RELATOS

Do not smoke

In Uncategorized on agosto 23, 2006 at 12:32 pm

Publicado en la revista Escenarios de Julio/Agosto.

¿Qué lee la gente la gente en los bares de Córdoba?
Un ubi sunt inevitable: ¿Dónde están aquellos ceniceros en los que morían nuestros cigarrillos junto a un pocillo de café fuerte, mientras leíamos como si la ciudad enmudeciera de repente? Ahora que en los bares no se puede fumar… ¿se podrá seguir leyendo? ¿Qué lee la gente cuando no fuma?

Por Emanuel Rodríguez.
Tengo la imagen de padre leyendo La tregua, por ejemplo, en el Sorocabana. Como Salzano, que inventó ese bar sentándose a fumar y a leer. Si alguien leyó La tregua sin fumar, no la entendió. La tregua, dice mi padre, fue una novela para ser leída en bares, con cenicero y pocillo de café fuerte. Laura Avellaneda es un pucho en un día de mierda. Y ahora que no se puede leer La tregua, ¿qué lee la gente en los bares?
Sorocabana. Martes. 11 am.

Aparte del diario, nadie lee nada. La gente pasa menos tiempo en los bares porque quiere salir a fumar. El Ministerio de Cultura debería rever la medida del Ministerio de Salud. De todas formas, es un bar tradicional en una esquina tradicional de una ciudad tradicional. Si en media hora no entra una señora con la nueva novela de Cristina Bajo dejo de llamarme Emanuel. Y a los quince minutos sucede, aunque no es una señora. Es una chica de unos veintitrés años. Le pregunto por qué, y me dice que se enganchó con la historia de los Osorio. Que sabe que muchos de sus amigos y docentes de la facultad creen que se trata de una literatura menor, que no cambia el mundo, pero que también sabe que ninguno de sus amigos y docentes de la facultad es capaz de escribir un libro como los de Cristina Bajo. Quiero nombres, le digo. Quiero polémica. Pero no me dice nada que agite las aguas de un ambiente en el que convienen llevarse bien con todos. Le digo que conozco a Cristina, y me pide que le mande saludos.


Mandarina. Jueves. 10 AM.

Los que estudian no cuentan. Leer fotocopias carece de poesía. Es cierto: leer sin fumar, también. Pero fumar ya no se puede, así que habrá que encontrarle la poesía a leer mientras se juguetea con los sobrecitos de azúcar. Hay que hacer un ranking de escritores uruguayos más leídos en los bares de una ciudad llena de estudiantes. Gana Galeano. No hay con qué darle. Y hay que hacer un ranking de bufandas y pulóveres de la gente que lee Gracias por el fuego en los bares por la mañana. Ganan los tejidos a mano y de colores que no combinan. A veces da la sensación de que las librerías de saldo se mantienen gracias al oriental militante. Al frente de este bar hay otro en el que la gente además de leer los libros de Galeano lee en las paredes frases de Galeano que otra gente escribe y pega. A veces da la sensación de que todas las servilletas pegadas en la Alameda fueron escritas por un uruguayo medio en pedo, sobre todo las que repiten “Aquí estuvo Eduardo”.
Café del teatro. Otro jueves. 17 PM.

No hay que restarle mérito a la obsecuencia de este señor. Está frente al Teatro y está leyendo Escenarios. Tengo para mí que lo hace por si viene alguien del Teatro y lo ve. Asume postura de hombre que sabe de estas cosas y examina la tapa. Él tampoco la entiende, y eso me deja más tranquilo. Atrás hay un tipo leyendo a Wittgenstein, que parece ser el filósofo que hay que estar leyendo si se quiere pasar por un tipo interesante a las cinco de la tarde. Una chica de lentes lo mira intensamente. Achica sos ojos para enfocar en la tapa y veo cómo mueve los labios vit… guens… tein… Levanta las cejas y mira al tipo. Sale afuera y se fuma un pucho.
Paseo de las Artes. Domingo. 19 PM.

Acá hay varios leyendo. El ambiente lo impone. Hay olor a sahumerios. No sé cómo hace ese viejo para leer a Paul Auster con tanto olor a sahumerios. En cambio sí sé cómo hace la chica de la punta para estar leyendo una plaqueta de poesía cordobesa. Es probable que el olor a sahumerio salga de la propia plaqueta. Es de esas ediciones locales en las que el gesto de poesía loca consiste en alTerNar mayúsculas y minúsculas mientras se habla de cosas mínimas como la caca de un perro sobre una vereda de Alberdi. Más allá hay otro tipo leyendo a Kazuo Ishiguro. Tengo para mí que Anagrama le paga algo a este bar para que la gente traiga libros de ese sello. Están de moda los asiáticos
Otros bares. Otros días. Otras horas.

Es cierto: lo que más se ve es gente que no lee nada. Que toma café y escribe cosas en planillas. O que toma café y habla sobre cosas que escribe en planillas. Y también es cierto que hace unos meses, cuando aún se podía fumar en los bares, el escenario no era muy diferente. Lo comento con un tipo que deja de leer y me dice: no hay que alarmarse. Los que dicen que antes se leía más en los bares, son los que antes leían en los bares y por estar leyendo no veían que el resto de la gente no leía un carajo. Además, leer no es tan importante.

– ¿Y vos por qué estás leyendo?

– Quería evitar que algún gil me diera conversación. No funcionó.
Hago un listado de libros que vi en bares durante dos semanas dando vuelta por los bares: El código Da Vinci y los libros de Felipe Pigna pican en punta. Un John Berger en La ochava, que es un bar de intelectuales pulenta. Un McEwan en El Quijote (un anzuelo). Un Ulises sin abrir en el patio de humanidades (otro anzuelo). Un Marechal. Y una vez vi a un tipo muy parecido a mi padre leyendo La tregua. Era uno de esos bares en los que a nadie le calienta la ley antitabaco.

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  1. Saludos para Emanuel y un abrazo para la joven que me lee y que cree que escribo bien, será en el bar Mandarina? Dónde será que entró y el bufón del rey la vio? Cris

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