RELATOS

Amarillo VIII

In Amarillo, Relatos on octubre 29, 2008 at 10:01 am

La emoción que el contacto con el cuerpo de Lola había llevado a Niels a beber menos de la cuenta, como si su consumo habitual de cerveza hubiera sido reemplazado, durante la noche de la fiesta en casa de Angie, por otra sed acaso insaciable. Lola bailaba con una cadencia que le recordaba ciertamente algunos movimientos corporales de Polly, pero lo más intenso de ese baile era su promesa de novedad, la exquisita suavidad de la piel de Lola y un perfume arrebatador. Niels se sentía a merced de una mujer, nuevamente, y en la intimidad de su cuerpo ese renacimiento adoptaba la forma de una erección imposible de disimular. 

Lola simplemente se dejaba llevar, atraída por el lenguaje torpe de Niels, sus movimientos medidos, su corrección a punto de estallar. Porque ese chico estaba a punto de estallar, Lola se daba cuenta, e involuntariamente pero sin resistirse, jugaba a manejar ese entusiasmo. Como si hubieran puesto un juguete inglés en sus manos, o una materia moldeable que ella estaba convirtiendo casi sin hacer nada en un pene descomunal. Alterada por la trama de esa historia y de ese baile, por la insistencia de Niels en cambiarle el nombre, y también por algunos movimientos que le habían permitido confirmar que su compañero de baile estaba excitadísimo, decidió dejarse llevar por su propio impulso de artesana, y fabricar a partir de esa situación su primera infidelidad, su evento de rebelión. 

Niels usaba un lenguaje híbrido, una mezcla de su inglés londinense y el español que había aprendido de Polly. Su propia, única lengua, no lo dejaba en paz: cada palabra que pronunciaba tenía  la huella de Polly, pero él insistía en sobreponerse. Al fin y al cabo Polly lo había abandonado, y él había cruzado el mundo para buscarla, para saber al menos qué hacer con la ropa y los libros que esa mujer argentina, divertida y sexualmente incomparable había dejado en la casa con la promesa de volver en dos o tres meses. Niels la había esperado, primero, el tiempo prometido. Luego, sin preocuparse demasiado, unas semanas más. Después comenzó a llamarla, sin éxito. A escribirle, también sin respuestas. El padre de Polly tampoco le decía nada, sólo que Polly estaba bien. Que estaba bien, y que había dado expresas, firmes instrucciones de no dar más información que esa. Niels había decidido entonces viajar a la Argentina y buscarla. Tomó clases rápidas e inútiles de español, pero demoró en salir, con la secreta esperanza de que Polly regresara. Dos años después de despedir a Polly en una estación del Heathrow Express, tomó el tren hacia el aeropuerto, primero, y el avión a Buenos Aires, después. 

Llegó a Córdoba en septiembre de 2007. Un calor insoportable, asfixiante. La búsqueda de Polly comenzó en la casa del padre, a la que llegó por ayuda de la guía telefónica. El hombre se había mostrado amable pero firme en su decisión de respetar el pedido de la hija, y Niels no obtuvo precisiones, aunque sí un abrazo sospechoso, un gesto que le hizo dudar de que Polly estuviera en esa ciudad sofocante. Como si el padre de Polly hubiera traducido una información vital a un idioma corporal. Niels continuó buscando, ignoró el alerta. 

Salía por las noches con la esperanza de cruzarla, de verla de repente. 

Iba a fiestas, a recitales, a muestras de arte, a presentaciones de revistas. 

A cada persona que conversaba con él, le contaba su periplo, su delirio romántico. En el imaginario de sus interlocutores la imagen de Polly adoptaba la forma de una monstruosidad insensible. 

Se dio cuenta de que su aventura conmovía especialmente a las mujeres, y mientras bailaba con Lola puso en práctica, con la agresividad de un goleador de fútbol, su estrategia.

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