RELATOS

María / Parte 7

In María, Relatos on junio 15, 2008 at 9:30 pm

Descuidado y negligente, subí las escaleras hacia la oficina sin pensar en Marie más que como un medio para que Alice Munro me tomara en serio, algo como decirle a la escritora que la estaba buscando de acuerdo a una recomendación de la embajada canadiense. Pensé que esas cosas podrían hacer más amable una conversación bilingüe y viciada por mi extrema simpatía hacia su obra.

Sin embargo al final de la escalera no encontré un teléfono sino la espalda perfecta de María. No era el momento ideal para ese encuentro. No después de verla en la foto del diario. No después de estar dos días adentro de una mujer que quise que fuera una aproximación a ella. Se me ocurrió que podría evitar mirarla pero también supe que no podría hacer ninguna otra cosa. Cuando se dio vuelta la progresión en la que su rostro apareció ante mis ojos muy abiertos fue la historia mínima de una revelación: la belleza de María podía nacer de su imposibilidad y del hecho inexorable de que va a casarse con una mujer, pero también era cierto que esa belleza superaba la circunstancia, la débil articulación que ese rostro podía tener con la actualidad de mi biografía.

–Sos muy linda.
–¿Qué fue esa llamada? ¿Estás bien?
–Sos muy linda, te cases o no, te hamaques conmigo o no.
–Gracias. Me voy a casar. ¿Me viste en el diario?

Durante la jornada laboral me ocupo de que una de mis amigas salga a cenar con Marcos. Pago el favor de su cochera con una mujer amable, divertida, soltera y de culo increíble. Marcos me había preguntado por qué, si Luciana era tan impresionante –él uso esa palabra, yo primero la discutí, luego la acepté– yo mismo no había salido con ella. Le respondí que la razón principal era un afecto a prueba de sexo. No se trata de que no nos acostamos para no arruinar una amistad: no nos hace falta acostarnos, y acostarnos no cambiaría nada, nada. A veces puedo dejar pasar el sexo si sé que no cambia nada, nada. Marcos me dice que estoy cada día más pelotudo y tiene razón. Después me recuerda que dentro de dos días tengo que ver a Mariana, la moza del bar.

Llamo un par de veces al número canadiense que apareció en mi celular pero nadie atiende. El tono del teléfono es la música de un desencuentro.

María me trae una carpeta de papeles inútiles: la usa como excusa para acercarse a mi escritorio y pedirme que por favor no vuelva a llamarla a esas horas de la madrugada. Me dice que la pongo en una situación difícil. Acepto, me disculpo y le prometo no volver a poner evidencia que estoy loco por ella. Voy a disimular por años. Ella sonríe y se va. Le miro la espalda, la cola, las piernas. Se da vuelta repentinamente y me sorprende, por enésima vez, con los ojos puestos en ella, desesperadamente buscando habitación en el edificio de su espalda. Pienso que va a retarme con un gesto, pero vuelve a sonreír y hace que me tiemblen las rodillas, que un escalofrío ridículo y levemente incómodo me haga sentir que estoy hecho de una materia blanda, esponjosa y frágil, lo contrario de un árbol petrificado.

¿Apuesto a enamorarme de Mariana y que eso de alguna manera resuelva el inconveniente María, el impedimento que tiene las letras del nombre de María en todo lo que entorpece la sucesión del día? Hay en la mezquindad ridícula de ese pensamiento caprichoso una utopía singular que no deja de movilizarme. Es una versión grotesca del clavo que saca a otro clavo, un recurso de ahogado. La posibilidad de que Mariana sea igual o mejor que María es una payasada, pero ahora dependo de esa ridiculez, como si toda la arquitectura que había construido alrededor de la legitimidad de un amor que no dependiese de la posibilidad se estuviera desmoronando. De las ruinas de un momento de debilidad sale entonces un hilito de voz.

No he vuelto a casa, mi ropa es la misma que tiré en la silla al lado de la cama de Marie, pero incluso así cometo el error de privilegiar mi urgencia emocional.
–Pensaba en adelantar la cita… dos días más y me muero.
–No puedo. Trabajo en el bar hasta tarde.
–Te espero hasta la hora que sea.
–Tenés la voz de un payaso. Esperá dos días, buscame el sábado.

No quiero esperar, pero Mariana tiene razón. Marcos también. Y María. Todos tienen razón y yo soy un error manejando a 120 kilómetros por hora. La ruta a mi casa está en arreglo. Primero me llevo por delante un cartel de precaución y después un cerdo descomunal. Después del impacto piso el freno, alcanzo a poner también el freno de mano, el auto da una vuelta sobre un eje que me atraviesa hasta el piso, y queda de frente a las luces lejanas de Córdoba, de espalda a los pueblos que me faltaban recorrer hasta mi casa.  El chancho quedó tirado al borde del asfalto. Con las luces altas alcanzo a ver que su monstruoso cuerpo ensangrentado aún se mueve de acuerdo al ritmo de una respiración dificultosa.

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  1. Me anoto para el asado de chancho.

  2. y yo para que me hamaquen, Qué lindo. En la próxima pinchilónfest, hamacas y toboganes para tirarse en tren.
    Me gusta el relato pero detesto leerlo sin Alice Munro. Fotocopiadora!
    Genial que María sea una mosca moscardona que no le de paz al abatidísimo (?)Emanuel.
    Saludos y felicidades y felicitaciones por todas las cosas que pasan.

  3. y ahora? como remontamos el chancho? si se cruzó, la culpa es del chancho, no del que le da de comer. por que tendria que ser una narración que nos lleve de nuevo a maria? (qe por otro lado ya se debe haber casado).

  4. “no nos hace falta acostarnos, y acostarnos no cambiaría nada, nada”

    más que maría. me gustan tus amigas. como hablás de ellas. siempre.

  5. Paulino Dulzón: je, anotado.

    Florencia: en este momento no tengo ejemplares de alice en mi poder, pero ya empezaremos una campaña.

    *: no tengo la menor idea. posta que no sé cómo seguir.

    vic: ¿y a quién no le gustan mis amigas? si son hermosas… no hay otra forma de hablar de ellas. Igual, esto es ficción. Por suerte en la ficción mis amigas también son hermosas.

  6. Los amores posibles tambien son lindos, sólo hay que aprender a disfrutarlos.

  7. Ah, no , que pelotudo…son mensajes míos..

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