RELATOS

Flores turquesas

In Flores, Relatos on marzo 29, 2008 at 3:20 pm

Aturdido, mareado, envuelto en una nube de mapas viales, camino en busca de la habitación donde tienen internado al Jonatan. Meningitis: yo mismo tuve esa enfermedad dos veces, en mi infancia, y recuerdo el estado de sopor, el dolor de cabeza constante, y que me llevaron historietas de Mortadelo y Filemón. Yo le llevo al Jonatan unos muñecos de los Power Rangers, muñecos baratos de manufactura torpe que conseguí a poco más de diez pesos a media cuadra del hospital. La juguetería estaba claramente pensada para niños enfermos, y en lugar del color y el estruendo de otros comercios del rubro, ésta estaba condenada a la palidez de los consuelos.

Anita es la primera que me ve llegar y se acerca. Me quiere preguntar qué hago acá, y quizá me lo haya preguntado, pero yo sólo escucho un balbuceo incomprensible.
-No sé qué me dio tu papá para fumar pero es increíble.
-¿Cardo santo?
-Creo que sí.
-Gracias por venir. Sentate.

Es la primera vez que Anita me tutea y me gustaría tener la lucidez para saber qué significa eso, hacia dónde va ese paso definitivo que acaba de dar Anita sobre mi nube de mapa viales. Aturdido, mareado, saco una conclusión apresurada y corajuda, con el patoterismo de los que quieren anticiparse a todo.

-Voy a extrañar tus flores. Pero es lo mejor que podés hacer.
-Yo no voy a dejar de llevarte flores.

Mi cabeza es una juguetería triste y pálida y lo primero que concluyo es que Anita ahora me tutea y que no sé por qué querría seguir visitándome si ha quedado claro para todos que me voy a Nueva York en unas semanas. Pero me acuerdo del Jonatan, y de su regalo.

-Le traje esto a tu nene.
-Gracias. Se va a poner contento.
-Después le compro unos de verdad.
-Con estos está bien.

En realidad la frase de Anita fue más larga e incluyó mi nombre. No suele decirlo, no cuando habla conmigo. Pero lo dice y en el pasillo del hospital resuena como la sirena de un barco. Anita se mete en la habitación de su hijo y me quedo sentado en un banco frente a su madre, pero estoy tan aturdido que cierro los ojos y no comienzo ninguna conversación. Cierro los ojos y me duermo, y sueño con un accidente aéreo. En la nube de mapas viales en que se ha convertido mi cabeza un avión choca contra otro, el fuego se apodera de las cosas, me salvo milagrosamente y Romina se salva conmigo y salva también al Jonatan. En el sueño hay una oficina de registro civil a la salida del aeropuerto en llamas, y podemos cambiarle el nombre ridículo al niño, y lo bautizamos Felipe.

Me despierta Anita, y me ofrece un vaso de agua y una pastilla de color turquesa.

-Prefiero que me traigas flores.
-Cuando volvamos al pueblo.
-Yo no te quería hacer mal.
-Yo sí. Pero ahora no.

La pastilla surte efecto rápidamente: era una de esas que se toman para evitar los efectos de la resaca. En media hora estoy lo suficientemente lúcido como para saber que tengo que informar a mis amigos de las propiedades del cardo santo y también tengo que salir de ese hospital, volver al pueblo, acostarme a dormir.

Anita cree que quería hacerme mal: su plan de hacer que yo me enamorara de ella no podía terminar sino en tragedia. En eso nos parecemos, y creo que esa fue la razón de que comenzara a tutearme, a tratarme como a uno de su especie. O por lo menos dejó caer la escenografía de formalidades de pueblo en la que sus padres habían montado su teatro de la inocencia. Liberada del libreto que los Olmos le habían impuesto, Anita comenzaba a tutearme y a mostrarse de otra manera.

Camino hacia ella y le digo que me voy. Decide acompañarme al auto y en el estacionamiento me dice gracias por venir. Me toca la cara, el costado de la cara, el cuello, la nuca, y me da un beso en la boca. Me muerde los labios, saca su lengua y busca algo, yo la tomo de la cintura y la acerco contra mi cuerpo. Un beso preciso, contundente, como una flor turquesa inútil y desprovista de significados, un pétalo en el preámbulo de una tormenta.

Mientras manejo a casa me pongo los auriculares del celular y llamo a Romina. El teléfono suena mientras abandono los últimos barrios de la ciudad. Atiende un hombre. Primero me sorprende que no sea el contestador telefónico al que me había acostumbrado, y después me sorprende aun más que me atienda un hombre. Habla en inglés, y conjeturo que será el marido de Romina, aunque también estoy seguro de que Romina no dejaría jamás que su marido atienda su teléfono. De todas formas no quiero poner ese conocimiento a prueba y corto. Excuse me, wrong number. Entre los campos de soja que rodean la ciudad se me ocurren muchas frases mejores que esas para mandar a la mierda al marido de Romina y preguntarle quién se cree que es y cómo se le ocurre atender el teléfono de su esposa. Weren`t you an open couple?

En mi labio inferior descubro una lastimadura. Me acuerdo de Anita, trato de procesar esa información pero en el estacionamiento de mi memoria inmediata un avión choca contra otro y Romina viene a rescatarme. Me enojo con ella, porque no tengo forma de pedirle perdón. Me duele el labio. Y entonces lo entiendo, como si la ruta estuviera bloqueada por manifestantes que se dispersan de golpe y puedo avanzar, como si los campos de soja escondieran una verdad revelada, tan sencilla como un beso.

Romina no me deja pedirle perdón porque no hace falta, porque no es eso lo que tengo que hacer. Porque pedir perdón no cambia nada.

El perdón y la fidelidad son supersticiones condenadas a la palidez de los consuelos.

Una gota mínima de sangre en mi labio inferior, un mapa vial que se rompe en una ruta, una única ruta. Esto es lo que hay, y lo que hay es imperdonable. Lo que hay soy yo en el resultado de una desilusión, un muñeco barato y descolorido, una nada y una verdad inconsolable.

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  1. desnuda, inconsolable y desnuda…

  2. No me esperaba el giro de la cuestión, la desilusión de Anita, el cambio en la caracterización de Anita (ahora se convirtió!), etc… La cosa se pone mejor. Si seguís así, puede que nos tengas así un buen rato.

    Aplaus!

  3. Lindo lindo. Debe ser el día, pero es uno de los que más “me llegó” (si alguien me puede decir que carajo significa eso).

  4. Cada uno de los personajes está – en algún punto- en el resultado de una desilusión, un muñeco barato y descolorido, una nada y una verdad inconsolable. Y por ahí, los lectores también. Muy Bueno!

  5. Ohhh,¿Cuál será el destino final?

  6. Resulta que vos también te ponés “exótico” cuando te escribís…

  7. me deprime. me deprime anita, me deprime la soja y asumiendo que no estoy ofendiendo a nadie, me deprime el sujeto d ela historia. brr.

  8. wow! turquesa espanto

  9. Me entristeció…

  10. me vas a hacer fumar todas las flores ocres que encuentre!

    …llegar al hospital en estado ocre, con los ojos manchados de ocre y zapatos ocre, gritando: “he visto un accidente, un absurdo choque de aviones, absurdo como una juguetería condenada a la palidez de los consuelos, absurdo como Jonatan o Felipe. Donde hay mas flores ocreeee? que se me pone la cara absurda y quiero que sea ocreeeee…

    Genial la historia, sin palabras genial.

  11. Leandro: son dos relatos más. Ya hay uno on line. Gracias por la buena onda.

    Nico: ¡Llegó! Buenísimo.

    MC: gracias. El resultado de una desilusión. Ahí estamos todos.

    plan ta: No sé.

    Ana: ¿si? bue… no sé. Pero yo no me escribo. Tanto.

    florencia: stop reading, dear! Con la mejor de las ondas, yo no leería nada que me deprima tanto. Tampoco defendería una depresión. Pero sí, es un cuento triste. Espero que vuelvas y sea mejor experiencia.

    Euge: y sí.

    Marroncito: en realidad las flores del cardo santo son blancas, pero ya había usado ese color para otro título de la misma serie… por poco previsor, tuve que inventarle una variedad a la pobre planta. Igual, no la recomiendo: sabe a mierda, como a mierda de caballo. Gracias por los elogios, aunque los atribuyo a lo que sea que te hayas fumado.

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