RELATOS

Amarillo

In Amarillo, Relatos on octubre 20, 2008 at 3:31 pm

Como a los muebles viejos de hierro de la era industrial, la despedida de Roma me había dejado en el cuerpo una pátina irrepetible, una acumulación de manos de pintura y óxido, un color ambarino.

Se había bautizado Roma por un anagrama simple, un juego de palabras con nuestros nombres y la sensación de que todo lo que pasaba entre nosotros tenía que ver con esas cuatro letras y sus combinaciones botánicas, geográficas y sentimentales. 

Sus llamadas, infrecuentes, milagrosas, comenzaban siempre con una risita incontenible: del otro lado del mundo yo tenía la dulce impresión de que esos sonidos ahogados eran la evidencia de una emoción incontenible. Sus llamadas eran lo opuesto de nuestros encuentros, bestiales, tenaces. Cuando se fue me dejó el color de los muebles viejos de hierro de la era industrial, un óxido único que comenzó a ejercer sobre mi piel un efecto similar al del sarro sobre los dientes, con más problemas estéticos que sanitarios: simplemente me convertí en una especie de robot en desuso, el resto de un naufragio en una ciudad sin mar. 

Esa palidez, esa extraña sensación de decoloración y herrumbre, fue el más visible de los efectos y el primero en manifestarse. Lo noté frente al espejo retrovisor del auto, una mañana sin gracia mientras el locutor de la radio daba cuenta de resultados deportivos que no tenían nada que ver con mi percepción del mundo, reducida por efecto de la melancolía a un censo nulo, una encuesta sin respuestas, una ciudad sin habitantes. En el trayecto hacia la oficina recordé que no me había peinado, que había salido de casa apenas con lo socialmente indispensable para el trámite usual. Entonces me miré al espejo y me vi, amarillento como la compuerta de un horno de fundición. 

Estudié los últimos movimientos, todos acostumbrados e insignificantes, como el estribillo de una canción pop. Nada fuera de lo común, aparte del olvido capilar: me había bañado como cada día, me había afeitado, y había cumplido con casi todos los pasos de mi rutina de aseo, al ritmo de las noticias del amanecer. Me había masturbado sin pena, sin gloria, sin emitir sonido alguno. Había desayunado el mismo café importado, fuerte. Había pensado en Roma en cada uno de esos ejercicios. No había variaciones respecto de cualquier otro día del calendario desde la despedida, una sensación monótona semejante a la de un día después de una fiesta impar. 

Y sin embargo mi piel parecía cubierta por una película de tonos ámbar, y mi rostro había adoptado en algún momento entre dos espejos el aspecto metálico y añejo de una chapa abandonada. 

Llegué a la oficina y evité dar explicaciones, pasé rápidamente a mi escritorio, por primera vez sin besar a mis compañeras de trabajo. Al sentarme me di cuenta de que no había dado explicaciones porque no las tenía, porque para mí mismo esa irrupción pajiza era un misterio. Ninguna de mis funciones vitales había sido afectada, por lo menos de acuerdo a un rápido repaso que me mostró capaz de mirar, tocar, orinar y mantenerme erguido. Se trataba, por el momento, sólo de una cuestión superficial, y por lo tanto cumplí el horario laboral con una eficiencia regular, sin dejar que la coloración extraña de mi piel entorpeciera mi concentración. 

Hacia el mediodía reemplacé el almuerzo con el intento de una llamada telefónica. El aparato me devolvió la repetición de un tono y la voz de androide de un buzón de mensajes, al igual que en los últimos intentos que había hecho, semanas atrás, por comunicarme con Roma. 

 

(Continuará)
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  1. Te tomaste unos días para volver a sacudirnos con tus letras. Está bien, lo tenés permitido. Pero no será mucho, además de la espera, ese “continuará”? No tardes, te espero.

  2. Volviste! Me alegra viejo…

    un abrazo!

  3. …El mismo anagrama te podría haber llevado a un neuropsiquiátrico…
    Pero gracias a las reglas ortográficas, en realidad hubiera sido sólo una fruta ;)

    Recién lo agarro y hasta no terminar no lo suelto, (lo quiero en papel!…)
    Saludos Ema

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