RELATOS

No te vayas campeón | 2

In Cosas que pasan, Uncategorized on julio 21, 2007 at 4:18 am

Recién vuelvo de Rosario. Nunca vi una ciudad más desconsolada.
Podría haber escrito sobre la insistencia inútil de buscarle consuelo: que no se fue, que dejó una obra eterna, que lo que sea. Ayer Rosario era una ausencia, una herida, un muñón de algo.

Publicado HOY en La Voz.

Desde Rosario.

Entrar a Rosario, ayer, era entrar a una ciudad en duelo. Caminantes cabizbajos, banderas a media asta, negocios con retratos de Fontanarrosa en cuadros junto a frases de despedida. Una foto aérea de la ciudad hubiera demostrado que el trazado urbano de Rosario cambió durante 24 horas. Una foto aérea de la ciudad hubiera revelado que las calles y las casas formaban un enorme “Chau Negro” a la vera del río Paraná que se podía ver desde la Luna.

Por la radio, canciones de Serrat recordaron todo el tiempo definiciones de amistad y de cosas que nos hacen llorar cuando nadie nos ve. Los locutores leyeron poemas, hicieron sus propias semblanzas. Todas las banderas estaban izadas a media asta.

Una parte importante de la ciudad se estaba yendo y la otra parte la saludaba.

Era el Día del Amigo, y las metáforas sobre la efeméride estaban de más. En todas las reuniones que llenaron los bares se alzó una copa en nombre de Roberto Fontanarrosa. Flor de tipo. Tipazo. Una persona de bien. Todo eso se decía en las mesas de los bares de Rosario.

Llegaron durante la madrugada del día del amigo. Se encontraron primero con el silencio de la calle Salta. Luego, con un puñado cada vez más grande de rosarinos que velaban en la puerta de la funeraria los restos de un hombre en tránsito a ser un monumento de la ciudad de Rosario. Subieron las escaleras, pasaron por los pasillos llenos de familiares e hinchas de Central. Antes de llegar a la sala de paredes celestes, leyeron en letras de molde un nombre que cifraba lo inevitable: Roberto Alfredo Fontanarrosa. Le dejaron una camiseta de rayas azules y amarillas, lágrimas de amor y una carta que ningún mortal podrá leer jamás.

Hasta las 11 de la mañana de ayer, el cuerpo sin vida del dibujante fue velado por una multitud silenciosa. Frente al cajón desfilaron humoristas, futbolistas y escritores amigos. Y miles de hinchas.

La caravana
A las 11, un aplauso cerrado dentro de la sala despidió al ataúd, cuya tapa se cerró sobre un cuerpo leve rodeado de ofrendas. Por los movimientos de los encargados de moverlo, daba la impresión de que no se estuvieran llevando 62 de los mejores años del dibujo argentino. O acaso de que la historia no tiene un peso mesurable en fuerza.
Cuando el auto negro salió de la sala velatoria la calle fue una orquesta de aplausos. Los que esperaban se aproximaron a tocar el techo del automóvil, a frenar su marcha un instante. Se rebelaban contra la fatalidad revoleando camisetas de Rosario Central. Con lo que les quedaba de garganta, unas 300 personas corearon “olé, olé, olé, Negro, Negro”.
Los automovilistas que no participaban del cortejo pero habían quedado varados por su paso, se bajaban de sus autos para saludar de pie. Ya a varios metros del Gigante de Arroyito comenzaban a aparecer en gran cantidad las camisetas canallas. Familias enteras vestidas de azul y amarillo y el aplauso más extenso, un aplauso-himno. Una bandera con el rostro del Negro flameaba sobre la multitud que, contra el viento del otoño, no dejaba de cantar. “Soy canalla, soy canalla, canalla yo soy”.   
Dentro de cada auto de la caravana parecía repetirse el mismo ritual: cabezas gachas que de vez en cuando resplandecían por el recuerdo de alguna anécdota. Roberto Fontanarrosa estaba haciendo reír a una multitud que lloraba su muerte. Contaban que se había reunido con sus amigos de la Mesa de los Galanes el miércoles anterior a su muerte. Que había hecho bromas incluso mientas le implantaban 35 millones de células madre en la médula. Que estaba contento porque Central había ganado 4 a 0 un amistoso contra Atlético Rafaela. Que estaba escribiendo un cuento que quedó inconcluso. Que a Luisito, su asistente, apenas si le salía un hilito de voz cuando tuvo que anunciar su fallecimiento.  Qué enfermedad de mierda, repetían.
Un ciclista seguía la caravana. Una mano en el manubrio, la otra levantada, con un celular enfocando la fila de autos. Pedaleaba con fuerza. Era una postal del cariño. 
 

Sobre el césped amarillo
El cementerio privado Parque de la Eternidad queda en Granadero Baigorria, a unos diez minutos del centro de Rosario si se unen ambas localidades en auto, a cuarenta minutos si se las une en un agradecimiento.   
La carroza fúnebre estacionó frente a la fosa. Franco Fontanarrosa, hijo del dibujante, y Luis, su asistente, tomaron el ataúd por las manijas delanteras y lo llevaron hacia una porción de la provincia de Santa Fe que guardará la parte visible de un hombre extraordinario.
Franco pide entonces que los camarógrafos hagan silencio. Lo rodean los amigos del Negro: Crist, Caloi, Tute, el Coco Silly, Jean Pierre Noher.
Más tarde otro hincha de Central se acerca a la fosa y deja un pedazo de césped del estadio canalla. Algunos murmuran que el Gigante de Arroyito cambiará de nombre para recordar al dibujante y escritor.
De las formas del amor, el último adiós es la más desesperada. “Gracias Negro por hacer grande a Rosario y a Central!” grita un hincha. Todos aplauden. Nadie se quiere ir. Una parte importante de la alegría yace a seis pies bajo tierra y nos deja solos. Para tanta soledad nos sobra el tiempo.
Sobre la línea finita con la que Fontanarrosa resumió el desierto, un perro le dice a su amigo: “La soledad es fulera”. El gaucho tiene un mate en sus manos y gesto de sentencia. “Estar solo no es nada, Mendieta –le dice–. Lo malo es darse cuenta”.
Afuera del cementerio una ciudad entera se está dando cuenta de lo sola que se queda. 

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  1. No hay mejores palabras que éstas.
    No hay mejor cronista que el que se duele en carne propia lo que cronica.
    Gracias por estar ahí. Gracias por contárnoslo hoy.

  2. Pareciera ilógico que alguien te agradezca por hacerlo sentir dolor a trvaés de una crónica. Yo te leí agradecida estos días.

  3. Val, Chat, gracias. Fue raro esto.

  4. Estas son las palabras que me hacía falta leer, el homenaje de verdad y no un reconocimiento más. Es por eso que me gusta leerte.

  5. puto el que escribe.

    me hizo llorar.

    gracias.

  6. gracias a vos, tin.

    Gracias ceci. Es por eso que me gusta que pases por acá.

  7. durísimo.

    muy buena crónica.

  8. Ya comenté en el post anterior… sin haber leído éste… bueno… me hiciste llorar nuevamente. Gracias por el relato, gracias por transmitir ese sentimiento de dolor y desolación, que como rosarino sentí ese día.
    Tal como lo decís, en las calles, la gente caminaba cabizbaja y no se escuchaban palabras.
    Durísimo golpe.
    Saludos,
    DrGEN

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