RELATOS

Alice Munro

In Uncategorized on noviembre 21, 2009 at 5:29 pm

Hay que leer a Alice Munro. Hay que buscar sus libros, pedírselos al librero, esperar que lleguen desde Barcelona o desde Buenos Aires. Incluso hay que aprender inglés sólo para poder leerla en su lengua original. Hay que dejarse llevar por el atolondrado fanatismo que puede despertar el descubrimiento de la maestría con la que Alice Munro cuenta, en las pocas páginas de cualquiera de sus cuentos largos, el destino de una vida.

Munro vende muchísimos libros en Canadá, el país en el que nació en 1931. Durante la década de 1990 se convirtió en un secreto a voces en el resto de América del Norte, un rumor de exquisitos que comenzaban a considerarla la mejor escritora viva en lengua inglesa y que promovían su lectura con el entusiasmo de los descubridores. A la Argentina llegó por medio de libros importados, y en algunos casos gracias a las precisas traducciones de Marcelo Cohen (hay que leer a Alice Munro traducida por Cohen: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio debería ser una materia en la escuela de traductores). Su recepción crítica se inauguró con un artículo también entusiasta y seductor de Graciela Speranza, directora junto a Cohen de la revista Otra parte. Una película de Sarah Polley, Lejos de ella, basada sobre uno de sus cuentos, también hizo sonar su nombre por ahí. La distribuidora nacional del sello español RBA percibió el fenómeno y trajo El amor de una mujer generosa. Después llegó Escapada, y la esperada Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Hacia finales del año pasado llegó por fin La vista desde Castle Rock, el último libro escrito por Munro hasta el momento. En Córdoba, todos esos títulos eran difíciles de encontrar: había que encargarle al librero que los traiga, esperar que lleguen, esperar que el librero no se los venda a otra persona, y domesticar la indignación que provoca el precio europeo de las cosas. Todo eso valía la pena. Ahora el sello Del Nuevo Extremo distribuye con cierta regularidad esos pequeños tesoros.

Quedan varios títulos por traducir: Dance of the Happy Shades (1968), Lives of Girls and Women (1971), Something I´ve Been Meaning to Tell You (1974), The Beggar Maid (1978), y dos traducciones de las que en Argentina no se tiene noticia (parientes en España, ya saben qué traer cuando vengan), Las lunas de Júpiter (Versal, 1990), Amistad de juventud (Versal, 1991). Finalmente, Del Nuevo Extremo anuncia la distribución de El progreso del amor, publicado en inglés en 1984, para los primeros meses de 2010. Una de las mejores noticias acerca de leer a Munro es que queda aún mucho por descubrir.

Ovacionada.
¿Por qué hay que leer a Munro? ¿Por qué despierta esta mujer ese deseo de recomendación que parece un tanto desfasado de los tiempos de la crítica contemporánea? ¿Qué tienen sus libros, tal que cualquier aproximación crítica parece chocar con gusto contra el impulso de ovación? No es una escritora de vanguardia, sus historias ocurren casi todas en ambientes rurales canadienses, en períodos de tiempo que van desde finales del siglo 19 hasta mediados del 20. Ha escrito una sola novela, Lives of Girls and Women, que es más bien una colección de relatos ligeramente encadenados por la recurrencia de algunos personajes. No tiene, tampoco, ninguna predilección por lo escandaloso, por la ruptura formal o siquiera por la discusión política. Sus libros no tienen casi nada de lo que tienen los libros que más se venden en el mundo. Y sin embargo es imposible dejar de leerla, es imposible dejar de identificarse con sus personajes o resistir la profundidad con la que observa la vida interior de las personas. Es imposible, también, resultar ileso de su lectura. Algo toca Munro cuando escribe, algo que tiene que ver con nuestra comprensión del amor y de la familia, del destino, de las marcas de la vida, de las vueltas que puede dar una biografía para volver a encontrarse frente a lo que más la atemoriza o conmueve.

Sus historias son, ante todo, entretenidas: si bien Munro tiene una precisión descriptiva asombrosa, y logra momentos de reconstrucción histórica que parecen recrear al detalle un pasado remoto, esa tarea levemente historicista queda muy en segundo plano frente a la potencia de las anécdotas. Historias en las que el azar, la educación sentimental, los rumores de pueblo y las búsquedas personales terminar por unir o desunir a la gente, por poner a la gente frente al abismo de sus emociones.

Mujeres de pueblo. Algo enérgicamente femenino atraviesa su estilo: Munro ha contado varias veces que escribió gran parte de su obra en los intersticios de su tarea doméstica, mientras sus hijas dormían la siesta o mientras su esposo disfrutaba de la sobremesa. Una tensión constante entre la predestinación social y la voluntad personal parece haber nacido de esas rutinas, y al mismo tiempo una solución amorosa a esa tensión parece haber evitado la salida fácil de la rebeldía. Una conciencia trágica de la mujer en el mundo está detrás de las anécdotas que Munro toma, primero, de su infancia y de la historia de su madre –la principal fuente de material de la que se ha servido la escritora en sus primeros libros–, y luego de lo que oye en el pueblo, de lo que le cuentan las personas que la rodean. Sus cuentos tienen una relación clara con aquello que llamamos realidad, con la ventaja de que Munro sabe que aquello que llamamos realidad es oscuro y misterioso. Su principal arma para transmitir esa consternación frente a la densidad de lo que pasa es una adjetivación copiosa pero certera, y el uso reiterado y al mismo tiempo sutil de adverbios de modo, un ejercicio de suma precisión que parece nacer de un respeto sagrado por la imagen, por el modelo, pero también por el retrato emocional de la situación.

Alice prefiere el rumor, el chisme en su acepción más generosa, el temeroso murmullo del pueblo, antes que la plana seguridad de una noticia. Apela a esa cuestión un tanto mágica del cuchicheo y de la transmisión familiar del conocimiento. Vuelve a la infancia, y esa vuelta adquiere cada vez un espesor más dramático, una exploración de cimientos capaz de sacudir un edificio.

Sus cuentos son largos, uno debe disponer de por lo menos una hora o dos para leer uno completo: será la mejor hora del día, la hora en la que una experiencia íntima de la literatura podrá ofrecer, además del placer de una historia bien contada, un vistazo sobre las posibilidades de explorar la libertad (explorar todo lo que una mujer puede o no puede hacer en la sociedad, indagar en las fuerzas ancestrales que la convierten en un ser que debe combatir a la naturaleza y a la historia para ser libre, pero también todo lo que un hombre puede ser cuando se enfrenta a su propia libertad), sobre la condición amorosa, sobre las tensiones entre los paisajes de nuestra infancia y los de nuestra fatal adultez. No es un vistazo sencillo, aunque venga con la amabilidad de una prosa delicada: la distancia entre los sueños de la inocencia y las pesadillas de la experiencia puede ser tan hermosa como brutal, tan dulce como rabiosa.

Un deseo claro, continuo, de movernos en su elemento, de contagiarnos de su minuciosa preocupación por lo que está adentro de uno mismo y de los otros. Un entusiasmo burbujeante. Algo parecido a la felicidad. Por esas cosas hay que leer a Munro.

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  1. Sí, Munro es capa. Tengo muchos libros de ella, en inglés. Runaway, Hateship, Friendship…, the Moons of Jupiter, The view from Castle Rock, The beggar maid, Dance of the happy shades. Si querés alguno de esos y venís por Baires o algo, avisá.

  2. Ah, ¿leíste a Jumpha Lahiri? Es una de esas escritoras que se nota que leyó a Munro… Muy interesante. Aunque después de leer 5 o 6 historias se empiezan a parecer todas. Cosa que no pasa con Munro.

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