RELATOS

Flores amarillas

In Flores, Relatos on marzo 18, 2008 at 2:19 pm

Antes de que Anita toque la puerta mi perro me avisa que alguien se aproxima. Me asomo por la ventana y la veo: tiene un ramito de flores en la mano. Flores amarillas.

Le ofrezco mate y le pregunto por la familia. Después de algunas convenciones finalmente dice algo que parece haberla incomodado en todo el trayecto de su casa a la mía.

-Mi papá no lo quería al Jonatan.

Tengo la poderosa tentación de recriminarle el nombre ridículo que ha elegido para su hijo: tenerlo a los 16 no la redime. Pero no digo nada, simplemente pongo la pava y asiento, como si realmente pudiera comprender la tragedia detrás de esa frase.

Anita luce espléndida y huele a colonia de lavanda. Su madre debe de haberla perfumado en exceso, además de mal aconsejarle detalles como la hebilla en el pelo.

Olmos y su mujer comenzaron a enviar a Anita a mi casa todos los sábados por la tarde. Anita llega unas dos horas después de que Olmos haya terminado de cortar el césped. A veces no hace falta que él vaya: fuera de la temporada de lluvias el pasto apenas crece. Pero Olmos va. Al principio no quería cobrarme, sin embargo lo convencí de aceptar una especie de sueldo mensual de 150 pesos. Tiene para mí una doble utilidad: además de mantener el pasto como la cabeza de un soldado me despierta cada sábado con el ruido infernal de su moto guadaña. Puedo aprovechar la mañana en la sierra, o simplemente hablar con él mientras le convido vasos de agua.

Olmos siempre me hace preguntas sobre mi estado civil: si no conocí a nadie, o qué pasó con Romina.

El sábado pasado le hablé de Romina: rubia, no más de un metro setenta. Vive en Nueva York. Se fue porque quería viajar.

-¿Y usted no la acompañó?
-Yo la conocí cuando volvió a visitar a su familia.

Olmos tiene una teoría, basada sobre su experiencia personal: mujeres hay muchas, esposa una sola. Uno se da cuenta por cómo miran. ¿Cómo me miraba Romina? Ni ella ni yo creíamos en el matrimonio, pero estoy seguro de que si Olmos hubiera conocido la mirada que Romina dedicaba a mi pelo o a mis ojos decretaría que si existe algo como la búsqueda de una mujer para toda la vida, esa búsqueda había terminado.

Después de la primera hora Olmos comienza invariablemente a hablar de Anita: demasiado joven para ser mamá, todavía a los 19 no se da cuenta de que no tiene que salir los sábados a la noche. Que fue un desastre, que no me imagino, que no sé lo que es mantener una boca más. Y cómo come el Jonatan.

-Tu papá está preocupado porque no le alcanza la plata. Pero sí quiere a tu hijo.

Termino de decir la frase y tengo dos sensaciones: la primera, que fue una frase estúpida. La segunda, que fue una frase necesaria. Anita y yo hemos construido una amistad silenciosa sobre una complicidad implícita. Los dos sabemos que sus padres la envían a casa con la esperanza de que, así como la lluvia de febrero termina por horadar los techos de las casas de la zona, las visitas constantes, pacientes, de Anita, terminen por convencerme de pedirle si no casamiento al menos que venga a vivir a mi casa con el Jonatan, sus dos vestidos de fiesta, su cicatriz en el abdomen y su colección de hebillas para el pelo.

Anita no responde. Me explica que las flores amarillas son de canchalagua. Es una planta difícil de encontrar cerca del pueblo, pero monte arriba crece entre las piedras, en lugares arenosos. Le pregunto si quiere que le agregue unos pétalos al mate. Me dice que no: a pesar de que su aroma es delicado, el sabor es muy amargo.

-Póngalas en agua. Le van a perfumar la casa.

Mi perro se ha sentado entre las piernas de Anita y ella lo acaricia.

-Mi papá me contó que al perro este se lo regaló su novia…
-No tengo novia, Anita. Me lo regaló Romina.
-¿La que se fue a Estados Unidos?

Nos vemos una vez por semana y vamos, de a poco y de la misma manera en que la lluvia de febrero termina por horadar los techos de las casas de la zona, avanzando en la construcción de una intimidad. Hoy me toca hablar de Romina, y es el precio por haberlo hecho el sábado anterior con Olmos, mientras él arrancaba las raíces de un arbusto rebelde.

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Relato en serie. #2 de 10.

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  1. canchalagua? cuando llegamos a las verdes? ole…
    Loco los dos nos llamamos Emanuel, y mi Romina (porque se llama Romina) se fue a Europa, que me falta conocer una Anita con una cicatriz en el abdomen (seguro que las verdes me las trae a mi)

  2. huelen a flores rotas las rominas, si es que se puede oler lo roto. gracias a dios existen las anitas. les deseo canastas multicolores de vivas y enterísimas flores, lindos emanueles.

    a propósito de lo anterior a “Flores amarillas”, lo de que los errores son intraducibles, qué bueno que lo dijiste porque lo voy a recordar, si no siempre, cada vez que pueda y me haga bien. que para mal, ya con los errores.

  3. Marroncito: demasiadas coincidencias. incluso en europa. cosas que pasan.

    florencia: posta que hoy por hoy compro una canasta llena de rominas.

  4. por hoy y por mañana. más vale, emanuel.

  5. Nota del autor del blog: Gracias, muchas gracias. Pero mantendremos la intimidad en la intimidad.

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