RELATOS

Flores ocre

In Flores, Relatos on marzo 28, 2008 at 12:46 pm

(#8 de 10)

Como los pájaros fieles, Olmos vuelve a mi casa, sin sus herramientas. Quiere hablar conmigo, dice, saber qué pasó.
Comienza él, mientras preparo el mate. En un momento el tono de su voz y el silbido de la pava contrastan como instrumentos enemigos. No dejo que hierva, controlo el calor. Olmos me cuenta que el Jonatan tiene meningitis. Lo llevaron a la ciudad, lo internaron en el hospital de niños. Parece que ya está un poco mejor.
La pava silba cada vez más fuerte hasta que levanto la tapa y evalúo la intensidad de las burbujas: que no hierva, que no hierva.
Olmos entonces comienza a hablar de su hija: Anita volvió llorando a su casa el sábado, no quiso comentar qué había sucedido.

-¿Usted sabe algo?
-Le dije que me había acostado con otra mujer.
-¿Y para qué se lo dijo?

La misma pregunta de Anita, ahora en boca de su padre. Tengo la preocupación propia de quien debe dar explicaciones pero pienso en Romina, en las cosas que aprendí a su lado. Honestidad brutal. Como cuando me dijo que estaba casada. Me hacía masajes en la espalda y me dijo que estaba casada.

-Mire Olmos. Yo no puedo ser la pareja de su hija. Usted y su señora han estado intentando que eso suceda pero eso no va a suceder.

Olmos agarra el mate, lo acerca a su boca y chupa. Ese gesto es una sentencia que no logro descifrar. Una catarata de palabras quiere atravesar mi garganta, decirle a Olmos que quisiera que eso no afecte nuestra amistad, ni mucho menos nuestro trato de 150 pesos a cambio de un pasto cortado como el pelo en la cabeza de un soldado. Pero el silencio de Olmos me impone un respeto desconocido.

Anita ya había sufrido cuando el carpintero se negó a reconocer la paternidad del Jonatan. Había sufrido cuando el Jonatan finalmente nació y ella no había terminado el secundario. Se había vuelto a enamorar, pero siempre de hombres que huían ante la perspectiva de un hijo bastardo, rengo, de nombre ridículo.

Olmos creía que yo era otra clase de hombre.

Pienso que Olmos no me puede decir algo así, que no tiene derecho a destrozarme de esa manera, pero no le digo nada, quizá en la sospecha de que yo no sea otra clase de hombre sino uno más. Como el carpintero, yo había permitido un juego cuyas consecuencias después desconocería. No me había acostado con Anita, ni siquiera la había besado, pero había dejado florecer en ella la ilusión de un futuro exótico y un techo seguro para su hijo.

-¿Cómo anda el diario?

Olmos me condena de una manera original: se pone él del lado de los hombres comunes, del resto de los hombres del pueblo, para meterme en una conversación que me define en lo ordinario de un trabajo monótono y perverso. Un coqueteo con la fama de la ciudad que terminaría inevitablemente en la asimilación a la lógica milenaria de los hombres comunes, mediocres, que hablan de cómo anda la empresa en la que dejan la mitad de sus vidas.

-El diario. Ahí anda. Se está convirtiendo lentamente en un canal de televisión.

Mi comentario ridículo, resentido, dibuja una curva que evita la zona de interés de Olmos, que ahora quiere terminar rápido los mates que la etiqueta del pueblo impone como cortesía. Apuesto mentalmente a que va a decir algo como la vida es dura, o qué le vamos a hacer. Pero no dice nada de eso. Quiero sorprenderlo pero me sorprendo yo mismo.

-Voy a renunciar.
-¿Y de qué va a vivir, amigo?
-No sé. Pero voy a renunciar. Tal vez me vaya a Nueva York.

Termino de decirlo y sé que es eso lo que voy a hacer, aun cuando recién se me haya ocurrido. Pienso en Romina, en la urgencia de verla, en cómo haré para que vuelva a hablarme, para decirle que voy hacia ella.

Olmos me dice que la temporada de lluvia ya pasó hace rato, que tal vez no sea necesario que él venga el sábado a cortar el pasto. Mucho menos si mi plan es abandonar el pueblo.

Su manera de renunciar a una amistad que él construyó con la fe de un futuro para su hija es acorde a cómo se desmoronó esa fe, a cómo yo le puse un punto final. Olmos se va de mi casa pero no sale en dirección a la suya sino hacia la ruta. Va a pedirle al panadero que tome a su hija como empleada, y camina como un condenado a muerte. Antes, me deja un último presente: un atado de plantas envuelto en un diario. El diario tiene justamente una nota firmada por mí, una entrevista al último ganador del premio provincial de literatura. La planta es de hojas espinosas, raras, de un color ceniciento, atravesadas por nervaduras que parecen leche derramada. El tallo es espinoso, también, y las flores, de pocos pétalos, tienen un tono ocre. La planta tiene además unos frutos ovalados.

-Se llama cardo santo. Mi mujer lo usa para el asma. Pero las hojas se fuman, son alucinógenas. Pensé que a usted le gustaría probarlas.

Agradezco y lo veo irse. Puro exceso en sus gestos, un regalo extraño, un andar trágico.

Durante la semana le comunico a mi jefe mi decisión de renunciar y le digo que comienza mi mes de preaviso. Es una formalidad innecesaria pero tampoco quiero dejar tan pronto el diario. Laura me llama para decirme que le aprobaron la tesis, que se recibió de Licenciada en Ciencias de la Educación. Quiere festejar y tiene un champán en su heladera. Además quiere pagarme. Cuando recibo el dinero no sé si me está pagando por acostarme con ella, por corregirle la tesis, o para hacerme más difícil la huida de su departamento y del barrio de los estudiantes, pero me siento tan decidido a irme que le cuento toda la historia de Romina, de Anita, de los poemas clonados, de mi viaje a Nueva York, de que Romina no me habla.

Me pregunta por qué, por qué me acosté con ella. Laura tiene el impulso de insultarme pero lo reprime y parece insultarse a sí misma, en silencio. Llora y me pide que me vaya. Que no aparezca jamás. Me empieza a empujar hacia la puerta, pero tengo que oponerme a ese movimiento para buscar el dinero. Después salgo, subo al auto, y voy al hospital infantil. Antes de bajar saco el cigarro que armé con el regalo de Olmos y lo prendo. El humo es denso, intenso, y el olor a mierda inunda el auto.

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  1. r u crazy, james ??

  2. qué coraje, te fumaste a Centaurea Benedictus!!
    Como mucho toserás.De alucinógena ,naa
    Un tecito, sirve para la diabetes.

  3. El Olmos si que la tenía clara, hasta para fumar te dejó.

  4. Olmos renunció a la amistad, vos al diario y yo hoy renuncié a mi trabajo, también en un mes estaré lejos de esta ciudad, en busca de mi misma.

  5. ooolee, olee, olee, olaaaa; olmooos, olmooos…

  6. nt: no tanto.

    plan ta: se fuma, se fuma. Es legal y sabe a mierda, a pura mierda.

    Nico: hasta eso.

    Euge: Yo no renuncié! el personaje del cuento renunció. Pero no soy yo. Yo no puedo renunciar, me quedo sin plata, y soy peor persona que el personaje.

    Jc: ja.

  7. Este relato me hizo recordar, entre otras cosas, la ausencia de olor a mierda en casa- dejé de fumar hace menos de un mes- y en invierno la intoxicación olora es mortal.
    bueno ahora respiro…
    saludos

  8. Este relato me hizo recordar, entre otras cosas, la ausencia de olor a mierda en casa- dejé de fumar hace menos de un mes- y en invierno la intoxicación olora es mortal.
    bueno ahora respiro… saludos

  9. este relato me hizo recordar, entre otras cosas, la ausencia de olor a mierda en casa-dejé de fumar hace menos de un mes- y en invierno la intoxicación olora es mortal
    bueno ahora respiro… saludos

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