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Joven

In Relatos, Uncategorized on octubre 8, 2009 at 3:32 pm

Jueves 2 de julio de 2009

Julia está muerta. Me avisaron por teléfono mientras desayunaba. Sobre la mesa de la cocina aún descansa como si también se hubiera quedado petrificado el jugo de zanahorias y naranjas que ocupa tres cuartos del único vaso que sobrevivió de un juego de 12 que nos regalaron a los dos hace 11 años. La sorpresa, el impacto, exagera el simbolismo de las cosas.

Al principio pensé que sería sólo eso: puro impacto. Mi ex esposa, muerta. Una integrante más de la sociedad, con el dato apenas estadístico de haber dormido conmigo durante más de dos mil noches. Me bañé, me vestí sin luto, en el espejo del ascensor me acomodé el cuello de la camisa y en el restaurante no dije nada. Ni siquiera saben que alguna vez estuve casado: pensé que darles la noticia de la muerte de Julia sería mucho más engorroso que doloroso. Hasta las tres y media fue un día normal. Los cuchillos, las tablas, las sartenes: la seguridad de los objetos conocidos.

A las cuatro tenía terapia, como todos los jueves. Cuando llegué a la salita de espera empecé a pensar en lo que le diría a Manuel y comencé a llorar. Fuera de control, mis ojos no dejaban de chorrear y sentí mi cuerpo disminuirse a su expresión más miserable, adoptar la pose fetal de los desprotegidos y desobedecer cualquier orden de decencia,  formalidad o urbanidad. Una mujer se vio obligada a acercarse, tocarme la espalda y demostrarme una solidaridad conmovedoramente inútil. Me cuesta aceptar que esté muerta, muerta como los muertos de la televisión o muerta como mi abuela materna, muerta muerta, a diez metros del césped de un cementerio parque en Puerto Madryn.

Manuel salió del consultorio, despidió a su paciente con una sonrisa e inmediatamente acomodó el rostro a una modalidad de consternación más adecuada a mi llanto. Me hizo pasar y antes de que cerrase la puerta pude la ver la cara de la mujer que me había tocado la espalda. Por unos instantes imaginé que me entendería, que sin necesidad de yo le hablase y le pagase para que me escuche, aquella mujer me entendería. Al fin y al cabo, pensé, esa mujer estaba también en la sala de espera. Algún otro psicólogo conocería la intimidad de su propio desastre. Ella se sentiría frágil y al mismo tiempo segura en el sillón de su terapeuta, más cerca del equilibrio entre locura y normalidad que hace falta para sobrevivir a la ciudad. Esa última imagen me dio bronca y me senté con rabia, haciendo ruido en el sillón. Hice una cuenta rápida: hace exactamente  49 jueves que vengo a terapia con Manuel.

-Julia está muerta.

-¿Quién es Julia?
Jueves 2 de julio de 1992

Tenía que esperar por los lentos. ¿De qué otra manera podría acercarme lo suficiente? Sabíamos que nos íbamos a encontrar en los quince de Celeste, sabíamos que nos habíamos mirado más de lo común, sabíamos todo eso, pero no sabíamos cómo acercarnos lo suficiente. Yo tomaba un trago primavera sin alcohol que había aprendido a pedir después de leer una entrevista a Fito Páez en la 13/20: en esa misma revista había aprendido trucos inservibles para ocultar los granitos y que era mejor usar remera debajo de la camisa, preferiblemente estampada. Me puse la de los Guns, la camisa desprendida, y un falso Guess azul que me apretaba las bolas. Me sentía algo inseguro con la indumentaria, como si alguien pudiera acercarse a denunciar la ilegitimidad de mis pantalones. En mis fantasías de vergüenza, era la misma Claudia Schiffer quien venía con su cuerpo semidesnudo a crucificarme por usar unos falsos Guess. ¿Se habrá dado cuenta Julia de que yo pensaba, con mi primavera en la mano derecha, en Claudia? Lo cierto es que los lentos no llegaban, y el resto de la gente parecía no necesitarlos. Nosotros ya habíamos hablado de Vilma Palma, de lo raro que era salir un jueves, de que por fin estábamos de vacaciones –aunque ninguno de los dos las necesitara realmente-. Rodrigo se acercó a nosotros y con un descaro que envidié profunda y odiosamente invitó a bailar a Julia. Disimulé bebiendo lo que quedaba del primavera. Julia me miró antes de aceptar, y lo interpreté como un pedido de disculpas. Se incorporó y caminaron hacia la pista. De repente tuve la sensación de que todos me miraban y se reían de mí. Bailaron Mano Negra, Violadores, Soda Stereo. Julia se sabía la letra de Cuando pase el temblor y disfrutaba de cantarla casi a los gritos. Cuando saltaba, sus pechos parecían a punto de escaparse del vestido y Rodrigo no podía evitar mirarla. Yo me quedé sentado, un mozo me trajo empanadas y sidra sin alcohol. Maldije a los padres de Celeste y me pregunté si los de tercero A habrían podido ingresar al salón el cajón de cerveza que pretendían tomar. Los busqué, pero cuando los encontré bajaron las luces y comenzó a sonar un lento de Roxette. Me di vuelta, aterrorizado, y busqué a Julia.

Volví a sonreír cuando la vi sentada, sola. Se había cansado de bailar, me dijo.

Pero esto se baila sin saltar tanto… no cansa, le dije.

Cuando me acerqué, sentí más fuerte la presión de los falsos Guess y le rogué a Claudia Schiffer que no explotaran, me arrimé al oído de Julia, a la mejilla de Julia, respiré el aire que ella espiraba, sentí el perfume del Impulse violeta mezclado con el Beldent y la besé.
Jueves 2 de julio de 1998

Me pareció un gesto adorable de su parte: el día que rendí la última materia, Julia me preparó una cena. Obviamente, ella nunca había cocinado para mí. Nuestra convivencia tiene pocas reglas y una de ellas es que yo cocino siempre. Si no traigo a casa lo que cocino en la escuela, preparo alguno de los platos que me hayan enseñado y montamos cada día una mínima farsa como de restaurante propio, una especie de fantasía que deriva luego en que la clienta se olvida de la billetera o se queda sin fondos en la tarjeta de crédito y entonces propone pagar la cena con sexo oral, sexo anal, sexo sobre la mesa.

Durante algún tiempo esa práctica nos excitaba tanto que yo cocinaba ya con una erección indisimulable, y muchas veces en la escuela el olor de la cebolla rehogada me había puesto en una incómoda situación. A Julia también le gustaba que yo le contara sobre esas erecciones y sobre mis esfuerzos por ocultarlas, se reía y al mismo tiempo comenzaba a tocarme y a desvestirse.

Preparó la cena semidesnuda, contra mis consejos sanitarios y de seguridad: el delantal le tapaba el pubis pero le dejaba al descubierto la cola y las tetas. Yo la observaba desde el living, y le pedía algunas poses imprudentes. O me acercaba para guiarla, pero ella me rechazaba y decía que tenía que cocinar sola, sin ayuda. No hay mayor felicidad en el destino de un hombre que descubrir su misión, y la cola de Julia, los pechos de Julia, la cintura de Julia, eran mi misión: veía esas partes del cuerpo con el permiso del delantal y me sentía alcanzado en mi corazón por una emoción indescifrable, cariñosa, pero también violenta y misteriosa. Julia cocinó durante dos horas un pollo que terminó demasiado seco, y sin embargo yo tenía la seguridad de no haber probado en mi vida mejor bocado. No había vértigo en la noche: un concubinato alegre nos había privado de esas sensaciones riesgosas, y sin embargo una impresión algo peligrosa me embargaba, exagerada, sí, pero al mismo tiempo de una exageración que podía resultar insuficiente. Cenamos, cogimos, volvimos a comer y volvimos a coger. Nos acostamos tarde.

Julia duerme desnuda, la calefacción del departamento está al máximo y las ventanas empañadas. Sobre uno de los vidrios Julia escribió que me ama y que bailar conmigo nunca cansa. Debajo de esa ventana están, sin abrir, algunos regalos de nuestro casamiento.

Jueves 3 de julio de 2002

Ayer fuimos al salón en el que nos besamos. Ahora es un supermercado. Calculamos a grandes rasgos algunas distancias y decidimos repetir el beso frente a la góndola de las cremas. Nos reímos de algunos cambios en mi cuerpo: debo pesar 14 o 15 kilos más que hace 10 años. El cuerpo de Julia, en cambio, está más imponente pero igual de delgado, como si se hubiera afianzado o consolidado, como si las mismas curvas que tenía a los 15 años ahora fueran más definidas. Me siento un hombre afortunado cuando la abrazo y percibo la dureza de sus músculos, la forma de su espalda. Es un espectáculo algo ridículo, pero nuestro beso se alarga. Julia tararea Listen to your heart, la canción de Roxette, aunque yo creo que la que sonaba aquella noche del cumpleaños de Celeste era Spending my time. Así que tarareamos dos canciones diferentes y volvemos a besarnos, bailamos mínimamente.

Después cenamos. Martín nos invitó a su restaurante cuando se enteró del aniversario. También nos obsequió un Rutini que yo había estado buscando para mi propio restaurante. Cuando brindamos, Julia comenzó a llorar.

En secreto había cultivado el plan y en secreto se había cansado de nuestra vida de costumbres. Demasiado común, repetía. Los sorrentinos de mi plato quedaron intactos, aunque pude oler la salsa de tinta de calamar y reconocer mi receta. Me prometí agradecerle a Martín su homenaje antes de salir de esa situación infernal, pero en unos minutos la conversación de Julia me depositó en otro lugar.

Se quiere ir al sur. A Puerto Madryn o algo así. Siente que tiene lo que siempre creyó querer, pero no le alcanza. O no es eso, no se trata de que alcance. Se trata de que no se siente viva. Mis reacciones son comunes, ordinarias, y la decepcionan aún más: le pregunto si ya no me quiere, si está viendo a otro hombre. Me dice que está aburrida, que es siempre igual, que su trabajo es rutinario y yo soy rutinario, que mientras atiendo el restaurante ella tiene una vida propia, claro, pero que esa vida no le interesa. Le pregunto si no es feliz. Me dice que no se trata de la felicidad, o por lo menos no de esta felicidad tan… tan… Tartamudea. Busca la palabra, tal vez intente crear un vocablo nuevo, bebe un trago de vino, Tan encajonada.

-¿Encajonada?

-Sí. Acomodada en cajones.

Pienso en la Venus con cajones y veo a Julia atravesada de cajones. Pienso en nuestro dormitorio, en el cajón de mis medias, en el cajón de su ropa interior. Las imágenes me impiden entender lo que Julia está diciendo. Por momentos su llanto es tan copioso que cae sobre el plato.

-¿Cajones?

-Sí. Cajones. Vas a trabajar, volvés, cogemos, dormís, te comprás un auto, me comprás otro a mí, nos vamos de vacaciones a Brasil. Cajones.

No puedo entender qué quiere, y entonces insisto en la tesis del otro hombre.

-No quiero esto, Emanuel.

Mi nombre suena como una explosión o un disparo. Un acento solemne en el final de una tragedia. Hay algo de júbilo en la desesperación de las palabas de Julia. Algo del orden del desahogo. Algo que me atraviesa el estómago. El vino es cálido y delicioso, áspero, corpulento, pero no puedo disfrutarlo.

-Decime la verdad. ¿Estás con otro hombre?

Jueves 2 de julio de 2009

Manuel me escucha pero a veces lee mensajes de texto que le llegan al celular. Yo no puedo parar de hablar. Es la primera vez desde el año 2002 que hablo de Julia. Cuando se fue no di explicaciones a nadie, me concentré en la cocina, en el restaurante, y llegué a mudar algunas cosas como para dormir en el local. Agregué nuevos platos al menú, me acosté con tres de las cuatro mozas, y creí enamorarme de la cuarta. Cuando no venía gente al restaurante, alguna de ellas daba el primer paso hacia la cama que yo había instalado detrás de la cocina y cogíamos sin demasiada gracia pero con ímpetu. Algunas noches, incluso, fuimos más de dos en la cama. Una de las mozas renunció y la reemplacé con un hombre, en un gesto de torpeza elemental pero con el objetivo de tranquilizar la pija.

Un año después comencé a leer, y otro año más tarde, a escribir. Con el tiempo, el personal del restaurante se renovó por completo y ninguna persona de las que tenían un trato diario conmigo sabía nada de Julia. Martín se fue a vivir a Alemania, conoció a una cocinera de nombre Sophie y se casó. Me escribía emails y me contaba que era un hombre feliz. A los pocos meses quisieron tener hijos, pero descubrieron que Martín era estéril. A Martín se le ocurrió entonces un plan descabellado: tenía un vecino físicamente muy parecido a él, que tenía tres hijos hermosos. Le pagaría a su vecino para que embarace a su mujer. Yo no respondía sus emails. O le respondía sin responder: Ok, suerte. Besos. Saludos a la alemana. Cosas así. El vecino aceptó el dinero, convenció a su propia mujer y comenzó a acostarse con Sophie. Martín me escribió contándome que estaba sorprendido de poder aceptar y promover semejante situación. Él decía que se había europeizado. El vecino y Sophie se acostaron 49 veces, sin suerte. Martín entonces le exigió que se hiciera un test de fertilidad o que le devolviera su dinero. Al vecino también se le estaban complicando las cosas en su casa, así que decidió hacerse el test, demostrar su capacidad de reproducción, echarle la culpa a Sophie, quedarse con el dinero y terminar con todo el trámite. Pero el test le dio negativo. El vecino le devolvió el dinero a Martín, echó a su esposa y a los hijos de quién sabe quién de la casa, conectó una manguera al caño de escape de su Volvo, metió el otro extremo de la manguera en la cabina y se sentó frente al volante, con el auto en marcha. Todo el asunto me pareció un gran tema de novela, así que lo escribí y publiqué el libro en una editorial pequeña. Pagué la edición, claro, y la distribución en todo el país. Me aseguré de que el libro llegara al sur.

Volví a saber de Julia cuando me escribió un email. Había leído mi novela y estaba indignada porque yo le había puesto de nombre Julia a la esposa del vecino. En ese mismo email me enteré de que vivía en Puerto Madryn y que buscaba nuevas maneras de vivir el amor, o algo así. Me pareció despreciable, me indigné, y  le quité crédito a todas sus palabras, que además me parecían mal escritas. Julia decía algo sobre las maneras acostumbradas, sobre las maneras comunes, sobre lo conocido. Se había alegrado al ver mi novela en una librería, pero se había decepcionado al leerla. Me recomendaba pensar, mirarme hacia adentro, tal vez hacer terapia. Me pasaba el teléfono de un terapeuta que ella había conocido en Puerto Madryn y que ahora vivía en Córdoba. Él podría aconsejarme a alguien. “Obviamente no espero que vayas con Manuel”, me decía Julia en su email.  No quería que yo lo tome a mal, pero Manuel podría ayudarme, indicarme la persona adecuada para hacer una buena terapia. Ella y Manuel habían vivido juntos dos años. ¿Le había enseñado él que sí, que era posible vivir de otra manera? Se habían separado en 2005.

Manuel me escuchaba con un gesto de incredulidad y asombro y odio. Sos un hijo de puta, dijo. Se tomó la cabeza, ocultó su rostro.

-¿Julia está muerta?

-Muerta muerta. A diez metros bajo tierra en un cementerio parque de Puerto Madryn. Me avisó su hermana, por teléfono, hoy a la mañana. Cáncer.

Nos quedamos en silencio. Durante tres años habíamos hablado tanto. Pero nunca de Julia. Y ahora Julia era una muerta, un fantasma, un cuerpo pudriéndose en la tierra. No sabíamos nada más, si había muerto sola, si había vuelto a ser feliz, si había encontrado algo en Puerto Madryn. Nada. Le pregunté a Manuel por qué la había dejado, pero me respondió que Julia había tomado la decisión.

“Se había cansado de bailar conmigo”, me dijo.

Manos de mujer tocándome

In Uncategorized on octubre 8, 2009 at 2:28 pm

Sobre la novela “No es amor”, de Patricia Kolesnicov (Suma de Letras, Buenos Aires, 2009, 248 páginas. Precio: $ 45)
Si hacemos algo porque queremos hacerlo, nos sentimos bien. Si hacemos algo porque no podemos evitar hacerlo, nos sentimos vivos. Intensa, contradictoria y hermosamente vivos. Me acuesto con vos porque no puedo evitarlo: tomá nota, porque esa es la medida de mi amor.

En su primera novela, Patricia Kolesnicov resume la intensidad de esa clase de emociones en las idas y vueltas de una relación entre dos chicas durante la segunda mitad de los ’80. Buenos Aires es una ciudad confundida y furiosa, la música que mejor la describe es un rock que se convertirá en mito y los personajes de No es amor se mueven de acuerdo a una mecánica entusiasmada, poseída.

La primera parte del libro es un elogio del desencuentro, está construida sobre la tensión erótica de esa manera de desencuentro que sólo puede ser el prólogo a un gran, jubiloso encuentro.

La autora elige una forma de narración poco frecuente, una primera persona que se divide en dos voces. Las dos protagonistas cuentan cada una su parte de una historia que se arma de confesiones, concesiones, conjeturas y otras encantadoras maneras de mostrar y ocultar, de dar y quitar.

La escritura de Kolesnicov adopta por momentos la apariencia de cierto coloquialismo, pero revela más tarde su naturaleza poética, su ritmo a veces acelerado, a veces demorado. El ritmo de una metrópoli que abre los ojos a la silenciosa tormenta que convirtió a la Argentina de los ’80 en la Argentina de los ’90. Florencia es militante radical y tiene el cuerpo cruzado de cicatrices. María es hija de la clase acomodada y tiene una fe ciega en la ciencia. Europa ya no es la tierra del exilio pero tampoco es la tierra prometida que será en la década de 1990. Buenos Aires arde y se transforma.

Florencia y María buscan, están en actitud de búsqueda, y la escritora tiene la compasión de no explicitar esa búsqueda, quizá por que no es necesario (al fin y al cabo lo que buscamos es amor), quizá porque tampoco ellas, ni la ciudad que las contiene, saben qué están buscando. “¿Y si es una mujer?”, se pregunta María. “Besos de mujer. Manos de mujer tocándome”.

Hacia la mitad de la novela las mujeres en cuestión recrean a su manera el capítulo siete de Rayuela, de Julio Cortázar, y la frase “toco el borde de tu boca” (que aparece como “toco el borde de su boca”) parece renovar su potencia lírica con el aire ligeramente transgresor de un encuentro lésbico. A partir de allí, el desafío de la autora es manejar la psicología de sus criaturas, describir con la mayor precisión posible todo lo que cambia una amistad después de un orgasmo.

En ese terreno, Kolesnicov brilla: de una manera prolija logra mantener el equilibrio entre los lugares comunes inevitables de un conflicto amoroso y las novedades que hacen interesante un conflicto amoroso. Posesión, inseguridad afectiva, la insoportable presión por seguir los pasos prefijados por eso que llamamos el sistema o la sociedad, o lo que sea que nos haga ver si no la felicidad al menos la tranquilidad en la estructura tradicional de la familia burguesa, todo eso entra en juego para volver a elogiar el desencuentro.

La novela está escrita en pequeños capítulos, irrupciones de dos voces que parecen encontrar en la palabra alguna certeza. No sabemos a quién le hablan María y Florencia, y no hace falta saberlo. Acaso sólo hablen consigo mismas, o con Luisa Lane, una mujer imaginaria que las escucha y las interpela.

No es amor es, claramente, una novela de amor, una historia sobre todo lo que decimos cuando hablamos de él y todo lo que amamos cuando nos imponemos no hablar de él. “No hablemos de amor”, le dice una a la otra. “No”, responde la segunda. “Esto no es amor”, insiste la primera. “No”, asiente la segunda. “No es amor”. “No, no”.

Ese estilo acumulativo es el riesgo que toma Kolesnicov para hablar de lo contrario a una acumulación, para hablar de un vacío y un abismo, para hablar de esas cosas sobre las que, a veces, es mejor no hablar.

Belleza y pesadilla

In Uncategorized on octubre 8, 2009 at 2:26 pm

Sobre “Coraline”, de Neil Gaiman (Editorial Salamandra, Barcelona, 2009, 155 páginas. Precio: $ 39).
Al pasar por una extraña puerta una niña llega a una casa similar a la suya, con una versión ligeramente modificada de sus propios padres, llamativamente más atentos que los reales, mejores cocineros, y con botones en lugar de ojos. Y con un deseo oscurísimo: robar el alma de Coraline.

Es probable que hayas visto la película y es probable que, como muchos adultos, te hayas quedado perplejo ante la espiral de terror que el filme propone a su audiencia infantil. Bueno, con el libro esa sensación puede aumentar, intensificarse y transformarse en una pequeña pasión. Y todo eso sin las concesiones que suelen pedir los libros para chicos, y ni siquiera –lo que termina de convertir a Coraline en una maravilla– las concesiones que suelen pedir los libros de terror.

El libro de Neil Gaiman acaba de ser publicado en la Argentina –aunque la versión original en inglés es de 2002 y la traducción española tiene ya más de seis años– por el sello Salamandra. El autor es una celebridad pop en el mundo anglófono, una especie de Rey Midas que transforma en oro todo lo que toca: el cómic Sandman, la novela (llevada al cine) Stardust, y ahora esta auténtica joya que demuestra que escribir para niños no requiere ni condescendencia ni ese tono ligeramente estúpido que suelen adoptar los libros para chicos con la excusa de que deben ser entendidos.

Gaiman parece haberse despojado de cualquier limitación y haber escrito bajo el impulso de una libertad alucinante y alucinógena, y logra crear un mundo de fantasía lo suficientemente inquietante como para que tengamos la sensación de que la monstruosidad que describe no puede no ser real.

Hombres grises. Cuenta la leyenda que el personaje y el libro se iban a llamar originalmente “Caroline”, pero un error de tipeo del autor cambió los planes. Coraline se empecina en corregir a sus amigos (los vecinos del edificio) cuando la llaman Caroline, y esa situación se vuelve especialmente tensa. Los personajes que la rodean en uno y otro mundo son grises, desesperadamente grises, y en una primera instancia la niña duda en cuál de esos universos querría vivir, pero –y aquí Coraline se vuelve una perversión encantadora de Alicia en el país de las maravillas– la duda no reside en cuál de los mundos es mejor, sino cuál de ellos es menos peor.

Del otro lado de la puerta las comidas son más sabrosas y el amor se expresa de acuerdo a cánones tradicionales: ¿cómo podría Coraline dudar de que la bruja que hace el papel de madre paralela la quiere? Hacia la mitad de la novela llega una verdadera genialidad: “Era cierto, la otra madre la quería. Pero la quería igual que un avaro ama su dinero o un dragón su tesoro. En los ojos de botones de la otra madre sólo había afán de posesión, y Coraline sabía que la veía como un cachorrito consentido que pronto deja de tener gracia”.

Si te parece que Gaiman te disfrazó de aventura infantil un viaje dark por tus propias miserias, va a ser difícil encontrar un dato que te contradiga. La otra madre hace un esfuerzo sobrenatural por seducir a Coraline y lograr que la niña se quede a vivir en su mundo. Una de sus criaturas le promete a la niña: “Si te quedas, tendrás todo lo que desees”.

Coraline suspira y te da una lección: “Realmente no lo entiendes, ¿verdad? No quiero tener todo lo que deseo. nadie lo quiere, no de verdad. ¿Dónde estaría la gracia si tuviese todo lo que quiero? Es eso y nada más, ¿y después qué?”.

Sin clichés. A pesar de ser una obra maestra de dos géneros construidos sobre la base de insistente clichés (la literatura para chicos, por un lado, y la literatura de terror, por el otro), Coraline esquiva una y otra vez los lugares conocidos y no cede a la presión de lo común ni siquiera en el final. Con el espejo omnipresente de la Alicia de Lewis Carroll, pero con la audacia de llevar las cosas a un territorio espeluznante y retorcido, Gaiman construye una pesadilla hermosa, un sueño un tanto angustiante pero también tan asombroso que no queremos que termine.

Entre persecuciones tenebrosas, personajes que adoptan formas monstruosas y una terrible aventura de liberación, Coraline se da lujo de ser un libro perfecto, una de esas maravillas que uno puede no puede dejar de leer.

Y tiene una cualidad especial: no importa a qué hora empieces a leer este libro. Cuando termines, siempre será de noche.

Soga al Cuello

In Uncategorized on octubre 8, 2009 at 2:24 pm

El día que nos demos cuenta de que convivimos con un ser mágico, quizá esta ciudad se vuelva más amable. Alguno de los inútiles ministerios del Estado debería servir alguna vez para que sea ley caminar esporádicamente por Córdoba junto a Jorge Cuello, un hombre que parece adelantarse a cada paso para dibujar la ciudad que su acompañante pisa. No siempre es un paseo saludable: las necesidades —la necesidad de magia, en este caso— no tienen que ver con la salud. Pero, sí, siempre es un paseo interesante. Jorge tiene el aspecto, los gestos desmedidos, el pelo y el perfume de un loco. Una vez lo vi salir de una fiesta, yo estaba en la vereda, descansando del baile, junto a otros amigos. Cuello irrumpió desde la puerta, con una botella de champán bajo la axila y el paso destartalado pero firme de un elefante sumamente delgado. Los que estábamos fuera comentábamos que la fiesta estaba muy bien. Cuello interrumpió y dijo: “Y como si todo esto fuera poco… ¡me voy!”. Y dobló como doblan los androides, 90 grados en un solo movimiento, nos dio la espalda y se alejó caminando. Nosotros sabíamos que Jorge no tenía un peso, y que vivía a más de 60 kilómetros de la fiesta, en Villa Las Rosas, pero también sabíamos que de alguna manera iba a llegar a su casa.

Lo conocí hace 10 años, mientras pintaba un cuadro enorme que era su versión personal del Kama Sutra y que se llamaba Con paciencia y con saliva. En aquella época, en sus pinturas y en su cabeza siempre estaban pasando muchas cosas al mismo tiempo, y en la mitad de esas cosas la gente no tenía ropa. Una parte de ese Cuello un tanto desaforado y excesivo abrirá una muestra el miércoles, en la biblioteca de la Universidad Católica de Córdoba (Trejo 323, a las 19). La muestra se llama “Mandala, Cuello, mandala” y consiste en una serie de dibujos circulares o mandalas que se llaman Mandala a la concha de su madre, Mandala bien lejos, Mandala a la peluquería, Mandala a freír buñuelos. Y así. Cuando lo llamé para preguntarle sobre la naturaleza de esta serie de pinturas lo primero que me dijo fue: “Me separé”. Después me contó que el mismo día en que se separó de la madre de sus hijos más pequeños, había muerto su propia madre. “No fue un buen día”, me comentó.

El arte del mandala consiste en buscar la meditación y la concentración a través de un soporte gráfico, una representación geométrica de las relaciones entre micro y macrocosmos. En el brahmanismo y en el budismo, los mandalas permiten a quien los utiliza reintegrarse en el universo y en la unidad de conciencia absoluta. A Jorge le sirvieron para salir adelante, y salió según su estilo, con el paso destartalado pero firme de un elefante sumamente delgado. Salió a pintar de nuevo la ciudad por la que habremos de caminar sin saber que convivimos con un ser mágico que, como si todo esto fuera poco, volvió.

Amor y resistencia

In Uncategorized on octubre 8, 2009 at 2:22 pm

Sobre “De A para X”, de John Berger.

Lo que tenemos para hablar del amor es el lenguaje, un idioma siempre insuficiente que nos deja insatisfechos o exagerados, que parece destruir la idea en su manía de reproducción. ¿Cómo se explican algunas cosas extraordinarias si sólo tenemos palabras ordinarias? En la última novela de John Berger, De A para X, el problema del lenguaje insuficiente se vuelve central: se trata de cartas enviadas por una mujer, A’ida, a su enamorado, Xavier, quien cumple una doble cadena perpetua por cargos vagamente asociados al terrorismo. La novela está escrita como si Berger pudiera prescindir del lenguaje o transformarlo en otra materia, ésta sí más efectiva, como la masa de un pan de cereales horneado en casa, o como si sus palabras lograran el milagro de la arcilla o el barro.

Una precisión exquisita y un compromiso innegociable con la humanidad de sus personajes le permiten describir y crear una intimidad que ningún otro escritor contemporáneo logra con sus lectores: un tipo de intimidad que no nos obliga a perdernos en la novela o a vivirla como un mundo aparte de este mundo, sino que nos mantiene permanentemente con un ojo o los dos puestos en la miseria y la injusticia con las que convivimos, y al mismo tiempo nos permite vivir la experiencia de la belleza y de algunas sensaciones tan iluminadoras como abrumadoras y necesarias.

El juego de Berger es, en este caso, con las formas: nos quiere convencer de que encontró las cartas en la cárcel de un pueblo extraño, y de que incluyó las anotaciones de Xavier en el dorso de esos papeles un tanto desesperados. Hay allí anotaciones sobre Bolivia, Venezuela, las papeleras uruguayas, Medio Oriente… y sin embargo ese llamado constante a la lucidez en torno del desastre mundial no se contradice con el contenido amoroso de las cartas: amor y resistencia no están, aquí, en conflicto. El amor, en última instancia, es una clave de supervivencia y de supremo compromiso de estar en el mundo: A’ida encuentra en la descripción de su cotidianidad una manera de estar con su chico, y describe detalles mínimos, pequeñas circunstancias que guardan la fuerza de un símbolo perfecto, más allá de las limitaciones de un lenguaje incapaz de dar cuenta de las dimensiones de ese afecto. No sabemos nada de ellos, ni dónde viven, ni dónde están: sus enemigos podrían ser cualquiera de los enemigos que tenemos todos: la injusticia, la opresión, el imperialismo, el avance del mercado por encima de los hombres. Sin embargo, no son una generalización ni una figura políticamente aplicable a cualquier lucha más o menos justa: para Berger cada hombre es único, irrepetible, como para A’ida no hay otro hombre como Xavier, aún a pesar de que todos estamos hechos de la misma materia. A’ida cuida de ese Xavier único, en sus cartas, en su lenguaje a veces cifrado: hay en ese cuidado un concepto del amor y de la resistencia que, como lo que podemos decir con el pan y con las manos, excede todo lenguaje y llega allí donde las palabras no pueden llegar, allí donde reside también la dignidad de las cosas que hacemos por vivir en un mundo apenas mejor.