RELATOS

Los ideales – Parte 3

In Los ideales, Relatos on agosto 11, 2008 at 4:18 pm

Parte 1Parte 2

Me responde en inglés. You’re amazing. Sus tetas cantan un coro sorprendente, una música de percusión grave que me atonta hacia el colmo de la lujuria. You’re Amazing. Podría haber adivinado tu perfume en una pileta de barro, no era ningún desafío. Igual aprovecho el elogio. Madre e hija quieren jugar: me piden que adivine ahora el perfume de la más joven. El resto de la mesa es un griterío de opiniones a favor de la cárcel común a Menéndez, una versión festiva de un lamento. Me acerco al cuello de la hija y aspiro, algunos de sus cabellos rozan mi cara y yo me acerco al cuello con el escrúpulo de quien cruzará ilegalmente una frontera. El recorrido es extenso, pero infructuoso: ninguna de las mujeres que me han recompuesto el corazón ha usado jamás el perfume de la hija y por eso jamás podría identificarlo. Antes de rendirme arriesgo una marca, pero me equivoco. En el epílogo de ese viaje me pregunto si la madre dejará de pensar que I’m Amazing.

Lo resuelvo con un chiste peronista, y madre e hija ríen a carcajadas, me sirven más vino, comemos, celebramos. El anfitrión me pregunta en voz alta si la estoy pasando bien. Quiero decirle que sería mejor llevarme a la madre a un hotel y cogerla, cogerla, cogerla hasta que me cante la serenata de la muerte de Eva, pero me doy cuenta de que sería un momento incómodo para el resto de los comensales. Sólo respondo que sí, por supuesto, todo bien.

La hija insiste y me dice el nombre de su perfume, pero lo olvido con la velocidad y la indiferencia de un taxista enfurecido. La madre saca provecho de la distracción y se da vuelta: ella y sus tetas me dan la espalda y hablan de justicia social, de generaciones perdidas. Me llegan algunas de las palabras que usa, y me suenan dulces y salvajes, todo lo que hace me excita, y mientras la hija retoma su versión común de Europa, en mi cabeza los soldados de la frustración pierden una batalla contra la fuerzas del sentido común. Sonrío, incorporo a la conversación algunos lugares comunes aprendidos en incontables diálogos que parecen calcados. Córdoba no da para más, Córdoba apesta, Córdoba todo lo que quieras.

El dueño de casa propone silencio para escuchar a una de sus amigas: ha traído una recopilación de cartas enviadas entre varios miembros de la mesa y sus antiguos compañeros de militancia. La escuchamos con el respeto que impone la muerte de más de la mitad de los autores, la escuchamos con un silencio que me incomoda pero al mismo tiempo me permite pensar en las distancias, en la grieta que hay entre el resto de los comensales y me preocupación por acostarme esta noche con la madre de la chica que me mira emocionada. ¿Es auténtica esa emoción? ¿No la imposta? Personalmente puedo entender la emoción de la mesa pero no compartirla. Puedo venerarla, si quisiera, pero no sentirla. No tengo sobre mis hombros las muertes de mis amigos, ni mi rostro tiene la arruga que deja el tiempo en el semblante de quienes han empuñado un arma.

Cuando terminan las cartas, el anfitrión sube apenas el volumen de la música, un disco de Jaime Roos que en las épocas en que mi padre vivía conmigo yo me sabía de memoria. Ahora me cuesta recordar las letras, aunque una atmósfera familiar me devuelve cierta serenidad y un sentido de ternura que parece salir de mi corazón hacia la mesa y estrellarse contra la espalda de la mujer de las mermeladas.

-¿Te emocionaste?
-No. Me acordé de mi papá.
-¿Qué hace tu papá?
Un rayo me atraviesa como una preocupación: me gusta la madre, y no la hija, porque la madre es exactamente el tipo de mujer que le gustaría a mi papá. Es muy parecida a todas las mujeres con las que he visto a mi padre desde que se fue de casa, una tipología femenina que odié por un instinto infantil y que me ha atraído desde siempre bajo las máscaras de chicas de mi edad, primas jipis y princesas de la elegancia en los concursos escolares.

-Mi papá se enamora de mujeres como vos.

La madre sonríe y me aclara la pregunta como si yo no la hubiese entendido:

-¿De qué vive?
-De eso. De enamorarse de mujeres como vos.

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  1. pero ahora seguramente al padre le gustan del tipo de la hija,no?

  2. no seré yo tu padre? tiempo atrás me dijeron que hace 20 años que vivo de la pija, en cuanto al coro de tetas, no se entiende bien, era acaso un pecho-pulpo con unas, digamos, diez u once tetas, no estarás hablando del tercer pezón, no? en cuanto a lo de “alguna vez empuñaron un arma”, eso lo escuchaste en algún lado, lo otro “puedo entenderlo pero no sentirlo”, si vos sos de derecha y la derecha ontologicamente es Bush, vos estabas de invitado y te querías coger (bueno, verosimil litarario que le dicen) a la esposa del anfitrión, y venís con que no tenés las arrugas de quien alguna vez empuñó un arma, si vos para eso tenés la policía, sos un pedo en la bombacha de una vieja boluda, en este caso, como en otros, pero especialmente en este caso, la experiencia personal es lo de menos, en el caso de la frase “empuñar un arma” ahí sí la experiencia personal, lamentablemente para tu “texto”, si cuenta, y vos nunca la tuviste, además haciéndote el galán si sos una mezcla de Woody Allen y Jerry Lewis, de la cintura para arriba obviamente… ah y eso de que te tienen envidia porque vivís de lo que te gusta, ahí le estás sacando el cuerpo.

  3. Lluvia de pelotudos en Córdoba… mirá “Fernando”, tu fanatismo por mi blog te tiene que haber dado los datos necesarios, pero si no, trabajo de 9 a 13 en el centro, trejo 323, y de 13 a 20 en LVI, camino al aeropuerto. ¿Querés coger, querés pelear, querés que reseñe tu librito de nueva poesía argentina? da la cara. De todas formas, gracias por seguir leyendo, en el fondo es lo que busco, que vuelvas, que vuelvas, que no puedas dejar de volver. Aunque seas un boludoa cuerda, que no puedas dejar de volver. Y que esto te indigne tanto, te importe tanto, que ledediques tooodo el tiempo que le dedicaste a tu mensaje. Me cruzo con tres cagones como vos por día… no creas que vas a cambiar nada con tanto esfuerzo.

  4. Hoy pude leer “Los ideales” de un tirón y la intención era commentarlos uno por uno. Pero me llenaron la copa de vino sólo dos veces (qué “”resistencia”” la tuya!) y ya estoy escribiendo con las patas. Por eso, por ahora, sólo va esto. A la mierda el verosímil literario: le conteso a Ferchu desde las tripas. Emanuel, la gente a la que me recuerda la “”clase” de peronist people de tu texto, me rompe soberanamente por las pelotas. Y creo que es, casualmente, la que Ferchu “defiende” en su comment. Por eso, esto: aunque vos tratás a tus personajes con cierta distante y perpleja ternura, yo no puedo evitar DISFRUTAR que el obse por el tetaje (y no por “la nostalgia de los tiempos de la lucha”) se permita dudar sobre la sinceridad de los sentimientos por lo “”pasado”” de la hija de Pechugas-larú. O que ésta use perfume caro (cuántas TONELADAs de mermeladas por 100 ml de Placeres? , cuántos placeres fingidos en San Marcos ante porteños en plan pirata?). Y, sobre todo, no puedo evitar disfrutar y admirar CÓMO TE LA JUGÁS (wácale a la obsecuencia, pero en est caso, me le animo porque vos te animaste), considerando que al estar donde estás te van a cagar a hondazos esots Ferchus: una piedra por cada contradicción que le tocás. Como petardo en el culo le habrá resultado leer “Me invitan a sentarme donde quiera pero los lugares libres son tres.” (JO!, gran comienzo!) o “La mesa parece a punto de desbordar de comidas y botellas de vino tinto”. Para vos, lluvia de pelotuods, para mí chaparrón de PLEASURES (pero no de los caros (otro wácale), sino de los buenos)! Y ni hablar de cuánto disfruto, POR AMPLIA EXPERIENCIA en Ferchus, los Ferchu-comments. Sííí!! Vuelva, vuelva Ferchu… y más le vale que traiga refuerzos, porque mañana, previo boldo, commento one by one (te disgustó, too, que ella SE lo dijera en inglés? You’re not amazing, Ferchu).

  5. Pero toy tan resacosa que mejor…, pa’mañana…

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