RELATOS

Fontanarrosa Doctor

In Uncategorized on agosto 21, 2006 at 3:34 pm

DISCURSO – ENTREGA DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA A ROBERTO FONTANARROSA.

UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA

9 de agosto de 2006.

Hinchada hay una sola.

Por Emanuel Rodríguez.

 

¡Todos con el culo en la pared! Llegó la barra.

 

Llegó la barra del Negro Fontanarrosa. La hinchada que lo sigue a todas partes, la que espera que un día de estos se construya por fin una tribuna alrededor del escritorio de Roberto –porque la barra le dice Negro, o le dice Roberto, como si el Negro Roberto nos conociera a cada uno de nosotros y nos tuviera entre sus amigos más cercanos, como si fuéramos a la distancia y cada uno a la manera que puede, uno de los comensales de su mesa de galanes-. La barra espera ese tablón para dar la muestra definitiva de afecto que la obra del Negro no requiere pero de algún modo pergeña. Los hinchas hemos leído declaraciones suyas en las que, como un jugador responsable del espectáculo, ha afirmado que para él lo importante es que sus lectores se diviertan. Y la barra quiere agradecer esos gestos. Quiere cantar que alienta al Negro desde que uno de los blancos de Villegas, a la manera de Cruz en el Martín Fierro, se enfrentó a sus propios compañeros de la milicia para pelearlos al grito de “así no se mata a un valiente”, espalda con espalda con un gaucho renegado que tras la victoria se negaría a continuar su aventura junto a su nuevo amigo porque a eso ya lo había leído en otro lado, y él quería ser original. Son treinta y pico de años. No le pidan a la hinchada que haga cuentas.

 

No quiero que Roberto Fontanarrosa vaya a mi casa. Es claro que no hay ninguna razón por la que el Negro pudiera de repente tocar el timbre de mi casa, ya que no sabe dónde queda y de hecho no sabe quién demonios soy. Igual no quiero que vaya porque sus libros yacen al lado de mi cama, o junto a la PC, o –húmedos, deformes- en el baño. Están desarmados y a algunos les faltan tapas y páginas de cortesía. Hay un cuento de Uno nunca sabe que se llama Una Historia de Navidad. Bien. No sé cómo termina, porque le robé el libro a un amigo y desde que llegó a casa a ese libro le faltan las páginas 181 y 182. La recopilación de todas las historietas de Boogie el aceitoso pasa tanto tiempo en mi escritorio que en su primera página tengo anotados los teléfonos de mis amigos. Si Roberto Fontanarrosa entrara a mi casa en este momento tal vez se asustaría. Los libros rectangulares de Inodoro Pereyra ya no tienen forma de libros. Como al resto de las obras del Negro que he ido acumulando como quien colecciona las entradas de los partidos inolvidables a los que ha asistido, el cruel otoño de las lecturas las ha desojado de manera tal que cada tanto, cuando necesito inspiración o cuando directamente necesito copiarle algo a Fontanarrosa, los alrededores de mi lugar de trabajo se pueblan de páginas sueltas como cuando un equipo sale a la cancha y la tribuna arroja papelitos. No quiero que Roberto venga a casa, porque él podría creer que se trata de una escena armada.

 

Los hinchas de Fontanarrosa nos hablamos en un código particular. Empezamos las conversaciones diciendo “escucha y aprende”, como Boogie. O decimos a cada rato “Ahí ta’ el huevo y no lo pise”. O tenemos la respuesta justa para cuando nos preguntan cómo andamos: “Mal, pero acostumbrados”. Ante el menor inconveniente nos aconsejamos: “negociemos, Inodoro”, y aunque ninguno de nosotros haya pasado más de media hora en un campo, repetimos “canejo” y “maula” incluso en ocasiones en las que ninguna de las dos palabras típicas del gaucho mayor de la argentinidad encaja en modo alguno. Nos sentamos de piernas cruzadas, con un cigarrillo en la mano y pocillo de café al frente para contarnos nuestras aventuras sabiendo que cada uno las cuenta más o menos modificadas respecto de la verdad, si es que la verdad existe. Nos hacemos los duros y repetimos que sólo hay una cosa que odiamos más que a los sucios jipis: a Greenpeace. Y cuando actuamos sin pensar no nos excusamos. Decimos que si querían alguien que piense, hubieran contratado a Marcuse. Y sabemos que Don Quijote no estaba loco: que unos extraterrestres preparaban una invasión a la tierra en naves camufladas de molinos de viento y que desistieron de sus planes cuando el caballero andante les propinó una paliza con su pértiga ante la mirada condescendiente de Sancho Panza. Lo sabemos porque lo leímos en Los Clásicos según Fontanarrosa. También sabemos que el humor es fulero cuando es una impostura. Boogie, Inodoro, Mendieta, la crueldad facial de la Eulogia y los personajes de los innumerables cuentos de Fontanarrosa nos enseñaron que el humor es una consecuencia natural de la vida. La literatura humorística suele pecar de forzar el chiste, de llevar la construcción de la escena hacia una caricatura exigida que en general no supera la instancia de parodia. En los cuentos del Negro, en cambio, el humor es un resultado inevitable: una conversación entre hombres que discuten formaciones de equipos de fútbol de décadas atrás, entre hombres que no se conocen demasiado y que apenas si han compartido largas listas de nombres de pila, apodos, apellidos y puestos en la cancha, no puede no culminar en una situación graciosa. Y sin dejar de ser sublime. Porque los hinchas de Fontanarrosa hemos escuchado por ahí que se dice que cuando el Negro hace estas cosas une lo profano y lo sublime. Los hinchas sabemos, por experiencia de más de dos decenas de libros, que no hay nada más sublime que pasarla bien mientras uno lee.

 

No conozco Rosario. He estado en esa ciudad sólo una vez, cuando mi viejo me llevó a ver Rosario Central vs Talleres. Fue el 10 de octubre de 1986. Lo recuerdo porque en el viaje de ida papá sacaba conclusiones: “Central está peleando el descenso, viene de perder con Racing… es un partido absolutamente ganable”. Talleres perdió 4 a 1, claro, y unos meses después Rosario Central salió campeón. Mi padre prometió no volver a pisar tierras rosarinas. Yo no quería dejarlo solo e hice la misma promesa. En el viaje de vuelta incluso prometimos que no nos enamoraríamos de rosarina alguna, que no escucharíamos más a Juan Carlos Baglietto y que no viajaríamos a Buenos Aires sólo para no tener que pasar por Rosario. Mi viejo decretó además que desde ese momento quedaba prohibido el rezo del rosario en las inmediaciones de la casa, una medida sin significado alguno en casa de ateos, pero que suponía toda una toma de posición. Creo que somos 5 hermanos porque mi viejo decidió poblar Córdoba de manera que en el Censo esta ciudad salga segunda y destrone a la del monumento a la Bandera. Pasados los años y con las figuras de Bauza, Escudero y Palma en el recuerdo, asumir mi fanatismo por Fontanarrosa frente a mi padre fue como tener que ir a decirle “Padre, soy homosexual”. Nos habíamos separado unos años, así que yo no sabía cómo le iba a caer el hecho de que el estante principal de mi biblioteca esté ocupado por los libros ajados del Negro. Sin embargo, como buen hincha que promete cosas, al viejo ya se le había olvidado el juramento: se había ido a vivir con una rosarina y lo primero que me dijo al entrar fue “¿Viste cómo juega Juan Antonio Pizzi?”, por entonces fino delantero de la escuadra auriazul. Por supuesto: él también es fanático del Negro, y me pidió que le prestara 20 años con Inodoro Pereyra. Nos miramos a los ojos celebrando el reencuentro. Lagrimeamos como hombres sensibles. Me abrazó y quedé a la altura de su oído. Le dije, tiernamente: “no te lo presto ni mierda”.

 

Los hinchas, que te admiramos, te saludamos, Negro. Te decimos gracias por todas las emociones que nos hiciste pasar. Gracias por esa vez que Mendieta se enamoró de una perra de raza y se negó a recibir dinero para servirla. Gracias por los loros apátridas y por la nena que baila y se desvanece como un poema en Ultra. Gracias por Boogie en la Guerra del Golfo, y por el cuento que explica que la fábula de la liebre y la tortuga tiene un trasfondo de verdad. O por ese en el que parece que el pibe va a debutar sexualmente pero en realidad le confiesan que los reyes magos no existen. O por ese en el que dos extraterrestres se sientan en una mesa de un bar de la ruta junto a unos tipos que les convidan vino blanco y les preguntan qué crema usan para la cara. Y la lista sigue: que construyan una tribuna alrededor de tu escritorio y seguimos allá. Te queremos contar que ya no sabemos si tus cuentos se parecen a nuestras vidas o si nuestras vidas se parecen a tus cuentos. Que crecimos dibujando a Martín Fierro a imagen y semejanza de Inodoro Pereyra y que todos hemos tenido un perro al que llamamos Mendieta. Que los bares de la noche parecen salidos de tus libros y que nos paramos a ver cualquier partido de fútbol que se juegue en una plaza porque nos enseñaste que ahí está la papa y que en esa pelota se juega algo inexplicable, como una música.

 

Eso pedimos. Que construyan una tribuna alrededor de tu escritorio.

 

Mientras tanto: ¿Sabrás, Negro, que cuando dejes esta ciudad una grey de fieles lectores, una turba de fanáticos que nos hemos tatuado a tus personajes en la piel, estará cantándote por lo bajo aquello de “¡No te vayas campeóoooon… quiero verte otra veeeeez!”?

Anuncios
  1. […] La última vez que vino a Córdoba cenamos juntos. Yo le había leído esto. […]

  2. “Viejo con árbol”

  3. Siempre quise llamar Mendieta a mis perros pero mi mama nunca me dejo ya que es su apellido. Durante los años de su vida universitaria habia sufrido los inminentes apodos y burlas a causa de la genialidad del Negro, por lo que todos los que vivimos cerca de ella lo hicimos en total desconocimiento de libros y de perros con personalidad.
    Ahora, vos me hiciste conocer que el mundo ha vivido equivocado, J me regalo el libro y yo me voy a Ginebra sabiendo mas de mi.

    Excelente texto, me hubiera gustado verle la cara mientras se lo leias.

    Muaks

  4. Estuve ahí y fue la primera vez que escuché tu nombre. Primero no entendía por qué carajo un “chabonqueaparentementenotienenadaquever” iba a leerle algo a Fontanarrosa “en la entrega de su título honoris causa… ¡que hable el negro y el rector! ¿Qué se tiene que mandar un paparazzi de La Voz?”. Al rato me estaba recagando de risa y decidido a buscar algo para leer del chabónqueaparentementenotenianadaquever.

    Año más tarde me encontré con tu blog, pero recién hoy veo este post y recordé la risa enferma que me causó cuando dijiste “no te lo presto ni mierda”.
    Me cagué de risa tan honestamente que tenté a la gorda seria que tenía al lado, que aparentemente no le habia causado mucha gracia ese fragmento de tu discurso.

    Una alegría encontrar el discurso acá. El Negro capaz que lo lea desde arriba, porque en el cielo seguro que hay Wi-Fi. Abrazo.

  5. “—Se imagina usted, Borzone, que si el hombre, luego de ocho horas de trabajo en una oficina, por no decirle un taller, Borzone; con todos los quilombos que tiene en la cabeza con la cuestión de su economía, de su trabajo, de los impuestos, de la caída de los mercados financieros en Tokio, Borzone, no lo olvide; con el problema del coche al que le cagó por enésima vez la bomba de nafta, si el hombre, reitero, debe acordarse, antes de volver al anochecer para su casa, de pasar por el puesto del florista a comprar un ramito de petunias; petunias le digo, Borzone; para deslumbrar a su adorable esposa que lo espera cocinando y darle así una sorpresa que los remita a sus años de noviazgo, entonces, entonces estamos cagados, Borzone. La raza humana está recagada…

    (…)

    —Para la mujer misma es un incordio, Borzone —exhaló, doctoral y comprensivo—. Lo digo para que usted no confunda esto con una proclama machista. Para la mujer misma, que ya no es aquella de treinta años atrás. Si la mujer tiene que pegarse un baño cuando regresa del trabajo, calentar la comida que le dejó a medio cocinar la morochita que hace las veces de sierva, lidiar con el pendejo chiquito que ha alcanzado niveles de violencia demencial tras ocho horas de televisión viendo al pelotudo de Chuck Norris, y luego de eso, en los exiguos cinco minutos que le quedan libre antes de que llegue su marido con el bendito ramo de petunias debe vestirse como una diosa del Olimpo o engalanar la casa con guirnaldas de muérdago o bien aromatizar el hogar con incienso de Benarés… entonces estamos cagados, Borzone. Estamos total, definitiva y absolutamente cagados, Borzone”.

    Yo no puedo creer que vos escribiste ese discurso y se lo leiste al Negro en su cara, no lo puedo creer, te juro que se me llenan los ojos de lágrimas y me imagino que habrás sentido (¿lo tenés grabado?). Y cenar con él, too much…

    Después de esto vos tenés que saber que tenés al mundo entre tus manos, Emanuel, si no te das cuenta de eso, entonces estamos cagados…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: