RELATOS

Soga al Cuello

In Uncategorized on octubre 8, 2009 at 2:24 pm

El día que nos demos cuenta de que convivimos con un ser mágico, quizá esta ciudad se vuelva más amable. Alguno de los inútiles ministerios del Estado debería servir alguna vez para que sea ley caminar esporádicamente por Córdoba junto a Jorge Cuello, un hombre que parece adelantarse a cada paso para dibujar la ciudad que su acompañante pisa. No siempre es un paseo saludable: las necesidades —la necesidad de magia, en este caso— no tienen que ver con la salud. Pero, sí, siempre es un paseo interesante. Jorge tiene el aspecto, los gestos desmedidos, el pelo y el perfume de un loco. Una vez lo vi salir de una fiesta, yo estaba en la vereda, descansando del baile, junto a otros amigos. Cuello irrumpió desde la puerta, con una botella de champán bajo la axila y el paso destartalado pero firme de un elefante sumamente delgado. Los que estábamos fuera comentábamos que la fiesta estaba muy bien. Cuello interrumpió y dijo: “Y como si todo esto fuera poco… ¡me voy!”. Y dobló como doblan los androides, 90 grados en un solo movimiento, nos dio la espalda y se alejó caminando. Nosotros sabíamos que Jorge no tenía un peso, y que vivía a más de 60 kilómetros de la fiesta, en Villa Las Rosas, pero también sabíamos que de alguna manera iba a llegar a su casa.

Lo conocí hace 10 años, mientras pintaba un cuadro enorme que era su versión personal del Kama Sutra y que se llamaba Con paciencia y con saliva. En aquella época, en sus pinturas y en su cabeza siempre estaban pasando muchas cosas al mismo tiempo, y en la mitad de esas cosas la gente no tenía ropa. Una parte de ese Cuello un tanto desaforado y excesivo abrirá una muestra el miércoles, en la biblioteca de la Universidad Católica de Córdoba (Trejo 323, a las 19). La muestra se llama “Mandala, Cuello, mandala” y consiste en una serie de dibujos circulares o mandalas que se llaman Mandala a la concha de su madre, Mandala bien lejos, Mandala a la peluquería, Mandala a freír buñuelos. Y así. Cuando lo llamé para preguntarle sobre la naturaleza de esta serie de pinturas lo primero que me dijo fue: “Me separé”. Después me contó que el mismo día en que se separó de la madre de sus hijos más pequeños, había muerto su propia madre. “No fue un buen día”, me comentó.

El arte del mandala consiste en buscar la meditación y la concentración a través de un soporte gráfico, una representación geométrica de las relaciones entre micro y macrocosmos. En el brahmanismo y en el budismo, los mandalas permiten a quien los utiliza reintegrarse en el universo y en la unidad de conciencia absoluta. A Jorge le sirvieron para salir adelante, y salió según su estilo, con el paso destartalado pero firme de un elefante sumamente delgado. Salió a pintar de nuevo la ciudad por la que habremos de caminar sin saber que convivimos con un ser mágico que, como si todo esto fuera poco, volvió.

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