RELATOS

Flores grises

In Flores, Relatos on marzo 20, 2008 at 12:40 pm

(#4 de 10)

Amanece como un golpe de puño certero, rápido, por la ventana que tiene vista al valle. Me despierto y veo una pila de libros con la forma exacta de dos palabras: trabajo pendiente. Una monografía de 400 páginas escrita por una estudiante de Ciencias de la Educación parece tener luces intermitentes de alarma. Tengo que corregirla en una semana. Me van a pagar casi lo mismo que gano trabajando un mes en el diario.
Sin embargo pienso en el Jonatan, en su nombre ridículo y en su enfermedad. Tomo un té y me subo al auto, rumbo a la casa de los Olmos.
Cuando llego, Anita tiene a su hijo en la falda: es la primera vez que veo una imagen maternal de ella, como si se esforzara en esconder esa verdad de tres años y andar torpe. Tiene fiebre, la cara está deformada por el calor que sale de su cuerpo.
Olmos y su mujer han ido a buscar al médico, Anita tiene el rostro atravesado por la falta de sueño.

-No sé qué hacer.
-¿Tu mamá no le dio alguna hierba de las que usa?

Antes de convertirse en un globo colorado y ardiente el Jonatan se quejó de un dolor de panza. La mujer de Olmos fue hasta los arbustos y cortó ramos de palo amarillo. Anita los va a buscar y me los trae, como si yo pudiera dictaminar algo certero que relacione esas flores grises con la fiebre del Jonatan. Cuando vuelve me estira los ramos para que los huela: menta y alcanfor en el tallo, jazmín en las flores. Mientras descifro esos aromas entre las hojas del ramo noto que Anita no lleva corpiño: su remera se adhiere a las tetas y lo pezones erectos parecen estar en desacuerdo con el drama del día.
Sin darme cuenta, me quedo prendido a esa imagen, sin despegar los ojos, mientras la luz del sol a través del verde oscuro de las ramitas y las hojas hace que los resquicios por donde admiro las tetas de Anita se tiñan de un velo violeta.

-Los colores –digo- buscan el complementario.

Con una versión amateur de la teoría cromática intento justificar mi estupefacción: tu remera es celeste, las hojas son verdes, la luz pasa a través de ellas, o entre ellas, y tu remera entonces se ve violeta.

Anita sonríe. En su cara de tremendo cansancio su sonrisa parece una rebelión.

-¿Le gustó el poema?
-¿Lo escribiste vos?
-No. Le pedí a una amiga que lo escribiera. Yo no tengo imaginación para esas cosas.

La tranquila amistad que hemos construido sobre la base de una serie de sábados a la sombra de mi cabaña me permite saber que Anita miente. Nunca se refiere a sus amigas como a “una amiga”, usa los nombres. De hecho, es uno de los rasgos de nuestra conversación que más me molestaban al principio, pero que después aprendí a disfrutar: Anita habla como si yo conociera a cada una de las personas que nombra.

-Decile a tu amiga que me gustó mucho. Que me escriba más.
-¿Romina le escribía?
-Claro. ¿Por qué me lo preguntás?
-Usted habla todo el tiempo de Romina.
-Nos escribíamos mucho. No todos los días. Pero mucho.
-Nunca leí nada suyo que no esté en el diario.
-Hacés bien.

El Jonatan reclama entonces un poco de atención: lanza un gemido triste, abatido. Dejo el ramo de palo amarillo sobre la mesa y observo cómo Anita se encarga del niño, cómo lo levanta, le habla en voz baja, le repite que ahí está su mami, su mamita, su mamá, que está bien, todo está bien.

Por un segundo no es Anita a quien estoy mirando sino Romina, Romina con el Jonatan en brazos y las tetas a punto de estallar, Romina con su espalda deportiva, su cola pequeña pero irresistible. Dos meses en la cama, Romina. Una vez me dijiste que querías adoptar, que preferías adoptar a tener hijos propios.

-¿Usted escribe poesía?

Anita me devuelve a la realidad. Nueva York es el lugar más alejado del mundo en este momento. No, no escribo.

-No le creo.
-Yo tampoco creo que al poema no lo hayas escrito vos.
-Escríbame algo. Por favor.

Quiero imaginar cómo nació en Anita ese deseo, esa preocupación. Acaso los sábados de conversaciones a la deriva nos hayan llevado a hablar de poesía. O me hayan llevado a mí a hablar de poesía y a ella a escucharme. No se me ocurre otra respuesta que una crueldad innecesaria, decirle que todo lo que escriba ahora será el resultado de que Romina no me atienda el teléfono, como todo lo que había escrito hasta que Romina dejó de hablarme había sido el resultado de dos meses en la cama con ella, dos meses que dejaron en algunas sábanas que decidí no lavar un perfume aún intenso.

-El sábado. Te prometo que el sábado te leo algo escrito para vos.

El palo amarillo es un digestivo muy efectivo. No suele provocar problemas secundarios, y no es la primera vez que el Jonatan toma un té de este tipo de plantas. Sin embargo no dejo de pensar que ese té lo intoxicó severamente.

Cuando Olmos y su mujer llegan con el médico, la cara de la madre de Anita es un resplandor de alegría. Señor Periodista, qué suerte que vino. Olmos me golpea la espalda y me invita una grapa. Anita reprime a su madre el entusiasmo desmedido con que saludó mi visita y el médico me pregunta cómo anda el diario.

La grapa es dulce y es como un puñetazo en la cara, otro amanecer violento. Tengo que ir a trabajar, les digo. Tengo que corregir una monografía y después ir a la empresa.

-¿Tiene que entrevistar a algún famoso, hoy?

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  1. Un poema para Anita.
    Me encanta esta historia.

  2. La nueva serie también está buena, aunque extraño la casa que se cae a pedazos, al Novio, a la Novia, a la cueldad del asiento de atrás en el auto del Novio y todo eso…

    Pero esto se pone bueno cuando Anita se está poniendo buena…. Se ve venir el gol?

    Personalmente, el hecho de que la cosa suceda en Agua de Oro, me hace disfrutar aún más la historia. Con mi familia tenemos una casa allá desde antes de nacer yo. Y como que tiene algo… Y todo eso que contás vos.

    Un abrazo viejo!

  3. Esto me gusta. La serie anterior también me gustó. No soy de comentar mucho pero sigo pasando por acá bastante seguido.
    Un abrazo.-

  4. compañero poeta, que bonito arcoiris de flores anda descubriendo. habrá flores rojas?

  5. Hay algunas cosas de lo cotidiano que nos ponen demasiado lejos de los paréntesis que hacen falta para decirle a alguien querido (y mucho) que su existencia nos hace valiosos. Pueden ser las flores, la falta de ellas o los planes de subirse a una espalda que necesita escaparse de un hogar que se cae a pedazos. Acá pasan cosas adictivas, de esas que te hacen acordar que vale la pena salir de la cama. Pinchilón rocks!

  6. cuando pueda comentar como Ce tendrè el pelo largo como ella y no me preocuparàn las cosas que ahora me turban. pinchilòn rocks, de lo mejor!

  7. “Tengo que ir a la empresa”. Buen punto. Abrazo.

  8. florencia: gracias.

    Leandro: y sin embargo nunca dije que fuera Agua de Oro el lugar. Pero bueno, sí, es claramente Agua de Oro.

    Bonifacio: un placer.

    tin_nqn: gracias, man. Durante un año viví en Gral Roca, hacía un frío de cagarse y era cierto que las manzanas son tremendas.

    Ce: You rock! You always will rock!

    C: yo también quiero escribir como Ce.

    Nico: es lo que hay.

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