extraña. Mariana la moza hizo primer grado conmigo y 23 años después trae la cuenta y deja una tarjeta con su teléfono. Juntémonos un día. Marcos opina que las mujeres que no están casadas a los 29 están muy solas, que hay que aprovechar eso.

Miro a Marcos, padre de familia. Me pasé la mitad de mi vida tratando de culpar a mi padre y la otra mitad tratando de disculparlo. Frente a Marcos entiendo que nada de eso importa ahora. Que no se trata de culparlo, disculparlo, y ni siquiera de tratar de explicarlo. Hace unos meses enfermó y me sentí mal al imaginar su muerte: ¿qué cambiaría? Nada. Acaso sería terriblemente doloroso, pero no cambiaría el mundo. Pienso que ya no dependo de él, que hace años no dependo de él, y también es cierto que salvo el 60 por ciento de su sueldo nunca dependí de él y nunca dejé de reclamarle que genere esa dependencia. La levedad que le imprime esa certeza a mi cuerpo me da ganas de bailar y le pregunto a Mariana a qué hora sale. Marcos me pregunta si me voy a quedar. Es una pregunta sin sentido.

Esta mañana me desperté y llamé al consultorio de mi padre.

-Con el doctor Rodríguez, por favor.
-¿Cuál de ellos?
-Marcelo. Marcelo Rodríguez.

María – Parte 3

In María, Relatos on mayo 26, 2008 at 10:09 am

Parte 1

Parte 2

Estuve buscando el teléfono de Alice Munro: la secretaria de la embajada me dijo que lo conseguiría, y la llamé durante tres días seguidos. La embajada queda en Buenos Aires, y la secretaria habla con un tono híbrido, una especie de español concebido en la universidad porteña pero con los restos que el francés deja en cualquier otro segundo idioma. Un español irresistible, nasal y amable, la música de un exilio al revés.
La secretaria me pregunta por qué busco a Alice, le explico que quiero entrevistarla, que trabajo para un diario de provincia, que si bien los libros de Alice no se consiguen en Argentina, quiero entrevistarla porque creo que es la mejor escritora del mundo.

-¿Y usted es periodista?
-No. Pero trabajo de eso.
-¿Estudió letras?
-¿Cómo sabés?
-Todos los periodistas que estudiaron letras dicen lo mismo.
-¿Cómo te llamás?
-Marie.

¿Qué pasaría si le dijera a Marie que el jueves voy a estar en Buenos Aires, que me gustaría salir a tomar algo con ella, que su español de extranjera me resulta irresistible?
Tengo 29 años y una incapacidad absoluta para ser otra cosa que esta persona torpemente arrojada a un mar de emes.

María vino a trabajar con su remera blanca, estampada con una pregunta en inglés. Es una remera elegante, que no deja de combinar con la parte del uniforme que María acepta llevar. Tiene piernas largas, delgadas. Su punto fuerte es el rostro: una cartografía de lo inalcanzable. Me enamoré de ella dos días después de verla por primera vez, cuando entendí que jamás podría describir su cara y cuando me dijo que tenía pareja, que estaba por casarse. Una belleza rarísima, casi insoportable. No fui paciente porque no tenía sentido serlo: la invité a salir y me dijo que no.

En uno de los cuentos de Alice Munro dos chicas juegan con sus nombres y los nombres de otras personas: tachan las letras en común y cuentan las restantes. El número que resulta es una clave sobre la relación que unirá a las personas en cuestión. Se escriben los nombres completos, y el juego no deja de ser una metáfora de lo que recibimos cuando recibimos un nombre. Me gustaría saber por qué los padres de María la bautizaron así. En mi caso, se trata de una coincidencia extraña: nací el mismo año en que prohibieron en la Argentina la proyección de una película porno, Emmanuelle. A mis padres les gustó el nombre, en su versión masculina. Después se enteraron de que quiere decir “Dios está con nosotros”.

Marie Moss tiene nombre de cantante pop, de estrella juvenil. Por teléfono no me animo, pero le digo que me pase la información de Alice por e-mail. En unas horas me llega el primer correo: Marie se disculpa por su flojo español y me explica que la secretaria de Alice Munro le pedirá a la escritora su autorización para que Marie me dé el teléfono. Luego me pregunta si realmente lo de Alice es tan bueno. Le contesto que muchas gracias y que sí, lo de Alice Munro es francamente excepcional. Le escribo entonces que el jueves estaré en Buenos Aires, que si ella quiere le puedo prestar un libro, que sólo hará falta que nos encontremos por ahí.

María – Parte 2

In María, Relatos on mayo 23, 2008 at 3:26 pm

De Alice Munro, en la ciudad de los escritores por desconsuelo, sólo se consigue un libro, a pesar de que ya se han traducido al español unos seis o siete títulos. Alice sólo escribe cuentos o por lo menos eso es lo que uno supone después de leerla, o por lo menos eso es lo que uno quiere: que Alice sólo escriba cuentos, que todas las mujeres escriban como Alice. Aun con la certeza de que no conseguiría más libros de ella, entré a la librería a preguntar. Hace unos meses comenzó a trabajar allí una chica, en reemplazo de otra que también era inquietante y con la que habíamos sabido armar una amistad mínima, suficiente, divertida. La de ahora no se viste tan bien como la de antes y no tiene rasgos tan fuertes. Nunca habíamos hablado demasiado: establezco pactos de fidelidad allí donde no son necesarios y donde son definitivamente ridículos.

María había ido a trabajar con una remera a rayas y por un accidente cuando nos saludamos nos dimos un beso cerca de la boca: durante los segundos que duró ese beso todo el poder y toda la gloria fueron para mí, para mí. Después se alejó, se sentó en su escritorio y comenzó a escribir. Una remera a rayas hecha de siete rayas negras y siete rayas grises va a casarse dentro de siete meses. ¿Me frustra, me duele, me rompe el corazón? No. Y eso es lo que me llama la atención: me enamoré de María pero no de sus posibilidades de salir conmigo, de acostarse conmigo. Quisiera sacarle la remera raya por raya, contar hasta 14 besándole el torso, pero eso no va a ocurrir en el futuro cercano y es probable que no ocurra jamás. Sin embargo eso no me pone ni siquiera triste.

Mariela me dice que no recuerda haber vendido ni tenido libros de Alice Munro. Le digo que es la mejor escritora del mundo y trato de exagerar la palabra mundo para acentuar la estupidez de la declaración. Elijo otros libros sin demasiado entusiasmo y cuando me estoy por ir Mariela me regala uno firmado por ella misma. Uno de esos libros de pequeñas editoriales. Me sorprende el gesto: por mi trabajo, muchos escritores me regalan sus libros, y en general se trata de un momento incómodo porque me gustaría explicarles que jamás, nunca, de ninguna manera, voy a leerlo completo. Me tiene que gustar demasiado, y eso en la ciudad de los escritores por desconsuelo ocurre con la eventualidad de los milagros. Sin embargo Mariela me regaló su libro con un gesto que me excitó. No sé qué hizo, no podría describirlo o describirlo sería como desarmar un cubo mágico para armarlo sin gracia, pero salí de la librería y me senté en un bar a leerlo.

María no va a salir conmigo a tomar un gin tonic: se va a casar y todo lo que hace parece estar en función de la fecha de su casamiento. Durante un tiempo insistí: las formas del amor que son formas de una demanda son artificiales, pero también son fáciles y dulces. Cuando dejé de buscar una respuesta fue mejor: comencé a tratarla con un amor que no necesitaba alimentarse sino de sí mismo. Cuando María me pidió que me detenga me pareció complicado.
-No es tan difícil.
-Si tiene reglas, es complicado.

En la página 15 del libro de Mariela dice: “cuando comprendas que puede ser el último día en la tierra, pasá por mi casa. Antes, no vale la pena”. No podría decir que me gusta todo el libro, pero sí que lo leí por completo con ansiedad, con urgencia. Pensé que todos los días son el último día sobre la tierra y que por eso debía a ir a tocar la puerta de María, pero en la figuración de que lo hacía, de que finalmente corría a decirle a María que no se case por la estúpida razón de que yo estoy enamorado de ella, la puerta se abría y estaba Mariela.

Marcos, 26 años, quiere salir con una de mis amigas.
-En tus cuentos hay muchas mujeres.
-En el mundo hay muchas mujeres.
-Si, pero no todas se acuestan con vos.
-No quiero escribir ni leer nada que sea como la vida. La vida ya es como la vida.
-Igual deberías despegarte un poco de…
-Si tiene reglas, es complicado.

Hay una hipocresía en la última frase que le digo a Marcos. Es probable que ahora reniegue de las reglas, pero lo cierto es que a todas las versiones anteriores de María les puse reglas, reglas estrictas: creo que antes de María me enamoraba de cómo me gustaría que fueran las mujeres y no de cómo eran. Es probable que en muchos casos ese amor haya decantado hacia una incondicionalidad absoluta, pero es también muy probable que sólo seamos absolutamente incondicionales con aquello que no nos importa en un sentido vital. De todas formas quisiera tocar la puerta de María, pasar por su casa con un libro de Alice Munro en la mano, decirle que es el último día sobre la tierra y que se case, que haga lo que quiera, que mi amor no depende en absoluto de ella.

 

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María – Parte 1

In María, Relatos on mayo 22, 2008 at 11:25 am

En la mitad de la cuenta de los lunares que hay entre el mentón y el nacimiento de los pechos de María me acordé de un cuento de Alice Munro en el que una mujer casada besa a un adolescente cerca de un puente. Me cuesta leer cualquier cosa que no esté escrita por Alice Munro, canadiense, precisa, autora de 10 de los últimos 10 cuentos que me cambiaron la vida. Me gusta María pero es una mujer imposible: demasiado linda, está a punto de casarse, tiene seis lunares cuando lleva la remera blanca, tres el resto de los días. La remera blanca de María se parece a un cuento de Alice Munro porque tiene estampada una pregunta, y los cuentos de Alice suelen dejarme con esa sensación inquietante. Lo que más me gusta de Alice es que no escribe golpes de efecto, aunque sus cuentos los suponen y los superan. Quiero decir que no hay muertes sorpresivas como en el 95 por ciento de los cuentos que escriben los herederos de Carver: hacia el final no se muere nadie. En los cuentos de Alice las muertes están antes, y ella busca algo de lo que pasa después de las cosas que te cambian la vida.

Antes de leer a Alice estaba por escribir un cuento sobre María, y ya tenía la frase: Me alcanza con que lo sepas: cada vez que parece que no estoy loco por vos, estoy disimulando.

No lo dije con la sinceridad de un hombre adulto: la mayor parte de mi vida transcurre tal como me gustaría escribirla, y no como me gustaría vivirla. El cuento que por suerte no voy a escribir hubiera sido una sucesión de golpes de efectos. Alice enseña que lo verdaderamente interesante no es la historia de un desastre anunciado por una cotidianidad siempre a punto de estallar, sino lo que pasa después de ese desastre, la manera en que al fin y al cabo convivimos todo el tiempo con el desastre o la maravilla, sin exageraciones. Alice escribe sobre la manera en que los hombres y las mujeres asimilamos la sorpresa y terminamos por hacer sutilmente ordinario todo lo extraordinario: en el límite del sentido, ni siquiera la muerte cambia el mundo.

María no cambia el mundo, aunque yo le hubiera escrito que sí, claro: cualquier cosa que yo diga cerca de María es siempre una mentira, o una versión estética de una verdad que no puede decirse sin mentir. Que María vaya a casarse tampoco cambia el mundo; y si cambia mi vida, lo hace del mismo modo que los cuentos de Alice: de un modo al fin y al cabo imperceptible y cuyos efectos no son de impacto ni de sorpresa. Las cosas son así, ella va a casarse y yo voy a seguir leyendo a Alice, y es probable que jamás deje de amarla, como es probable que alguna vez me sienta triste por eso, y como es seguro que en la mayoría de los casos se tratará de algo que sumé a la experiencia de mis deseos, un beso al borde de un puente, 10 cuentos que coincidieron exactamente con enamorarme de María.