RELATOS

Amarillo II

In Relatos on octubre 21, 2008 at 9:29 am

Niels puso un disco de Mano Negra para que su mujer le explicara las letras en español. Durante unas semanas fue un ejercicio travieso, un preludio inquieto para un revolcón. Le excitaba particularmente que Polly hablara en ese idioma tan cálido y al mismo tiempo poco musical. 

La había bautizado Polly por la canción que sonaba en el Starbucks cuando se miraron por primera vez: Niels sostenía una traducción de Pasollini y Polly bebía un Terraza blend. Los dos tarareaban la canción y ambos coincidieron también en moderar la pequeña euforia que se provocaban mutuamente, en un breve e intenso simulacro de indiferencia que parecía gritar desenfrenadamente el lado opuesto de los gestos. Polly había aprendido de sus viajes que dejar pasar una ocasión como aquella sería un gesto de soberbia, algo así como creer que una misma persona puede ser objeto de más de un hermoso golpe de azar por década, o imaginar que la casualidad tiene tiempo suficiente para porfiar en una sola persona hasta cambiar finalmente su vida (no lo supo en el momento de despegar del aeropuerto de Córdoba: de hecho, se había sorprendido de no sentir nada extraño al salir, como si la decisión que había tomado se hubiese naturalizado más allá de las propias expectativas. Lo supo, sí, al llegar a Londres. Pasaría la noche con el primer inglés que le cambiara el nombre).

Polly le explicaba las ambigüedades del idioma en un lenguaje incompleto, cuya versión final terminaba de delinearse con las mímicas de un discurso amoroso y sensual, los aleteos de su lengua cerca del cuello blanquísimo de Niels, las incursiones ligeramente obscenas de su mano entre las piernas vigorosas del hombre que había sabido cambiarle el nombre y el destino, transformarla primero en una canción y luego en la melodía de una novedad, convertir la resaca de su insatisfacción argentina en el brillo urgente de un motor recién lustrado. 

Voy a escuchar este disco todos los días, hasta que vuelvas, dijo, convencido, y mientras lo decía se figuraba por primera vez sin Polly, por primera vez desde hacía ya tanto tiempo, en un departamento tan amplio que podía llegar a ser monstruoso. Polly no pudo evitar sentir una ternura primitiva, una sensación parecida a la de abandonar a una mascota en el borde de un río. Lo besó mientras se sacaba el pantalón, la bombacha, la remera. 

(Continuará)
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  1. “dejar pasar una ocasión como aquella sería un gesto de soberbia, algo así como creer que una misma persona puede ser objeto de más de un hermoso golpe de azar por década, o imaginar que la casualidad tiene tiempo suficiente para porfiar en una sola persona hasta cambiar finalmente su vida”

    muy lindo.

  2. las últimas dos líneas son geniales

    muy geniales

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