RELATOS

Che Culiau’

In Uncategorized on mayo 10, 2010 at 8:57 pm

Esta nota salió publicada el domingo 9 de mayo en La Voz del Interior.

Todas las calles del centro tienen nombres de obispos, el otoño es cruelmente frío y en una de las últimas cuadras de la ciudad vive la familia Moli. En Villa del Rosario la gente habla rápido, con una ligera tendencia a aplastar las eses contra los dientes. Hay bares muy parecidos entre sí, con esa clase de mesas y sillas que parecen no haber sido nuevas nunca. En esas sillas se sientan hombres que prefieren el vino con soda, algún juego de naipes, la tele prendida para que haga ruido. Se concentran en la mano de cartas, de vez en cuando se ríen de algo, sin demasiado estruendo. Hasta que en la pantalla aparece Fabio Moli hablando con Jorge Rial y uno dice, medio de relajo: “miralo vo’ a ese culiau”.

La casa de los Moli está en un barrio humilde del pueblo y no se destaca demasiado. Bajo el techo construido por las mismas manos del boxeador vive “La Negra”, primera novia y esposa de “La Mole”, y cuatro de sus cinco hijos. La mayor, que ya tiene un hijo propio, vive a pocas cuadras. No les gusta salir en fotos, y reciben a la prensa con una mezcla de extrañamiento y cansancio, con amabilidad, claro, pero también con un recato particular. No es recelo: la familia no expone su intimidad, pero es más por no considerarla demasiado interesante que por algún tipo de prurito de privacidad. Ya están acostumbrados a que el padre aparezca en los medios, y aunque ahora la escala de esa exposición se haya multiplicado, la cosa sigue siendo más o menos igual: “sigue siendo el viejo… ese viejo culiau”.

En el bar tampoco hablan mucho de Moli. Ninguno niega el cariño, dan por sentado que está todo bien. Pero hay algo como de resignación en el tono. Como si al mismo tiempo que dijeran que lo quieren, estuvieran admitiendo que lo disculpan. Sucede que La Mole tiene un vasto prontuario de “moquero”, un legajo de descontroles de juventud que pone al pueblo ante una disyuntiva: quererlo por lo que es desde hace poco más de 10 años, o preferirlo lejos por todo lo que Moli fue hasta que dejó el alcohol. La balanza se resuelve para el lado de juntarse todos a verlo bailar, reírse un poco de la situación y seguir la vida, ver qué viene en la próxima mano de cartas y hacerle señas al mozo para que renueve la soda. “Uno lo va a querer siempre, porque es de la Villa… porque uno lo ha visto crecer a ese culiau”.

Lo contrario del eufemismo
¿Hablan todos como él, o cuando hablan de él se adaptan a ese registro insistente en el uso del “culiau”? Como una especie de epidemia simpática, la palabra más cordobesa del diccionario del insulto se esparce ahora por la televisión y por los videos de YouTube con más benevolencia que escándalo, con esa simpatía especial que despierta el lenguaje atolondrado del boxeador, su capacidad particular para encontrar lo contrario de un eufemismo cada vez que habla. Fabio Moli acierta, cada vez que quiere decir algo, con la manera más escatológica posible de decirlo: no tiene miedo de volar, se “baña en bosta” cada vez que se sube a un avión, no dice que es un hombre fiel, dice “ninguna cajeta me va a sacar de la cabeza a mi negra”.

La Negra, mientras tanto, lo mira por la tele a un volumen atronador.

El aparato gigantesco está rodeado de fotos que recuerdan la época más activa del Moli boxeador, retratos en los que La Mole sale siempre con la boca bastante abierta, con ese gesto indescifrable entre la mirada vacuna y el examen de quien mide la distancia necesaria para pegar una trompada. En otras fotos aparece sonriente, al lado de su hija en un cumpleaños de 15, o junto a su esposa, en la fiesta de casamiento.

En ninguna de esas celebraciones el boxeador bailó: “me hice sacar fotos parado, quietito… siempre fui de madera para el baile”. Todos se ríen un poco nerviosos ahora que medio país habla del movimiento de pelvis de La Mole, como si no pudieran evitar el chiste sexual que sugiere ese cuerpo de más de 100 kilos con sus novedosos movimientos. Y de hecho nadie lo evita: él mismo sale en televisión nacional diciendo que la Negra le exige repetir el perreo cama adentro, y evaluar en la intimidad aquello a lo que el jurado de ShowMatch le ha puesto notas como de prueba escolar.

Gringo vivo
Ni familia ni pueblo temen por él: es un gringo vivo, se confía en su fortaleza con la misma seguridad de quien siembra soja en los alrededores. Se sabe que hay buen suelo, que el piso desde el que La Mole coquetea con la farándula es firme. “Yo estoy bien parado, yo sé muy bien para qué quiero esto: no voy a pelotudear, ni nada de eso, yo voy, disfruto, junto un poco de plata que me ayude y me vuelvo a ‘las casa’”.

Da la sensación de que la lección más importante que le dio el boxeo a Moli es la capacidad de controlarse: primero, controlar esa masa descomunal de hueso y músculo, medir la distancia y la violencia de sus golpes, la fuerza de sus piernas. Después, a controlar el desenfreno, medir la conducta fuera del ring, aprender a pararse. Algo de ese aprendizaje se traduce ahora en una sorprendente elegancia de bailarín, en la delicadeza con la que trata a su “soñadora” Mariana Conci  y en la tosca precisión de sus movimientos. No está en su medio natural, no se mueve en su elemento, pero en lugar de demostrar alguna incomodidad al respecto, parece haber entendido que la clave está en contaminar ese mundo nuevo con su propio espíritu. (Ver “Día de entrenamiento”, página 6) Su estrategia no es encajar, sino que el mundo se adapte a él. ¿Cómo le va en ese juego? Ver a Tinelli repitiendo “ese culiau” puede ser una respuesta.

Lengua madre
El último en llegar para la foto familiar es Leonardo Fabio.

Probablemente media Córdoba lo recuerde como aquel nene desbordado por la emoción de ver caer a su padre por televisión, durante los dramáticos minutos que duró la pelea contra Vladimir Klitschko. El tiempo obró en aquel nene un trabajo de moldeado a imagen y semejanza de La Mole: la misma cara, el mismo gesto boquiabierto, la promesa de la misma altura y, por supuesto, el mismo lenguaje: “Si serán culiau ustedes, que lo dejan afuera al otro culiau”, dice, con compasión por el chofer del diario que espera en la vereda al cronista y al fotógrafo.

“Viene todo el mundo, ahora. Yo ni les abro. Les abrí a ustedes porque el Fabio me avisó que iba a venir uno de La Voz, de barbita y cara de gay”, explica La Negra. Jerónimo despliega los dibujos que sus compañeritos de jardín de infantes hicieron para su padre.

Leonardo Fabio se sacude la cal que acumuló en la obra: dejó el colegio hace dos años, y su padre no le dio más opción que trabajar. Después de las fotos se va a la práctica de fútbol. Juega de nueve en el club Polideportivo, y ya aprendió la primera lección Moli del deporte:
“si juego el sábado, los viernes no salgo”.

La Mole tiene un latiguillo: a cada persona que saluda le dice “mi negro”, o “mi loco”. Se los apropia, los incorpora a un mundo en el que el respeto se impone hablando rápido y con el torso hacia delante.

Despierta una doble sensación de ternura y sumisión, porque es de esa clase de personas que hacen de la humildad su fortaleza, pero que también le asignan a esa misma humildad una naturaleza como de ley, una clave que divide a las personas entre los que son “buenos changos” y los que son “una mierda de tipo”. Y carece de prejuicios: su primer acercamiento es abierto, confía en que el otro “tiene buena leche”. Si después las cosas salen mal, será problema del otro. Un problema de 120 kilos.

En un comedor sobre la ruta seis hombres hablan de los beneficios de la achicoria. En la tele, Banfield pierde contra el Inter, o alguien vende aparatos para reducir la grasa abdominal. “Poné Tinelli”, le piden al cantinero. El dueño avanza hacia el televisor condescendiente pero refunfuñando. “Vamo a terminá bailando todos como John Travolta, gracias a este culiau”.

Nota Relacionada:

Día de entrenamiento

Fabio Moli se despierta a las seis de la mañana. De lunes a viernes vive en Córdoba, cada 15 días viaja a bailar a Showmatch y los fines de semana los pasa con su familia y con su amigo Juan Díaz, en Villa del Rosario.

A las siete ya está junto a su entrenador en el Parque Sarmiento.

Corre una hora, hace un poco de guantes en preparación para su pelea del viernes 14 en Pilar, contra Ezequiel “Chiquito” Zárate, y después se va a la academia de su coach Yanina Colomé, en barrio Jardín. Allí lo espera su soñadora, Mariana Conci.

Elonga, se queja de que no consigue sparring (el único en Córdoba capaz de soportar sus golpes cumple una condena de cinco años en la cárcel) y tira chistes. Todo el tiempo. Cuando la rutina sale mal, le echa la culpa a Mariana y pide empezar de nuevo “de arrancada”. Cuando Yanina le sugiere ciertos movimientos, su principal preocupación se expresa en una pregunta recurrente: “¿no quedo muy putazo, así?”.

Aprende rápido, sabe controlar su cuerpo para frenar donde debe frenar, gira, avanza y retrocede con movimientos precisos. Lo único que parece escapar a su dominio es la mirada, que, contra los consejos de la entrenadora, insiste en fijarse en las curvas de la cola de la bailarina. Mariana lo soporta con gracia de princesa, dosifica el castigo con algún mínimo reproche o con su arma más poderosa, sus ojos claros. Entonces él le ruega: “no me pimpinié’ con lo’ojo, que me descroncetrai”.

Bella y bestia en una coreografía de los extremos: de la sonrisa redonda de Moli al gesto de fina elegancia luminosa de Mariana parece haber una distancia infinita, pero boxeador y bailarina ponen algo más que el cuerpo para salvarla, una especie de energía sumamente alegre.

El resultado es gracioso al principio, seductor por parte de ella y tierno por parte de él, una combinación emotiva de belleza, voluntad e ingenio.

Cierta tensión erótica es inevitable: la cordobesa de 19 años es una bomba, y a la Mole no se le escapa una: “¿Viste cómo se besaron anoche la Escudero y el otro? Me parece que nosotro’, algún beso nos vamo’ a tené que dar”…
Suena el teléfono de Moli y Mariana se queja por la interrupción del ensayo. La Mole la mira, abre los brazos, echa el torso para atrás como quien le da lugar a lo evidente y exclama “es Rial, culiada… ¡no le puedo decir que no!”.

Nota realacionada:

Contra las cuerdas.

–¿Cómo comenzó todo esto?
–Yo estaba con Moria y Garbellano, en Carlos Paz, y Tinelli lo llamó al gringo Dáscola, mi representante. Al principio dije que no, pero después la Negra me convenció. “Ahí tenés que estar”, me dijo.
–¿Cuáles eran tus antecedentes en la danza?
–Tengo 40 años y no había bailado nunca. 
-¿Ni el vals en tu casamiento?

–Ni eso. Cuando mi hija cumplió los 15 me quedé parado. Me sacaban la foto duro ahí.
–¿Cómo fue el primer entrenamiento?
–Le pedí paciencia a la coach. Le dije: “no quiero que me puteen ni que me rompan los huevos, yo soy muy bueno pero  si me agarra la mala me voy a la mierda”. Ella me dijo que me quedara tranquilo, y me demostró que es una mina bárbara, divina, paciente. Y muy positiva.
–¿Estás entrenando más que para pelear?
–¡Pero claro! Antes salía a correr una hora y me volvía a las casa’. ¡Ahora estoy cuatro horas acá!
–Tenés una pelea en agenda…
–Sí, el viernes 14, contra el chico Zárate, que viene invicto.
–¿Le vas a quitar el invicto o lo vas a invitar a bailar?
–¡Noo! Nosotros sabemos que nos tenemos que cagar a trompadas.
–¿Le tenés miedo a la fama?
–Tengo bien los pies sobre la tierra, mi negro. A mí no me maneja nadie.
–¿Y no te tientan los excesos, las mujeres que trae la fama?
–No hay como mi Negra, loco. Hace 22 años que estoy con ella, tengo mis hijos, y ninguna cajeta en el mundo me va a sacar la idea de mi mujer.
–¿Y qué les dirías a todos los mediáticos con los que te cruzás ahora?
–Que tienen que ser más humildes. Ta bien, ellos se pelaron el culo para estar donde están, pero ellos están y viven gracias a la gente. La gente les da de comer.
–¿Cuánto le debés vos a la gente?
–Yo siempre digo que soy 30 por ciento obra del doctor Sodero, que fue el que me descubrió, un 30 por ciento lo hicieron ustedes, los periodistas, y el otro 40 por ciento se lo debo a la gente, a los que iban a pagar la entradita para verme pelear.
–¿Cuándo se olvidan los famosos de la gente?
–Cuando le dan vuelta la cara. A la gente hay que cuidarla siempre. No sólo cuando la necesitás para que te llene el teatro. Vo’ tené que cuidar a la gente “andés o no andés”.
–La gente te reconoce un poco más , ahora?
–A mí siempre me han reconocido, no tanto en Buenos Aires, pero acá sí.
–¿Y ahora, en Buenos Aires?
–¡Ahora sí! Voy por la calle y todos me dicen “¡eh, culiau!”, “¡chau, culiau!”… Les he pegado el “culiau” a todos los porteños.
–¿Por qué no viajás en avión a Buenos Aires?
–Porque me baño en bosta. Me cago todo. Es una cosa que no te das una idea cómo sufro.
–¿Y no te ofrecieron pagarte alojamiento en Buenos Aires?
–¡Me ofrecieron todo! Son muy buena gente, me pagan todo… pero yo no quise. Yo no dejo Córdoba.

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  1. Hola Emanuel! Una casualidad lleva a otra y desde que tenía 20 años que no escuchaba sobre Agua de Oro. Pasé unas hermosas vacaciones ahi, a mis 18 años (hace 20). Fuí con quien era mi novio en ese momento y uno de sus mejores amigos, tenía casa ahi, quizá la siga teniendo, se llama Segio Cucciara. Recuerdo que era un lugar muy tranquilo. Qué teniamos que caminar mucho para llegar a una tiendita donde abastecernos. Bueno, eso, llegué de casualidad a tu blog y en este frío lunes recordé ese lugar. Abrazos

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