RELATOS

Flores anaranjadas

In Flores, Relatos on abril 1, 2008 at 9:22 pm

(Relato en serie. #9 de 10)

Esperé el sábado con la agitación de un cumpleaños. Olmos no pasó a cortar el césped: esa era su última palabra y era una palabra no dicha. Decepcionado en sus planes, dejaría crecer la vegetación del lugar para que la hierba me cubra y me esconda, me devuelva a la zona oscura de la que había venido.

¿Vendría, sin embargo, Anita?

La ansiedad me puso a limpiar, a pasar un trapo por los muebles, a preparar algo de música. Elegí discos para ese tiempo confuso que sucede a los accidentes aéreos, a cuando un avión choca contra otro. Música de desastres, canciones en llamas para Anita la de la cicatriz, la música del caos para la chica de las calamidades hermosas.
Una vez que la casa estuvo impecable y el olor al sahumerio terminó de tapar el aroma aséptico del limpiapisos, me senté a leer un libro de Alice Munro que un compañero del diario me había prestado. Elegí un cuento de nombre llamativo y al mismo tiempo inaceptable: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Recostado en el sillón, pretendí no esperar visitas, aunque toda mi casa decía lo contrario.

En mi cabeza el argumento del cuento transcurría entre marcas de piel: podía darme cuenta de que estaba descubriendo el inicio de un fanatismo, de que ya no dejaría de buscar libros de Alice en cada librería del mundo, pero para mí los personajes eran todos una variación de la cicatriz de Anita, como si el libro estuviera respondiéndome una pregunta sobre la belleza vaga de la hija de Olmos.

Pensé entonces que en Nueva York podría conseguir libros en inglés de Alice Munro: calculé caminar por alguna calle de librerías de la mano de Romina y señalarle al vendedor, con la precisión de un cazador, Hateship, Friendship, Courtship, Loveship, Marriage. Tendría que pedirle a Romina que repita el nombre para el vendedor, en atención a mi pésimo inglés. Ella me miraría con el cariño que se dispensa a los que dependen de uno, a pesar de todas nuestras palabras sobre la dependencia, la libertad, el amor desapegado, el presente absoluto. Y ese instante de dependencia ¿me acercaría aun más a ella, o me alejaría sin remedio? Cuando un avión choca contra otro, ¿sus piezas confundidas en el fuego están más cerca unas de otras, o arden en la definición de su última distancia?

Anita no tocó la puerta: el picaporte dibujó la trayectoria de una decisión y vi primero la luz del sol de la tarde ingresar a la casa impecable y después la sombra alargada, solemne, de Anita y una planta. Me di vuelta y la vi bajo el marco de la puerta, con el monte de paisaje de fondo y una planta en sus manos. Era una planta de flores naranjas y frutos como bolitas. Ella misma estaba vestida con una remera naranja, y una pollera azul.

-Te traje mi favorita. Pasionaria. La tenés que plantar y crece por las paredes.

Me prometo decodificar las palabras de Anita después de entender por qué no llamó a la puerta, por qué pasó directamente, y cómo supo que la puerta estaría abierta.

En el pueblo casi todos aún dejan las puertas abiertas, pero ella ya sabe que mis costumbres de ciudad me imponen casi siempre la precaución de la llave. Todos los sábados anteriores ha escuchado el ruido de la cerradura y me ha dedicado una sonrisa comprensiva. Pero esta vez avanzó, con una seguridad para mí desconocida.

-¿Qué estás leyendo?
-Una escritora canadiense.

Le muestro el lomo del libro y lee el título: todas esas palabras en la boca frutal de Anita suenan de un modo dulce, y reprimo el impulso de besarla. Hago un gesto hacia la cocina, un gesto que para nosotros ya tiene un significado propio y supone que iré a poner la pava al fuego para luego tomar mate. Pero Anita me detiene.

-Preferiría no tomar nada, por ahora.

Con la cara aniñada señala una botella de vino y con las cejas dibuja las curvas de una palabra que leo como “después”.

-¿Qué pasó con vos? Un día te veo llorando y al otro día me besás. Y ahora pasás sin tocar la puerta.
-La dejaste abierta.
-Pero vos no sabías.

Sonríe. Levanta los hombros y su remera deja ver la zona de su cintura atravesada por la cicatriz. Demoro la mirada lo suficiente como para que ella tome la precaución de alargar el instante: con el dedo índice de su mano derecha mantiene la remera a la altura de su ombligo para que al dejar caer sus hombros ese paréntesis de piel y sombra siga, para mí, cifrando el misterio agotador de lo que va a pasar.

Le pregunto por el Jonatan: la meningitis está bajo control, el nene ya está en su casa. Olmos y su mujer lo están cuidando. Anita me cuenta que por un momento pensó que estaba en el ensayo de una catástrofe. Que jamás había rezado tanto. Y que nunca había tomado tanto té de pasionaria.

Las hojas y los tallos de la planta que me regaló se usan como sedante, en infusiones de sabor dulce. No hay nada mejor contra el insomnio. Tiene que ser la pasionaria de frutos anaranjados, porque la de frutos azules oscuros es venenosa.

Entre un color y otro, la distancia define un destino, pienso, pero me guardo la frase para escribirla más tarde. No se la digo. Acaso la use para escribirle a Romina.

-El poema, Anita. El poema no era para vos.
-¿Un ataque de sinceridad? ¿Creés que te va a salvar un ataque de sinceridad?

Mi primer impulso es preguntarme a mí mismo de qué me salvaría, pero la respuesta es tan obvia que tiene incluso un perfume más intenso que el de la pasionaria y el color de un destino inevitable. ¿Un ataque de sinceridad me salvaría de mí mismo?

-Soy un Simulcop, Anita.
-¿En serio creés en la sinceridad?

A la lista de supersticiones develadas, las tetas de Anita le agregan otro sustantivo abstracto. ¿Qué sería realmente ser sincero a medio metro de su cuerpo?

-No sé si creo o no creo. No se trata de eso. Se trata de que el poema estaba armado con frases que primero le escribí a Romina. Te mentí.
-Yo no puedo decirte nada que no le haya dicho a otro hombre.
-No es lo mismo.
-No me importa.
-Si no te ponés la remera esto va a ser un desastre.
-Dejá de pensar. Alguna vez dejá de pensar.

La distancia entre los colores de su ropa, las mentiras y las verdades que caen con su ropa: todo el paisaje dibuja el nombre de una mujer definitiva que no es ella y no es nadie, o es la sombra de Romina.

Como un jabón de mano armado con restos de jabones al borde la extinción, como un leviatán de lo que amé y destruí, un monstruo mitológico de treinta cabezas se levanta de la ropa azul y naranja de Anita y me pone frente al espejo terrible, irremediable, de lo que no puede ser perdonado.

Entonces lo primero que toco es la cicatriz.

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  1. siempre la sorpresa. las frases q te sala las heridas. es un placer y una pena.
    un abrazo enorme niño.

  2. Siempre sabemos. Las mujeres siempre sabemos cuando un hombre deja la puerta abierta.
    Y
    La remera sólo conseguiría sedarte, pero la pollera tiene el color del desastre…

  3. tu cuento está envuelto en un clima apolíptico tan perfecto que me da miedo, porque por más ficción que sea todo lo escrito acá me voy reconociendo en todas las acciones de este personaje, y mis propios Rominos y Anitas y Mónicas -tres, tan parecidos, en masculino-se parecen tanto, o estoy tan paranoica, que el aura de inminente desmoronamiento que impregna todo el relato me atrapa a mí misma como si mi propia expieriencia fuera al compás con los pasos de este pequeño invento de ficción (cuyo nombre no sé si no escribiste aún o me lo pasé sin querer) y estuviera por tanto por tocarme a mí una estrepitosa caída en simultáneo. lo que es la cola de paja.

  4. …“Entre un color y otro, la distancia define un destino…”
    Tan a flor da pele!!! Un alivio para tanta distancia, nostalgioso simulcop!
    Un escritor con gesto cómplice invita al mate de siempre y una Anita aniñadamente señala un botellita de vinardi para luego. Y parece que ha despertado ya el monstruo azul…
    Entre una flor y otra, restos de pétalos entretejiendo una cicatriz multicolor.

  5. he cambiado, pero aún mi corazón permanece intacto, tan intacto como ayer…

  6. Después del cagadón a pedos, gracias por that one.
    Tiene unas cuantas cosas que no enumero por muchas, por temor a que la enumeración se convierta en copia fiel del relato. Unas cuantas cosas que son, sencillamente, hermosas. Como algunos simulacros de depresiones, esos que son ya la punta de alguna catástrofe esperada. Flores, Fuegos y Salud!

  7. “no simules depresiones”, “no simules depresiones”.
    ya sé, ya sé.

  8. …como para deslizarse en un arco iris con olor a hierbas, lindo viaje éste…próximo destino?

  9. que sufrimiento, de verdad, que sufrimiento…

  10. Anaranjadas como todas las prendas de ropa que no tengo en mi placard.
    Todos deberían tener cicatrices.
    Yo tengo una en la mano,
    y me encanta.

  11. huy papá! qué sigue después de esta serie? una de tiros?

  12. Que lo parió… Esta serie es más enganchadora que Lost. Y con el mismo suspenso que se prolonga por una semana ¡Quiero el final!

  13. Para mi, más enganchadora que Héroes. Igual, eso!!! queremos el final, queremos el final… (Aunque suene a síndorme de abstinencia, estamos como beishaflor sin polen…flores, flores, flores!)

  14. te cambio un 156 fotos x el final

  15. sencillamente impresionante cuento!! felicitaciones!! ahota mismo voy a tratar de leer lo que más pueda. un abrazo.-

  16. uuuuueeeeeee qué pasó?

    Hace dos semanas que no veo nip tuck y un montón que estoy esperando el final de estas Flores!

  17. Esperemos que se trate de algo así como los paros de guionistas del país del norte…esperemos que nuestro gionista se encuentre bien.

  18. Bello, como todo lo que escriben esas manos. Te quiero

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