RELATOS

Amarillo XIII

In Amarillo, Relatos on noviembre 4, 2008 at 11:24 pm

Dos meses después de la muerte de su hijo, la madre de Mora comenzó a tomar clases de piano. A los tres meses pidió el divorcio. A los seis meses se mudó a Perú. El señor Catena no opuso resistencia y no expresó ni acuerdo ni desacuerdo. Durante dos años no hizo nada, o hizo apenas lo imprescindible para cobrar su sueldo. Un breve período de recesión en la empresa le permitió jubilarse antes de tiempo y comenzó a tomar clases de inglés. 

Hasta el accidente, ambos habían llevado una vida de costumbres, una vida que tenía la apariencia de ser común, corriente y normal, pero que ninguno de los dos, profundamente, sentía como una vida verdadera. Tampoco el accidente llevó verdad o sensaciones genuinas al matrimonio, claro, pero unos años después cada uno parecía, por su lado, vivir por lo menos una vida más intensa. Trágicamente intensa, al principio. Pacíficamente intensa después. 

El señor Catena se preocupaba de que a Mora por lo menos no le faltara nada, y entendía esa tarea como la misión de que a Mora no le faltase dinero. A la señora Catena le preocupaba principalmente que Mora viajara a Perú y conociera las ruinas del Machu Pichu. Más o menos un año después de la muerte de Gastón dejó de preguntar por la imposible fecha de algún casamiento. En Perú conoció a un médico coleccionista de arte y se mudó con él. El señor Catena, mientras tanto, sólo tenía aventuras con mujeres menores a él, y algunas incluso menores a Mora. En el reparto de bienes, la casa de campo había quedado para la mujer, pero tras el viaje a Perú los dos estuvieron de acuerdo en que sería mejor que el señor Catena conservara las llaves y, de vez en cuando, le diese alguna utilidad. 

El señor Catena pensó entonces en dejarle la casa a Mora, pero como su hija pasaba más tiempo fuera del país que dentro, la puso en alquiler el primer verano, y el segundo verano la usó él mismo. 

Fueron unas vacaciones al mismo tiempo relajantes y angustiantes. Le dolió pasar en el auto por el lugar del accidente, pero encontró una distracción confortable en la refacción de la vivienda. Él mismo construyó un techo de paja para la galería con vista a la casa amarilla de la lomada. 

En la casa amarilla pasaba sus vacaciones una mujer atractiva, bronceada, de cuerpo fibroso y brillante. Cuando se dieron cuenta de que ambos estaban solos, no demoraron en invitarse mutuamente a tomar mate, casi al unísono. 

Al señor Catena le llamó la atención la propensión de la joven a mezclar palabras inglesas en su discurso habitual, y quedaba desconcertado ante el vocabulario musical de Angie, pero se sentía íntimamente orgulloso cuando reconocía casi todas las palabras referidas al mobiliario doméstico. 

El almacén del pueblo tenía pocos vinos, malos, mal conservados, pero al menos en botella de vidrio. El señor Catena compró dos botellas de Valderrobles y un paquete de fideos, invitó a Angie a cenar, y conjeturó durante toda la tarde si la piel de Angie sabría a caramelo, tal como su color podía hacer presumir, o a flores, o a frutas. 

Durante la cena hicieron un repaso fugaz por cada biografía, y Angie le dijo que conocía al otro chico, al sobreviviente. Que una compañera de trabajo era su hermana. Angie dijo cuatro o cinco veces la frase qué chico es el mundo, y el señor Catena se sintió mareado e impreciso como un dardo lanzado por un pasajero del gusano loco. Se preguntó entonces, en voz baja, y sin que Angie supiera si debía responder o guardar silencio, si tenía sentido fingir cinismo o dureza frente a lo que el destino nos depara, si era siquiera lícito imaginar que al final uno se adapta a todo, incluso a las irónicas, grotescas burlas de la fortuna.

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  1. Observaste que manejo un poquito mejor mi ansiedad? he decidido sentarme en una nube, y colgada, espiar cómo se va tejiendo esta historia. Aunque pensando mejor, creo que la historia se teje en la nubes, porque definitivamente estoy quedando atrapada en la trama.

  2. En las nubes.

    Soy/estoy adicta a ellas.

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