RELATOS

María / Parte 5

In María, Relatos on junio 9, 2008 at 2:10 pm

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Marie me estaba esperando en la plataforma. Algunas conversaciones telefónicas nos habían ahorrado el trámite hostil de conocernos y evaluarnos. Bajé, nos dijimos hola y nos besamos como si yo fuera el novio soldado que vuelve de la guerra. No sé qué habrá pasado por la cabeza de Marie: me gustaría saberlo para escribir mejor sobre ella, sus emociones y la preparación que derivó en uno de los mejores besos que yo recuerde: un sabor híbrido entre el dentífrico, el cigarrillo, un chicle de frutas y un lápiz de manteca cacao.
Habíamos pasado la noche conversando por sms: en las partes de la ruta en las que mi teléfono celular se quedaba sin señal, un nerviosismo adolescente y paranoico se apoderaba de mi mano. Cerca de Rosario toda mi dispersión de mujeres se enfocó en Marie y sus promesas de besarme apenas baje del colectivo, de no darme tiempo a dudar ni escapar. Un colectivo me estaba llevando a 120 kilómetros por hora hasta su boca.

Mi papá me había alentado a que apostara por Marie. Para él, ni María ni Mariana podían ser más fuertes que la atracción por lo desconocido y el acento francés de la secretaria de la embajada canadiense.

–María está por casarse.
–Ya sé. Igual no se me pasa. Me enamoré de ella, no de sus posibilidades de estar conmigo. Es como lo que me pasa con vos: te quiero a vos, y no a tus posibilidades de mejorar mi vida…

No puedo decir que pocas veces he visto llorar a mi padre: con la historia de discusiones domésticas que tenemos, ya no puedo contar las veces que lo vi reducido a un hilito de lágrimas, un dique de tela de araña sosteniendo un océano de odio. El día de nuestro último encuentro lloró apenas, se contuvo, se sonó la nariz y me pidió que lo acompañara a hacer un trámite.

Marie fumaba en la plataforma. La reconocí inmediatamente, como si su voz me hubiera dado las coordenadas precisas de su rostro. Me entusiasmé, sentí una leve taquicardia, escupí el chicle y bajé. Antes de pisar el suelo sucio de la Terminal se me ocurrió que a Marie podría no gustarle nada de mí, y mis primeros pasos hacia ella fueron los de quien se asoma al hueco de un ascensor. Marie sacó el cigarrillo de su boca con un gesto elegante y acaso sobreactuado, me tomó de la nuca, me dijo hola, y me besó poderosamente, primero con los labios, después con la lengua, después intercalando dientes, labios y lengua. Me mordía, me apretaba contra su rostro, y con la otra mano acercaba mi cintura a la suya. Dejé caer la mochila y la abracé. Por un instante pasé mi mano por su cola pero la madrugada porteña me dio pudor y la quité, me preocupé por su espalda y por descifrar la textura de su pelo.

El trámite de mi padre era en Ciudad Universitaria, un lugar al que él no iba desde los ’80 y yo tampoco desde los ’90. Los edificios nuevos y la cantidad de oficinas nos provocaron la misma confusión a ambos: por unos minutos cada frase que comenzábamos era precedida por el circunstancial de tiempo “cuando yo estudiaba acá”. Un empleado nos trató amablemente y nos indicó el edificio correcto. Caminamos por el pasto como dos amigos, pero también como padre e hijo. Lo abracé por el hombro y le dije que me preocupaba tener ya la edad que él tenía cuando ya era mi papá y me llevaba al jardín de infantes a cococho. Le dije, también, que toda mi vida había sido una expectativa discontinua de signos que lo definieran como el mejor papá del mundo y que ahora, por algo que no podía terminar de explicar ni de entender, mi vida era un continuo no esperar nada, y que así estaba mejor. Esperar es un suplicio.

Marie tampoco quería esperar: de retiro a su casa en un 132, y de su casa a su cuerpo, a la versión posible de un sueño porno o de una película de débil argumento. Nos habíamos evitado la espera, estábamos desnudos, excitados, pura piel y novedad, la aventura final de una histeria bilingüe. Marie y su acento francés, Marie y su perfume de la nacionalidad de las aves migratorias. Marie y la sensación de que ninguno de los dos podría creer que aquello podría ser ni para siempre ni para un mes. Un fin de semana enamorado de un rayo de luz que pasa por María y se refracta en los colores de la bandera canadiense. Un rayo de luz que pasa por Marina, por Mariel, por Mara, por Mariela, y se refracta en el color pálido de la piel de Marie. Un fin de semana enamorado de una mujer que tiene un libro de Alice Munro en su biblioteca, The love of a good woman.

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  1. Buenísimo!

    El amor que se sabe no durar, que se sabe por los días contadísimos en que el viene para acá o uno va a Bs As es exquisito en varios aspectos… es un amor que no espera, que vive sin esperar, no está bueno esperar…

    Me gusto mucho, saludos

  2. Malísimo!, ni lo empecé a leer.

  3. gracias Gradocero, gracias por la buena onda.

    Pedro Paso: ahorrate el disgusto.

  4. Esto me gusta. Estoy casi excitado.
    Yo tengo The love of a good woman, Ema. Si es de los que no pudiste conseguir, te lo puedo prestar.
    Un abrazo.-

  5. buenisimo el relato.
    A mi me pasan cosas asi tambien, pero ni siquiera me subo al bondi. Un abrazo….

  6. No soporto las esperas. Si tiene que ser, me tomo el primer avión sin escalas y ya. Los deseos antes que la prudencia, siempre. Un día, un fin de semana, una vida, qué mas da?

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