RELATOS

Amarillo IV

In Amarillo, Relatos on octubre 23, 2008 at 1:45 pm

La lectura habitual de las noticias ha hecho de mí un hombre indiferente al drama humano. Íntimamente creo que les pasa a todos los que ven más de cuatro horas de noticieros en la televisión, o escuchan la radio, o leen el diario, pero hace años que dejé de sacar leyes generales. Sin embargo la nota principal de la página de policiales me dejó la impresión de que una corriente de viento polar me estaba transformando en la veleta imposible de un iglú. 

Los ladrones ingresaron por la pared del patio, de alguna manera controlaron a los perros, forzaron la puerta. Estaba oscuro, aunque Marta había dejado la luz del baño encendida. 

Yo sabía que Marta siempre dejaba la luz del baño encendida: le tenía miedo a la oscuridad. Había crecido en un hogar sobreprotector, y una sucesión de problemas motrices la había condenado a un exceso de cuidados por parte de su madre. Vivió en la casa materna hasta recibirse de abogada con el mejor promedio de su promoción. Con la herencia de su padre compró una casa en Villa Allende, arrebatada e ilusionada por la irrupción de verdes plantas aromáticas en el patio, y por la posibilidad de, por fin, tener perros. Al poco tiempo, la casa le resultó enorme y terrorífica. Más por tener alguna compañía que por cuestiones económicas, puso una de las habitaciones en alquiler, y en pocos días admitió como huésped a Mora. 

Mora escapaba sin bullicio de la casa de su padre y no quería gastar dinero en alquilar un departamento completo. Estaba ahorrando porque había decidido viajar a Europa, dejarlo todo, comenzar de nuevo. Incluso quería cambiar de nombre. 

En la foto del diario reconocí la fachada de la casa: Roma me la mostró durante un paseo en mi auto. Ahí, señaló, en esa casa viví antes de irme a Londres. Yo hice un gesto de cariñosa comprensión de un entusiasmo imposible de compartir, aunque un kilómetro más tarde le propuse regresar y saludar a la dueña de casa. Se pondría contenta de verte, le dije. 

Así conocí a Marta. Tomamos mate en el patio, y a Roma le conmovió reencontrarse con los perros. Los acarició y jugó con ellos al punto de generar en mí un insólito acceso de celos, la incomodidad de descubrir en una escena ajena la misma mecánica que hacía estremecer mi espalda. Marta conversaba tan amablemente que llegué a tener la certeza de que recibía pocas, poquísimas visitas. La galletitas que sirvió para acompañar el mate parecían haber estado esperando por años la llegada de alguien. 

Ahora su casa estaba en la página de policiales, su nombre no aparecía en ningún lugar, pero la nota decía que el robo había concluido con una víctima fatal, una mujer sobre una silla de ruedas. 

 

(Continuará)

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  1. Creo que empezaré a ignorar el “continuará” e inventaré el resto de la historia. Temo que eso no me quitará el deseo de conocer el final que vos escribiste, al menos tendré consuelo y será más corta la espera!

  2. prometo demorar menos que el A5.

  3. oh.. la fruta era la mujer!

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