RELATOS

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Una canción de Radiohead

In Cosas que pasan on julio 7, 2009 at 4:42 am
Una canción de Radiohead
Tomamos posesión de lo que nos hace felices. Es como un instinto o una tradición, un error que se repite y se transmite. Tomamos posesión porque querernos aferrarnos o porque queremos que dure, queremos cuidar esa sensación y que no se vaya, que no le pase nada. Pero esa posesión es un problema. Sabes, cuando llegué al recital de Radiohead sentí que 30 mil personas me estaban robando la felicidad. Que ya no era sólo mía, y por lo tanto estaba fuera de mi cuidado y protección.
No fue una buena sensación: cuando me empezó a gustar Radiohead no encontraba a nadie, o en todo caso encontré a muy poca gente, con quien compartir ese gusto. En poco más de diez años hice de ese entusiasmo un sentimiento de identidad, algo demasiado propio e inexplicable, acaso sólo compartido con la mujer que más que quiso y con mi mejor amigo, que también eran, porque esa es la forma un tanto enferma que había aprendido del amor, posesiones mías. Gente que me pertenecía y que estaba bajo mi cuidado, gente que se quedaría conmigo.
Sabes, no fue una buena sensación porque no me gustó comprobar que ese entusiasmo era común. No me gusta la gente común, ni nada que sea común, aunque sé que esa manera de querer es tan común como una medialuna o una noche llena de clichés. Lo cierto es que mi amor por Radiohead se veía expuesto a una comunidad. El sentimiento de comunidad está sobrevaluado. ¿Cómo podían, también ellos, amar a Radiohead?
¿Habían escuchado infinitamente desolados el relato de un apocalipsis afectivo y se habían encontrado, todos ellos, con una clave o una señal para levantar la voz o lanzar un alarido de felicidad? ¿Habían sabido ellos también que el mundo es tristeza y que toda política tiene como fin último la aniquilación de los hombres, pero que aun así somos mundo y somos política, y somos también capaces de emitir un alarido de felicidad?
¿Todos ellos? Transpirados y en éxtasis. En espera de un estrépito y un arco iris.
El arco iris está menospreciado. Parece un lugar común, y probablemente lo sea. Es el resultado de la luz y la tormenta: allí estábamos, en arco iris. Todos nosotros.
No es sencillo admitir la comunidad. Lo que nos hace comunes. Mi primera sensación fue negativa: fui educado para sentirme especial, insoportablemente especial. So fuckin special. Creo que la primera vez que escuché a Radiohead, Radiohead no existía o sólo era por entonces el relato disidente que se esconde en las sombras de la educación familiar, la voz de un primo loco o un vecino alegre que se encierra a cortarse las venas con un espejo hecho pedazos.
En 1998 OK Computer tuvo para mí la potencia de un deja vu. Mi papá me decía –ignoro de dónde habrá robado la idea, si es que la robó- que cuando uno estudia algo que le gusta, en realidad le pone nombre a las cosas que ya sabe. Es una idea romántica e idealista, platónica por cierto, y creo que nunca antes había pensado tanto en esa frase como cuando escuché Ok Computer. Los discos anteriores no me interesan. Me gustan, claro, de la misma manera que cuando me enamoro quiero ver las fotos de infancia de la mujer en cuestión. Pero no me interesan más allá del documento.
Lo que digo es que Ok Computer no me cambió la vida: me la contó. No me la explicó: sabes, hay cosas que no se pueden explicar y por eso existe el arte. El arte que me interesa es el que indaga en lo inexplicable, el que busca un lenguaje para lo que no puede decirse, no por una prohibición, sino por una insuficiencia.
¿A todos ellos les había pasado lo mismo?
La mujer que más me quiso fue con su nuevo novio. Es posible que en algunos momentos del recital mi sensación de levísima angustia estuviera emparentada con la imposibilidad de mirarla a los ojos y decirle que todo lo que estaba ocurriendo tenía la consistencia de los sueños, el aura increíble de los deseos que se cumplen. Pero decir que la mujer que más me quiso fue la protagonista de la noche sería una mentira, un gesto romántico en las más pobres acepciones del término. Una vez asumida la comunidad, una vez soportado el peso de lo que nos vuelve comunes, me dediqué a salirme de mi cuerpo.
No exagero. Tengo la sensación de que transpiré toda, toda mi ansiedad.
Escribo durante el mediodía, doce horas después del final del recital: estoy muscularmente agotado y emocionalmente atravesado por un rayo intraducible, multicolor, luminoso y tormentoso.
No me importaron las otras bandas. No tengo nada en contra de La Portuaria ni de Kraftwerk, pero no me importaban. No estaban en el lugar adecuado. Probablemente hubiera bailado un poco más si los alemanes tocaban Bela Lugosi is dead, pero no la tocaron. No me importaban. Habíamos llegado, con mi mejor amigo, temprano y con la decisión de estar cerca. Es una decisión común, lo sé.
Con el Emilio nos hicimos amigos en un hipermercado. Ambos trabábamos para empresas rivales, en la góndola de las galletitas. En los hipermercados se trabaja duro antes de las nueve de la mañana, antes de que abran las puertas al público. Desde las 6 hasta las 8 y media, los otros empleados del hipermercado eligen la música que escuchan mientras trabajan. Y siempre eligen cuarteto.
Me cansa el cuarteto. Puedo respetarlo, puedo imitar las poses divertidas de lo que lo bailan, y puedo soportarlo por unos 30 minutos sin que me ponga nervioso e impaciente. Pero me aburre, me cansa. Todas las canciones que hablan de desengaños amorosos me cansan. Me dan ganas de gritarles a sus autores ¿qué esperaban, por dios, qué demonios esperaban?
Mi primera madrugada en el Hiper de General Paz fue musicalizada por Cachumba. Entiendo que las tres de la mañana en un casamiento esa música se convierta en una necesidad, pero a las siete, con la angustia de entregar cuerpo y espíritu al éxito de una marca de galletitas, no. Le pregunté al Emilio si era siempre así, me dijo lo que yo ya temía, y empezamos a hablar de la música que sí nos gustaba. Ambos mencionamos a Radiohead en el primer lugar de nuestras elecciones. Fue como en esas películas horribles en las que alguien se enamora por un gesto mínimo e insignificante.
Así que ayer fui con el Emilio. Y nos fuimos bien adelante, como si tuviéramos 18 años y mucha más masa muscular de la que tenemos.
Allí adelante la experiencia es recargada. La mecánica del empujón parece ser la traducción física de un entusiasmo, y todo se mueve constante y violentamente. A mí se me empañaban los lentes, pero no era el único: otro gesto de comunidad, en el público había casi una mayoría de cuatro ojos. Por momentos parecía una especie de contraseña,  varios pares de lentes buscando en las alturas una brisa que los desempañe.
Todo es cuerpo, y por lo tanto el cuerpo es nada: la idea de comunidad se transpira, se convierte en un sudor que puede tener la poesía de los actos colectivos pero que no deja de tener tampoco el impacto antihigiénico de una barrera que se rompe. La piel es una barricada que se cae: estás mojado y pegado a seis o siete desconocidos y mojados que se mueven con vos y saltan y gritan y te apoyan los codos en reclamo de una distancia imposible. Yo quería salirme de mi cuerpo y lo estábamos logrando. Pero no era el lugar común de la unidad: yo no me sentía uno con el cabezón de adelante que me tapaba la visión. Más bien dejaba de sentirme yo. No me convertía en nosotros, pero tampoco era yo. No era la tormenta de mi individualidad, pero tampoco era la luz de la comunidad: atravesado por un rayo deforme y despojado de piel y ropa, convertido en un espectro de mis deseos o en un fantasma hecho de 10 años de espera.
¿Se puede esperar por una banda? ¿Se puede hablar con seriedad de esa espera? ¿No es una espera prevista por el mercado? Probablemente lo sea, seguramente lo es. Pero no me importaba. Yo no era yo, porque era más bien mi historia la que estaba bailando, mis fantasmas del pasado, mi década junto a la mujer que más me quiso, mi amistad con el Emilio, mis viajes en auto escuchando que sólo porque lo sienta, no significa que esté ahí. No significa que esté ahí.
Lo sentía, y podía expresarlo con palabras insuficientes, podía decirle al Emilio qué felicidad, hermano, qué felicidad. Pero yo no estaba ahí: estar ahí era imposible. Estar en el sentido de ser reconocido como uno, como lo que uno es o dice ser. Estar, en el sentido de poder afirmar que el mundo es y que uno es en el mundo. No. Eso era imposible. O, mejor dicho, era limitado. Pero no había piel y no había límite: había una oportunidad de salirme de mi cuerpo. Yo me salí, no estuve ahí. Y eso no era felicidad.
Era algo sin nombre, algo que podré recordar pero no representar, algo que podré evocar de manera insuficiente por el resto de mis días conscientes, pero algo irrepetible.
Me cansa la gente que no entiende esto: Radiohead no es una banda de música.
Mi amiga Juliana disfruta de hacerme saber que no le gusta Radiohead. O que no le parece la gran cosa. Cuando nos miramos más de dos segundos me estremezco de amor, pero cuando hablamos de Radiohead me dan ganas de que ese amor desaparezca. Así de irracional es mi relación Radiohead, y no quiero que cambie. Mucho menos después de una noche como la de anoche.
Sabes, Radiohead no es una banda de música. Eso sería tan común.
Leí algunos titulares antes, y no pienso leer nada después: los periodistas estamos obligados a ligar las cosas con alguna realidad comprensible, y muchas veces eso deviene en un empobrecimiento de las cosas. Cuando me doy cuenta, odio mi trabajo: mi misión es vulgarizar el evento y transformarlo en lectura fácil. A veces pienso que los escritores a los que entrevisto deberían odiarme por eso. Ellos escriben durante años un libro que no es un libro, que no es un objeto común, y que yo vengo y defino como libro. Y lo ubico en una tradición, como si un acto como la escritura, que para ellos es sagrado como un rezo o como un orgasmo, pudiera ser un acto de repetición. Un mero acto de repetición, ubicable en una serie de eventos ordinarios. Todos los titulares que leí relacionaban a Radiohead con una banda irlandesa, y hablaban de que Radiohead no había llegado a ser como esa banda irlandesa, como si el destino de las personas y de las bandas pudiera definirse por su semejanza con lo que ya conocemos. Yo llegué al recital con una sensación sobre el ejercicio periodístico muy parecida a la que tenía antes de comenzar a trabajar como periodista: en sus versiones más cómodas y urgentes, el periodismo es un esfuerzo por explicar la realidad empobreciéndola, reduciendo cualquier objeto desconocido a lo que más de le parezca en el mundo de lo que conocemos. Antes de ir, había planeado llevar conmigo mi credencial de prensa: nunca se sabe, era probable que gracias a ella pudiera ganar algún acceso al VIP, o algún trato preferencial en caso de tumulto o confusión. El periodismo es un ejercicio miserable que trafica prerrogativas, y yo he aprendido con tristeza esa lección, y la he incorporado a mis prácticas mezquinas. Pero olvidé la credencial. O una parte de mí quiso ser sincera conmigo y con mis sensaciones: por una vez, después de 5 años, una parte de mí me pedía que sea periodista, que no reduzca el acontecimiento Radiohead a una cobertura o a una crónica. A una lista de temas y frases de Thom, o a una sucesión de reacciones del público. No llevé la credencial, y al principio me lamenté, pero después entendí que era mejor así, que yo no podía seguir siendo ese yo empobrecido al que me reduce el rol, el trabajo que ocupa más de la mitad de mis días.
Además, no quisiera tener de ahora en adelante nada que ver con el gremio de los que asocian a Radiohead con U2, porque estoy convencido de que no entienden nada, nada. Pero estoy muy convencido, como si adscribiera irracional y apasionadamente a un partido político. No me preocuparía en hacer público ese desagrado, más allá, sabes, de este borrador en el que quiero ponerle nombre a la noche, ponerle nombre a lo que quiero entender y proyectar. No me preocuparía más allá de este leve disgusto que al mismo tiempo alimenta mi sensación de individualidad: no soy como ellos. Soy como los que me apretaban y saltaban conmigo anoche, y esperaban la explosión de Paranoid Android para salirse de sí mismos.
Pienso que cuando vinieron los Rolling Stones a la Argentina comenzó en nuestro país una moda que empobreció al rock y lo llevó a la parodia involuntaria de todos los clichés de esa banda. No va a suceder lo mismo con Radiohead porque Radiohead no tiene esa masividad ni esa aceptación, pero sería grandioso que el mundo se pareciera un poco más a Radiohead y menos a The Rolling Stones. Yo no quiero tener hijos porque no quiero que crezcan escuchando a Los Piojos.
¿Podrían crecer escuchando a Radiohead? No lo sé, no importa, mucho de lo que digo es un golpe de efecto insuficiente.
Hacía diez años que quería ver a Johnny Greenwood arrodillado frente a lo que sea que toque cuando distorsiona los efectos de Everything in its right place. Yo tenía ganas de llorar, pero llorar hubiera sido una pérdida de tiempo y una vuelta al cuerpo, antes de tiempo, mucho antes de tomar el 15 hasta el hostel, por ejemplo. Así que no lloré, ni hice nada de lo que había previsto hacer, porque una vez que me salí de mi cuerpo nada podía ser previsible. Nunca me había pasado. Nunca soporté tanto calor y tanto sudor ajeno, ni tantos empujones. Nunca había dado el primero de los aplausos, por ejemplo. Es una sensación increíble, porque no hay cuerpo ni hay manos, pero el aplauso sale. O el baile.
Nunca bailo, no me sale bien, tengo un cuerpo entorpecido por la desidia física, la escritura frente a la PC y la lectura en la cama. No tengo un cuerpo armónico, ni mucho menos. No me muevo de acuerdo a un ritmo, no puedo hacerlo. Cuando bailo en una fiesta imito movimientos de los chicos que me gustan y trato de morderme el labio inferior lo menos posible, y me acerco mucho a las chicas para que no midan el desacierto de mis movimientos. Anoche era diferente. Sería tonto hacer una lista de temas, porque tocaron todo lo que yo quería escuchar, pero recuerdo que en Idioteque me desencontré. Sabes, es una de mis canciones preferidas. Puedo escucharla y cantarla sin cansarme una y mil, diez mil veces. La tengo en todas las computadoras en las que trabajo, porque siempre me devuelve a cierto estado de elevación espiritual y alienación afectiva que me resulta nutritivo. Bueno, cuando comenzó a sonar pensé que podría sentir la emoción de un sueño cumplido o algo así, pero no. Era puro éxtasis, estruendo. Como si pudiera elevarme y verme bailar, o como si cuerpo no me perteneciera más, o como si el cuerpo ya no importase o fuese el resultado poco importante de la luz y la tormenta.
Canté, creo, porque ahora estoy afónico y mi voz no tiene volumen ni tono. Pero no me propuse cantar, no fue una decisión. Las canciones que me habían hecho crecer estaban sonando y yo ya no sabía si entraban a mi cuerpo salían de él, porque tenía también la sensación de que mi cuerpo era el de 10 mil personas transpiradas y felices, boquiabiertas.
En ese punto la sensación de comunidad se transformó en algo positivo, en un sentimiento más próximo a la alegría. Ser común, ser un grupo, ser un montón de gente. Es improbable que cambiemos el mundo, es improbable que logremos que el mundo deje de ser tristeza y desolación, pero ahí estábamos, refugiados en la utopía del éxtasis. Todo se cae a pedazos, pero al menos existe Radiohead. ¿Lucidez? No lo sé, no creo en la lucidez colectiva, o estoy desencantado de esa idea. Ya no tengo la edad de la militancia. Tengo certezas que me desilusionan. Pero allí estábamos, sin cuerpos, en la utopía de un éxtasis.
¿Por qué cuento esto, o por qué expongo estas sensaciones más íntimas que acertadas? No es sólo que quiera entenderlo, también quiero compartirlo. Estuve ahí y por eso mismo no estuve ahí, y en ese no estar, tuve la sensación de que hay momentos en los que la comunidad no es una basura. Igual no cambia nada: si la noche se hubiera extendido nos hubiéramos cansado de ser comunes y nos hubiéramos puesto a ver qué le falta a Radiohead para ser U2 o los Rolling Stones. Pero hay momentos, y anoche alimenté mi fe en esos momentos. Sin cuerpo, sin posesión, con el peso de una remera absolutamente mojada en sudores comunes. La felicidad tiene formas extrañas, inesperadas. Como bailar sin que te importe nada más, pero nada nada, porque no hay nada más que esa música y algo que no se entiende o no se explica, o ya no importa entender. Está todo bien, está todo mal, está todo bien.
Quiero contártelo porque fue una experiencia de la amistad. Cada vez creo más en esas cosas, sabes. En la amistad, como sea. Aprendo de mis amigos, y ya casi no me importa ninguna otra clase de persona: si no podés ser mi amigo no quiero perder el tiempo, no quiero porque la vida es corta y triste, y la amistad es todo lo contrario.
Incluso esa amistad espontánea, de dos o tres segundos, que surge en el estrépito de una canción. Estamos todos cantando lo mismo y creemos que esa canción es ahora mismo lo que más importa, lo único que existe o lo que nos une.
Lo que nos une. Ser común, ser una comunidad. Creo que quiero contar lo de anoche porque es mi manera de compartirlo e intentar que se proyecte o que se extienda, que no se quede ahí. Es improbable que no se quede ahí (y ese ahí no es sólo un lugar o un tiempo). Pero el mundo se viene abajo desde siempre y al menos está Radiohead, al menos intentamos y éste es un intento de dar un alarido de felicidad –aunque no sea felicidad eso de lo quiero hablar, porque eso de lo que quiero hablar no tiene nombre.
Porque no es felicidad. No es felicidad lo que buscamos. Y no fue felicidad lo que encontramos los que estuvimos y no estuvimos ahí. O no fue sólo eso. La felicidad está sobrevaluada: hay más cosas, hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que podemos esperar, buscar y explicar.
Estoy en el living de un hostel habitado por extranjeros. Es raro, porque parece una proyección de esa sensación de anoche de que no hablábamos una lengua conocida. ¿Demasiado entusiasmo? Es probable que sí. Es un entusiasmo brutal. Escribo esto para que dure un poco más.
Entre la luz y la tormenta, un rayo de todos los colores me atraviesa y me llena de algo que va más allá de la felicidad. Puede parecer mucho. Pero eso es lo que hay, lo que se tiene, lo que tengo ahora, y lo que quiero compartir.
Tomo posesión de lo que me hace feliz, es un error, y quiero enmendarlo o traducirlo en algo común. Siempre quise escribir una canción de Radiohead. Este es mi intento desmesurado. No me salió, claro. Pero qué lindo hubiera sidUna canción de Radiohead
Tomamos posesión de lo que nos hace felices. Es como un instinto o una tradición, un error que se repite y se transmite. Tomamos posesión porque querernos aferrarnos o porque queremos que dure, queremos cuidar esa sensación y que no se vaya, que no le pase nada. Pero esa posesión es un problema. Sabes, cuando llegué al recital de Radiohead sentí que 30 mil personas me estaban robando la felicidad. Que ya no era sólo mía, y por lo tanto estaba fuera de mi cuidado y protección.
No fue una buena sensación: cuando me empezó a gustar Radiohead no encontraba a nadie, o en todo caso encontré a muy poca gente, con quien compartir ese gusto. En poco más de diez años hice de ese entusiasmo un sentimiento de identidad, algo demasiado propio e inexplicable, acaso sólo compartido con la mujer que más que quiso y con mi mejor amigo, que también eran, porque esa es la forma un tanto enferma que había aprendido del amor, posesiones mías. Gente que me pertenecía y que estaba bajo mi cuidado, gente que se quedaría conmigo.
Sabes, no fue una buena sensación porque no me gustó comprobar que ese entusiasmo era común. No me gusta la gente común, ni nada que sea común, aunque sé que esa manera de querer es tan común como una medialuna o una noche llena de clichés. Lo cierto es que mi amor por Radiohead se veía expuesto a una comunidad. El sentimiento de comunidad está sobrevaluado. ¿Cómo podían, también ellos, amar a Radiohead?
¿Habían escuchado infinitamente desolados el relato de un apocalipsis afectivo y se habían encontrado, todos ellos, con una clave o una señal para levantar la voz o lanzar un alarido de felicidad? ¿Habían sabido ellos también que el mundo es tristeza y que toda política tiene como fin último la aniquilación de los hombres, pero que aun así somos mundo y somos política, y somos también capaces de emitir un alarido de felicidad?
¿Todos ellos? Transpirados y en éxtasis. En espera de un estrépito y un arco iris.
El arco iris está menospreciado. Parece un lugar común, y probablemente lo sea. Es el resultado de la luz y la tormenta: allí estábamos, en arco iris. Todos nosotros.
No es sencillo admitir la comunidad. Lo que nos hace comunes. Mi primera sensación fue negativa: fui educado para sentirme especial, insoportablemente especial. So fuckin special. Creo que la primera vez que escuché a Radiohead, Radiohead no existía o sólo era por entonces el relato disidente que se esconde en las sombras de la educación familiar, la voz de un primo loco o un vecino alegre que se encierra a cortarse las venas con un espejo hecho pedazos.
En 1998 OK Computer tuvo para mí la potencia de un deja vu. Mi papá me decía –ignoro de dónde habrá robado la idea, si es que la robó- que cuando uno estudia algo que le gusta, en realidad le pone nombre a las cosas que ya sabe. Es una idea romántica e idealista, platónica por cierto, y creo que nunca antes había pensado tanto en esa frase como cuando escuché Ok Computer. Los discos anteriores no me interesan. Me gustan, claro, de la misma manera que cuando me enamoro quiero ver las fotos de infancia de la mujer en cuestión. Pero no me interesan más allá del documento.
Lo que digo es que Ok Computer no me cambió la vida: me la contó. No me la explicó: sabes, hay cosas que no se pueden explicar y por eso existe el arte. El arte que me interesa es el que indaga en lo inexplicable, el que busca un lenguaje para lo que no puede decirse, no por una prohibición, sino por una insuficiencia.
¿A todos ellos les había pasado lo mismo?
La mujer que más me quiso fue con su nuevo novio. Es posible que en algunos momentos del recital mi sensación de levísima angustia estuviera emparentada con la imposibilidad de mirarla a los ojos y decirle que todo lo que estaba ocurriendo tenía la consistencia de los sueños, el aura increíble de los deseos que se cumplen. Pero decir que la mujer que más me quiso fue la protagonista de la noche sería una mentira, un gesto romántico en las más pobres acepciones del término. Una vez asumida la comunidad, una vez soportado el peso de lo que nos vuelve comunes, me dediqué a salirme de mi cuerpo.
No exagero. Tengo la sensación de que transpiré toda, toda mi ansiedad.
Escribo durante el mediodía, doce horas después del final del recital: estoy muscularmente agotado y emocionalmente atravesado por un rayo intraducible, multicolor, luminoso y tormentoso.
No me importaron las otras bandas. No tengo nada en contra de La Portuaria ni de Kraftwerk, pero no me importaban. No estaban en el lugar adecuado. Probablemente hubiera bailado un poco más si los alemanes tocaban Bela Lugosi is dead, pero no la tocaron. No me importaban. Habíamos llegado, con mi mejor amigo, temprano y con la decisión de estar cerca. Es una decisión común, lo sé.
Con el Emilio nos hicimos amigos en un hipermercado. Ambos trabábamos para empresas rivales, en la góndola de las galletitas. En los hipermercados se trabaja duro antes de las nueve de la mañana, antes de que abran las puertas al público. Desde las 6 hasta las 8 y media, los otros empleados del hipermercado eligen la música que escuchan mientras trabajan. Y siempre eligen cuarteto.
Me cansa el cuarteto. Puedo respetarlo, puedo imitar las poses divertidas de lo que lo bailan, y puedo soportarlo por unos 30 minutos sin que me ponga nervioso e impaciente. Pero me aburre, me cansa. Todas las canciones que hablan de desengaños amorosos me cansan. Me dan ganas de gritarles a sus autores ¿qué esperaban, por dios, qué demonios esperaban?
Mi primera madrugada en el Hiper de General Paz fue musicalizada por Cachumba. Entiendo que las tres de la mañana en un casamiento esa música se convierta en una necesidad, pero a las siete, con la angustia de entregar cuerpo y espíritu al éxito de una marca de galletitas, no. Le pregunté al Emilio si era siempre así, me dijo lo que yo ya temía, y empezamos a hablar de la música que sí nos gustaba. Ambos mencionamos a Radiohead en el primer lugar de nuestras elecciones. Fue como en esas películas horribles en las que alguien se enamora por un gesto mínimo e insignificante.
Así que ayer fui con el Emilio. Y nos fuimos bien adelante, como si tuviéramos 18 años y mucha más masa muscular de la que tenemos.
Allí adelante la experiencia es recargada. La mecánica del empujón parece ser la traducción física de un entusiasmo, y todo se mueve constante y violentamente. A mí se me empañaban los lentes, pero no era el único: otro gesto de comunidad, en el público había casi una mayoría de cuatro ojos. Por momentos parecía una especie de contraseña,  varios pares de lentes buscando en las alturas una brisa que los desempañe.
Todo es cuerpo, y por lo tanto el cuerpo es nada: la idea de comunidad se transpira, se convierte en un sudor que puede tener la poesía de los actos colectivos pero que no deja de tener tampoco el impacto antihigiénico de una barrera que se rompe. La piel es una barricada que se cae: estás mojado y pegado a seis o siete desconocidos y mojados que se mueven con vos y saltan y gritan y te apoyan los codos en reclamo de una distancia imposible. Yo quería salirme de mi cuerpo y lo estábamos logrando. Pero no era el lugar común de la unidad: yo no me sentía uno con el cabezón de adelante que me tapaba la visión. Más bien dejaba de sentirme yo. No me convertía en nosotros, pero tampoco era yo. No era la tormenta de mi individualidad, pero tampoco era la luz de la comunidad: atravesado por un rayo deforme y despojado de piel y ropa, convertido en un espectro de mis deseos o en un fantasma hecho de 10 años de espera.
¿Se puede esperar por una banda? ¿Se puede hablar con seriedad de esa espera? ¿No es una espera prevista por el mercado? Probablemente lo sea, seguramente lo es. Pero no me importaba. Yo no era yo, porque era más bien mi historia la que estaba bailando, mis fantasmas del pasado, mi década junto a la mujer que más me quiso, mi amistad con el Emilio, mis viajes en auto escuchando que sólo porque lo sienta, no significa que esté ahí. No significa que esté ahí.
Lo sentía, y podía expresarlo con palabras insuficientes, podía decirle al Emilio qué felicidad, hermano, qué felicidad. Pero yo no estaba ahí: estar ahí era imposible. Estar en el sentido de ser reconocido como uno, como lo que uno es o dice ser. Estar, en el sentido de poder afirmar que el mundo es y que uno es en el mundo. No. Eso era imposible. O, mejor dicho, era limitado. Pero no había piel y no había límite: había una oportunidad de salirme de mi cuerpo. Yo me salí, no estuve ahí. Y eso no era felicidad.
Era algo sin nombre, algo que podré recordar pero no representar, algo que podré evocar de manera insuficiente por el resto de mis días conscientes, pero algo irrepetible.
Me cansa la gente que no entiende esto: Radiohead no es una banda de música.
Mi amiga Juliana disfruta de hacerme saber que no le gusta Radiohead. O que no le parece la gran cosa. Cuando nos miramos más de dos segundos me estremezco de amor, pero cuando hablamos de Radiohead me dan ganas de que ese amor desaparezca. Así de irracional es mi relación Radiohead, y no quiero que cambie. Mucho menos después de una noche como la de anoche.
Sabes, Radiohead no es una banda de música. Eso sería tan común.
Leí algunos titulares antes, y no pienso leer nada después: los periodistas estamos obligados a ligar las cosas con alguna realidad comprensible, y muchas veces eso deviene en un empobrecimiento de las cosas. Cuando me doy cuenta, odio mi trabajo: mi misión es vulgarizar el evento y transformarlo en lectura fácil. A veces pienso que los escritores a los que entrevisto deberían odiarme por eso. Ellos escriben durante años un libro que no es un libro, que no es un objeto común, y que yo vengo y defino como libro. Y lo ubico en una tradición, como si un acto como la escritura, que para ellos es sagrado como un rezo o como un orgasmo, pudiera ser un acto de repetición. Un mero acto de repetición, ubicable en una serie de eventos ordinarios. Todos los titulares que leí relacionaban a Radiohead con una banda irlandesa, y hablaban de que Radiohead no había llegado a ser como esa banda irlandesa, como si el destino de las personas y de las bandas pudiera definirse por su semejanza con lo que ya conocemos. Yo llegué al recital con una sensación sobre el ejercicio periodístico muy parecida a la que tenía antes de comenzar a trabajar como periodista: en sus versiones más cómodas y urgentes, el periodismo es un esfuerzo por explicar la realidad empobreciéndola, reduciendo cualquier objeto desconocido a lo que más de le parezca en el mundo de lo que conocemos. Antes de ir, había planeado llevar conmigo mi credencial de prensa: nunca se sabe, era probable que gracias a ella pudiera ganar algún acceso al VIP, o algún trato preferencial en caso de tumulto o confusión. El periodismo es un ejercicio miserable que trafica prerrogativas, y yo he aprendido con tristeza esa lección, y la he incorporado a mis prácticas mezquinas. Pero olvidé la credencial. O una parte de mí quiso ser sincera conmigo y con mis sensaciones: por una vez, después de 5 años, una parte de mí me pedía que sea periodista, que no reduzca el acontecimiento Radiohead a una cobertura o a una crónica. A una lista de temas y frases de Thom, o a una sucesión de reacciones del público. No llevé la credencial, y al principio me lamenté, pero después entendí que era mejor así, que yo no podía seguir siendo ese yo empobrecido al que me reduce el rol, el trabajo que ocupa más de la mitad de mis días.
Además, no quisiera tener de ahora en adelante nada que ver con el gremio de los que asocian a Radiohead con U2, porque estoy convencido de que no entienden nada, nada. Pero estoy muy convencido, como si adscribiera irracional y apasionadamente a un partido político. No me preocuparía en hacer público ese desagrado, más allá, sabes, de este borrador en el que quiero ponerle nombre a la noche, ponerle nombre a lo que quiero entender y proyectar. No me preocuparía más allá de este leve disgusto que al mismo tiempo alimenta mi sensación de individualidad: no soy como ellos. Soy como los que me apretaban y saltaban conmigo anoche, y esperaban la explosión de Paranoid Android para salirse de sí mismos.
Pienso que cuando vinieron los Rolling Stones a la Argentina comenzó en nuestro país una moda que empobreció al rock y lo llevó a la parodia involuntaria de todos los clichés de esa banda. No va a suceder lo mismo con Radiohead porque Radiohead no tiene esa masividad ni esa aceptación, pero sería grandioso que el mundo se pareciera un poco más a Radiohead y menos a The Rolling Stones. Yo no quiero tener hijos porque no quiero que crezcan escuchando a Los Piojos.
¿Podrían crecer escuchando a Radiohead? No lo sé, no importa, mucho de lo que digo es un golpe de efecto insuficiente.
Hacía diez años que quería ver a Johnny Greenwood arrodillado frente a lo que sea que toque cuando distorsiona los efectos de Everything in its right place. Yo tenía ganas de llorar, pero llorar hubiera sido una pérdida de tiempo y una vuelta al cuerpo, antes de tiempo, mucho antes de tomar el 15 hasta el hostel, por ejemplo. Así que no lloré, ni hice nada de lo que había previsto hacer, porque una vez que me salí de mi cuerpo nada podía ser previsible. Nunca me había pasado. Nunca soporté tanto calor y tanto sudor ajeno, ni tantos empujones. Nunca había dado el primero de los aplausos, por ejemplo. Es una sensación increíble, porque no hay cuerpo ni hay manos, pero el aplauso sale. O el baile.
Nunca bailo, no me sale bien, tengo un cuerpo entorpecido por la desidia física, la escritura frente a la PC y la lectura en la cama. No tengo un cuerpo armónico, ni mucho menos. No me muevo de acuerdo a un ritmo, no puedo hacerlo. Cuando bailo en una fiesta imito movimientos de los chicos que me gustan y trato de morderme el labio inferior lo menos posible, y me acerco mucho a las chicas para que no midan el desacierto de mis movimientos. Anoche era diferente. Sería tonto hacer una lista de temas, porque tocaron todo lo que yo quería escuchar, pero recuerdo que en Idioteque me desencontré. Sabes, es una de mis canciones preferidas. Puedo escucharla y cantarla sin cansarme una y mil, diez mil veces. La tengo en todas las computadoras en las que trabajo, porque siempre me devuelve a cierto estado de elevación espiritual y alienación afectiva que me resulta nutritivo. Bueno, cuando comenzó a sonar pensé que podría sentir la emoción de un sueño cumplido o algo así, pero no. Era puro éxtasis, estruendo. Como si pudiera elevarme y verme bailar, o como si cuerpo no me perteneciera más, o como si el cuerpo ya no importase o fuese el resultado poco importante de la luz y la tormenta.
Canté, creo, porque ahora estoy afónico y mi voz no tiene volumen ni tono. Pero no me propuse cantar, no fue una decisión. Las canciones que me habían hecho crecer estaban sonando y yo ya no sabía si entraban a mi cuerpo salían de él, porque tenía también la sensación de que mi cuerpo era el de 10 mil personas transpiradas y felices, boquiabiertas.
En ese punto la sensación de comunidad se transformó en algo positivo, en un sentimiento más próximo a la alegría. Ser común, ser un grupo, ser un montón de gente. Es improbable que cambiemos el mundo, es improbable que logremos que el mundo deje de ser tristeza y desolación, pero ahí estábamos, refugiados en la utopía del éxtasis. Todo se cae a pedazos, pero al menos existe Radiohead. ¿Lucidez? No lo sé, no creo en la lucidez colectiva, o estoy desencantado de esa idea. Ya no tengo la edad de la militancia. Tengo certezas que me desilusionan. Pero allí estábamos, sin cuerpos, en la utopía de un éxtasis.
¿Por qué cuento esto, o por qué expongo estas sensaciones más íntimas que acertadas? No es sólo que quiera entenderlo, también quiero compartirlo. Estuve ahí y por eso mismo no estuve ahí, y en ese no estar, tuve la sensación de que hay momentos en los que la comunidad no es una basura. Igual no cambia nada: si la noche se hubiera extendido nos hubiéramos cansado de ser comunes y nos hubiéramos puesto a ver qué le falta a Radiohead para ser U2 o los Rolling Stones. Pero hay momentos, y anoche alimenté mi fe en esos momentos. Sin cuerpo, sin posesión, con el peso de una remera absolutamente mojada en sudores comunes. La felicidad tiene formas extrañas, inesperadas. Como bailar sin que te importe nada más, pero nada nada, porque no hay nada más que esa música y algo que no se entiende o no se explica, o ya no importa entender. Está todo bien, está todo mal, está todo bien.
Quiero contártelo porque fue una experiencia de la amistad. Cada vez creo más en esas cosas, sabes. En la amistad, como sea. Aprendo de mis amigos, y ya casi no me importa ninguna otra clase de persona: si no podés ser mi amigo no quiero perder el tiempo, no quiero porque la vida es corta y triste, y la amistad es todo lo contrario.
Incluso esa amistad espontánea, de dos o tres segundos, que surge en el estrépito de una canción. Estamos todos cantando lo mismo y creemos que esa canción es ahora mismo lo que más importa, lo único que existe o lo que nos une.
Lo que nos une. Ser común, ser una comunidad. Creo que quiero contar lo de anoche porque es mi manera de compartirlo e intentar que se proyecte o que se extienda, que no se quede ahí. Es improbable que no se quede ahí (y ese ahí no es sólo un lugar o un tiempo). Pero el mundo se viene abajo desde siempre y al menos está Radiohead, al menos intentamos y éste es un intento de dar un alarido de felicidad –aunque no sea felicidad eso de lo quiero hablar, porque eso de lo que quiero hablar no tiene nombre.
Porque no es felicidad. No es felicidad lo que buscamos. Y no fue felicidad lo que encontramos los que estuvimos y no estuvimos ahí. O no fue sólo eso. La felicidad está sobrevaluada: hay más cosas, hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que podemos esperar, buscar y explicar.
Estoy en el living de un hostel habitado por extranjeros. Es raro, porque parece una proyección de esa sensación de anoche de que no hablábamos una lengua conocida. ¿Demasiado entusiasmo? Es probable que sí. Es un entusiasmo brutal. Escribo esto para que dure un poco más.
Entre la luz y la tormenta, un rayo de todos los colores me atraviesa y me llena de algo que va más allá de la felicidad. Puede parecer mucho. Pero eso es lo que hay, lo que se tiene, lo que tengo ahora, y lo que quiero compartir.
Tomo posesión de lo que me hace feliz, es un error, y quiero enmendarlo o traducirlo en algo común. Siempre quise escribir una canción de Radiohead. Este es mi intento desmesurado. No me salió, claro. Pero qué lindo hubiera sido que me salga.
Tomamos posesión de lo que nos hace felices. Es como un instinto o una tradición, un error que se repite y se transmite. Tomamos posesión porque querernos aferrarnos o porque queremos que dure, queremos cuidar esa sensación y que no se vaya, que no le pase nada. Pero esa posesión es un problema. Sabes, cuando llegué al recital de Radiohead sentí que 30 mil personas me estaban robando la felicidad. Que ya no era sólo mía, y por lo tanto estaba fuera de mi cuidado y protección.
No fue una buena sensación: cuando me empezó a gustar Radiohead no encontraba a nadie, o en todo caso encontré a muy poca gente, con quien compartir ese gusto. En poco más de diez años hice de ese entusiasmo un sentimiento de identidad, algo demasiado propio e inexplicable, acaso sólo compartido con la mujer que más que quiso y con mi mejor amigo, que también eran, porque esa es la forma un tanto enferma que había aprendido del amor, posesiones mías. Gente que me pertenecía y que estaba bajo mi cuidado, gente que se quedaría conmigo.
Sabes, no fue una buena sensación porque no me gustó comprobar que ese entusiasmo era común. No me gusta la gente común, ni nada que sea común, aunque sé que esa manera de querer es tan común como una medialuna o una noche llena de clichés. Lo cierto es que mi amor por Radiohead se veía expuesto a una comunidad. El sentimiento de comunidad está sobrevaluado. ¿Cómo podían, también ellos, amar a Radiohead?
¿Habían escuchado infinitamente desolados el relato de un apocalipsis afectivo y se habían encontrado, todos ellos, con una clave o una señal para levantar la voz o lanzar un alarido de felicidad? ¿Habían sabido ellos también que el mundo es tristeza y que toda política tiene como fin último la aniquilación de los hombres, pero que aun así somos mundo y somos política, y somos también capaces de emitir un alarido de felicidad?
¿Todos ellos? Transpirados y en éxtasis. En espera de un estrépito y un arco iris.
El arco iris está menospreciado. Parece un lugar común, y probablemente lo sea. Es el resultado de la luz y la tormenta: allí estábamos, en arco iris. Todos nosotros.
No es sencillo admitir la comunidad. Lo que nos hace comunes. Mi primera sensación fue negativa: fui educado para sentirme especial, insoportablemente especial. So fuckin special. Creo que la primera vez que escuché a Radiohead, Radiohead no existía o sólo era por entonces el relato disidente que se esconde en las sombras de la educación familiar, la voz de un primo loco o un vecino alegre que se encierra a cortarse las venas con un espejo hecho pedazos.
En 1998 OK Computer tuvo para mí la potencia de un deja vu. Mi papá me decía –ignoro de dónde habrá robado la idea, si es que la robó- que cuando uno estudia algo que le gusta, en realidad le pone nombre a las cosas que ya sabe. Es una idea romántica e idealista, platónica por cierto, y creo que nunca antes había pensado tanto en esa frase como cuando escuché Ok Computer. Los discos anteriores no me interesan. Me gustan, claro, de la misma manera que cuando me enamoro quiero ver las fotos de infancia de la mujer en cuestión. Pero no me interesan más allá del documento.
Lo que digo es que Ok Computer no me cambió la vida: me la contó. No me la explicó: sabes, hay cosas que no se pueden explicar y por eso existe el arte. El arte que me interesa es el que indaga en lo inexplicable, el que busca un lenguaje para lo que no puede decirse, no por una prohibición, sino por una insuficiencia.
¿A todos ellos les había pasado lo mismo?
La mujer que más me quiso fue con su nuevo novio. Es posible que en algunos momentos del recital mi sensación de levísima angustia estuviera emparentada con la imposibilidad de mirarla a los ojos y decirle que todo lo que estaba ocurriendo tenía la consistencia de los sueños, el aura increíble de los deseos que se cumplen. Pero decir que la mujer que más me quiso fue la protagonista de la noche sería una mentira, un gesto romántico en las más pobres acepciones del término. Una vez asumida la comunidad, una vez soportado el peso de lo que nos vuelve comunes, me dediqué a salirme de mi cuerpo.
No exagero. Tengo la sensación de que transpiré toda, toda mi ansiedad.
Escribo durante el mediodía, doce horas después del final del recital: estoy muscularmente agotado y emocionalmente atravesado por un rayo intraducible, multicolor, luminoso y tormentoso.
No me importaron las otras bandas. No tengo nada en contra de La Portuaria ni de Kraftwerk, pero no me importaban. No estaban en el lugar adecuado. Probablemente hubiera bailado un poco más si los alemanes tocaban Bela Lugosi is dead, pero no la tocaron. No me importaban. Habíamos llegado, con mi mejor amigo, temprano y con la decisión de estar cerca. Es una decisión común, lo sé.
Con el Emilio nos hicimos amigos en un hipermercado. Ambos trabábamos para empresas rivales, en la góndola de las galletitas. En los hipermercados se trabaja duro antes de las nueve de la mañana, antes de que abran las puertas al público. Desde las 6 hasta las 8 y media, los otros empleados del hipermercado eligen la música que escuchan mientras trabajan. Y siempre eligen cuarteto.
Me cansa el cuarteto. Puedo respetarlo, puedo imitar las poses divertidas de lo que lo bailan, y puedo soportarlo por unos 30 minutos sin que me ponga nervioso e impaciente. Pero me aburre, me cansa. Todas las canciones que hablan de desengaños amorosos me cansan. Me dan ganas de gritarles a sus autores ¿qué esperaban, por dios, qué demonios esperaban?
Mi primera madrugada en el Hiper de General Paz fue musicalizada por Cachumba. Entiendo que las tres de la mañana en un casamiento esa música se convierta en una necesidad, pero a las siete, con la angustia de entregar cuerpo y espíritu al éxito de una marca de galletitas, no. Le pregunté al Emilio si era siempre así, me dijo lo que yo ya temía, y empezamos a hablar de la música que sí nos gustaba. Ambos mencionamos a Radiohead en el primer lugar de nuestras elecciones. Fue como en esas películas horribles en las que alguien se enamora por un gesto mínimo e insignificante.
Así que ayer fui con el Emilio. Y nos fuimos bien adelante, como si tuviéramos 18 años y mucha más masa muscular de la que tenemos.
Allí adelante la experiencia es recargada. La mecánica del empujón parece ser la traducción física de un entusiasmo, y todo se mueve constante y violentamente. A mí se me empañaban los lentes, pero no era el único: otro gesto de comunidad, en el público había casi una mayoría de cuatro ojos. Por momentos parecía una especie de contraseña,  varios pares de lentes buscando en las alturas una brisa que los desempañe.
Todo es cuerpo, y por lo tanto el cuerpo es nada: la idea de comunidad se transpira, se convierte en un sudor que puede tener la poesía de los actos colectivos pero que no deja de tener tampoco el impacto antihigiénico de una barrera que se rompe. La piel es una barricada que se cae: estás mojado y pegado a seis o siete desconocidos y mojados que se mueven con vos y saltan y gritan y te apoyan los codos en reclamo de una distancia imposible. Yo quería salirme de mi cuerpo y lo estábamos logrando. Pero no era el lugar común de la unidad: yo no me sentía uno con el cabezón de adelante que me tapaba la visión. Más bien dejaba de sentirme yo. No me convertía en nosotros, pero tampoco era yo. No era la tormenta de mi individualidad, pero tampoco era la luz de la comunidad: atravesado por un rayo deforme y despojado de piel y ropa, convertido en un espectro de mis deseos o en un fantasma hecho de 10 años de espera.
¿Se puede esperar por una banda? ¿Se puede hablar con seriedad de esa espera? ¿No es una espera prevista por el mercado? Probablemente lo sea, seguramente lo es. Pero no me importaba. Yo no era yo, porque era más bien mi historia la que estaba bailando, mis fantasmas del pasado, mi década junto a la mujer que más me quiso, mi amistad con el Emilio, mis viajes en auto escuchando que sólo porque lo sienta, no significa que esté ahí. No significa que esté ahí.
Lo sentía, y podía expresarlo con palabras insuficientes, podía decirle al Emilio qué felicidad, hermano, qué felicidad. Pero yo no estaba ahí: estar ahí era imposible. Estar en el sentido de ser reconocido como uno, como lo que uno es o dice ser. Estar, en el sentido de poder afirmar que el mundo es y que uno es en el mundo. No. Eso era imposible. O, mejor dicho, era limitado. Pero no había piel y no había límite: había una oportunidad de salirme de mi cuerpo. Yo me salí, no estuve ahí. Y eso no era felicidad.
Era algo sin nombre, algo que podré recordar pero no representar, algo que podré evocar de manera insuficiente por el resto de mis días conscientes, pero algo irrepetible.
Me cansa la gente que no entiende esto: Radiohead no es una banda de música.
Mi amiga Juliana disfruta de hacerme saber que no le gusta Radiohead. O que no le parece la gran cosa. Cuando nos miramos más de dos segundos me estremezco de amor, pero cuando hablamos de Radiohead me dan ganas de que ese amor desaparezca. Así de irracional es mi relación Radiohead, y no quiero que cambie. Mucho menos después de una noche como la de anoche.
Sabes, Radiohead no es una banda de música. Eso sería tan común.
Leí algunos titulares antes, y no pienso leer nada después: los periodistas estamos obligados a ligar las cosas con alguna realidad comprensible, y muchas veces eso deviene en un empobrecimiento de las cosas. Cuando me doy cuenta, odio mi trabajo: mi misión es vulgarizar el evento y transformarlo en lectura fácil. A veces pienso que los escritores a los que entrevisto deberían odiarme por eso. Ellos escriben durante años un libro que no es un libro, que no es un objeto común, y que yo vengo y defino como libro. Y lo ubico en una tradición, como si un acto como la escritura, que para ellos es sagrado como un rezo o como un orgasmo, pudiera ser un acto de repetición. Un mero acto de repetición, ubicable en una serie de eventos ordinarios. Todos los titulares que leí relacionaban a Radiohead con una banda irlandesa, y hablaban de que Radiohead no había llegado a ser como esa banda irlandesa, como si el destino de las personas y de las bandas pudiera definirse por su semejanza con lo que ya conocemos. Yo llegué al recital con una sensación sobre el ejercicio periodístico muy parecida a la que tenía antes de comenzar a trabajar como periodista: en sus versiones más cómodas y urgentes, el periodismo es un esfuerzo por explicar la realidad empobreciéndola, reduciendo cualquier objeto desconocido a lo que más de le parezca en el mundo de lo que conocemos. Antes de ir, había planeado llevar conmigo mi credencial de prensa: nunca se sabe, era probable que gracias a ella pudiera ganar algún acceso al VIP, o algún trato preferencial en caso de tumulto o confusión. El periodismo es un ejercicio miserable que trafica prerrogativas, y yo he aprendido con tristeza esa lección, y la he incorporado a mis prácticas mezquinas. Pero olvidé la credencial. O una parte de mí quiso ser sincera conmigo y con mis sensaciones: por una vez, después de 5 años, una parte de mí me pedía que sea periodista, que no reduzca el acontecimiento Radiohead a una cobertura o a una crónica. A una lista de temas y frases de Thom, o a una sucesión de reacciones del público. No llevé la credencial, y al principio me lamenté, pero después entendí que era mejor así, que yo no podía seguir siendo ese yo empobrecido al que me reduce el rol, el trabajo que ocupa más de la mitad de mis días.
Además, no quisiera tener de ahora en adelante nada que ver con el gremio de los que asocian a Radiohead con U2, porque estoy convencido de que no entienden nada, nada. Pero estoy muy convencido, como si adscribiera irracional y apasionadamente a un partido político. No me preocuparía en hacer público ese desagrado, más allá, sabes, de este borrador en el que quiero ponerle nombre a la noche, ponerle nombre a lo que quiero entender y proyectar. No me preocuparía más allá de este leve disgusto que al mismo tiempo alimenta mi sensación de individualidad: no soy como ellos. Soy como los que me apretaban y saltaban conmigo anoche, y esperaban la explosión de Paranoid Android para salirse de sí mismos.
Pienso que cuando vinieron los Rolling Stones a la Argentina comenzó en nuestro país una moda que empobreció al rock y lo llevó a la parodia involuntaria de todos los clichés de esa banda. No va a suceder lo mismo con Radiohead porque Radiohead no tiene esa masividad ni esa aceptación, pero sería grandioso que el mundo se pareciera un poco más a Radiohead y menos a The Rolling Stones. Yo no quiero tener hijos porque no quiero que crezcan escuchando a Los Piojos.
¿Podrían crecer escuchando a Radiohead? No lo sé, no importa, mucho de lo que digo es un golpe de efecto insuficiente.
Hacía diez años que quería ver a Johnny Greenwood arrodillado frente a lo que sea que toque cuando distorsiona los efectos de Everything in its right place. Yo tenía ganas de llorar, pero llorar hubiera sido una pérdida de tiempo y una vuelta al cuerpo, antes de tiempo, mucho antes de tomar el 15 hasta el hostel, por ejemplo. Así que no lloré, ni hice nada de lo que había previsto hacer, porque una vez que me salí de mi cuerpo nada podía ser previsible. Nunca me había pasado. Nunca soporté tanto calor y tanto sudor ajeno, ni tantos empujones. Nunca había dado el primero de los aplausos, por ejemplo. Es una sensación increíble, porque no hay cuerpo ni hay manos, pero el aplauso sale. O el baile.
Nunca bailo, no me sale bien, tengo un cuerpo entorpecido por la desidia física, la escritura frente a la PC y la lectura en la cama. No tengo un cuerpo armónico, ni mucho menos. No me muevo de acuerdo a un ritmo, no puedo hacerlo. Cuando bailo en una fiesta imito movimientos de los chicos que me gustan y trato de morderme el labio inferior lo menos posible, y me acerco mucho a las chicas para que no midan el desacierto de mis movimientos. Anoche era diferente. Sería tonto hacer una lista de temas, porque tocaron todo lo que yo quería escuchar, pero recuerdo que en Idioteque me desencontré. Sabes, es una de mis canciones preferidas. Puedo escucharla y cantarla sin cansarme una y mil, diez mil veces. La tengo en todas las computadoras en las que trabajo, porque siempre me devuelve a cierto estado de elevación espiritual y alienación afectiva que me resulta nutritivo. Bueno, cuando comenzó a sonar pensé que podría sentir la emoción de un sueño cumplido o algo así, pero no. Era puro éxtasis, estruendo. Como si pudiera elevarme y verme bailar, o como si cuerpo no me perteneciera más, o como si el cuerpo ya no importase o fuese el resultado poco importante de la luz y la tormenta.
Canté, creo, porque ahora estoy afónico y mi voz no tiene volumen ni tono. Pero no me propuse cantar, no fue una decisión. Las canciones que me habían hecho crecer estaban sonando y yo ya no sabía si entraban a mi cuerpo salían de él, porque tenía también la sensación de que mi cuerpo era el de 10 mil personas transpiradas y felices, boquiabiertas.
En ese punto la sensación de comunidad se transformó en algo positivo, en un sentimiento más próximo a la alegría. Ser común, ser un grupo, ser un montón de gente. Es improbable que cambiemos el mundo, es improbable que logremos que el mundo deje de ser tristeza y desolación, pero ahí estábamos, refugiados en la utopía del éxtasis. Todo se cae a pedazos, pero al menos existe Radiohead. ¿Lucidez? No lo sé, no creo en la lucidez colectiva, o estoy desencantado de esa idea. Ya no tengo la edad de la militancia. Tengo certezas que me desilusionan. Pero allí estábamos, sin cuerpos, en la utopía de un éxtasis.
¿Por qué cuento esto, o por qué expongo estas sensaciones más íntimas que acertadas? No es sólo que quiera entenderlo, también quiero compartirlo. Estuve ahí y por eso mismo no estuve ahí, y en ese no estar, tuve la sensación de que hay momentos en los que la comunidad no es una basura. Igual no cambia nada: si la noche se hubiera extendido nos hubiéramos cansado de ser comunes y nos hubiéramos puesto a ver qué le falta a Radiohead para ser U2 o los Rolling Stones. Pero hay momentos, y anoche alimenté mi fe en esos momentos. Sin cuerpo, sin posesión, con el peso de una remera absolutamente mojada en sudores comunes. La felicidad tiene formas extrañas, inesperadas. Como bailar sin que te importe nada más, pero nada nada, porque no hay nada más que esa música y algo que no se entiende o no se explica, o ya no importa entender. Está todo bien, está todo mal, está todo bien.
Quiero contártelo porque fue una experiencia de la amistad. Cada vez creo más en esas cosas, sabes. En la amistad, como sea. Aprendo de mis amigos, y ya casi no me importa ninguna otra clase de persona: si no podés ser mi amigo no quiero perder el tiempo, no quiero porque la vida es corta y triste, y la amistad es todo lo contrario.
Incluso esa amistad espontánea, de dos o tres segundos, que surge en el estrépito de una canción. Estamos todos cantando lo mismo y creemos que esa canción es ahora mismo lo que más importa, lo único que existe o lo que nos une.
Lo que nos une. Ser común, ser una comunidad. Creo que quiero contar lo de anoche porque es mi manera de compartirlo e intentar que se proyecte o que se extienda, que no se quede ahí. Es improbable que no se quede ahí (y ese ahí no es sólo un lugar o un tiempo). Pero el mundo se viene abajo desde siempre y al menos está Radiohead, al menos intentamos y éste es un intento de dar un alarido de felicidad –aunque no sea felicidad eso de lo quiero hablar, porque eso de lo que quiero hablar no tiene nombre.
Porque no es felicidad. No es felicidad lo que buscamos. Y no fue felicidad lo que encontramos los que estuvimos y no estuvimos ahí. O no fue sólo eso. La felicidad está sobrevaluada: hay más cosas, hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que podemos esperar, buscar y explicar.
Estoy en el living de un hostel habitado por extranjeros. Es raro, porque parece una proyección de esa sensación de anoche de que no hablábamos una lengua conocida. ¿Demasiado entusiasmo? Es probable que sí. Es un entusiasmo brutal. Escribo esto para que dure un poco más.
Entre la luz y la tormenta, un rayo de todos los colores me atraviesa y me llena de algo que va más allá de la felicidad. Puede parecer mucho. Pero eso es lo que hay, lo que se tiene, lo que tengo ahora, y lo que quiero compartir.
Tomo posesión de lo que me hace feliz, es un error, y quiero enmendarlo o traducirlo en algo común. Siempre quise escribir una canción de Radiohead. Este es mi intento desmesurado. No me salió, claro. Pero qué lindo hubiera sido que me salga.