RELATOS

Amarillo XI

In Amarillo, Relatos on noviembre 3, 2008 at 10:57 am

 

 

Me había propuesto explicarle a Lola que el diagnóstico del dermatólogo no era suficiente y que mi piel se había puesto amarilla por Roma. Como quien elabora 12 o 20 jugadas de ajedrez posteriores a la inmediata, memoricé respuestas posibles y maneras imposibles de retomar una atracción que yo mismo había hecho disminuir, si no desaparecer. Desde los primeros síntomas de óxido, había puesto a Lola en la sombra de un eclipse, en una zona ignorada pero no misteriosa. A pesar de que secretamente anhelaba que su matrimonio terminara, mi melancólica enfermedad de la piel me había impedido incluso darme cuenta de que Lola había vuelto a ser una mujer soltera.

Me enteré por los rumores de la oficina, primero, y por ella misma, después. Cuando comenzó a contarme los pormenores de su separación sentí un dolor insólito, una emoción incómoda y similar a la de perder un colectivo por estar mirando el cielo, pero más dramática. 

La invité a tomar un whisky, y caminamos hacia un bar. Antes, había imaginado ese momento como un acto secreto, prohibido, pero caminábamos sin necesidad de ocultar nada, y eso le daba al andar de Lola una sorprendente sensualidad. En algunas veredas, la cantidad de caminantes nos obligaba a replegarnos y pude sentir la piel de su antebrazo como una pequeña descarga eléctrica. Aunque no dejaba de pensar en Roma, en los llamados inútiles y las extensas cartas sin respuesta, el cuerpo y la alegría de Lola estaban desplazando lentamente la prioridad de esos pensamientos. 

Nos sentamos frente a frente, y nos dedicamos una mirada cómplice, como si ambos estuviéramos diciéndonos que nos debíamos ese encuentro, o que finalmente allí estábamos. No esperé al mozo y me mostré asombrado por su separación. Le pedí con gestos exagerados que me contara todo. 

Lola sí esperó al mozo, y me miró para que yo decida. Johnnie Walker, etiqueta verde. No me importa nada, pensé. Lola levantó las cejas, y me dijo que siempre había querido probar ese whisky. Que estaba sorprendida. Cuando el mozo trajo los vasos, el color de la bebida parecía replicar exactamente el color de mi piel. 

Lola me contó que había conocido a un inglés. 

Por cinco minutos no escuché cómo seguía su relato, y me perdí en el cálculo de probabilidades, en la especie de maldición británica en la que se había convertido mi biografía afectiva. ¿Otro inglés?

Le dije a Lola que Roma me había dejado por un inglés. Y perdí el control de los mecanismos de corrección de mi comportamiento y exageré una confesión amorosa, acaso para intensificar el efecto conmovedor de esa coincidencia de gentilicios. Dos ingleses para dos mujeres de las que estoy enamorado. 

Lola sonrió con suficiencia, no se dejó vulnerar por una expresión tan similar a la desesperación de un náufrago que ve un bote que se aleja. Pero sí se interesó por la historia de Roma. Me dijo que su inglés había venido a la Argentina a buscar a una mujer. A una tal Polly. 

A pesar de la exquisita suavidad del Johnnie Walker más rico que se pueda tomar en Córdoba, mi boca fue inundada por un sabor amargo y monstruoso, y toda la belleza de Lola me pareció por un instante una bestialidad infame. ¿Cómo podía ser? ¿Qué clase de hilos trágicos, crueles, unían mi vida a la de ese inglés hijo de puta?

El tono amarillo de mi piel empalideció y Lola detuvo su elogio del whisky, asustada, preocupada. Me preguntó qué me pasaba casi 16 veces. Respondí con una frase que me persiguió por semanas, meses, una eternidad. 

Nos dejó a los dos. 

¿Y dónde estaba, entonces, Roma? 

O mejor aún. ¿Dónde estaba, entonces, yo? 

Lola se cambió de silla y se sentó a mi lado. Me abrazó. Yo estaba llorando, y el llanto me parecía inevitable. Lola me besó la frente, los ojos, la mejilla y la boca. 

Nos dejó a los dos, insistí. 

Lola me secó las lágrimas. Volvió a besarme y después envolvió mi cabeza con sus brazos y la apoyó en su pecho. Yo podía sentir su mentón apoyado en mi nuca. Me dijo que ya estaba, que la vida era complicada. Me contó que se había enamorado de un muerto. Que ya no estaba más con Martín, ni con Niels, porque no dejaba de pensar en un chico que había conocido 15 años atrás. Un chico que se había muerto hacía cinco.

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