RELATOS

Flores blancas

In Flores, Relatos on marzo 19, 2008 at 12:34 pm

Bajé al centro del pueblo a comprar cigarrillos y un fernet. Días después de la mudanza me gustaba salir a caminar por las calles de tierra hasta el río. Después tuve que comenzar a hablar con algunos vecinos. Después con otros. En pocas semanas una caminata junto a mi perro podía demorar unas 30 respuestas a una pregunta que jamás sabré contestar con sinceridad. ¿Cómo le va? ¿Cómo le va?
Me va mal: Romina se fue a Nueva York y yo intento tapar con agujas el hueco que dejó una bomba. Pero no puedo contestar eso: apenas si ensayo un acá andamos no demasiado convencido pero lo suficientemente demorado como para evitar la pregunta sobre cómo anda el diario.
Cuando llegué al almacén había dos vecinas hablando de la lluvia: desde febrero que no pasa nada, la tierra se empieza a levantar, el pueblo se hace más ocre. Y no hay esperanzas de que ese color cambie.
Busqué el fernet y fui al mostrador. Pedí un Lucky 10. Me hubiera gustado no escuchar lo que decían las mujeres.

-Parece que anda con la Anita.

Me di vuelta, las miré consternado. Me pregunté si debía explicar que Anita me visitaba todos los sábados por orden de su madre. Pero no les dije nada: intenté que un odio mudo saliera de mis ojos. Las mujeres entendieron lo contrario de una ira y me saludaron con el mismo gesto ambiguo con el que se felicita a una mujer embarazada, un monstruo híbrido hecho de sentimientos genuinos y encontrados, una bestia forjada tanto con la alegría por la presunción de que un viejo problema del pueblo, la soltería de Anita, tendría una solución, como por el reproche de un acto escandaloso. Anita tiene 19 años, un prontuario de alcoba copioso en hombres ajenos y un hijo bastardo que camina igual que el carpintero. De mí, por tanto, se comentó en un principio que podría ser homosexual. Un hombre que viene a vivir solo a la cima de un monte, un hombre al que no se le conocen mujeres. A las pocas semanas el rumor cambió por una versión donjuanesca de un periodista de ciudad, un hombre que llega muchas veces acompañado, por las noches, y se vuelve a ir de mañana. A los pocos meses llegó Romina y nos vieron tomar un helado en el centro del pueblo. Después la vieron llegar con el perro. El periodista se va a casar. Más tarde la vieron conmigo en el río.
Después no la vieron más. Vieron, en cambio, una sucesión de reemplazos: era evidente que yo la había engañado, tan linda Romina, rubia, no más de un metro sesenta, le gustaba sacar fotos.

Salgo del almacén y me encuentro con el padre de Anita. Me saluda y me pregunta por el pasto. Le digo que nada ha cambiado desde que él lo cortara por séptima vez el sábado pasado, hace cuatro días. Mi respuesta tiene la música de un desconsuelo, aunque no haya sido mi intención. Olmos la percibe y me toma de los hombros.

-¿Anda mal, usted? Está medio decaído.
-No es nada, un poco de sueño.
-Le voy a decir a Anita que le lleve un ramito de vira vira. Hágase un té. Va a ver cómo mejora.

Cuando llego a casa guardo el fernet en la heladera, me cambio la ropa y me subo al auto. Viajo a la ciudad, vivo un día laboral común y corriente. Unas tres veces intento llamar a Nueva York pero me atiende un contestador automático. Cuando vuelvo, cerca de la medianoche, hay un ramo de una planta de hojas alargadas, finas y plateadas, con pequeñas flores blancas. Está en el umbral de la puerta y tiene una nota escrita en el dorso de un folleto de la peluquería del pueblo. “Espero que se mejore”, comienza. Después hay un breve poema, torpe, elemental. En la firma dice su “amiga” Anita y me dan ganas de correr a la casa de Olmos y despertar a todos para preguntarles qué sugieren esas comillas. Postdata: el Jonatan se me enfermó.

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Relato en serie.  #3 de 10.

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  1. Pocas veces me regalaron flores, pero una de esas veces no me la olvido más. Hace un tiempo, cuando llegué a casa luego de trabajar, encontré sobre la mesa una rosa. A su lado, una nota decía: “te paso a buscar el domingo a las 14hs”. Junto a la nota, una entrada para ir al clásico Talleres-Belgrano.

    abrazo

  2. Muy bueno!
    Regalé flores una vez a un novio, no creo que le haya gustado mucho, pero me perdonó…

  3. un tecito viene bien en esos casos.

  4. Cola de quirquincho: Licopodium saururus lam. Afrodisíaco, tanto para el hombre como para la mujer. Se usa una cola picada en medio litro de agua hirviendo, 20g de muña muña y 20g de congorosa. Tintura: 10g en 100cc de alcohol 60º. Por cucharaditas. y ¡SUERTE!

  5. Dios, está bueno. Y yo que había podido escapar de mi adicción a Lost, me vengo a enganchar con esto de las flores.

  6. Ojo con las Anitas! se declaran cortejadas y para cuando uno quiere desfazer el entuerto ya es tarde…

  7. vic: ¿y fuiste?

    C.: si. siempre.

    plan ta: demasiados ingredientes, pero lo tendremos en cuenta.

    Pablo: gracias, muchas gracias. Tengo para ver los caps 7 y 8 de la 4 temporada de lost. no me aguanto las ganas.

    Lucas: ¿te pasó algo que quieras compartir? Suerte en Dublin, traeme un posavasos de Guiness de un pub de un barrio sin luces, please.

  8. Si, ni hablar.

    Ahora cada vez que hay un clásico, el día anterior, miro la mesa del comedor cuando llego de trabajar.

    Soy como la remake del perro de Pavlov.

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