RELATOS

Z de zorro

In Relatos on enero 21, 2008 at 6:40 pm

Calculó el monto del retiro voluntario. No era demasiado, pero alcanzaba para modelar la materia tenue de un sueño de juventud que una sucesión de hijos había postergado. En el camino del Banco Nación a su casa decidió el nombre de la panadería, que era el nombre de un postre inventado por una de sus tías. Lila recordaba pocas cosas de su infancia en La Carlota: la esquina del Club Jorge Ros, la muerte de su tía y el extraño nombre que la difunta le había puesto al más exquisito de sus inventos. Que la tía se había suicidado y que la familia culpaba al viudo. Que la había engañado siempre. Y que el postre Mérope parecía hecho de pétalos.
Una semana después Lila les mostró la casa nueva a sus tres hijos. En una esquina del barrio Marqués de Sobremonte, un 11 de mayo, los cuatro inauguraron la panadería. Se levantaban a las cinco de la mañana para hacer el pan. Los cuatro olían a amoníaco y a esencia de vainilla. Después de las 12 los tres chicos se bañaban y se iban a la escuela.
Una maestra le dijo a uno de ellos que las panaderías atraían a las ratas. Entonces comenzaron a mirar con alguna obsesión los rincones. Las esperaban, aunque no sabían qué hacer si las ratas aparecían.
Una flor de cuatro hojas, decía Lila. El mayor de sus hijos tenía 12 años, el menor, ocho. Querían ser psicólogo, abogado y soldado, respectivamente. Amasaban la materia pegajosa de un sueño de infancia. A Lila le costaba que las facturas no tuvieran un exceso de crema, porque sus hijos no hacían lo que tenían que hacer sino lo que querrían comer. Ese era el secreto de una mínima clientela, casi todos compañeros del colegio de los chicos, que entraban a la panadería mirando hacia los rincones, con la esperanza de ver una rata.
La panadería Mérope no fue un éxito en sus primeros meses. Pero Lila era optimista. Estudiaba amorosamente la masa, la ronca letanía de la máquina amasadora, las reacciones de la harina frente al agua primero y ante el calor después. Tomaba en sus manos los kilos de engrudo y los interrogaba. Los dominaba. Quizá no hiciera de ellos tanto medialunas como respuestas, posibilidades de la materia.
Además, esperaba. Se lo habían dicho: el día de mayor venta de una panadería es la víspera de navidad.
En los pocos minutos en que no tenía nada adentro, la amasadora parecía una máquina célibe de Jean Tinguely. Pero la mayor parte del día llevaba adentro el embrión de una producción masiva de pan dulce y budín inglés.
Con frutas, con chocolate, con membrillo, con almendras, con nueces.
Faltaban unas cuotas del horno rotativo, una máquina capaz de alcanzar las temperaturas del infierno.
El 15 de diciembre vendieron el primer pan dulce. Siete días después llevaban 400. Y todavía no era navidad.
El 24 a la mañana llegó Francisco. No lo esperaban. Hacía dos años que no lo veían. Los tres hijos de Lila lo vieron desde atrás del mostrador. Un colectivo 56 lo dejó frente a los bomberos y él caminó hasta la panadería. Tenía panza, y la camisa desprendida dos botones abajo del cuello. Fumaba y sonreía.
La historia de las veces que han visto a su padre es la historia de un enceguecimiento. Pero ellos no podían saberlo, o al menos no podían saber que la lógica de ese enceguecimiento no era al fin la lógica del éxtasis.
Lila estaba detrás, en la cuadra, que es como se llama la parte de una panadería en la que está la tabla, la amasadora, el horno y la mezcladora. Escuchó los gritos de sus hijos: llegó papá, llegó papá. Salió espolvoreada de harina. No quiso contradecir la alegría de los chicos. Lo besó con recato. Se sacudió el delantal. Mientras los chicos le mostraban la casa a Francisco, ella sacó el vino y la sidra de la heladera y escondió las dos botellas en su placard.
Con papá sí se podía hablar de ciertas cosas que a Lila le resultaban indiferentes. Fútbol, música de rock, las preguntas difíciles del cuaderno marrón del Carrera de Mente.
Lila se dividió entre el negocio y la cena de navidad durante todo el día. Pedía a gritos que le ayuden. Ella sola no podía con tanto. Es cierto: el día de navidad, las panaderías venden muchísimo. Además pueden hacer dinero extra cocinando lechones en el horno.
Cerraron la caja de la panadería Mérope a las once y cincuenta. Lila estaba radiante y extenuada. La deuda del horno, repetía. Pagamos la deuda del horno.
Brindaron por eso con varias botellas de coca cola. Francisco estaba rodeado de sus hijos y hacía bromas todo el tiempo. Reconoció que el pan dulce había salido rico, y sacó del bolso unos regalos.
Después del helado Lila se fue a dormir. No podía más.
Francisco les preguntó a los chicos cómo estaban. Para preguntar en serio, Francisco miraba fijo a los ojos y se mordía el labio inferior al terminar la pregunta.
El mayor contestó primero y los otros dos se animaron después. No muy bien. No queríamos ser panaderos. No queríamos levantarnos a las cinco de la mañana. Querían ser médicos, como él. O abogados. El mayor quería aprender a fumar para sostener el cigarrillo como él.
Mamá puede ser muy demandante.
Además las panaderías atraen a las ratas. Yo no quiero vivir en un lugar con ratas.
Mamá está loca.
Francisco los calmó. Había que entender a mamá: se preocupaba porque no les faltase nada. Hablaron por horas. Los llevó a la cama, les hizo cosquillas. Los tres hermanos se durmieron.
Lila no había podido dormir. Escuchó toda la conversación. Lloró en silencio. Mamá está loca. Mamá está loca. No queremos ser panaderos. Después escuchó las risas, la puerta de la pieza de los varones, los pasos de Francisco. Cerró los ojos para hacerse la dormida. Francisco se asomó a la habitación y siguió su camino.
Lila escuchó sus pasos hacia la panadería, la puerta, la vereda, la estación de bomberos.
Afuera aún sonaban algunos petardos.
El 25 de diciembre a las 7 de la mañana Lila se preguntaba, desesperada, por qué había escuchado todo eso y no el timbre de la caja, que estaba abierta, que parecía una máquina de espanto, y que tenía sólo algunas monedas y algunas tarjetas que decían Feliz Navidad, gracias por elegir el pan dulce de Mérope.


Publicado en Diccionario 2.

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  1. Ya postié que este cuento me gustó. Otra cosa: yo también quiero la colección completa de La Piedra, porque sólo al negro fiero ese se la regalas?

  2. Un día. Una epifanía. Los nenes como bolitas de ping-pong entre la materia certera de la madre y la tenue materia relampago del padre. Y una revelación, la modelización de un sueño. Una doble Nelson al epicentro de la memoria infantil. En otras palabras, estuvo guenaso….

  3. “las preguntas difíciles del cuaderno marrón del Carrera de Mente”. la biblia, el calefón y la mar en coche… o eran dos diferentes ? creo que nunca adiviné ninguna, me aburría antes de empezar…
    no baile mucho, rodríguez…

  4. Y LA “Z” , ¿dónde está? ¿y el zorro?Perdió el pelo y las mañas?

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