RELATOS

Nubes (dos)

In Nube, Relatos on noviembre 17, 2008 at 11:29 am

Horacio Cortés Vil decía ser descendiente indirecto de un expedicionario francés que en 1926 llevó a cabo una hazaña extraordinaria: viajó de Río de Janeiro a Lima en automóvil, atravesó un continente sin caminos, con el solo objetivo de establecer un mapa de rutas y de ser el primero en unir tres capitales y dos océanos, haciendo escala en La Paz. El convencimiento de Horacio era mucho más fuerte que las posibilidades de su genealogía, y con esa fuerza semejante a una terquedad apasionada, se había dedicado al estudio cultural del automóvil, a los vínculos para él indisolubles entre el desarrollo de la civilización en el siglo 20 y la invención y evolución del auto. Se consideraba un experto y su erudición podía resultar tan apabullante como probablemente falsa, y una parte de sus estudios diarios suponían un repaso de los avisos clasificados en busca de autos en venta, modelos raros, posibles portadores de anécdotas capaces de enriquecer la historia universal que, desde su casa de barrio Iponá, estaba escribiendo. Había comenzado por revisar sólo los clasificados de autos en venta, pero después, ante el temor de que un error del diagramador del diario dispusiera un aviso importante en cualquier otra sección de los clasificados, hizo rutina el repaso global de la sección, en un ejercicio que le llevaba 45 minutos y que muy de vez en cuando le deparaba un dato de interés. 

El 12 de septiembre encontró un aviso que lo inquietó. No tenía teléfono ni dirección de Internet, ningún dato. No hablaba de autos. Pero era un aviso extraño, que le resultó seductor e intrigante. Tomó la coincidencia de la fecha del aviso con el inicio de la travesía de su supuesto antepasado como una señal del azar o como un mensaje de algún dios en el que él no había tenido básicamente tiempo para aprender a creer, y trató de seguir el rastro del club de espectadores de nubes. Por una semana vio que el aviso se repetía sin agregar datos, pero el 19 de septiembre, ochenta años después de que Roger Coirteville y su esposa se fotografiaran junto a unos aborígenes del mato grosso, y sin que ese hecho tuviera absolutamente nada que ver con ninguna nube, leyó la dirección de la casa de Germán. ¿Qué sería exactamente un club de espectadores de nubes y por qué tendría este método tan particular de sumar socios? La extraña inquietud que ese aviso había sembrado en Horacio le impedía incluso terminar de revisar la sección de clasificados, y con un agitación que él comparaba a la primera vez que vio un Renault de seis ruedas como el que usara su antepasado en Brasil, buscó la dirección y tocó timbre. Muy pocas veces tocaba el timbre de alguna casa, porque muy pocas veces salía de la suya, y esa mínima experiencia de pulsar ya era una novedad. Incluso pensó en  darse por satisfecho y pegar la vuelta antes de que alguien abriese la puerta, pero Germán no le dio tiempo, a pesar de que se había demorado por acción de cierta desilusión. Íntimamente, Germán hubiera pagado para que nadie más se sumara al Club después de la bendita suscripción de Melina. Igualmente abrió la puerta y vio a un hombrecito pequeño, que tenía la extraña cualidad de aparentar varias edades, todas ellas entre los 24 y los 40 años. 

-Pase, pase. Es nuestra primera reunión. Ella es Melina. 

Horacio se presentó, y en secretó lamentó que no hubiera mujeres hermosas en el grupo. Melina estaba bien, pero nada fuera de lo común. Tampoco había amantes de los autos, ya que el suyo era el único estacionado afuera, y en la casa no había ni una sola imagen que sugiriese una pasión automotriz. ¿Cómo podía alguien moderno no amar a los autos? Para Horacio, no habría modernidad de no ser por los autos, y reclamaba ese reconocimiento con una insistencia que lo había convertido en un ser antisocial. 

-¿Por qué nos reunimos en un living? ¿No deberíamos juntarnos en el patio, para ver las nubes?

Germán lo odió, por un instante toda su energía se concentró en un único punto del cráneo de Horacio y se imaginó que ese esfuerzo podría generar un rayo destructivo que decapitara a ese intruso. Pero se contuvo, y salieron al patio. Los tres. 

El cielo estaba apenas cubierto por un velo fibroso, extenso y ondulado. Una nube sutil apenas perceptible. 

-Cirrostratos –dijo Germán-. Si tenemos suerte, por la noche esta nube hará que la luna tenga una aureola blanca. 

Y se sorprendió de no decir la siguiente frase que se le ocurrió, que vinculaba la potencial belleza del cielo a la acción divina. 

Melina sonrió. 

-Estás loco.

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  1. No sé qué opinarán tus otros lectores, pero yo me quedé con ganas de más AMARILLO.

    A este no lo engancho, todavía.

  2. que vuelva amarillooooo

  3. Se está llevando a cabo una “campaña” de descalificación y maltrato de mi biblia elegida “Peinate que viene gente”. En diversos blogs se acusa de “complot” a José. No será mucho? Llamar a Alemanía y arreglar para ganar un premio me aprece demasiado…

    Tal vez tenga que ver con que Bestiaria ha sido elegida para salir segunda de por vida. El año pasado le gano una señora de 93 años, esta vez le ganara Playo y el año que viene sus libros rebalzaran todas las mesas de saldos…

    Espero que nos ahgamos cargo de esta situación, para que quede demostrado que el público es el que vota y no existe ningún tipo de complot…

    Se ven al rato…

  4. Y sigo acá, me acomodé en la parada del A5, a esperarte. Tengo la suerte de los que no esperan nada de la suerte, al menos no llueve y tengo tiempo para esperar.

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