RELATOS

Experimentos /// 4. Vendedores

In Experimentos con la verdad on septiembre 5, 2006 at 2:27 pm

30 días comprando boludeces a los vendedores ambulantes del centro de Córdoba.

Día 1.

Mi primer trabajo fue en el semáforo que hay en Rafael Núñez y Gervasio Méndez. Con mis hermanos, vendíamos alfajores a gente que conducía autos muy lindos. No duramos mucho. Unas semanas. No estábamos hechos para ese trabajo porque teníamos mucho resentimiento, y odiábamos a los que manejaban autos de gente rica, sobre todo porque no nos compraban ni un puto alfajor.
De ahí que, 15 años más tarde, cuando culmino la compra de un reloj despertador, le digo al vendedor que yo también vendía cosas en la calle.
– ¿Qué vendías?
– Alfajores.
– ¿Cuántos años laburaste en la calle?
– Una semana. Después a mi mamá le empezó a ir mejor.
– Entonces no te hagás el pistola.
Inmediatamente mete la plata en su monedero y prepara otro despertador para seguir aturdiendo a la peatonal con su pipipipí pipipipí.
– No quise…
– Íte, viejo. Tenemo que laburá.

Día 2.


Me siento en un banco de la plaza San Martín a hacerme el cabizbajo. Quiero que una mujer con dinero se apiade y se enamore de mí al mismo tiempo y me lleve con ella a su casa con pileta y me preste su teléfono para llamar a mis abuelos y decirle que lo he conseguido: he triunfado en la vida. Al lado mío hay un vendedor de pilas y títeres. Uno de los títeres hace un ruidito infernal. Chujíiiii, chujíiiii… Es una especie de pájaro con lengua de lagarto de trapo.
– ¿Cuánto cuestan?
– Tres peso.
– ¿Los hacés vos?
– ¿A qué?
– A los títeres…
– No. Son coreano.
– ¿Y de dónde los sacan?
– ¿Nosotro? Lo compramo en el mercado…
– ¿Ustedes?
– Nosotros –y señala la nada – mi mujer y yo.
Miro sin entender. Tal vez allá en el fondo su mujer vende los títeres en otra vereda. Pero no. El vendedor hace un ademán de abrazo, inclina la cabeza, llena su mirada de ternura y le dice a la nada entre sus brazos: – ¡Mirá mi amor, este chango creía que a lo títeres lo hacíamo nosotro!

Día 8.

– ¡A dos pesos los pouer reinyers!
Creía que habían pasado de moda. Me acerco le pregunto si tiene el power ranger colorado, aunque no sé porqué elegí el colorado y no el amarillo.
– Acá está el colorado. Dos pesos.
– ¿Por qué están tan baratos?
– Porque ya pasaron de moda.
Le cuento entonces que madre una vez quiso hacer dinero fabricando abanicos de Loco Mía. Me pregunta de quéeeee. Le explico que Loco Mía era un grupo español de música, una vez vinieron a Telemanías. Fue hace como 15 años.
– Mi mamá hizo mil abanicos de Loco Mía. Para cuando pasaron de moda, nos quedaban 980 en casa.
– ¿Sabés quién te los puede comprar?
Me da entonces una dirección, a la que voy porque no tengo nada mejor que hacer. Es un local comercial adentro de una galería oscura. Venden artículos bizarros, viejísimos, ridículos. Pósters de las tortugas ninja, hipopótamos con sacapuntas en el culo, tubitos de caramelos con formas de jirafas, un títere de Margarito Tereré, un goma goma, juguetes de plástico, planchas, vasos grotescos. Todo está cubierto por un polvillo que unifica todos los colores en una tonalidad mustia, desconsolada. Y los veo, apolillados. Dicen “Loco Mía” en una témpera azul que parece un resto de algas sobre un bote viejo en una playa abandonada. Me largo a llorar como un nene cuando reconozco la letra de mi madre. Los cuento. Son 20.

Día 11.


¿De dónde sacan las zapatillas los que venden zapatillas en la calle? Una vez me dijeron que se trata de gente que compra contenedores confiscados en la aduana. Compran sin saber que hay adentro de cada contenedor. Se arriesgan. A veces hay breteles de silicona. Y a veces hay zapatillas.
– Facha, ¿unas pumas?
– ¿De dónde las sacás?
No me contesta. Me agarra del brazo y me mete en una galería menos oscura que la del otro día, pero igual de triste. Los shopping entristecieron la ciudad.
– ¿Cuánto calzás?
– No sé. No quiero zapatillas.
– ¿Relojes? – Y saca un manojo de mistrales falsos.
– No uso reloj. Los relojes esclavizan a la gente. Pero ya que estás, decime que hora es.
– No están en hora. Soy un hombre libre.

Día 13.

Las viejitas que venden cosas en la calle tienen una certeza de marketing: la lástima vende. Arquean exageradamente sus cejas y es imposible no comprarles la canastita de agujas importadas de la República Checa.
– ¿Cómo le va?
– Mal, m’ijo.
– Bueno. Deme otra canastita.

Día 20.

Hay un flaco que vende manuales de reglas ortográficas al frente de una iglesia. Hace unos seis años, era mi jefe en un supermercado. Estaba encargado de la góndola de galletitas dulces. Era poderoso, sobre todo en la góndola de galletitas dulces. Los que trabajábamos en su pasillo lo considerábamos un triste hijo de puta. Se enamoró de una cajera e hizo echar a uno de nosotros, uno de quien se decía que se la había culiado después de una fiesta de fin de año. Estábamos acomodando las galletitas de acuerdo a nuevo criterio que haría que el supermercado aumentase no sé cuánto sus ventas cuando uno de nosotros dijo: “las cajeras de los supermercados tienen culos blandos porque se pasan el día sentadas”. El flaco escuchó. Lo hizo echar, acusándolo de robar latas de atún.
He caminado seis años la ciudad. El supermercado no existe más: se quemó, o lo quemaron. Mi compañero trabaja en un call center y dice que tiene el culo blando. La cajera se casó con un trompetista de una banda de cuarteto y tiene dos hijos. El flaco vende manuales de ortografía al frente de una iglesia. Le compro uno. Miro lentamente sus ojos. Quiero que me reconozca.
Soy un triste hijo de puta, pienso.

Día 30.

Se clavó con incontables gorritos de arlequín con los colores de la Selección. Está abatido. Le compro uno.
– Fue culpa del referí.
Espero que Racing salga campeón pronto, para poder usar el gorrito.

—————-

Los experimentos hasta hoy:

1. 30 días intentando hablar con quien se siente al lado mío en el colectivo.

2. 30 días intentado resulatrle interesante a los taxistas

3. 30 días sentándome en los canteros de la peatonal para conversar con los que se sientan en los canteros de la peatonal.

4. 30 días comprándole boludeces a los vendedores ambulantes del centro de Córdoba.  

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  1. Hablando de viejas que dan lástima.
    No sé si soy muy HDP o es que me enferma la gente que no se rompe para ganarse la plata.
    Hace antes de ayer estaba en la parada del colectivo, escuchando música a full, al volver a casa después de laburar 9 horas.
    Encima de que el colectivo pasa y salpica a cualquier cosa vestida, me interrumpe un repertorio de Smashing Pumpkins una mujer mayor demasiado bien vestida para andar pidiendo.
    – “Hola m’ijo, no tengo para el cospel, me faltan 50 centavos”
    – “Ajá”, agregué yo.
    – “Hagamos una cosa” dije. “Deme los 70 centavos, y tome este cospel”. Lo cual me sonaba un mal negocio, pero dadas las circunstancias, sabía que iba a resultar.
    – “No.. pero lo que pasa e’ que no sé… Y ¿si no cuentro colect…? No, No”
    – “No qué?” Le dije. “No querías un cospel!?”
    – “No.. pero lo que pasa e’ que… Ohh!! Eta gente, ni un peso quieren largá, qué barbaridá. Me faltan 50 centavo…”
    – “Chau, ya viene mi colectivo” Le dije, al comprobar que la plata no era para colectivo, sino para cualquier otra cosa.
    Plata para cualquier otra cosa no tengo. Si querés un cospel te vendo uno. Si tenés hambre te compro un “sanguche”. Bastantes garcas andan dando vueltas con papelitos de chicos con cáncer (los cuales o sorpresa llegan a mi mail de gente de otros países ¿? con el mismo chico y con el mismo verso!!).
    Y después están los que dicen que son HIV positivo, pero no tienen libreta que lo compruebe, o si le preguntásalguna delas drogas que se usan el el cocktail para tratamiento, no las saben.
    Sorry, no coin for you.

  2. El día 20 te pasate de auténtico!, hace muchos años trabajé en un supermercado que por supuesto ya no existe, yo era la encargada del depto de MKTG, (ja), y había un “encargado de salón” que era el enano mas HDP de todos los encargados que existian, hasta que un día se le saltó la chapa. Esa mañana sus gritos se escucharon en todo el depósito y oficinas, pasó corriendo como un rayo y se encerró en el office desde donde se escuchaban mas ruidos, ruidos a gritos, ruidos a loza rota, ruido a la pava contra el piso… cuando lograron abrir la puerta estaba en el piso, completamente enajenado. De más está decir que lo enviaron al psicoloco y que ya nunca volvimos a verlo. Han pasado casi 10 años y ya lo había olvidado, pero tu día 20 lo trajo a mi memoria. Hoy voy a mirar con más atención al vendedor que vende especias en la puerta del viejo supermercado, está medio loco, quien te dice que…

  3. ¡Encargada de MKTG!
    Los supermercados son lo que fueron las fábricas para la generación anterior… a nosostros nos unen palabras como Línea de caja, puntera, share… en fin. Gracias por el comment. Muy buena anécdota.
    Saludos.

  4. Ema, te vengo siguiendo hace rato. Por favor, nunca te conviertas en periodista. Sos de lo mejor que he leído. Plis, este sitio NO PUEDE estar en inglés!!

  5. Porque no y basta. Digo yo: alguien sabe quién es el famoso Fonseca? El sitio se podría llamar “penefonseca” para no decir “eso”?

  6. Off Topic aparte, muy desfasado en el tiempo de por cierto, Fonseca, creo, era un jugador de Talleres, de como hace treinta años, no?

  7. On Topic… Genial los experimentos…

  8. Primera vez por acá, probablemente la primera de muchas otras primeras veces.
    Juro que cuando en Madrizzz venda clases de matemática en la calle, no me voy a enojar si reconozco un voyeur entre mis alumnos-compradores.
    Me hiciste acordar de un noviete franchute, al que, ooobviamente, las veredas de Córdoba lo hacían mear de la emoción (en serio, cada vergüenza me hizo pasar el hijoeputa: la pelaba a cualquier hora y en cualquier lado). Una vez se le dio por hablar con una florista, la que, por supuesto, terminó enchufándole (pormedioeurodepormedio) una rosa. Lo miré descolocada (regalarme una rosa a mí es como adornar un espantapájaros con una tiara de diamantes), pero creo que de no sé dónde me salió un “gracias”(?!). Él me miró más decolocado aún, mientras le pegaba el primer mordisco a su rosa (se la manducó casi entera: prolijito cuando quería, le sacó las espinas). Estoy casi segura de que la florista algo vio, pero no se le cayó ni un petalín.

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