RELATOS

Cuento de septiembre

In La piedra en el zapato on octubre 2, 2006 at 1:26 pm

1.¿No leíste el libro de Naomi Klein? le digo, sospechando su respuesta.
¿Vas a comprar la remerita o no vas a comprar la remerita? me dice, con poca paciencia. No era la respuesta que esperaba. Esperaba que me dijera que no había leído el libro de Naomi Klein.
Estas remeritas están hechas por niños famélicos tailandeses, le digo. Yo sólo las vendo, me responde, atinadamente. Noto que usa “sólo” y no “solamente”. ¡Vaya uso del adverbio!… pienso, o le digo.
Ella me mira.
La verdad es que me queda muy bien, le digo. Pero está hecha por niños famélicos tailandeses que trabajan esclavizados y reciben pagas degradantes.
Acomodate el cuellito, me dice mientras estira su mano. Siento el roce de sus dedos en mi cuellito. Tiene las uñas limadas y suaves como una especie de nube de calcio.

Naomi Klein, pienso, no estaría para nada de acuerdo con que yo esté de repente pensando en gastarme la mitad de mi sueldo en una remera que dice esta chica que es la que usa Tiger Woods cuando juega al golf. Reparo en que la tela cae de una manera verdaderamente delicada sobre mi panza que incluso adquiere cierto encanto incomprensible. Hay que reconocer que los niños famélicos tailandeses cosen de maravillas, reflexiono.

Te queda bárbaro, insiste, comercialmente seductora, la vendedora.
Lo que pasa es que yo quiero cambiar el mundo, le explico, y las revoluciones no se hacen con remeras de golf.
Me mira con ternura, pero a la vez con cierta incomprensión. En sus ojos adivino que no encuentra las palabras para decirme que si estoy bien vestido probablemente tenga más éxito a la hora de cambiar el mundo.
No, le digo, aunque ella no me ha dicho nada.
Me querés engañar para que compre esta remera. Me hacés creer que me queda bien y que incluso podría tenerte si me la compro, pero en realidad cuando salga de acá me veré ridículo, vestido como el mejor jugador de golf del mundo y sin saber bien de qué se trata ese maldito deporte.
¿Nunca jugaste al golf?
me pregunta, sorprendiéndome.
¡Están explotando niños famélicos tailandeses! grito, desesperado.
Ella llama al guardia de seguridad de la casa Niké. Hay algunos paseantes del shopping agolpados ante la vidriera. No se dice Niké, me corrige mientras el guardia viene corriendo: es Naiki.
¡Ojo! le digo al guardia: soy un luchador por la liberación de mi país, amigo del pueblo y de la libertad. Él parece no escucharme o no le importa un carajo lo que estoy diciendo; está haciendo fuerza para sacarme la remera de Tiger Woods. Mientras forcejeamos, recuerdo que debo caracterizarme por mi valentía y mi espíritu de decisión, así como por mi puntería –aunque en la puta vida vi un revolver, pienso- y por mi astucia. Aun así no logro zafarme de las manos del guardia. Lo que más me sorprende es que la chica, creo, me está haciendo cosquillitas en la parte del torso que me va quedando al descubierto a medida que el guardia va teniendo éxito en su empresa. Tiene las uñas limadas y suaves y su roce es dócil y perturbador a la vez. Poseo movilidad y flexibilidad, características que me permitirían escapar de situaciones de peligro, pero en este momento no puedo hacer un uso efectivo de ellas. Más bien pataleo como un perro epiléptico y grito que no flaquearé ni desertaré, ni mucho menos compraré esa remera de mierda.
Por suerte había ido a la casa Niké con mi amigo el Emilio, que tiene unos músculos poderosos y evitaba con ellos que el guardia me hiciera mayores daños que los que me estaba haciendo. Noté, en pleno forcejeo, que el bueno de Emilio había logrado expropiar una gorra y una tobillera en detrimento de la multinacional capitalista, latifundista e imperialista que explota a niños famélicos tailandeses. Emilio, le dije, medio asfixiado por el penetrante olor a Rexona que salía de la obesa axila del guardia –estaba yo atrapado en una especie de llave de lucha libre-: bien por vos, compañero…


No pude terminar la frase: la vendedora había dejado de hacerme cosquillas, había corrido a buscar un par de medias, las había enrollado y hecho bollo y me estaba metiendo el resultado de todas esas acciones en la boca. ¡Callate, pelotudo!.
Me dolió que no me gritara “zurdito”, o “subversivo”.
Emilio se dio cuenta y le aplicó un severo golpe de puño mientras le apretaba un pezón. La chica se hizo para atrás y luego para adelante, expulsada por el puñetazo y atraída por el tirón en la punta de sus notables pechos. Emilio sacó la lengua y me guiñó un ojo, aunque yo desaprobé lo poco revolucionario de su conducta. Adiviné que de alguna manera el ambiente aséptico, la oferta textil y el olor a las bolitas secantes que impiden que la ropa se humedezca habían contaminado la cabeza de mi amigo.

Un movimiento brusco del guardia interrumpió mis pensamientos. Agarrándome de un tobillo, me dio vuelta dejándome boca abajo. Aunque le mordí severamente la rodilla, no me soltó sino hasta salir del local, dejándome en el pasillo del shopping, con el torso desnudo pero la conciencia limpia.

Emilio salió, después, fingiendo tranquilidad hasta que la gorra activó la alarma. Un entrenamiento sistemático nos permitió correr hacia Falabella y luego hacia fuera del centro comercial. Una vez afuera quisimos dispersarnos y eliminar las pistas -por suerte no debíamos rescatar heridos-. Pero yo no tenía muchas ganas de ir por el camino más largo bordeando el shopping y encima en subida; y la gorra, le dije a Emilio, te queda realmente muy bien.

Quedatelá.

Creo que me doblé el tobillo en las escaleras… mentí. Emilio entendió, y me dijo que conservara la tobillera Niké. Echamos un vistazo hacia atrás: el guardia y la chica nos buscaban con la mirada: tenía los pezones paraditos, estaba excitada la guacha, me contaba Emilio mientras bajábamos por Coronel Olmedo hacia la plaza Colón para pedir un café con medialunas en McDonalds.

¿Y viste lo que eran esa uñas?, le pregunté.

Como una nube de calcio, me dijo.

2.
Al llegar a casa me di cuenta de que el episodio me había llenado de una rabia extraña contra Jorge Jinkis, el director de la revista Conjetural, a pesar de que en mi vida leí palabra alguna publicada por esa revista y que jamás había cultivado resentimiento alguno por cualquier tipo de publicación psicoanalítica. Sin embargo, de cruzarme a Jorge Jinkis camino de mi casa, estoy seguro de que lo hubiera golpeado, no sé si con la ayuda de Emilio.
Intenté relajarme: puse un disco de Pink Floyd y me pasé gel de alcohol por las pelotas.

Una fresca sensación de esterilización y antisepsia me introdujo en un mundo de ensueño durante los pocos segundos en que el efecto refrescante del gel tuvo efecto. ¡Sí-iuondedarcsaaaaid ofdemún!, canté.

¿Podrías hacer esto en tu pieza? preguntó, con cierta razón, y signos de asquito, el Emilio, que me había acompañado en silencio. No te reconocí por la gorra, me apresuré a excusarme. De todas formas carecí de explicaciones para madre, hermanas y tías, que disfrutaban de una especie de té o reunión de tupperware. No me acostumbro a la idea de ya no vivir solo. Maldito Jorge Jinkis, pienso mientras camino hacia la pieza. Y cuando estoy convenciéndome de que toda mi vida es un completo desastre siento que mi madre grita ¡Llevate el gel de alcohol del living, cabrón! (en el fondo me pongo contento porque mi madre ha aprendido un insulto que yo uso desde que me junto con exiliados ex militantes que ya volvieron de México)

3.
Me asalta de repente una idea: llevar los conceptos empresariales al mundo de las artes convierte a las artes en mercancía y entonces el mercadeo de la obra se convierte en algo más importante que la obra en sí. Muy largo para graffiti, pienso, pero anoto algo en un bloc pensando en una futura novela en la que todos los personajes se llamen Pancho Marchiaro.

4.
Le digo al Emilio que me deje solo. Que no se tome su trabajo de webmaster tan en serio. Prendo un par de velas. Digo algunas palabras en arameo. El espíritu de Palito Ortega se hace presente en mi pieza. Maldito hijo de puta, me tiento en decirle, y le digo.

¿Qué hago acá? me pregunta. Yo no estoy muerto.

No me preguntes, le digo, estoy aprendiendo espiritismo por Internet. Quería hablar con Jim Morrison.

¿Sabés inglés?

No.

¿Y cómo ibas a hacer?

No sé, no lo había pensado. Tal vez Morrison sepa castellano. Si yo muriera, lo primero que haría sería aprender varios idiomas.

Hoy con un solo idioma no sos nadie, corrobora.

Anyway, sos un hijo de putas, le digo.

¿Anyway? pregunta. ¿Qué es eso, por qué decís “anyway”?

Le quiero explicar que así habla el locutor de la rocka, pero se pone a mirar mis libros: ¿Cuántos de todos estos leíste realmente? La pregunta me ofende en varias direcciones y le grito: ¡qué mierda te importa! El espíritu de Palito Ortega, entonces, va al hueso: Sos un fraude.

¿Yo soy un fraude? le digo, violentamente. Vos le cagaste la vida a mi madre, con tus canciones huecas y tus películas horribles.

Tu madre me amaba, me dice, provocándome. Le quiero pegar, pero mi potente brazo atraviesa su figura como si se tratara de humo. ¡Maldito ex gobernador de Tucumán, vuelve a Maiami!, una lágrima de impotencia comienza a rodar por mi mejilla. ¡Vuelve a Maiami!

Tu madre y yo… qué bellos recuerdos… dice, mientras pone cara de que se acuerda de algo sexual.

¿Te estás acordando de algo sexual? le pregunto. De repente, ve el gel de alcohol que compré en Farmacity.

¿Eso es gel de alcohol? me dice, cambiando totalmente de tema. ¿Probaste ponerte un poco en las pelotas? Es lo más. Cuando madre abre la puerta el espectro se esfuma: quiero pedirle explicaciones, saber quién es realmente mi padre, pero la veo feliz y no le quiero cagar la tarde.

5.
Sueño que vuelvo a trabajar en el hipermercado. Todo es muy real, excepto porque hay perros que hablan y una rothweiller está enamorada de mí. Viene Daniel Link y me pregunta por los enlatados, los cubitos de sabor y el devenir del género policial en argentina. Tercer pasillo a la izquierda, quinto pasillo a la derecha y heladera del fondo, respectivamente, le digo. Vaya rápido: en primera instancia porque los enlatados se están acabando, pero sobre todo porque como usted ya lo ha dicho, el Ser se nos escapa por la cloaca heideggeriana.

Éste no es un hipermercado, me dice, aun cuando todo lo que en él hay supone una operación de oferta y demanda.

Oiga, le digo, yo sólo estoy trabajando aquí. Daniel Link anota que escribirá un libro: “Cómo se compra”. Yo lo freno: pare, pare, ¿qué sabe usted de comprar? Lo respeto como profesor de literatura, incluso estoy de acuerdo en un 95% con sus ideas, pero evidentemente usted no sabe comprar: esa columna que ha cargado en el carrito pertenece al edificio, no se vende. ¿Y además, cómo mierda hizo para sacarla?

Tengo fuerza sobrehumana, me responde. Un tema de Moby que está al final de una película con Matt Damon empieza a sonar después de las dino ofertas del mes. Me pongo a bailar. Uh baby, uh baby, denit fel apárt! Link me mira y se copa: uh baby, uh baby, like it always does! (Link sabe inglés, claro). Una promotora se acerca a ofrecernos Gancia: le digo que no puedo porque estoy trabajando, pero de repente no tengo más la chaquetilla de repositor y estoy vestido como el dandy de cinzano. Es un sueño maravilloso. La voz de nuestra época parecería ser la esencia de lo imposible, le dice Link a la promotora, seduciéndola. Ella me mira, perversamente, y me invita nuevamente Gancia en un vaso de plástico. La tomo de la cintura, retirándola del alcance de Link. “Habermas es heredero de la tradición crítica alemana fundada por Maz Horkheimer y Thedor Adorno durante la convulsionada República de Weimar”, le digo mientras le rozo la naricita con mi naricita.

Link se da cuenta de que lo estoy plagiando, toma un paquete de lentejas y me lo arroja en la cara. Estoy aturdido pero más que todo admirado por la precisión de Daniel Link. La promotora está sana, salva y tremendamente buena la miremos por donde la miremos. Desde el piso incluso le veo la bombacha. ¡Salí de ahí abajo, sucio degenerado!, me grita. De repente aparece el mismo guardia de seguridad de la casa Niké y me empieza a sacar la ropa del dandy de cinzano. ¡Cómo le llama a eso, gorila!, le digo. Daniel Link se va con la promotora diciéndole “Chocolates por la dialéctica”. Por suerte aparece el Emilio y agarra al guardia como para que yo pueda escapar. Cuando estoy saliendo una perra me grita un piropo y por alguna razón me despierto orinado.

6.
Finalmente voy a la inauguración de la Feria del Libro: por ser la cordobesa más famosa, nombran a Jessica Cirio madrina de la feria, lo cual tiene de positivo la posibilidad de verle los pechos a la vedette y de negativo que la vedette se ha tapado los pezones con poemas que salieron publicados en los clasificados del diario y grita, algo alcoholizada y mientras se agarra las tetas ¡esto es poesía, carajo!.

Más tarde me meto en una reunión de narradores orales que practican sexo escrito y trato de explicarles que están cometiendo un grave error. Hay una de la narradoras que está bastante buena, pero no se deja cautivar con frases como “hey, escribo en la Ñ”. Luego me percato de que la mayoría de los libreros aumentan sus precios en la feria, lo cual me indigna. Con el Emilio nos miramos –es una mirada cómplice no cargada de erotismo- y proponemos quemar a todos los libreros en el centro de la plaza, sobre todo al flaco de Rubén Libros, aunque Rubén Libros no participa de la feria, o precisamente por eso: ¿se creen muy importantes como para participar en la feria? ¿es eso? ¿es eso? le preguntamos, pero el flaco no responde. Entrada la noche lo veo a Daniel Link ¡vestido como en mi sueño! (cuando grito esto el Emilio se aleja de mí, celoso o convencido de que soy homosexual). A su lado está el guardia de la casa Niké preguntándole cómo se dice ¿Niké, Naik o Naiki? Lo que más me enfurece es que lleva una remerita cuya tela cae delicadamente y le da a su enorme panza un encanto incomprensible.

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  1. ¡Cómo me gusta la política! y tu cuento!

  2. Se dice “naiki”, pero con n minúscula. Es un toque más griega que la N mayúscula, un sonido como de n que se hace apretándose las bolas suavemente con una puerta de ascensor (automática, no de las manuales, porque varía la intensidad). Lo que no llego a entender es cómo aprendieron a pronunciarla así los griegos, sobre todo porque no había ascensores con puertas automáticas.

    L’emanuel: ¿para cuándo el libro? o ¿ya existe?… quizás por un par de los míos podemos canjearlo. Mantenéme al tanto.

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