RELATOS

Amarillo IX

In Amarillo, Relatos on octubre 31, 2008 at 10:55 am

 

 

Art work from In Rainbows

Art work from In Rainbows

 

 

Como un sueño recurrente, cada vez que Lola había imaginado que se desnudaba frente a otro hombre la película se detenía en el broche del corpiño. Algo le prohibía seguir, o le entorpecía la continuidad de su fantasía. Una incomodidad propia de una prenda que le molestó desde que comenzó a usarla, uno o dos años antes que el resto de sus compañeras de colegio. ¿Cómo sería mostrarle sus pechos a un hombre que no fuera Martín? Martín la conocía, y el esplendor amoroso de su mirada se había transformado con el tiempo en una indiferencia cómoda. Lola podría pasearse desnuda frente a Martín sin que el hecho significase nada, sin lograr que Martín abandonara su concentración en el arreglo de algún electrodoméstico. Pero ahora estaba frente a Niels, frente a un cuerpo extraño. Estaba sentada encima del pubis de Niels y podía sentir la erección del inglés, y como si fuera por primera vez testigo de una tormenta de tierra, comprobaba que podía reconocer cada elemento, el viento, la tierra, pero no el conjunto, la tormenta. Con sus manos en el broche del corpiño recordó por un instante las primeras semanas de clase del quinto grado, la escapada a la plaza de Alta Córdoba, la transparencia de la camisa blanca, alguna broma de los chicos del Corazón de María, y a su hermano. 

¿Por qué venía el recuerdo de su hermano a perturbarla antes de hacer el amor con el segundo hombre de su vida? ¿Por qué tenía esa imagen en la cabeza? 

Mientras Niels jadeaba y le acariciaba las piernas y la cola, y jugaba con los bordes de la bombacha, Lola estaba en otro lado y en otro tiempo, junto a sus compañeras de colegio, su hermano, y el amigo de su hermano. Una tarde común, que se había vuelto extraordinaria por el espectáculo piadoso del perro de tres patas del amigo de su hermano. Un animal agradecido y cariñoso, palpitante como un corazón con taquicardia. Acaso la ausencia de su pata contenía una formidable ansiedad de movimiento, y por eso el perro parecía a punto de estallar. Y su dueño, Gastón, era el único que no había hecho ninguna broma sobre el flamante, incómodo corpiño que la madre de Lola le había obligado a usar. 

Extraviada en esos confusos recuerdos, Lola olvidó la importancia que le había dado a esa especie de nuevo himeneo en el que se había convertido, por acción de sus fantasías y su monogamia, la penetración a cargo de un hombre que no fuera Martín. Lola iba y venía de la plaza a su cama, y en uno de los regresos notó que Niels ya estaba adentro, que su pija ardía, que se sentía como si se estuviera metiendo entre las piernas un objeto inanimado y caliente. Gastón. Dijo. No quiso emitir ningún sonido, pero el nombre de Gastón salió de su boca de la misma manera que el agua brota de una vertiente renovada.  

La última vez que había visto a Gastón bailaban lentos en Molino Rojo. Y esa escena era la que ocupaba su cabeza mientras Niels tocaba sus pechos y corría el corpiño que Lola no había terminado de desabrochar. El perfume de Gastón, la remera, la espalda de Gastón. El preludio que Gastón pergeñaba para llegar a besarla, los movimientos torpemente disimulados, la aproximación de su rostro. Lola lo había dejado llegar muy cerca, pero detuvo el ímpetu del chico en la comisura de sus labios. Nunca supo explicarse siquiera a sí misma por qué lo había hecho, aunque la versión de que aún no era el momento no era del todo insatisfactoria. Gastón no insistió. Dejó de bailar, volvió con su grupo de amigos, pidió una cerveza impostando la madurez que un chico de 14 años cree que corresponde a uno de 18, y buscó a otra chica para bailar. 

Niels tenía la sensación de estar acostado junto a una muñeca sexual, una piel que no ofrecía resistencia pero tampoco participaba del acto, un adorno hermoso pero insuficiente. Lola estaba en otro lado y en otro tiempo, y cuando vio que Niels acababa intentó fingir un gemido, o dar una señal de vida, y después se sintió terrible. Pensó que tendría ganas de llorar, pero no era tristeza ni arrepentimiento lo que la atravesaba, ni mucho menos culpa. Estaba estupefacta, como fascinada, y se dejó llevar por una sensación extraña: el cuerpo desnudo y cansado que tenía a su lado era el de Niels, pero ella había hecho el amor con Gastón. Sonrió, sorprendida por la posible maldad de sus especulaciones. ¿Sería una infidelidad acostarse con un muerto?

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  1. objeto inanimado

  2. el artwork de in rainbows tiene colores ???? en el que tengo yo no !!!

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