RELATOS

Archive for the ‘Amarillo’ Category

Amarillo XV (FINAL)

In Amarillo, Relatos on noviembre 8, 2008 at 8:33 pm

La dueña del bar tenía un sentido cruel de la autoridad, pero Mora podía soportarlo, se sentía bañada en un aceite que hacía que todo resbalara por su cuerpo. Se sentía impermeable, y dejaba que Pilar le levantase la voz mucho más allá de lo que siempre había permitido a cualquier persona. No le importaba. No la escuchaba. Cumplía algunas órdenes con una eficiencia aceptable. Acaso era eso lo que necesitaba, un tiempo como de muerte cerebral en Madrid, bajo las órdenes de una mujer insoportable, formar parte de la ciudad del mismo modo que esos hombres que nunca miran a los ojos y que se parecen a estatuas inquietas, o palomas, y sin tener que pensar en nada. Pero a Mora le costaba cada vez más trabajo no pensar en nada, y en los instantes de silencio su cabeza se llenaba de voces, una música descentrada y aterradora, ruidos parecidos a un concierto de músicos epilépticos. Se entregó entonces a un ejercicio que al principio le pareció absurdo, pero que se reveló interesante e inquietante. Escribía casi todo lo que creía oír. Palabras sueltas, frases sacadas de contexto, recuerdos de oraciones incompletas. Frases que había subrayado en un libro de cuentos que había leído por recomendación de Omar. El nombre de Omar. Las mismas letras de su nombre, su nombre de ciudad europea. ¿Debía ir a Roma, entonces, cerrar un círculo ridículo con un viaje aun más ridículo? Pero no. El pensamiento de un destino al que someterse le parecía tan tranquilizador como revulsivo, una especie de respuesta fácil o previsible, lo contrario de una elección ante la arbitrariedad de sus días. 

Anotó en una libretita moleskine los eventos posibles: ¿respondería a lo que la reclama? ¿Seguiría la mecánica conocida de volver a Córdoba ante cada muerte? Marta ya sería sólo cenizas, era cierto, pero igual era una muerte que la reclamaba, que le exigía en alguna parte de su cabeza tomar un avión y volver a Córdoba. Caminar por Villa Allende, ver nuevamente la casa de Marta. 

Pero Córdoba era Omar y Omar era un mundo conocido. Niels también lo era. A veces le gustaría poder vivir con los dos, de viaje, como amantes nómades o reyes magos que de vez en cuando se detienen a coger. Niels y Omar eran posibilidades fuertes: si era cierto lo que cada uno le había escrito, ambos eran un destino, un lugar al que podría ir si se cansara de sus posibilidades tan tenues, de sus días caprichosos. Pero esa idea no encajaba. No se había ido a Madrid por no poder elegir entre Niels u Omar. Ni siquiera se había mudado a Madrid por alguna clase de impotencia ante la imposibilidad de convertir a Niels y a Omar en una misma persona a quien amar con la preocupación escrupulosa y maternal y casi ausente de carnalidad que sentía hacia uno, y la ferocidad y el afán con los que había construido su amor por el otro. 

Había elegido otra cosa, y esa otra cosa era desconocida, nueva, peligrosa. Esa otra cosa era una ciudad horrible y un destino incierto. Se sintió renovada por esa conclusión pero los gritos de Pilar la devolvieron a la realidad con la violencia de un parto en un taxi. En los insultos desmedidos de Pilar se mezcló la sugerencia de volver a la Argentina y Mora contuvo el impulso de gritar una respuesta. Pensó que no lo necesitaba, pero mientras lavaba la vajilla se vio de nuevo envuelta en la absurda matemática de sus especulaciones. Para escapar, se puso a contar cada segundo. Pensar en números era su muerte cerebral. Un número tras otro. Una actividad inútil pero infinita. Llegó a 246 y sonrió. Recordó el regalo de Omar. 

 

Los hombres son tan recargados y dramáticos. ¿Qué haría, realmente, Omar, por pasar conmigo la hora 247? ¿Viajaría a Madrid, por ejemplo? ¿Y si no fuera yo la que tiene que volver? Si Omar pudiera viajar a Madrid viviríamos juntos un tiempo, yo le mostraría las partes de la ciudad que llegué a conocer en un año, lo llevaría a ver películas viejas o a bailar con los gays en la Goa. Con el tiempo nos preguntaríamos si deberíamos casarnos, para facilitar su estadía en Europa. Probablemente lo haríamos, los papeles ya no dicen nada. Pero más adelante habría que tomar de nuevo otra decisión. La de ponernos o no en una situación de ser adultos. No quiero tener hijos, pero Omar es un sembrador. Volveríamos a enamorarnos de otras personas, tal vez incluso nos permitiríamos engañarnos, silenciosa, discretamente, como quien le da permiso a una viuda para que llegue al ataúd de su marido. Tendríamos una vida de costumbres, de rutinas. Nos conoceríamos los olores cotidianos y sabríamos esperar con cierta alegría el cumplimiento de las más triviales previsiones. Sería una vida feliz. Pero ¿y si no es felicidad lo que buscamos? ¿Por qué habría de cerrar la puerta de esa posibilidad tan tenue pero tan distinta? 

 

Mora terminó de lavar la vajilla y salió del bar. Renunció sin escándalo. Caminó por las calles como quien atraviesa un campo en el que ha habido una batalla, y entre el ruido interminable de los autos escuchó una tormenta. Sintió los vientos encontrados, opuestos, chocar y convertirse en un aire nuevo, en una corriente de dirección inesperada.

 

FIN

Anuncios

Amarillo XIV

In Amarillo, Relatos on noviembre 6, 2008 at 12:44 pm

La empleada de la inmobiliaria tenía la camisa accidentalmente desprendida en el escote y Omar fingió no conocer la casa. Pensó que el recorrido por las habitaciones y la escalera le daría nuevas perspectivas. Una estupidez inevitable. Ya sabía que la iba a alquilar, e incluso llevaba el dinero para la firma del contrato. 

Se refugió en la posibilidad de que un pecho de la empleada asomara entre los botones para no sentir ninguna otra emoción, como si la casa a la que estaba por mudarse no tuviera significados, como si no sólo se hubiera rendido a la idea de que la casualidad y las coincidencias le habían jugado una carta inesperada. De hecho, Omar tenía la sensación de que se había puesto del lado del azar, de que había tomado partido por la casualidad porque la única manera de combatirla era buscarla. Transformar su poder de sorpresa en el resultado de una estrategia. Convertir el azar en programa, el accidente en obra. 

Con las llaves en la mano sintió, sí, una emoción artística. Aprovechó los efectos de esa emoción en su voz para simular una alegría conyugal cuando llamó a Lola para decirle que ya tenían casa, que vivirían en Villa Allende, que el patio era grande, con lugar para tener perros y con algunas plantas de exquisito aroma. No había que hacer arreglos, la casa estaba impecable. Acaso habría que pulir el parquet, pero nada más que eso. El piso de madera estaba algo rayado, o más bien marcado por huellas, líneas que se cruzaban. Debían de ser huellas de goma, porque en la casa había vivido una mujer en silla de ruedas. 

 

Se mudaron rápido, porque ninguno de los dos tenía muchas pertenencias ni muebles. En la oficina nadie se sorprendió mucho, como si lo hubieran esperado, o como si de alguna manera brutal pero no explícita Lola y Omar hubieran dejado muy en claro que se había terminado la histeria. No se mostraban felices, pero Omar había recuperado lentamente, en poco más de un año, su color de piel y Lola parecía una mujer más audaz o más segura, como si hubiera vuelto de un viaje, o como si fuera de repente una mujer extranjera. 

 

La casa de Villa Allende era grande, tal vez demasiado grande para los dos. Lola adquirió de inmediato la costumbre de dejar la luz del baño prendida, porque algunas noches el entorno se le volvía terrorífico. Sin embargo no se preguntaba por qué había elegido, Omar, una casa tan amplia y distante de la oficina. En la lista de sus aprendizajes había anotado cierto desinterés por cuestiones banales, y la casa era un símbolo banal. Enfocó sus intereses en el sexo con Omar y en escribir una novela. En la novela, un personaje de nombre Gastón sobrevivía a un accidente de moto. De vez en cuando Lola intentaba hablar con su hermano, trataba de sacarle datos o recuerdos, anécdotas, texturas. Pero era un esfuerzo inútil: su hermano no podía recordar nada, cualquier memoria le resultaba tan imposible como controlar el temblor de sus manos. Una bestia sin pasado, el hermano estaba tan muerto como Gastón, con la excepción de algunos momentos en los que hacía alguna pregunta. Entonces parecía ser los vestigios de un hombre, por lo menos los vestigios. 

¿Te vas a casar? 

No. Solamente vivimos juntos. 

El hermano repetía entonces la pregunta. Y la volvía a repetir, como si no aceptara otra respuesta que la que quizá habría imaginado. 

 

Omar no la acompañaba. El viaje al neuropsiquiátrico lo asustaba y le recordaba la apagada depravación de su plan. Además, cuando Lola salía de la casa él podía esperar más tranquilo. Se sentaba en el sillón a leer y esperaba. Y su presentimiento se transformaba cada día en una convicción. 

 

(Mañana, capítulo final)

Amarillo XIII

In Amarillo, Relatos on noviembre 4, 2008 at 11:24 pm

Dos meses después de la muerte de su hijo, la madre de Mora comenzó a tomar clases de piano. A los tres meses pidió el divorcio. A los seis meses se mudó a Perú. El señor Catena no opuso resistencia y no expresó ni acuerdo ni desacuerdo. Durante dos años no hizo nada, o hizo apenas lo imprescindible para cobrar su sueldo. Un breve período de recesión en la empresa le permitió jubilarse antes de tiempo y comenzó a tomar clases de inglés. 

Hasta el accidente, ambos habían llevado una vida de costumbres, una vida que tenía la apariencia de ser común, corriente y normal, pero que ninguno de los dos, profundamente, sentía como una vida verdadera. Tampoco el accidente llevó verdad o sensaciones genuinas al matrimonio, claro, pero unos años después cada uno parecía, por su lado, vivir por lo menos una vida más intensa. Trágicamente intensa, al principio. Pacíficamente intensa después. 

El señor Catena se preocupaba de que a Mora por lo menos no le faltara nada, y entendía esa tarea como la misión de que a Mora no le faltase dinero. A la señora Catena le preocupaba principalmente que Mora viajara a Perú y conociera las ruinas del Machu Pichu. Más o menos un año después de la muerte de Gastón dejó de preguntar por la imposible fecha de algún casamiento. En Perú conoció a un médico coleccionista de arte y se mudó con él. El señor Catena, mientras tanto, sólo tenía aventuras con mujeres menores a él, y algunas incluso menores a Mora. En el reparto de bienes, la casa de campo había quedado para la mujer, pero tras el viaje a Perú los dos estuvieron de acuerdo en que sería mejor que el señor Catena conservara las llaves y, de vez en cuando, le diese alguna utilidad. 

El señor Catena pensó entonces en dejarle la casa a Mora, pero como su hija pasaba más tiempo fuera del país que dentro, la puso en alquiler el primer verano, y el segundo verano la usó él mismo. 

Fueron unas vacaciones al mismo tiempo relajantes y angustiantes. Le dolió pasar en el auto por el lugar del accidente, pero encontró una distracción confortable en la refacción de la vivienda. Él mismo construyó un techo de paja para la galería con vista a la casa amarilla de la lomada. 

En la casa amarilla pasaba sus vacaciones una mujer atractiva, bronceada, de cuerpo fibroso y brillante. Cuando se dieron cuenta de que ambos estaban solos, no demoraron en invitarse mutuamente a tomar mate, casi al unísono. 

Al señor Catena le llamó la atención la propensión de la joven a mezclar palabras inglesas en su discurso habitual, y quedaba desconcertado ante el vocabulario musical de Angie, pero se sentía íntimamente orgulloso cuando reconocía casi todas las palabras referidas al mobiliario doméstico. 

El almacén del pueblo tenía pocos vinos, malos, mal conservados, pero al menos en botella de vidrio. El señor Catena compró dos botellas de Valderrobles y un paquete de fideos, invitó a Angie a cenar, y conjeturó durante toda la tarde si la piel de Angie sabría a caramelo, tal como su color podía hacer presumir, o a flores, o a frutas. 

Durante la cena hicieron un repaso fugaz por cada biografía, y Angie le dijo que conocía al otro chico, al sobreviviente. Que una compañera de trabajo era su hermana. Angie dijo cuatro o cinco veces la frase qué chico es el mundo, y el señor Catena se sintió mareado e impreciso como un dardo lanzado por un pasajero del gusano loco. Se preguntó entonces, en voz baja, y sin que Angie supiera si debía responder o guardar silencio, si tenía sentido fingir cinismo o dureza frente a lo que el destino nos depara, si era siquiera lícito imaginar que al final uno se adapta a todo, incluso a las irónicas, grotescas burlas de la fortuna.

Amarillo XII

In Amarillo, Relatos on noviembre 4, 2008 at 1:13 am

Rara pero no inaceptable, como un arquero con bufanda, la entrada de Mora al bar provocó en Ernesto una incomodidad tumultuosa. Le pareció ver en ella el equivalente de un vino impactante, afrutado, púrpura, de cepa imposible o sorprendente.  

Lo primero que le llamó la atención fue la sutil intrepidez de la mujer, evidentemente argentina, trasnochada y entendida en el arte de pedir un whisky. Un whisky verdadero. Un etiqueta verde, como si la madrugada madrileña le estuviera enviando señales de humo en español, letras gigantes de neón.
Ernesto se acercó con una excusa ridícula: no podía dejar que una mujer pagara por saber beber. A Mora no le importó la torpeza del gesto, y pensó que en todo caso sería bueno, buenísimo, dormir lejos de las fotos de su hermano y de su perro. A nadie le gusta atravesar un océano para reencontrarse con dos tragedias. Y Ernesto no estaba mal. Una espalda ancha, evidentemente argentino, pero no cordobés. Suficiente para esa noche. Íntimamente sintió una punción de mínima culpa por el hecho ciertamente irónico de que el whisky favorito de Omar le hubiera facilitado tanto las cosas. Pero tapó el síntoma con aquello que lo provocaba, y se dejó llevar. Se abandonó.
Ernesto le contó una historia común, exiliado de los ’90, primero mozo y después guarda vidas. Y ahora, comerciante. Un breve curso de enología y una fuerte pasión por los vinos lo habían convertido en un sommelier de cierto renombre.
Cuando llegaron al departamento Ernesto sacó de su bodega un Alma Negra 2003 y le explicó que 2007 era el año para beberlo. Y que además tenía la impresión de que ese vino sabía exactamente igual que los desconcertantes labios de Mora.
Primero el whisky, después el vino, y por último las melosas palabras de Ernesto: el resultado de esa ecuación sobre la piel de Mora era tan previsible para ella que incluso la aburría un poco. Pero se dejó llevar, como si estuviera exenta de voluntad o como si le diera lo mismo.
Ernesto era un caramelo durante una baja de presión, un amuleto dulce que la confortaba con la impresión de una insensata continuidad. El cuerpo perfecto de Ernesto adentro del suyo le producía una alegría diminuta, y piel y huesos eran ahora un organismo al menos invadido. Nadie invade un desierto. Nadie invade un territorio yermo. Por oposición, Mora conseguía sentir la fertilidad de una emoción acaso violenta: Argentina no había vuelto a vaciarla.
Ernesto no podía dejar de compararla con sus vinos preferidos y por alguna razón todo en Mora le recordaba a una bodega mendocina en particular, y la cosecha 2003. La piel tan púrpura de labios y pezones, la sensación jugosa de besarla, algo de fruta muy bien integrada a las notas de cuidado de un Malbec Patriota que había bebido poco tiempo atrás, en una cata de importados. Y el disfrute, el vasto disfrute que podía otorgar el cuerpo de Mora a un conocedor de vinos y cuerpos.
Mora tuvo un orgasmo ridículo, cómico. Ernesto no era un mal amante después de todo. Se durmió sin decir nada. Durante el desayuno, él le preguntó quién era Omar. Mora había dicho su nombre unas 200 veces mientras dormía.
Entonces Mora hizo algo extraño pero no inaceptable, mezcló los nombres, le dijo que Omar era su hermano. Que había muerto en 2003, en un accidente de moto. Que ella estaba en Brasil cuando sucedió, que había hablado con él dos horas antes del accidente y se habían dicho palabras habituales. Que su hermano manejaba, y que otro chico iba en el asiento de atrás. El otro había sobrevivido porque llevaba casco, pero había quedado idiota. Que la noche anterior había visto, en Madrid, a un océano de distancia de esa tragedia, una foto de su hermano y del idiota, en un portarretrato que colgaba de la pared del departamento de la abuela de una amiga. La amiga era prima del idiota, pero ella no sabía nada. Y ahora no quería volver a ese departamento ni siquiera a buscar sus cosas.

Amarillo XI

In Amarillo, Relatos on noviembre 3, 2008 at 10:57 am

 

 

Me había propuesto explicarle a Lola que el diagnóstico del dermatólogo no era suficiente y que mi piel se había puesto amarilla por Roma. Como quien elabora 12 o 20 jugadas de ajedrez posteriores a la inmediata, memoricé respuestas posibles y maneras imposibles de retomar una atracción que yo mismo había hecho disminuir, si no desaparecer. Desde los primeros síntomas de óxido, había puesto a Lola en la sombra de un eclipse, en una zona ignorada pero no misteriosa. A pesar de que secretamente anhelaba que su matrimonio terminara, mi melancólica enfermedad de la piel me había impedido incluso darme cuenta de que Lola había vuelto a ser una mujer soltera.

Me enteré por los rumores de la oficina, primero, y por ella misma, después. Cuando comenzó a contarme los pormenores de su separación sentí un dolor insólito, una emoción incómoda y similar a la de perder un colectivo por estar mirando el cielo, pero más dramática. 

La invité a tomar un whisky, y caminamos hacia un bar. Antes, había imaginado ese momento como un acto secreto, prohibido, pero caminábamos sin necesidad de ocultar nada, y eso le daba al andar de Lola una sorprendente sensualidad. En algunas veredas, la cantidad de caminantes nos obligaba a replegarnos y pude sentir la piel de su antebrazo como una pequeña descarga eléctrica. Aunque no dejaba de pensar en Roma, en los llamados inútiles y las extensas cartas sin respuesta, el cuerpo y la alegría de Lola estaban desplazando lentamente la prioridad de esos pensamientos. 

Nos sentamos frente a frente, y nos dedicamos una mirada cómplice, como si ambos estuviéramos diciéndonos que nos debíamos ese encuentro, o que finalmente allí estábamos. No esperé al mozo y me mostré asombrado por su separación. Le pedí con gestos exagerados que me contara todo. 

Lola sí esperó al mozo, y me miró para que yo decida. Johnnie Walker, etiqueta verde. No me importa nada, pensé. Lola levantó las cejas, y me dijo que siempre había querido probar ese whisky. Que estaba sorprendida. Cuando el mozo trajo los vasos, el color de la bebida parecía replicar exactamente el color de mi piel. 

Lola me contó que había conocido a un inglés. 

Por cinco minutos no escuché cómo seguía su relato, y me perdí en el cálculo de probabilidades, en la especie de maldición británica en la que se había convertido mi biografía afectiva. ¿Otro inglés?

Le dije a Lola que Roma me había dejado por un inglés. Y perdí el control de los mecanismos de corrección de mi comportamiento y exageré una confesión amorosa, acaso para intensificar el efecto conmovedor de esa coincidencia de gentilicios. Dos ingleses para dos mujeres de las que estoy enamorado. 

Lola sonrió con suficiencia, no se dejó vulnerar por una expresión tan similar a la desesperación de un náufrago que ve un bote que se aleja. Pero sí se interesó por la historia de Roma. Me dijo que su inglés había venido a la Argentina a buscar a una mujer. A una tal Polly. 

A pesar de la exquisita suavidad del Johnnie Walker más rico que se pueda tomar en Córdoba, mi boca fue inundada por un sabor amargo y monstruoso, y toda la belleza de Lola me pareció por un instante una bestialidad infame. ¿Cómo podía ser? ¿Qué clase de hilos trágicos, crueles, unían mi vida a la de ese inglés hijo de puta?

El tono amarillo de mi piel empalideció y Lola detuvo su elogio del whisky, asustada, preocupada. Me preguntó qué me pasaba casi 16 veces. Respondí con una frase que me persiguió por semanas, meses, una eternidad. 

Nos dejó a los dos. 

¿Y dónde estaba, entonces, Roma? 

O mejor aún. ¿Dónde estaba, entonces, yo? 

Lola se cambió de silla y se sentó a mi lado. Me abrazó. Yo estaba llorando, y el llanto me parecía inevitable. Lola me besó la frente, los ojos, la mejilla y la boca. 

Nos dejó a los dos, insistí. 

Lola me secó las lágrimas. Volvió a besarme y después envolvió mi cabeza con sus brazos y la apoyó en su pecho. Yo podía sentir su mentón apoyado en mi nuca. Me dijo que ya estaba, que la vida era complicada. Me contó que se había enamorado de un muerto. Que ya no estaba más con Martín, ni con Niels, porque no dejaba de pensar en un chico que había conocido 15 años atrás. Un chico que se había muerto hacía cinco.

Amarillo X

In Amarillo, Relatos on octubre 31, 2008 at 5:30 pm

La señora Rodríguez dispuso en la mesa la vajilla de visitas mientras vigilaba con el oído que el agua no hirviera. Se aproximó a la puerta del baño del departamento y le preguntó a Mora si prefería azúcar o miel. Desde adentro del tocador, Mora escuchaba los pasos de la señora Rodríguez como si fuera la percusión exigua de una caravana circense. Azúcar, señora.

La anciana le pidió que le dijera Queta. Cuando Mora salió del baño, le explicó la historia del sobrenombre. Acá en Madrid todos me dicen Queta. A mí me fascina, imaginate, cambiar de nombre a los 65.

Queta había llegado a Madrid 20 años atrás. Una de sus nietas había crecido a la vuelta de la casa de Mora y se hicieron amigas. Después dejaron de verse, pero mantuvieron algún contacto. Cuando Mora decidió viajar a España, la nieta de la señora Rodríguez fue la única persona a la que se le ocurrió acudir. Le preguntó primero si conocía a Omar, si conocía a alguien más o menos cercano a Omar. Cuando supo que no, le pidió la dirección de la abuela. Necesitaba un lugar para dormir la primera noche. Después ya habría encontrado alguna solución.

Queta sirvió el té y comenzó a preguntar. Encantada de recibir visitas, pero sobresaltada por la urgencia de Mora, sus gestos fluctuaban entre la amabilidad y la indagación. Sin embargo, como un líquido que finalmente encuentra una pendiente, la anciana interrumpió su merodeo con un diálogo directo.

 

De qué te estás escapando, nena.

Yo no creo que escape.

Mora estaba convencida de que no escapaba, de que viajar no era un medio. Sentía incluso la necesidad y la dificultad de aceptar un destino sin destino.

Esa idea de que una tiene que encontrar un hombre o una familia, ¿de dónde viene?

¿No querés tener hijos?

No quiero cambiar algunas cosas. Tener hijos te cambia.

Queta se incomodó. Acaso la falta de rodeos que había propuesto se le había vuelto en contra, y ahora preferiría la duda y no la certeza. O la duda y no el temor. ¿Debía cambiar de tema, comentar como todas sus amigas latinoamericanas las expectativas que despertaba, por ejemplo, la primera presidenta mujer en Chile?

Mora se le adelantó.

¿Usted por qué se vino?

Esmelda se había ido con su marido a México en junio del 76. Diez años después el señor Rodríguez subió a una silla para cambiar una lámpara del descanso de la escalera. Estaba solo en la casa. Trastabilló, cayó por varios escalones. Quedó tirado en el piso durante horas, balbuceando el nombre de su mujer. En el Hospital Inglés el anestesista se excedió en la dosis, o el señor Rodríguez estaba muy débil. La señora Rodríguez se fue a España, sus hijas, en cambio, eligieron a la Argentina.

El señor Rodríguez había sobrevivido a dos enfrentamientos contra los militares argentinos, y había encontrado la muerte de una manera tan absurda que todo México se volvió insoportable para Esmelda. Insoportable como su nombre. Cuando llegó a Madrid pidió a sus conocidos que le dijeran Queta.

Mora escuchó la historia mientras tomaba el té. No pudo evitar un pensamiento inquietante: si seguía así jamás enviudaría, o peor aún, sería una viuda perpetua. Una mujer que ha dejado a sus muertos en distintos puntos del mundo. Una mujer que incluso no necesitaría enterarse de la muerte de quienes la hacían ser una viuda.

Yo estaba enamorada de Rodríguez.

¿Le decía así, ‘Rodríguez’?

Sí. Siempre lo llamé por el apellido. ¿Vos, nunca te enamoraste?

Mil veces.

¿Y qué pasó?

Eso. Me enamoré mil veces. Voy a enamorarme mil veces más.

Queta levantó la mesa y acompañó a Mora hasta el cuarto de visitas. Le mostró las fotos. El señor Rodríguez, las dos hijas, los nietos.

Mora reconoció a su amiga en las primeras

La cuarta foto de la pared que enfrentaba a la ventana la dejó pálida, como si una máquina industrial oxidada le hubiera absorbido de repente toda la sangre. En una postal amarillenta, su amiga cordobesa posaba junto a su madre, su tía, una niña más y dos niños. La niña debía de ser la prima, y uno de los niños, el tercer nieto de Queta. El otro era rubio, estaba arrodillado y abrazaba a un perro. Mora se acercó para ver mejor, incrédula y agitada. Al perro le faltaba una pata.  

(continuará)

Amarillo IX

In Amarillo, Relatos on octubre 31, 2008 at 10:55 am

 

 

Art work from In Rainbows

Art work from In Rainbows

 

 

Como un sueño recurrente, cada vez que Lola había imaginado que se desnudaba frente a otro hombre la película se detenía en el broche del corpiño. Algo le prohibía seguir, o le entorpecía la continuidad de su fantasía. Una incomodidad propia de una prenda que le molestó desde que comenzó a usarla, uno o dos años antes que el resto de sus compañeras de colegio. ¿Cómo sería mostrarle sus pechos a un hombre que no fuera Martín? Martín la conocía, y el esplendor amoroso de su mirada se había transformado con el tiempo en una indiferencia cómoda. Lola podría pasearse desnuda frente a Martín sin que el hecho significase nada, sin lograr que Martín abandonara su concentración en el arreglo de algún electrodoméstico. Pero ahora estaba frente a Niels, frente a un cuerpo extraño. Estaba sentada encima del pubis de Niels y podía sentir la erección del inglés, y como si fuera por primera vez testigo de una tormenta de tierra, comprobaba que podía reconocer cada elemento, el viento, la tierra, pero no el conjunto, la tormenta. Con sus manos en el broche del corpiño recordó por un instante las primeras semanas de clase del quinto grado, la escapada a la plaza de Alta Córdoba, la transparencia de la camisa blanca, alguna broma de los chicos del Corazón de María, y a su hermano. 

¿Por qué venía el recuerdo de su hermano a perturbarla antes de hacer el amor con el segundo hombre de su vida? ¿Por qué tenía esa imagen en la cabeza? 

Mientras Niels jadeaba y le acariciaba las piernas y la cola, y jugaba con los bordes de la bombacha, Lola estaba en otro lado y en otro tiempo, junto a sus compañeras de colegio, su hermano, y el amigo de su hermano. Una tarde común, que se había vuelto extraordinaria por el espectáculo piadoso del perro de tres patas del amigo de su hermano. Un animal agradecido y cariñoso, palpitante como un corazón con taquicardia. Acaso la ausencia de su pata contenía una formidable ansiedad de movimiento, y por eso el perro parecía a punto de estallar. Y su dueño, Gastón, era el único que no había hecho ninguna broma sobre el flamante, incómodo corpiño que la madre de Lola le había obligado a usar. 

Extraviada en esos confusos recuerdos, Lola olvidó la importancia que le había dado a esa especie de nuevo himeneo en el que se había convertido, por acción de sus fantasías y su monogamia, la penetración a cargo de un hombre que no fuera Martín. Lola iba y venía de la plaza a su cama, y en uno de los regresos notó que Niels ya estaba adentro, que su pija ardía, que se sentía como si se estuviera metiendo entre las piernas un objeto inanimado y caliente. Gastón. Dijo. No quiso emitir ningún sonido, pero el nombre de Gastón salió de su boca de la misma manera que el agua brota de una vertiente renovada.  

La última vez que había visto a Gastón bailaban lentos en Molino Rojo. Y esa escena era la que ocupaba su cabeza mientras Niels tocaba sus pechos y corría el corpiño que Lola no había terminado de desabrochar. El perfume de Gastón, la remera, la espalda de Gastón. El preludio que Gastón pergeñaba para llegar a besarla, los movimientos torpemente disimulados, la aproximación de su rostro. Lola lo había dejado llegar muy cerca, pero detuvo el ímpetu del chico en la comisura de sus labios. Nunca supo explicarse siquiera a sí misma por qué lo había hecho, aunque la versión de que aún no era el momento no era del todo insatisfactoria. Gastón no insistió. Dejó de bailar, volvió con su grupo de amigos, pidió una cerveza impostando la madurez que un chico de 14 años cree que corresponde a uno de 18, y buscó a otra chica para bailar. 

Niels tenía la sensación de estar acostado junto a una muñeca sexual, una piel que no ofrecía resistencia pero tampoco participaba del acto, un adorno hermoso pero insuficiente. Lola estaba en otro lado y en otro tiempo, y cuando vio que Niels acababa intentó fingir un gemido, o dar una señal de vida, y después se sintió terrible. Pensó que tendría ganas de llorar, pero no era tristeza ni arrepentimiento lo que la atravesaba, ni mucho menos culpa. Estaba estupefacta, como fascinada, y se dejó llevar por una sensación extraña: el cuerpo desnudo y cansado que tenía a su lado era el de Niels, pero ella había hecho el amor con Gastón. Sonrió, sorprendida por la posible maldad de sus especulaciones. ¿Sería una infidelidad acostarse con un muerto?

Amarillo VIII

In Amarillo, Relatos on octubre 29, 2008 at 10:01 am

La emoción que el contacto con el cuerpo de Lola había llevado a Niels a beber menos de la cuenta, como si su consumo habitual de cerveza hubiera sido reemplazado, durante la noche de la fiesta en casa de Angie, por otra sed acaso insaciable. Lola bailaba con una cadencia que le recordaba ciertamente algunos movimientos corporales de Polly, pero lo más intenso de ese baile era su promesa de novedad, la exquisita suavidad de la piel de Lola y un perfume arrebatador. Niels se sentía a merced de una mujer, nuevamente, y en la intimidad de su cuerpo ese renacimiento adoptaba la forma de una erección imposible de disimular. 

Lola simplemente se dejaba llevar, atraída por el lenguaje torpe de Niels, sus movimientos medidos, su corrección a punto de estallar. Porque ese chico estaba a punto de estallar, Lola se daba cuenta, e involuntariamente pero sin resistirse, jugaba a manejar ese entusiasmo. Como si hubieran puesto un juguete inglés en sus manos, o una materia moldeable que ella estaba convirtiendo casi sin hacer nada en un pene descomunal. Alterada por la trama de esa historia y de ese baile, por la insistencia de Niels en cambiarle el nombre, y también por algunos movimientos que le habían permitido confirmar que su compañero de baile estaba excitadísimo, decidió dejarse llevar por su propio impulso de artesana, y fabricar a partir de esa situación su primera infidelidad, su evento de rebelión. 

Niels usaba un lenguaje híbrido, una mezcla de su inglés londinense y el español que había aprendido de Polly. Su propia, única lengua, no lo dejaba en paz: cada palabra que pronunciaba tenía  la huella de Polly, pero él insistía en sobreponerse. Al fin y al cabo Polly lo había abandonado, y él había cruzado el mundo para buscarla, para saber al menos qué hacer con la ropa y los libros que esa mujer argentina, divertida y sexualmente incomparable había dejado en la casa con la promesa de volver en dos o tres meses. Niels la había esperado, primero, el tiempo prometido. Luego, sin preocuparse demasiado, unas semanas más. Después comenzó a llamarla, sin éxito. A escribirle, también sin respuestas. El padre de Polly tampoco le decía nada, sólo que Polly estaba bien. Que estaba bien, y que había dado expresas, firmes instrucciones de no dar más información que esa. Niels había decidido entonces viajar a la Argentina y buscarla. Tomó clases rápidas e inútiles de español, pero demoró en salir, con la secreta esperanza de que Polly regresara. Dos años después de despedir a Polly en una estación del Heathrow Express, tomó el tren hacia el aeropuerto, primero, y el avión a Buenos Aires, después. 

Llegó a Córdoba en septiembre de 2007. Un calor insoportable, asfixiante. La búsqueda de Polly comenzó en la casa del padre, a la que llegó por ayuda de la guía telefónica. El hombre se había mostrado amable pero firme en su decisión de respetar el pedido de la hija, y Niels no obtuvo precisiones, aunque sí un abrazo sospechoso, un gesto que le hizo dudar de que Polly estuviera en esa ciudad sofocante. Como si el padre de Polly hubiera traducido una información vital a un idioma corporal. Niels continuó buscando, ignoró el alerta. 

Salía por las noches con la esperanza de cruzarla, de verla de repente. 

Iba a fiestas, a recitales, a muestras de arte, a presentaciones de revistas. 

A cada persona que conversaba con él, le contaba su periplo, su delirio romántico. En el imaginario de sus interlocutores la imagen de Polly adoptaba la forma de una monstruosidad insensible. 

Se dio cuenta de que su aventura conmovía especialmente a las mujeres, y mientras bailaba con Lola puso en práctica, con la agresividad de un goleador de fútbol, su estrategia.

Amarillo VII

In Amarillo, Relatos on octubre 28, 2008 at 4:45 pm

Le expliqué al dermatólogo que mi piel se había puesto amarilla por acción de una mujer, pero la sonrisa condescendiente que le despertó mi comentario me terminó de convencer de que un consultorio médico no era el lugar en el que debería estar. Como un cono que se abre, esa mínima revelación se extendió desde el consultorio a la ciudad, al país, al continente, y a cualquier parte del mundo que no fuera Londres. 

Pero yo no podía viajar. Mientras el dermatólogo me recetaba dos pomadas y me explicaba una posología irrealizable me perdí en una sospecha: ¿me dejarían abordar un avión con la piel amarilla, o también el personal del aeropuerto sonreiría condescendientemente ante mi explicación?. 

El médico tenía el diario del día sobre el escritorio. El asesinato de Marta había vuelto a ocupar la portada, gracias a un identikit del supuesto asesino. El dibujo era tenebroso y al mismo tiempo tosco y chistoso, y parecía más el rostro de un reptil que el de un ser humano. El dermatólogo se dio cuenta de que yo le prestaba más atención al diario que a su receta y comentó algo sobre la noticia, en un intento poco cortés de retomar el protagonismo en su consultorio. Me dijo que conocía a la víctima. Que cuando se enteró se sintió muy mal, que había sido compañero de colegio de Marta y que le debía una visita a su casa, que Marta siempre insistía en que fueran, él y su familia, a conocer la casa y los perros. No le dije que yo también la había conocido, porque no quise extender la conversación. Quería irme de allí, desvanecerme.

 

No podía saber si Roma ya se había enterado de la muerte de Marta. Intenté varias veces llamarla a Londres, pero me cansé de la voz metálica de su contestador automático. Le escribí, pero jamás respondió. Al principio me reanimé con la esperanza de que Roma no hubiera encontrado las palabras para responder la noticia de una muerte, otra más en el historial de sus viajes. Una noche en casa me había contado que las muertes que había llorado habían ocurrido mientras ella estaba fuera del país. Su hermano, Brasil. Su perro Negro, Londres. Los aviones de vuelta se le habían convertido en una caravana fúnebre sobre las nubes. Pero la deserción comunicativa de Roma se estaba prolongando demasiado. Entonces tuve miedo de que el regreso a la casa y a los brazos de Niels la hubiera convencido de algo parecido a borrarme de su mapa, o peor aun, a tacharme de su mapa como a un lugar al que ya viajó, o como a una tarea ya cumplida. Ese temor de agenda me hizo verme más oxidado. Más transformado en un mueble viejo de hierro de la era industrial, la puerta de un horno de fundición, un metal antiguo y dañado por la corrosión. 

 

Estaba viva: yo podía saber que Roma estaba por lo menos viva porque la casa de su padre no lucía dañada por alguna tragedia reciente. El hombre seguía su rutina laboral con la misma sonrisa de dentífrico que yo le había conocido la tarde en que Roma decidió confesarle que, pese a las ridículas advertencias paternales, estaba viendo a un chico. Por teléfono, el padre de Roma había entablado una particular amistad con Niels, en breves conversaciones durante las que ponía a prueba sus clases de inglés de principiante y comentaba las noticias del mundo como si jugara a ser el locutor de una radio para niños o enfermos mentales. Le molestaba, entonces, imaginar al pobre Niels como un cornudo, pero más le molestaba la posibilidad de que esas conversaciones tan prácticas corrieran, por culpa exclusiva de la topografía banal de mi existencia, peligro. El padre de Roma había estudiado los titulares de la versión on line del Times para recitarla en el teléfono, y estaba entusiasmado con la idea de enseñarle a su yerno la pronunciación correcta del nombre de Evo Morales, pero ¿cómo podría ocultarle a Niels la aberración de la que estaba siendo testigo? Roma lo calmó con cierto desprecio, y su argumento más contundente fue una pregunta: ¿cómo podrías, con tu inglés de mierda, explicarle esta aberración?

Lo volví a ver tres veces más, durante las últimas dos semanas argentinas de Roma. ¿De qué hablarán, ahora? ¿Habrá sabido de mí el yerno perfecto, el inglés? ¿Comentarán mientras hablan del mundial de fútbol de Alemania que fui menos que un problema, una falsa alarma? ¿Roma escuchará a su inglés reírse como un hijo adoptado? 

Recordé uno de mis regalos de despedida para Roma: una suma exacta de las horas que habíamos pasado juntos en todo ese verano, desde que nos conocimos, 246. Antes de que el auto de su padre arrancara y la llevara al aeropuerto, leyó el detalle, la descripción de cada actividad, 30 noches, y una frase afectada al final, una oración mal escrita en la que juraba ser capaz de morir a cambio de la hora 247. Roma me despidió con un beso inolvidable, me tocó el pecho, el abdomen, la pija. Lo último que me dijo fue ¿Cómo negarme a tanta matemática?

Amarillo VI

In Amarillo, Relatos on octubre 27, 2008 at 5:03 pm

Cuando llegó a contar cien vetas en la madera del techo, Mora sintió que su insomnio era irremediable. Se incorporó despacio, de acuerdo a un cálculo intuitivo de los ruidos y movimientos que despertarían a Omar. Le gustaba esa casa, el techo de madera, el nombre de Omar. Le gustaba llamarse Roma, para él, en el cuaderno azul y en cualquier papel en el que Omar escribiera. Se había sorprendido a sí misma en el disfrute de esperarlo en la casa tras el horario de oficina: había adquirido en pocos días una mano hábil en la preparación de climas, y había logrado sorprenderlo siempre, como un arma de carnaval infalible. Era la trigésima noche que pasaban juntos y era la primera vez en que el agotamiento del sexo no le producía un profundo sueño. De hecho, no lograba recordar la última vez que había tenido insomnio en la Argentina.

Salió al patio, descalza. El contacto de las plantas del pie con el piso le recordó con la velocidad de una droga inyectable una caminata al costado del río, en la prehistoria de una familia con la que el tiempo y la muerte habían hecho algo parecido a lo que hizo la tierra con los dinosaurios: la habían desaparecido, borrado, convertido en materia viscosa y pesada. Mora corría junto a su hermano, y ambos desoían con alegría irreverente las alertas de la madre. Chapoteaban, intentaban esquivar el agua salpicada con la secreta pero evidente esperanza de ser mojados. Cuando vieron al Negro se conmovieron instantáneamente. Era un cachorro, aparentemente abandonado, o perdido, visiblemente asustado. Tenía sólo tres piernas, y eso le imprimía a su andar una mezcla oscura de torpeza, gracia y lástima. Su pelo les dictó su nombre, lo adoptaron con la confianza de que sus padres no podrían negarse, con la certeza infantil de que un acto humanitario no debería ser reprendido ni evitado, y esa seguridad fue la que más pesó en la resolución del destino del Negro. El perro vivió 17 años, murió mientras Mora vivía en Londres y la noticia de su muerte había sido una especie de gota que colma un vaso. Mora pensaba ahora en los tamaños de sus vasos colmados. En Niels. En la promesa de volver. Imaginó a Niels condenado a escuchar un disco de Mano Negra por toda la eternidad. Volvió a convencerse, con la seguridad que dan los argumentos inevitables, de que lo mejor era no explicar nada. Cualquier explicación sería una mentira. Pensó en vasos y lugares. En vasos cada vez más chicos.

Omar despertó por acción de un pánico que había cruzado las fronteras entre los sueños y la realidad. Una sensación que había comenzado a tomar forma en un sueño extraño, deforme, de cuyo argumento Omar sólo podría asegurar que incluía a Roma de una manera muy cruel, como un fantasma. En algún momento del sueño Roma no estaba más, y en su lugar había una procesión de personajes que en la historia de Omar habían estado asociados al miedo. Roma no estaba. Por acción de un músculo solidario con la fantasía, Omar había estirado, aún dormido, un brazo hacia la parte de la cama en la que habría debido estar Roma. Pero Roma tampoco estaba. Bajó las escaleras, fue al patio, y la encontró dormida sobre el césped, de costado y de espaldas al sol, cruzando los brazos como si estuviera abrazando a un perrito.

La casa está construida sobre una montaña, y el patio es el resultado de un relleno de terreno: es un patio y un balcón al valle.

No quiso despertarla de inmediato. La visión de ese cuerpo le promovía una emoción de éxtasis, y desde algún ángulo Roma podía parecer el horizonte, con el sol detrás, como un paisaje cursi pero hermoso e imponente. Omar sintió cómo el pánico primitivo se volvía ahora una materia aérea, levísima. Se aproximó e intentó acomodar su cuerpo a la posición de Roma. Se acostó al lado, y recibió al mismo tiempo el frío del césped húmedo en la pierna, el torso y los hombros, y el calor del sol en la espalda.

No te vayas, le dijo, convencido de que esa frase inútil es siempre el origen de todo lo contrario a su sentido, pero también persuadido de que Roma dormía, y no lo escuchaba, o lo escuchaba en sueños. No vuelvas a Europa, no te vayas.

(Continuará)