RELATOS

Flores rojas

In Flores, Relatos on marzo 21, 2008 at 8:21 pm

(#6 de 10)

Olmos llega a la hora de siempre y el ruido endemoniado de su moto guadaña me recuerda como una alarma que le había prometido a Anita escribirle un poema. Un poema para ella.
Me incorporo, molesto, entumecido por el alcohol de la noche del viernes. Apoyo los brazos en la cama y recuerdo que no llegué solo. Un cuerpo dormido, desnudo y perfumado de vodka y red bull respira profundo a dos centímetros de mis dedos, a unos ocho metros del lugar donde Olmos corta la maleza sin necesidad de ser sutil.
La cabaña tiene un solo ambiente, dividido en niveles: si Olmos entra, y va a entrar cuando termine, verá ese cuerpo dormido en mi cama y probablemente me pida explicaciones o corra a su casa a impedir que este sea el séptimo sábado consecutivo en que Anita me visite con sus flores medicinales.
Por un segundo no sé a quién pertenece ese cuerpo dormido, desnudo, perfumado de una resaca urbana. Me doy cuenta por la marca de cigarrillos, porque jamás había estado antes con fumadoras de Virginia Slim.
Son cigarrillos finitos, ridículos. Vi la etiqueta cuando me senté en el escritorio de un departamento del barrio de los estudiantes. Dos ambientes y balcón, una biblioteca de madera con libros de cátedra y algún clásico de Cortázar, un Ulises cero kilómetro, un Quijote de la edición del 500 aniversario. La chica dispuso el termo, el mate y una infusión sin gracia, sin ninguna de esas hierbas a las que Anita y su madre me han acostumbrado.

–¿Estaba muy terrible?
–Hice varias correcciones. En principio, unifiqué algunos criterios de estilo.

La conversación pasó de la monografía a la fecha de tesis y de allí a los planes para el futuro: volver a su pueblo del sur, ser directora del colegio, casarse con su novio que trabaja en la Cooperativa y ya compró un terrenito.

Opiné que tenía la vida demasiado armada y me preguntó por mí. Qué hacía además de corregir monografías y entrevistar a escritores. Dónde vivía.

Le expliqué de manera tal que no le quedara más remedio que preguntarme si la llevaría a conocer esa casa.

–Primero tenés que conocer el bar de mi amigo.

Olmos toca la puerta. Lo hace despacio, como queriendo respetar un silencio que durante más de media hora estuvo violando como una orquesta mecánica desenfrenada. Le abro pero no lo invito a pasar, y eso parece frenarlo en la génesis de un movimiento que no llega a ser. Un gesto de sorpresa contradice su intención de discreción.

–Vino mi hermana. Está durmiendo.

Le miento con la misma naturalidad con la que pido el pan en el almacén del pueblo. Olmos entonces parece disculparse por haber pensado lo peor. Se hace para atrás.

–Llevelá a casa, más tarde. Si quiere le digo a la Anita que no venga.
–No le diga nada, no hay problema. Además le prometí un poema.
–Sí, la Anita me contó. ¿Ya lo escribió?
–Claro.
–Se va a poner contenta. Hacía mucho que no la veía tan bien.
Después me cuenta que lo del Jonatan sigue siendo un misterio. Una fiebre continua, los médicos no saben qué hacer. Pero el chico no está tan mal.

Pienso en Anita y su sonrisa, a pesar de la enfermedad de su hijo. Como una oleada, sobreviene la imagen de su cicatriz y como si fuera un sueño, con la claridad de un sueño, la visión de esa cicatriz se transforma en el rostro de Romina. Como una nube deja de parecerse a un árbol y por acción del viento toma la forma de un cuchillo, la imagen de Romina se aparece en esa conversación inverosímil que tenemos Olmos y yo en la puerta de entrada de mi casa mientras la estudiante de Ciencias de la Educación se despereza.

Cuando Olmos se va me siento frente a la computadora y escribo el poema para Anita. En realidad agrupo frases que usé para escribirle a Romina, imágenes que vienen al caso. No es la primera vez que lo hago: la breve, intensa historia entre Romina y yo me ha provisto de un discurso amoroso multiuso, fructífero, eficaz. Laura se viste y me pregunta si le hago unos mates.

–Al final mi vida no estaba tan armada.
–No cambió nada.
–¿Cómo que no? Jamás le fui infiel a mi novio.
–La fidelidad es una superstición, Laura.

Probablemente la frase exacta haya salido de la boca de Romina en la misma situación en la que ahora estoy con Laura, uno de los dos aún arriba de la cama y aún sin cubrirse el torso marcado por las mordidas de la noche anterior. Sólo que aquella vez los dos reímos hasta volver a acostarnos. Y ahora Laura quiere que le explique la frase.

–Te llevo a la ciudad. Tomemos mate en el viaje. Tengo visita en unas horas y quisiera limpiar un poco este desastre.

En realidad la casa está limpia y ordenada, con excepción de las zonas inmediatas a la cama. Temo que Laura haya planeado pasar el día en el pueblo, ir al río, hacerse amiga de mi perro. Cuando agarro las llaves del auto su rostro es una coreografía de la decepción.

Horas más tarde estoy de vuelta y espero a Anita con una ansiedad insólita. Una ansiedad que me lleva al teléfono, a marcar el número de Romina. La característica de Nueva York, el móvil, el tono de espera, el tono de llamada. Me pregunto si su teléfono seguirá sonando con los acordes de All apologies.

Mientras suena una, dos, tres, cuatro veces, calculo que la situación podría llegar a un climax si Anita tocara la puerta justo ahora. Se terminan los tonos y viene una voz. You’re conected with the mailbox of. Corto. Me desplomo en el sofá, al rato llega Anita con una ramo de flores rojas. Vulgares pero bonitas.

–Se llaman Alegría del hogar. No tienen propiedades curativas. Pero le alegran la casa.

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  1. Cada color tiene una energía vibratoria particular que nos afecta, dependiendo de su longitud de onda, y que se traduce en sensaciones más o menos concientes. Hay quienes conocen sobre el tema y sacan sus provechos, x caso gente de publicidad.
    Es apasionante, como el rojo, la cantidad de bibliografía respecto de las teorías del color para quien le interese, claro. El rojo… pasión, precaución, stop! Alta visibilidad, alta intensidad emotiva. Parece ser bueno para metabolismo, aumenta el ritmo respiratorio y eleva la presión sanguínea y más, seguro que algo más…
    Ahora manolito, doy fe que las alegrías de la casa lo único que tienen de alegre son el color y aprovéchalo mientras dure. Que esas plantitas son de alegrías pasajeras y suelen convertirse en tristeza del hogar. Planta ñañosa si las hay, jodida! No tendrán cualidades fitoterápicas, pero, la triada Laura, Anita, Romina pinta explosivo, guay con el rojo…
    Muy bueno tu blog, paso generalmente, y aunque no acostumbro dejar mensajes,
    esta vez, me tentó el color, y mordí.
    Saludos.

  2. Siempre que llega el rojo, se pudre todo.

  3. Creo que Laura le vino muy bien a Anita. Y que el poema debería ir con flores. De plástico, como la hebilla, sería un detalle.

  4. eva: eva tentada por el rojo, qué bíblica situación y qué bueno que te haya copado así el texto. gracias, muchas gracias.

    Alexis: es culpa de los foquitos rojos.

    florencia: pucha, leí el comment después de escribir la escena del poema. pero era un buen consejo.

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