RELATOS

Amarillo VII

In Amarillo, Relatos on octubre 28, 2008 at 4:45 pm

Le expliqué al dermatólogo que mi piel se había puesto amarilla por acción de una mujer, pero la sonrisa condescendiente que le despertó mi comentario me terminó de convencer de que un consultorio médico no era el lugar en el que debería estar. Como un cono que se abre, esa mínima revelación se extendió desde el consultorio a la ciudad, al país, al continente, y a cualquier parte del mundo que no fuera Londres. 

Pero yo no podía viajar. Mientras el dermatólogo me recetaba dos pomadas y me explicaba una posología irrealizable me perdí en una sospecha: ¿me dejarían abordar un avión con la piel amarilla, o también el personal del aeropuerto sonreiría condescendientemente ante mi explicación?. 

El médico tenía el diario del día sobre el escritorio. El asesinato de Marta había vuelto a ocupar la portada, gracias a un identikit del supuesto asesino. El dibujo era tenebroso y al mismo tiempo tosco y chistoso, y parecía más el rostro de un reptil que el de un ser humano. El dermatólogo se dio cuenta de que yo le prestaba más atención al diario que a su receta y comentó algo sobre la noticia, en un intento poco cortés de retomar el protagonismo en su consultorio. Me dijo que conocía a la víctima. Que cuando se enteró se sintió muy mal, que había sido compañero de colegio de Marta y que le debía una visita a su casa, que Marta siempre insistía en que fueran, él y su familia, a conocer la casa y los perros. No le dije que yo también la había conocido, porque no quise extender la conversación. Quería irme de allí, desvanecerme.

 

No podía saber si Roma ya se había enterado de la muerte de Marta. Intenté varias veces llamarla a Londres, pero me cansé de la voz metálica de su contestador automático. Le escribí, pero jamás respondió. Al principio me reanimé con la esperanza de que Roma no hubiera encontrado las palabras para responder la noticia de una muerte, otra más en el historial de sus viajes. Una noche en casa me había contado que las muertes que había llorado habían ocurrido mientras ella estaba fuera del país. Su hermano, Brasil. Su perro Negro, Londres. Los aviones de vuelta se le habían convertido en una caravana fúnebre sobre las nubes. Pero la deserción comunicativa de Roma se estaba prolongando demasiado. Entonces tuve miedo de que el regreso a la casa y a los brazos de Niels la hubiera convencido de algo parecido a borrarme de su mapa, o peor aun, a tacharme de su mapa como a un lugar al que ya viajó, o como a una tarea ya cumplida. Ese temor de agenda me hizo verme más oxidado. Más transformado en un mueble viejo de hierro de la era industrial, la puerta de un horno de fundición, un metal antiguo y dañado por la corrosión. 

 

Estaba viva: yo podía saber que Roma estaba por lo menos viva porque la casa de su padre no lucía dañada por alguna tragedia reciente. El hombre seguía su rutina laboral con la misma sonrisa de dentífrico que yo le había conocido la tarde en que Roma decidió confesarle que, pese a las ridículas advertencias paternales, estaba viendo a un chico. Por teléfono, el padre de Roma había entablado una particular amistad con Niels, en breves conversaciones durante las que ponía a prueba sus clases de inglés de principiante y comentaba las noticias del mundo como si jugara a ser el locutor de una radio para niños o enfermos mentales. Le molestaba, entonces, imaginar al pobre Niels como un cornudo, pero más le molestaba la posibilidad de que esas conversaciones tan prácticas corrieran, por culpa exclusiva de la topografía banal de mi existencia, peligro. El padre de Roma había estudiado los titulares de la versión on line del Times para recitarla en el teléfono, y estaba entusiasmado con la idea de enseñarle a su yerno la pronunciación correcta del nombre de Evo Morales, pero ¿cómo podría ocultarle a Niels la aberración de la que estaba siendo testigo? Roma lo calmó con cierto desprecio, y su argumento más contundente fue una pregunta: ¿cómo podrías, con tu inglés de mierda, explicarle esta aberración?

Lo volví a ver tres veces más, durante las últimas dos semanas argentinas de Roma. ¿De qué hablarán, ahora? ¿Habrá sabido de mí el yerno perfecto, el inglés? ¿Comentarán mientras hablan del mundial de fútbol de Alemania que fui menos que un problema, una falsa alarma? ¿Roma escuchará a su inglés reírse como un hijo adoptado? 

Recordé uno de mis regalos de despedida para Roma: una suma exacta de las horas que habíamos pasado juntos en todo ese verano, desde que nos conocimos, 246. Antes de que el auto de su padre arrancara y la llevara al aeropuerto, leyó el detalle, la descripción de cada actividad, 30 noches, y una frase afectada al final, una oración mal escrita en la que juraba ser capaz de morir a cambio de la hora 247. Roma me despidió con un beso inolvidable, me tocó el pecho, el abdomen, la pija. Lo último que me dijo fue ¿Cómo negarme a tanta matemática?

Anuncios
  1. uhaa
    yo quiero

  2. ¿Cómo hacés para tener la constancia de sentarte a escribir una entrega diaria? ¿Cómo te sale?!

    En fin, esto deja en claro que la literatura es musas-obreras!

  3. Extraña repetición la de los mapas. Primero fue el mapa de tus bares horribles, y ahora el mapa en el que se tachan los lugares donde uno ya viajó. Preferiría un lugar entre esos bares antes que ser la cruz en el segundo de tus mapas. Ansío el final, esperando que no llegue pronto.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: