RELATOS

La Libertad

In Cosas que pasan, Relatos on enero 29, 2007 at 4:08 pm

La libertad

05.30 am
Me despierto antes que el mundo. Mientras voy en la moto hacia el hipermercado compruebo que perros, gatos, gallos y personas duermen el sueño que merecen. Yo manejo una moto azul de cien centímetros cúbicos a 60 kilómetros por hora por la avenida Colón hacia el hiper Libertad de Jacinto Ríos. Un imbécil me pedirá que firme una planilla. Otro imbécil me exigirá que la próxima vez llegue más temprano, y un último, soberano imbécil, me dirá que hoy comienzan las promociones de Traviata más mermelada y que por tanto tengo tres horas –hasta que el hiper abra sus puertas al público- para acomodar las góndolas de galletas, dulces, cacao y enlatados y armar una puntera con paquetes y frascos. Y sin frentear, me aclarará. Nunca frenteo, le mentiré. Siempre lleno las góndolas. Fijate. Cuando se retire por el fondo del depósito mascullaré para que apenas pueda oírme mi amigo Emilio, boludo de mierda, boludo con corbata, boludo con cargo, boludo con oficina. Emilio me mirará y en sus cejas podré leer que no nos queda otra.

06.15 am
Emanuel se está mirando al espejo. Cree que esa chaquetilla amarilla es un indicador de que su vida se fue al carajo. No sabe nada. Ni él ni su moto azul saben nada de lo que es una vida yéndose al carajo. Tengo tres mensajes en mi celular: un jefe me pide que haga algo para que la promoción de Traviata más mermelada no nos desactive la oferta de Express. Otro jefe me dice que el puesto de supervisor que estaba vacante ya fue ocupado, y que la próxima, Emilio, tal vez la próxima. En el tercer mensaje me entero de que a Mariana le dio positivo el evatest. No sé qué voy a armar hoy: una puntera, una pila, una isla. Lo que sea, tendrá la forma de la cara del dueño de mi casa, miles de paquetes de galletitas Oreo diciendo que me van a aumentar el alquiler. Y Emanuel se mira al espejo. Le toco la espalda. Le digo que hay trabajos peores. Albañil por ejemplo.

07.10 am
Emilio tiene un primo albañil. Un día un compañero se asomó por un andamio para decirle algo a una chica que pasaba y se cayó. Durante su viaje de diez pisos hacia una vereda de Nueva Córdoba no emitió ningún sonido. Yo hubiera gritado. Emilio también. Probablemente yo hubiese gritado un último piropo. Un “me muero por vos”. Emilio en cambio cree que gritaría “agarrame”. Es cierto: hay peores laburos que éste. Acá hay calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. Subimos al montacarga. Pusieron cámaras, y por eso ya no podemos comer Rodhesias mientras vamos al salón. Igual, detrás de la tarima cargada de cajas, nos guardamos dos en los bolsillos. Para el desayuno.

09.05 am
Abrieron las puertas del hipermercado y una turba de fanáticos de la liquidación de pollos avanzó sobre mi isla de fideos moñitos sin tocarla. ¿Con qué van a comer el pollo, tarados? Emanuel me hace reír: está subido al techo de una góndola, dándole los últimos retoques a su puntera de galletitas y mermeladas. Está agachado, en cuclillas. Lo veo de espaldas. “Se te ve la raya del culo, plomero”, le digo. Pasa una clienta con sombrero, una melodía en el pasillo de galletitas. Emanuel me mira, levanta las cejas. Nos decimos mentalmente que le damos, claro que le damos. La clienta alcanza a ver la porción de raya de culo que queda entre el logo de Bagley y la chaquetilla amarilla de Emanuel, y sonríe. Más o menos así me sonrió Mariana una vez en Santiago del Estero, hace cuatro años, dos hijos y seis semanas de embarazo. 

09.30 am
En la hora del desayuno, todos los repositores vamos al quiosco cruzando la plaza y jugamos al metegol. El Emilio es mi compañero. Saliendo del hiper recuerdo dos cosas: que la clienta que me vio la raya del culo era demasiado linda para las 9 de la mañana, y que a Mariana no le estaba viniendo. “¿Y? ¿Cómo les fue con el evatest?” Emilio me extiende su celular, aunque su cara cifra la respuesta. Le pregunto por qué se enteró por sms. Me dice que no quiso estar presente. Le digo que con razón la isla de fideos moñitos tenía la forma de una mujer embarazada. Cuando nos estamos riendo, la clienta que me vio la raya del culo sale con una bolsa hacia el estacionamiento, desactiva la alarma de un golf rojo, entra al auto, deja la bolsa en el asiento vacío del acompañante y hace un vasto gesto de “me olvidé la manteca”.

09.31 am
“¿Cómo sabés que es la manteca?” le pregunto. La chica es muy linda y lleva ropa negra, un collar de pelotas rojas y un sombrero. Es europea, creo.

09.32 am
“Me cuestionás mi deducción de la manteca y vos decís que la mina es europea sólo por su collar de pelotas enormes y rojas?”.

09.32 am bis
¿Cuántas mujeres hermosas entran en un minuto? La chica sale del auto, activa la alarma y camina hacia el hiper.

09.32 again
Emilio hace un chiste que no escucho. Desenvuelvo la Rhodesia y en el reverso blanco del papel que dice la marca, la fábrica, los ingredientes, el código de barras, el número de lote y la fecha de vencimiento anoto los últimos cinco versos de un poema de Ezra Pound:
“Tree you are, moss you are, you are violets with wind above them, a child –so high- you are, and all this is folly to the World”.
Le quiero anotar el teléfono pero anoto en su lugar el código de barras de la Traviata, paquete familiar de 780 gramos. Cuando me doy cuenta lo tacho, prolijamente, e intento de nuevo, concentrándome en el número de mi celular.

09.40 am
Emanuel le puso nombres a todos los jugadores del metegol. El delantero del medio es Giuseppe Ungaretti. Vamos mal, penúltimos. Los de Molinos nos llevan tres goles y el negro y Leandro van punteros a 11 de nosotros. Ungaretti la para. Engancha, amaga, y dispara. Golazo. “Por qué le escribiste en inglés?”, le pregunto a mi compañero mientras agarro otra pelota y la tiro al campo de juego. “¿No me dijiste que era europea?”, me dice. La pelota cae nuevamente en Ungaretti, que la pasa a Elio Vittorini. Vittorini demora la jugada, se la devuelve a Ungaretti. Golazo. Il dolore.

09.45 am
¿Si yo estuviera por tener un hijo, jugaría tan endemoniadamente bien como está jugando el Emilio? En un ratito se despachó a tres empresas. Ungaretti está on fire.
Salimos segundos. Igual somos los héroes de la jornada. Diez partidos al hilo. Volvemos al híper comentando las órdenes del boludo con corbata. Limpieza de góndolas. Se me ocurren paradojas muy fáciles con el nombre del hipermercado. El repositor de Georgalos dice que si fuera publicista haría un jingle para el hiper usando las estrofas del himno nacional que repiten libertad, libertad, libertad. El ruido de las cadenas de supermercados.

02.00 pm
Emanuel insiste en preguntarme cómo se va a llamar mi tercer hijo. Quisiera decirle que aun no sé cómo voy a  hacer para pagar el alquiler, pero le digo nombres de pila de cantantes que me gustan. Tom. David. Roger. Y si es nena: Bjork. “no te van a dejar ponerle Bjork”, advierte. Pero le explico que mi primo el albañil tuvo una nena y le puso Ípek, como la mina de la novela de Pamuk. Fue a un CPC. Parece que el secreto es ir a los CPC. En los barrios no te joden.

02.01 pm
“¿Bjork Carranza? ¿Le pondrías a tu hija Bjork Carranza?” Suena mi celular. Un mensaje de texto. “¿Y la Rhodesia?” Siento un escalofrío y le muestro el mensaje al Emilio. Es la chica con sombrero, la europea. Habla inglés y escribe mensajes de texto con acento. La amo. “Acá no hay acentos”, observa Emilio. “No, pero hay signo de interrogación de apertura, y si usa signo de interrogación de apertura, también debe usar acentos… y evidentemente le gusta Ezra Pound”. Emilio me pregunta entonces si Ezra es nombre de varón o de nena. Ya cumplimos ocho horas. En cinco minutos estaré arrancando mi moto azul para volver a casa por Sarmiento. Me habré olvidado de preguntarle a Emilio cómo es que su primo sabe de Pamuk.

02.30 pm
Mariana está leyendo. Los chicos la miran. Le digo que hoy armé una isla de fideos moñitos que después Emanuel dijo que se parecía a ella. “Si es nena quiero que se llame Valeria”, me dice. Yo le digo que si es varón, quiero que se llame Giuseppe. Como Ungaretti.

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  1. Genial!! risueño, cómigo, tierno, un cago de gusto leerlo.

  2. Como se escribió por allí, Emanuel, “su virtud ha vuelto a superar el examen, pero no pierdo la esperanza”.
    Ojalá sea nena.

  3. Estoy mareado de tanto ir y venir a tu pasado y a tu presente. Pero mareado re bien.
    Re bien mareado, che.
    Se agradece el guiño.

    Car iño,

    sesiño.

  4. Si, si. Definitivamente, volviste. Y con todo. Abrazos virtuales.

  5. Me cansé de alabarte, gil. Me tenés cansado. Merde.

  6. Cuántas falsedades!

  7. Me encantó el texto.
    Besos.

  8. Sí,como dice Pablo, volviste ¡Carajo!

  9. hoy volvi odiando la vida y deseando matar , juro que lo haria, a mi encargado igonrante, peor q acomodar galletas no es un domingo 10 de la manaña, cuando todos estan de resaca vender en un shopping libros de cuadrado porq lo recomendo lv3?, bueno, como siempre las letras ayudan a sentirse un poco menos miserable o igual pero no la unica jaja.

  10. Nunca trabajé en un hiper…(y espero no tener que hacerlo)pero, que buena crónica che!

    Vamos a ver qué más puedo hacer por internet, cuando debería estar haciendo algo para la facu…
    mucha suerte!

  11. Yo trabajé en falabella, sentí tu texto muy de cerca… espero escribir esa historia, leer la tuya ayuda… gracias.

  12. yo trabajé en el dinosaurio, en industria nacional, haciendo pastelería y en el despacho de postres. cuando los de eventos nos robaron la cocina nos tuvimos que ir al hiper a usar la cocina del fast food y cuando leí esto me acordé de las interminables cámaras, de la firma de planillas y de los boludos con corbata a los que terminé puteando minutos antes de irme para no volver. no estás solo !!!!!

  13. yo no trabajé nunca!!!!

  14. YO TRABAJÉ EN UN JARDÍN

  15. Escribí más cosas como esta hermano. Escribí para el pueblo,para los descamisados..No eras peronista vos?
    Salve.

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