RELATOS

Alice Munro

In Uncategorized on Noviembre 21, 2009 at 5:29 pm

Hay que leer a Alice Munro. Hay que buscar sus libros, pedírselos al librero, esperar que lleguen desde Barcelona o desde Buenos Aires. Incluso hay que aprender inglés sólo para poder leerla en su lengua original. Hay que dejarse llevar por el atolondrado fanatismo que puede despertar el descubrimiento de la maestría con la que Alice Munro cuenta, en las pocas páginas de cualquiera de sus cuentos largos, el destino de una vida.

Munro vende muchísimos libros en Canadá, el país en el que nació en 1931. Durante la década de 1990 se convirtió en un secreto a voces en el resto de América del Norte, un rumor de exquisitos que comenzaban a considerarla la mejor escritora viva en lengua inglesa y que promovían su lectura con el entusiasmo de los descubridores. A la Argentina llegó por medio de libros importados, y en algunos casos gracias a las precisas traducciones de Marcelo Cohen (hay que leer a Alice Munro traducida por Cohen: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio debería ser una materia en la escuela de traductores). Su recepción crítica se inauguró con un artículo también entusiasta y seductor de Graciela Speranza, directora junto a Cohen de la revista Otra parte. Una película de Sarah Polley, Lejos de ella, basada sobre uno de sus cuentos, también hizo sonar su nombre por ahí. La distribuidora nacional del sello español RBA percibió el fenómeno y trajo El amor de una mujer generosa. Después llegó Escapada, y la esperada Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Hacia finales del año pasado llegó por fin La vista desde Castle Rock, el último libro escrito por Munro hasta el momento. En Córdoba, todos esos títulos eran difíciles de encontrar: había que encargarle al librero que los traiga, esperar que lleguen, esperar que el librero no se los venda a otra persona, y domesticar la indignación que provoca el precio europeo de las cosas. Todo eso valía la pena. Ahora el sello Del Nuevo Extremo distribuye con cierta regularidad esos pequeños tesoros.

Quedan varios títulos por traducir: Dance of the Happy Shades (1968), Lives of Girls and Women (1971), Something I´ve Been Meaning to Tell You (1974), The Beggar Maid (1978), y dos traducciones de las que en Argentina no se tiene noticia (parientes en España, ya saben qué traer cuando vengan), Las lunas de Júpiter (Versal, 1990), Amistad de juventud (Versal, 1991). Finalmente, Del Nuevo Extremo anuncia la distribución de El progreso del amor, publicado en inglés en 1984, para los primeros meses de 2010. Una de las mejores noticias acerca de leer a Munro es que queda aún mucho por descubrir.

Ovacionada.
¿Por qué hay que leer a Munro? ¿Por qué despierta esta mujer ese deseo de recomendación que parece un tanto desfasado de los tiempos de la crítica contemporánea? ¿Qué tienen sus libros, tal que cualquier aproximación crítica parece chocar con gusto contra el impulso de ovación? No es una escritora de vanguardia, sus historias ocurren casi todas en ambientes rurales canadienses, en períodos de tiempo que van desde finales del siglo 19 hasta mediados del 20. Ha escrito una sola novela, Lives of Girls and Women, que es más bien una colección de relatos ligeramente encadenados por la recurrencia de algunos personajes. No tiene, tampoco, ninguna predilección por lo escandaloso, por la ruptura formal o siquiera por la discusión política. Sus libros no tienen casi nada de lo que tienen los libros que más se venden en el mundo. Y sin embargo es imposible dejar de leerla, es imposible dejar de identificarse con sus personajes o resistir la profundidad con la que observa la vida interior de las personas. Es imposible, también, resultar ileso de su lectura. Algo toca Munro cuando escribe, algo que tiene que ver con nuestra comprensión del amor y de la familia, del destino, de las marcas de la vida, de las vueltas que puede dar una biografía para volver a encontrarse frente a lo que más la atemoriza o conmueve.

Sus historias son, ante todo, entretenidas: si bien Munro tiene una precisión descriptiva asombrosa, y logra momentos de reconstrucción histórica que parecen recrear al detalle un pasado remoto, esa tarea levemente historicista queda muy en segundo plano frente a la potencia de las anécdotas. Historias en las que el azar, la educación sentimental, los rumores de pueblo y las búsquedas personales terminar por unir o desunir a la gente, por poner a la gente frente al abismo de sus emociones.

Mujeres de pueblo. Algo enérgicamente femenino atraviesa su estilo: Munro ha contado varias veces que escribió gran parte de su obra en los intersticios de su tarea doméstica, mientras sus hijas dormían la siesta o mientras su esposo disfrutaba de la sobremesa. Una tensión constante entre la predestinación social y la voluntad personal parece haber nacido de esas rutinas, y al mismo tiempo una solución amorosa a esa tensión parece haber evitado la salida fácil de la rebeldía. Una conciencia trágica de la mujer en el mundo está detrás de las anécdotas que Munro toma, primero, de su infancia y de la historia de su madre –la principal fuente de material de la que se ha servido la escritora en sus primeros libros–, y luego de lo que oye en el pueblo, de lo que le cuentan las personas que la rodean. Sus cuentos tienen una relación clara con aquello que llamamos realidad, con la ventaja de que Munro sabe que aquello que llamamos realidad es oscuro y misterioso. Su principal arma para transmitir esa consternación frente a la densidad de lo que pasa es una adjetivación copiosa pero certera, y el uso reiterado y al mismo tiempo sutil de adverbios de modo, un ejercicio de suma precisión que parece nacer de un respeto sagrado por la imagen, por el modelo, pero también por el retrato emocional de la situación.

Alice prefiere el rumor, el chisme en su acepción más generosa, el temeroso murmullo del pueblo, antes que la plana seguridad de una noticia. Apela a esa cuestión un tanto mágica del cuchicheo y de la transmisión familiar del conocimiento. Vuelve a la infancia, y esa vuelta adquiere cada vez un espesor más dramático, una exploración de cimientos capaz de sacudir un edificio.

Sus cuentos son largos, uno debe disponer de por lo menos una hora o dos para leer uno completo: será la mejor hora del día, la hora en la que una experiencia íntima de la literatura podrá ofrecer, además del placer de una historia bien contada, un vistazo sobre las posibilidades de explorar la libertad (explorar todo lo que una mujer puede o no puede hacer en la sociedad, indagar en las fuerzas ancestrales que la convierten en un ser que debe combatir a la naturaleza y a la historia para ser libre, pero también todo lo que un hombre puede ser cuando se enfrenta a su propia libertad), sobre la condición amorosa, sobre las tensiones entre los paisajes de nuestra infancia y los de nuestra fatal adultez. No es un vistazo sencillo, aunque venga con la amabilidad de una prosa delicada: la distancia entre los sueños de la inocencia y las pesadillas de la experiencia puede ser tan hermosa como brutal, tan dulce como rabiosa.

Un deseo claro, continuo, de movernos en su elemento, de contagiarnos de su minuciosa preocupación por lo que está adentro de uno mismo y de los otros. Un entusiasmo burbujeante. Algo parecido a la felicidad. Por esas cosas hay que leer a Munro.

 

Joven

In Relatos, Uncategorized on Octubre 8, 2009 at 3:32 pm

Jueves 2 de julio de 2009

Julia está muerta. Me avisaron por teléfono mientras desayunaba. Sobre la mesa de la cocina aún descansa como si también se hubiera quedado petrificado el jugo de zanahorias y naranjas que ocupa tres cuartos del único vaso que sobrevivió de un juego de 12 que nos regalaron a los dos hace 11 años. La sorpresa, el impacto, exagera el simbolismo de las cosas.

Al principio pensé que sería sólo eso: puro impacto. Mi ex esposa, muerta. Una integrante más de la sociedad, con el dato apenas estadístico de haber dormido conmigo durante más de dos mil noches. Me bañé, me vestí sin luto, en el espejo del ascensor me acomodé el cuello de la camisa y en el restaurante no dije nada. Ni siquiera saben que alguna vez estuve casado: pensé que darles la noticia de la muerte de Julia sería mucho más engorroso que doloroso. Hasta las tres y media fue un día normal. Los cuchillos, las tablas, las sartenes: la seguridad de los objetos conocidos.

A las cuatro tenía terapia, como todos los jueves. Cuando llegué a la salita de espera empecé a pensar en lo que le diría a Manuel y comencé a llorar. Fuera de control, mis ojos no dejaban de chorrear y sentí mi cuerpo disminuirse a su expresión más miserable, adoptar la pose fetal de los desprotegidos y desobedecer cualquier orden de decencia,  formalidad o urbanidad. Una mujer se vio obligada a acercarse, tocarme la espalda y demostrarme una solidaridad conmovedoramente inútil. Me cuesta aceptar que esté muerta, muerta como los muertos de la televisión o muerta como mi abuela materna, muerta muerta, a diez metros del césped de un cementerio parque en Puerto Madryn.

Manuel salió del consultorio, despidió a su paciente con una sonrisa e inmediatamente acomodó el rostro a una modalidad de consternación más adecuada a mi llanto. Me hizo pasar y antes de que cerrase la puerta pude la ver la cara de la mujer que me había tocado la espalda. Por unos instantes imaginé que me entendería, que sin necesidad de yo le hablase y le pagase para que me escuche, aquella mujer me entendería. Al fin y al cabo, pensé, esa mujer estaba también en la sala de espera. Algún otro psicólogo conocería la intimidad de su propio desastre. Ella se sentiría frágil y al mismo tiempo segura en el sillón de su terapeuta, más cerca del equilibrio entre locura y normalidad que hace falta para sobrevivir a la ciudad. Esa última imagen me dio bronca y me senté con rabia, haciendo ruido en el sillón. Hice una cuenta rápida: hace exactamente  49 jueves que vengo a terapia con Manuel.

-Julia está muerta.

-¿Quién es Julia?
Jueves 2 de julio de 1992

Tenía que esperar por los lentos. ¿De qué otra manera podría acercarme lo suficiente? Sabíamos que nos íbamos a encontrar en los quince de Celeste, sabíamos que nos habíamos mirado más de lo común, sabíamos todo eso, pero no sabíamos cómo acercarnos lo suficiente. Yo tomaba un trago primavera sin alcohol que había aprendido a pedir después de leer una entrevista a Fito Páez en la 13/20: en esa misma revista había aprendido trucos inservibles para ocultar los granitos y que era mejor usar remera debajo de la camisa, preferiblemente estampada. Me puse la de los Guns, la camisa desprendida, y un falso Guess azul que me apretaba las bolas. Me sentía algo inseguro con la indumentaria, como si alguien pudiera acercarse a denunciar la ilegitimidad de mis pantalones. En mis fantasías de vergüenza, era la misma Claudia Schiffer quien venía con su cuerpo semidesnudo a crucificarme por usar unos falsos Guess. ¿Se habrá dado cuenta Julia de que yo pensaba, con mi primavera en la mano derecha, en Claudia? Lo cierto es que los lentos no llegaban, y el resto de la gente parecía no necesitarlos. Nosotros ya habíamos hablado de Vilma Palma, de lo raro que era salir un jueves, de que por fin estábamos de vacaciones –aunque ninguno de los dos las necesitara realmente-. Rodrigo se acercó a nosotros y con un descaro que envidié profunda y odiosamente invitó a bailar a Julia. Disimulé bebiendo lo que quedaba del primavera. Julia me miró antes de aceptar, y lo interpreté como un pedido de disculpas. Se incorporó y caminaron hacia la pista. De repente tuve la sensación de que todos me miraban y se reían de mí. Bailaron Mano Negra, Violadores, Soda Stereo. Julia se sabía la letra de Cuando pase el temblor y disfrutaba de cantarla casi a los gritos. Cuando saltaba, sus pechos parecían a punto de escaparse del vestido y Rodrigo no podía evitar mirarla. Yo me quedé sentado, un mozo me trajo empanadas y sidra sin alcohol. Maldije a los padres de Celeste y me pregunté si los de tercero A habrían podido ingresar al salón el cajón de cerveza que pretendían tomar. Los busqué, pero cuando los encontré bajaron las luces y comenzó a sonar un lento de Roxette. Me di vuelta, aterrorizado, y busqué a Julia.

Volví a sonreír cuando la vi sentada, sola. Se había cansado de bailar, me dijo.

Pero esto se baila sin saltar tanto… no cansa, le dije.

Cuando me acerqué, sentí más fuerte la presión de los falsos Guess y le rogué a Claudia Schiffer que no explotaran, me arrimé al oído de Julia, a la mejilla de Julia, respiré el aire que ella espiraba, sentí el perfume del Impulse violeta mezclado con el Beldent y la besé.
Jueves 2 de julio de 1998

Me pareció un gesto adorable de su parte: el día que rendí la última materia, Julia me preparó una cena. Obviamente, ella nunca había cocinado para mí. Nuestra convivencia tiene pocas reglas y una de ellas es que yo cocino siempre. Si no traigo a casa lo que cocino en la escuela, preparo alguno de los platos que me hayan enseñado y montamos cada día una mínima farsa como de restaurante propio, una especie de fantasía que deriva luego en que la clienta se olvida de la billetera o se queda sin fondos en la tarjeta de crédito y entonces propone pagar la cena con sexo oral, sexo anal, sexo sobre la mesa.

Durante algún tiempo esa práctica nos excitaba tanto que yo cocinaba ya con una erección indisimulable, y muchas veces en la escuela el olor de la cebolla rehogada me había puesto en una incómoda situación. A Julia también le gustaba que yo le contara sobre esas erecciones y sobre mis esfuerzos por ocultarlas, se reía y al mismo tiempo comenzaba a tocarme y a desvestirse.

Preparó la cena semidesnuda, contra mis consejos sanitarios y de seguridad: el delantal le tapaba el pubis pero le dejaba al descubierto la cola y las tetas. Yo la observaba desde el living, y le pedía algunas poses imprudentes. O me acercaba para guiarla, pero ella me rechazaba y decía que tenía que cocinar sola, sin ayuda. No hay mayor felicidad en el destino de un hombre que descubrir su misión, y la cola de Julia, los pechos de Julia, la cintura de Julia, eran mi misión: veía esas partes del cuerpo con el permiso del delantal y me sentía alcanzado en mi corazón por una emoción indescifrable, cariñosa, pero también violenta y misteriosa. Julia cocinó durante dos horas un pollo que terminó demasiado seco, y sin embargo yo tenía la seguridad de no haber probado en mi vida mejor bocado. No había vértigo en la noche: un concubinato alegre nos había privado de esas sensaciones riesgosas, y sin embargo una impresión algo peligrosa me embargaba, exagerada, sí, pero al mismo tiempo de una exageración que podía resultar insuficiente. Cenamos, cogimos, volvimos a comer y volvimos a coger. Nos acostamos tarde.

Julia duerme desnuda, la calefacción del departamento está al máximo y las ventanas empañadas. Sobre uno de los vidrios Julia escribió que me ama y que bailar conmigo nunca cansa. Debajo de esa ventana están, sin abrir, algunos regalos de nuestro casamiento.

Jueves 3 de julio de 2002

Ayer fuimos al salón en el que nos besamos. Ahora es un supermercado. Calculamos a grandes rasgos algunas distancias y decidimos repetir el beso frente a la góndola de las cremas. Nos reímos de algunos cambios en mi cuerpo: debo pesar 14 o 15 kilos más que hace 10 años. El cuerpo de Julia, en cambio, está más imponente pero igual de delgado, como si se hubiera afianzado o consolidado, como si las mismas curvas que tenía a los 15 años ahora fueran más definidas. Me siento un hombre afortunado cuando la abrazo y percibo la dureza de sus músculos, la forma de su espalda. Es un espectáculo algo ridículo, pero nuestro beso se alarga. Julia tararea Listen to your heart, la canción de Roxette, aunque yo creo que la que sonaba aquella noche del cumpleaños de Celeste era Spending my time. Así que tarareamos dos canciones diferentes y volvemos a besarnos, bailamos mínimamente.

Después cenamos. Martín nos invitó a su restaurante cuando se enteró del aniversario. También nos obsequió un Rutini que yo había estado buscando para mi propio restaurante. Cuando brindamos, Julia comenzó a llorar.

En secreto había cultivado el plan y en secreto se había cansado de nuestra vida de costumbres. Demasiado común, repetía. Los sorrentinos de mi plato quedaron intactos, aunque pude oler la salsa de tinta de calamar y reconocer mi receta. Me prometí agradecerle a Martín su homenaje antes de salir de esa situación infernal, pero en unos minutos la conversación de Julia me depositó en otro lugar.

Se quiere ir al sur. A Puerto Madryn o algo así. Siente que tiene lo que siempre creyó querer, pero no le alcanza. O no es eso, no se trata de que alcance. Se trata de que no se siente viva. Mis reacciones son comunes, ordinarias, y la decepcionan aún más: le pregunto si ya no me quiere, si está viendo a otro hombre. Me dice que está aburrida, que es siempre igual, que su trabajo es rutinario y yo soy rutinario, que mientras atiendo el restaurante ella tiene una vida propia, claro, pero que esa vida no le interesa. Le pregunto si no es feliz. Me dice que no se trata de la felicidad, o por lo menos no de esta felicidad tan… tan… Tartamudea. Busca la palabra, tal vez intente crear un vocablo nuevo, bebe un trago de vino, Tan encajonada.

-¿Encajonada?

-Sí. Acomodada en cajones.

Pienso en la Venus con cajones y veo a Julia atravesada de cajones. Pienso en nuestro dormitorio, en el cajón de mis medias, en el cajón de su ropa interior. Las imágenes me impiden entender lo que Julia está diciendo. Por momentos su llanto es tan copioso que cae sobre el plato.

-¿Cajones?

-Sí. Cajones. Vas a trabajar, volvés, cogemos, dormís, te comprás un auto, me comprás otro a mí, nos vamos de vacaciones a Brasil. Cajones.

No puedo entender qué quiere, y entonces insisto en la tesis del otro hombre.

-No quiero esto, Emanuel.

Mi nombre suena como una explosión o un disparo. Un acento solemne en el final de una tragedia. Hay algo de júbilo en la desesperación de las palabas de Julia. Algo del orden del desahogo. Algo que me atraviesa el estómago. El vino es cálido y delicioso, áspero, corpulento, pero no puedo disfrutarlo.

-Decime la verdad. ¿Estás con otro hombre?

Jueves 2 de julio de 2009

Manuel me escucha pero a veces lee mensajes de texto que le llegan al celular. Yo no puedo parar de hablar. Es la primera vez desde el año 2002 que hablo de Julia. Cuando se fue no di explicaciones a nadie, me concentré en la cocina, en el restaurante, y llegué a mudar algunas cosas como para dormir en el local. Agregué nuevos platos al menú, me acosté con tres de las cuatro mozas, y creí enamorarme de la cuarta. Cuando no venía gente al restaurante, alguna de ellas daba el primer paso hacia la cama que yo había instalado detrás de la cocina y cogíamos sin demasiada gracia pero con ímpetu. Algunas noches, incluso, fuimos más de dos en la cama. Una de las mozas renunció y la reemplacé con un hombre, en un gesto de torpeza elemental pero con el objetivo de tranquilizar la pija.

Un año después comencé a leer, y otro año más tarde, a escribir. Con el tiempo, el personal del restaurante se renovó por completo y ninguna persona de las que tenían un trato diario conmigo sabía nada de Julia. Martín se fue a vivir a Alemania, conoció a una cocinera de nombre Sophie y se casó. Me escribía emails y me contaba que era un hombre feliz. A los pocos meses quisieron tener hijos, pero descubrieron que Martín era estéril. A Martín se le ocurrió entonces un plan descabellado: tenía un vecino físicamente muy parecido a él, que tenía tres hijos hermosos. Le pagaría a su vecino para que embarace a su mujer. Yo no respondía sus emails. O le respondía sin responder: Ok, suerte. Besos. Saludos a la alemana. Cosas así. El vecino aceptó el dinero, convenció a su propia mujer y comenzó a acostarse con Sophie. Martín me escribió contándome que estaba sorprendido de poder aceptar y promover semejante situación. Él decía que se había europeizado. El vecino y Sophie se acostaron 49 veces, sin suerte. Martín entonces le exigió que se hiciera un test de fertilidad o que le devolviera su dinero. Al vecino también se le estaban complicando las cosas en su casa, así que decidió hacerse el test, demostrar su capacidad de reproducción, echarle la culpa a Sophie, quedarse con el dinero y terminar con todo el trámite. Pero el test le dio negativo. El vecino le devolvió el dinero a Martín, echó a su esposa y a los hijos de quién sabe quién de la casa, conectó una manguera al caño de escape de su Volvo, metió el otro extremo de la manguera en la cabina y se sentó frente al volante, con el auto en marcha. Todo el asunto me pareció un gran tema de novela, así que lo escribí y publiqué el libro en una editorial pequeña. Pagué la edición, claro, y la distribución en todo el país. Me aseguré de que el libro llegara al sur.

Volví a saber de Julia cuando me escribió un email. Había leído mi novela y estaba indignada porque yo le había puesto de nombre Julia a la esposa del vecino. En ese mismo email me enteré de que vivía en Puerto Madryn y que buscaba nuevas maneras de vivir el amor, o algo así. Me pareció despreciable, me indigné, y  le quité crédito a todas sus palabras, que además me parecían mal escritas. Julia decía algo sobre las maneras acostumbradas, sobre las maneras comunes, sobre lo conocido. Se había alegrado al ver mi novela en una librería, pero se había decepcionado al leerla. Me recomendaba pensar, mirarme hacia adentro, tal vez hacer terapia. Me pasaba el teléfono de un terapeuta que ella había conocido en Puerto Madryn y que ahora vivía en Córdoba. Él podría aconsejarme a alguien. “Obviamente no espero que vayas con Manuel”, me decía Julia en su email.  No quería que yo lo tome a mal, pero Manuel podría ayudarme, indicarme la persona adecuada para hacer una buena terapia. Ella y Manuel habían vivido juntos dos años. ¿Le había enseñado él que sí, que era posible vivir de otra manera? Se habían separado en 2005.

Manuel me escuchaba con un gesto de incredulidad y asombro y odio. Sos un hijo de puta, dijo. Se tomó la cabeza, ocultó su rostro.

-¿Julia está muerta?

-Muerta muerta. A diez metros bajo tierra en un cementerio parque de Puerto Madryn. Me avisó su hermana, por teléfono, hoy a la mañana. Cáncer.

Nos quedamos en silencio. Durante tres años habíamos hablado tanto. Pero nunca de Julia. Y ahora Julia era una muerta, un fantasma, un cuerpo pudriéndose en la tierra. No sabíamos nada más, si había muerto sola, si había vuelto a ser feliz, si había encontrado algo en Puerto Madryn. Nada. Le pregunté a Manuel por qué la había dejado, pero me respondió que Julia había tomado la decisión.

“Se había cansado de bailar conmigo”, me dijo.

Manos de mujer tocándome

In Uncategorized on Octubre 8, 2009 at 2:28 pm

Sobre la novela “No es amor”, de Patricia Kolesnicov (Suma de Letras, Buenos Aires, 2009, 248 páginas. Precio: $ 45)
Si hacemos algo porque queremos hacerlo, nos sentimos bien. Si hacemos algo porque no podemos evitar hacerlo, nos sentimos vivos. Intensa, contradictoria y hermosamente vivos. Me acuesto con vos porque no puedo evitarlo: tomá nota, porque esa es la medida de mi amor.

En su primera novela, Patricia Kolesnicov resume la intensidad de esa clase de emociones en las idas y vueltas de una relación entre dos chicas durante la segunda mitad de los ’80. Buenos Aires es una ciudad confundida y furiosa, la música que mejor la describe es un rock que se convertirá en mito y los personajes de No es amor se mueven de acuerdo a una mecánica entusiasmada, poseída.

La primera parte del libro es un elogio del desencuentro, está construida sobre la tensión erótica de esa manera de desencuentro que sólo puede ser el prólogo a un gran, jubiloso encuentro.

La autora elige una forma de narración poco frecuente, una primera persona que se divide en dos voces. Las dos protagonistas cuentan cada una su parte de una historia que se arma de confesiones, concesiones, conjeturas y otras encantadoras maneras de mostrar y ocultar, de dar y quitar.

La escritura de Kolesnicov adopta por momentos la apariencia de cierto coloquialismo, pero revela más tarde su naturaleza poética, su ritmo a veces acelerado, a veces demorado. El ritmo de una metrópoli que abre los ojos a la silenciosa tormenta que convirtió a la Argentina de los ’80 en la Argentina de los ’90. Florencia es militante radical y tiene el cuerpo cruzado de cicatrices. María es hija de la clase acomodada y tiene una fe ciega en la ciencia. Europa ya no es la tierra del exilio pero tampoco es la tierra prometida que será en la década de 1990. Buenos Aires arde y se transforma.

Florencia y María buscan, están en actitud de búsqueda, y la escritora tiene la compasión de no explicitar esa búsqueda, quizá por que no es necesario (al fin y al cabo lo que buscamos es amor), quizá porque tampoco ellas, ni la ciudad que las contiene, saben qué están buscando. “¿Y si es una mujer?”, se pregunta María. “Besos de mujer. Manos de mujer tocándome”.

Hacia la mitad de la novela las mujeres en cuestión recrean a su manera el capítulo siete de Rayuela, de Julio Cortázar, y la frase “toco el borde de tu boca” (que aparece como “toco el borde de su boca”) parece renovar su potencia lírica con el aire ligeramente transgresor de un encuentro lésbico. A partir de allí, el desafío de la autora es manejar la psicología de sus criaturas, describir con la mayor precisión posible todo lo que cambia una amistad después de un orgasmo.

En ese terreno, Kolesnicov brilla: de una manera prolija logra mantener el equilibrio entre los lugares comunes inevitables de un conflicto amoroso y las novedades que hacen interesante un conflicto amoroso. Posesión, inseguridad afectiva, la insoportable presión por seguir los pasos prefijados por eso que llamamos el sistema o la sociedad, o lo que sea que nos haga ver si no la felicidad al menos la tranquilidad en la estructura tradicional de la familia burguesa, todo eso entra en juego para volver a elogiar el desencuentro.

La novela está escrita en pequeños capítulos, irrupciones de dos voces que parecen encontrar en la palabra alguna certeza. No sabemos a quién le hablan María y Florencia, y no hace falta saberlo. Acaso sólo hablen consigo mismas, o con Luisa Lane, una mujer imaginaria que las escucha y las interpela.

No es amor es, claramente, una novela de amor, una historia sobre todo lo que decimos cuando hablamos de él y todo lo que amamos cuando nos imponemos no hablar de él. “No hablemos de amor”, le dice una a la otra. “No”, responde la segunda. “Esto no es amor”, insiste la primera. “No”, asiente la segunda. “No es amor”. “No, no”.

Ese estilo acumulativo es el riesgo que toma Kolesnicov para hablar de lo contrario a una acumulación, para hablar de un vacío y un abismo, para hablar de esas cosas sobre las que, a veces, es mejor no hablar.